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Gabriel García Márquez: “el palabrero mayor”

Por *Félix Carrillo Hinojosa
A Gabriel García Márquez le tocó hacerle el quite al pesimismo, el zigzag a la envidia y saltar matones, para no dejar que sus sueños quedaran hechos añicos en cualquier esquina de los pueblos nuestro.
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Gabriel García Márquez. Archivo

“Gabo me mandó de Estocolmo, muchos pescaditos de oro” Rafael Escalona Martínez

No muchas personas en Colombia, producen tan buenas noticias como nuestro querido Nobel Gabriel García Márquez. Todo esto tiene una razón de ser. Resulta que el muchacho aquel, que un día resolvió irse de frente contra la dictadura paternal, que se empecinaba en tener, en un cuarto envejecido, un titulo de lo que fuera, para sentirse orgulloso del hijo que hacía lo que él dijera. En contra de todos los vaticinios,  decidió convertirse en escritor.

De nada valió, los variados comentarios que haya hecho, si al final el tiro le salió por la culata, ya que como prueba irrefutable, pese a todos los pronósticos y las dificultades que rodearon al naciente periodista y luego laureado escritor, él se apoderó de la voz de la gran provincia, para que los continentes hablen de ella y de qué manera.

Pero el muchacho para estar en ese sitial, le tocó hacerle el quite al pesimismo, el zigzag a la envidia y saltar matones, para no dejar que sus sueños quedaran hechos añicos en cualquier esquina de los pueblos nuestros, a donde llegaba y le tocaba salir en bolas de fuego, porque no creían en él o lo perseguía el fantasma del pasado de su abuelo, o simplemente, no tenía una moneda en sus raídos bolsillos, para hacer más prolongada su estadía.

¿Cuántas puertas tocó y los dueños del poder central de la cultura, se negaron a abrirlas?, muchas, que él prefiere no hacerlo público, porque Gabriel García Márquez pese al poder en todos los órdenes que tuvo en  prefirió comentarlo a solas y en voz baja, muy para él. Estoy seguro que con su musa eterna, Mercedes Barcha, vivió todos esos portazos que recibió.

En su corazón, no hubo lugar para anidar esas imágenes desagradables, que luego con su éxito universal, han querido muchos, montarse en ese tren, que solo con la fuerza de la palabra, logró aceitar esos rieles esquivos,  que cayeron vencidos por la magia natural que posee.  Es más, prefirió olvidar sus nombres.

La imagen de nuestro escritor, sigue por encima del bien y del mal. Si hablan bien, es de buen recibo y sí no es así, la caparazón que tiene y que viene del más allá, sustentada por la cultura de los wayuu, rechaza esos dardos, los cuales, la mayoría vienen de críticos y escritores resentidos, que pierden su tiempo valioso, hasta por una coma que haya escrito o nuestro Nobel.

Pero si por el territorio, de los afamados nacientes críticos y escritores, hay una obsesiva manía de querer sepultar lo hecho por García Márquez, que entre otras, les va a quedar bastante difícil de lograr, no lo es menos, la cantidad de personas que sin visión hay en su tierra natal y en muchos pueblos del Caribe, señalan sin reparo alguno, la manera como el escritor según ellos, no hizo nada por esa tierra que lo vio nacer. Tamaño error el que asumen, porque él no estuvo obligado a tapar huecos, poner acueducto o hacerle culto al cemento. Eso que lo haga el constituyente primario o los políticos y en el mejor de los casos, el alcalde, para eso los eligen.

Todos estuvimos llamados a consentir a Gabriel García Márquez, no solo por los años que vivió como muchos sugieren, sino por su obra. A él, no hay con qué pagarle como logró retratar a nuestra provincia, sin caer en provincianismos. O acaso no es verdad, la manera como se activó la voz de nuestros pueblos, esa misma que variadas fuerzas oscuras y malos gobernantes, tratan de cercenar y que aparecen pintadas, en una policromía llenas de rostros vivos, en cada una de sus exquisitas crónicas, reportajes, novelas y cuentos. Todo lo que hizo para ver a Colombia en Paz, lo convierte en un hombre de esa dimensión.

Su obra es la mejor muestra de inclusión, para un territorio Caribe que le dio todo a Colombia, pero que el centro de poder, poco o nada reconoce. Si nuestro escritor  hubiese nacido en Antioquia, Bogotá o Cundinamarca o cualquier pueblo andino, el aeropuerto no se llamaría “José María Córdoba” o “el dorado”.

Convencido estoy, que llevaría su nombre. Claro, que a él esa vaina le entraba por un oído y le salía por el otro. Porque hasta eso, le ha tocado sortear a nuestro escritor, esas ráfagas de críticas, sin peso argumentativo, siempre en pos de hacerles imagen a sus creadores, con la pobre tarea que fulanito de tal, es mejor escritor que él.

A ellos se les olvidó, que su bien ganada fama y prestigio, no se la hizo una determinada editorial, sin restarle nada a la tarea titánica que las mismas desarrollan o los medios de comunicación, que a veces se empecinan, en hacer escritores a la fuerza.

Si bien es cierto, que sus obras hoy en día, son promocionadas como si fuera una mercancía, no lo es menos, que todo obedece a un marketing, que en nada contrasta con la obra misma y su calidad.

Pero, ¿por qué Gabriel García Márquez es tan reconocido?, Uno de esos pilares surge, al lograr que lo popular fuera popularizado y darle un estatus, ante las más enconadas elites centralistas, que miraron de reojo esas manifestaciones. Otra, es que su obra es una música variada, en donde aparecen ritmos que saben a cumbia, gaita, mapalé, fandango, pájarito, bullerengue, chalupa, tambora, paseo, merengue, son o puya vallenata y de danzas como el garabato o el de las piloneras en donde sin distingos, los pueblos nuestros se entrelazan en un interminable abrazo que sabe a gente buena. Y en ésta última expresión musical, si que somos agradecidos. La obra de él, sabe a vallenato y nuestros personajes están ahí plegados de manera activa, no como unos convidados de piedra. Es por eso, que en la Guajira y el Cesar, se le quiere sin la adulación, que siempre tiende a desdibujar cualquier mirada hacia él o su obra.

Para nosotros, éste escritor es el mejor narrador de nuestras costumbres, el creador de un mundo vital,  que no nos da pena llevar con orgullo en todo nuestro cuerpo. Sus años bien vividos, son el monumento al muchacho que rompió todos los esquemas literarios y que realizó, las gambetas necesarias en el estadio, a veces invisible de la vida, para construir un nombre inmenso, pese a que muchos de esos espectadores con rostro frío y pose de intelectual, le dijeron no.

No olvidemos que, ese matriarcado e imponencia que Ursula Iguarán hizo evidente, está inmerso en nuestras bisabuelas, abuelas y madres, mujeres hacedoras de vida y que juegan un papel determinante en nuestra cultura. Es la postura firme de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, que hablaba con la mirada y no repetía una orden.

Este escritor siempre ha sido un comprometido con nuestro País, en donde para mala fortuna nuestra, encontramos que el invierno que generan los bandidos, que no son muchos,  es más comentado que el verano de buenas conductas que tantos Colombianos dentro y fuera del País, hacen por esta amada patria.

Todos aguardamos con esperanza infinita, que vamos a encontrar la ruta deseada. Por eso quiero dejarles, desde la tierra de la Niña Luisa Santiaga, madre de nuestro querido escritor, que es la mía y a manera de regalo en su aguerizado cumpleaños, una frase que logré acuñar aprisionado al tiempo, después de escuchar a un hombre de mi tierra, que se volvió loco por amor, quien siempre se sentaba en la plaza y no se cansaba de repetir:

“Nada que valga la pena se hace rápido”

*Escritor, Periodista, Compositor, Productor Musical y Gestor Cultural para que el Vallenato tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos

 

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Gestor Cultural

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