“LA GAVIOTA”

La mujer en la literatura – S. XIX

Por Donaldo Mendoza

George Sand (Aurore Dupin), 1804-1876; George Eliot (Mary Anne Evans), 1819-1880; Isak Dinesen (Karen Blixen), 1885-1962. Son escritoras nacidas en el siglo XIX, que buscaron reconocimiento para sus obras ocultándose en nombres masculinos. La que nos ocupa en este comentario es la española «Fernán Caballero», cuyo verdadero nombre es Cecilia Böhl de Faber (1796-1877). De su padre alemán heredó la actitud observadora de las costumbres, y de su madre española la actitud religiosa de tradición conservadora. Valga esta pincelada biográfica que da sustento a su obra literaria.

En efecto, su original “mestizaje” y los frecuentes viajes por casi toda Europa estimularon y desarrollaron el germen creativo, y propiciaron el distanciamiento y la mirada crítica para escribir la que a nuestra mirada es su obra maestra: La gaviota (1845-1849). Fernán Caballero es plenamente consciente de que escribe contra la corriente que se apoya en duros prejuicios contra la mujer, que en la narración se expresa a través del filtro irónico de su pluma: “Alejandro Dumas es rico y personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden… tendré la ventaja de que me oirán sin verme, gracias a mi pequeñez, a la escasa brillantez de mi pluma y a la distancia”.

Con La gaviota, en las características que lo definen, entra el realismo en España. No es un evento de intrascendente rutina literaria; es el histórico puente entre la España monástica y conservadora y los vientos industriales e ilustrados de Inglaterra, Francia y Alemania. Caballero, con habilidad sutil, le saca el mejor provecho a la materia que mejor conoce: el lenguaje. En donde parece dormita la fuente emancipatoria. Y lo tiene claro: “En España, en donde el lenguaje es libre por demás, hay una extrema reserva en las acciones”.

Ver entrada

El argumento de la novela se fundamenta, pues, en un determinismo social que establece el rol de una extricta sumisión de la mujer a la familia, al esposo y a la iglesia: “Hija afectuosa y sumisa, amiga generosa y segura, madre tierna y abnegada, esposa exclusivamente consagrada a su marido…” Con sustento también en la tradición oral del refrán o la copla: “Por el sí que dio la niña/ a la entrada de la iglesia,/ por el sí que dio la niña,/ entró libre y salió presa”. Es ese el contexto que configura la trama de la novela.

Fácilmente, el lector advierte el determinismo biólogico y social que, como estigma, carga la protagonista, cuyo nombre Marisalada se transforma en apodo, «Gaviota», por su actitud, que los demás califican de “rebelde”, y una vida que se insinúa libre: “No tengo vocación ni para casada ni para monja”. “Pues, hija, será tu vocación la de mula”. Muy joven, la muchacha se casa con un enfermero alemán, efímero soldado de espíritu romántico, Fritz Stein, que la asiste en una enfermedad. Se enamoran y, aunque bastante mayor el enfermero, Marisalada acepta casarse para salir de la prisión de pobreza en que vive. Tampoco falta el sino determinista en este sañudo refrán: “¡Quien lejos se va a casar, o va engañado, o va a engañar!”. Son felices por un tiempo. Hasta que de la vereda Villamar se van a Sevilla y Madrid, en donde Gaviota muestra su excepcional talento para el canto. Participa con éxito en conciertos, y acaba enredándose en un amor adúltero. Enterado Stein, se embarca para Cuba, donde muere. Asimismo muere en la plaza el torero amante. La tragedia y el castigo se ensañan con Marisalada, quien enferma y perdida la voz, su razón de ser, regresa a Villamar, en donde lleva una vida casi anónima y se casa con un artesano rústico que había despreciado.

La descripción, el rasgo más relevante del costumbrismo, no es la línea definitoria de esta novela, pero sí funge de atmósfera que da vigor al entramado narrativo. Y va más allá de un pintoresquismo que dibuja personajes y lugares. Se advierte siempre la intención crítica de la sociedad, incluso con episodios de humor que desacralizan usos y costumbres caros a la tradición. Frisando el final, la narración vuelve por lo que es esencial, y función además, de la escritura literaria: comunicar, pero manteniendo cosas en cierto estado de sugerente silencio. Como esta reflexión, de carácter profético, que habla al oído de la mujer del siglo XXI: “…estaba levantando en el mundo un estandarte bajo el cual se proclama la emancipación de la mujer”.

El ejemplar leído es del Club Bruguera (1981), No. 98, 314 pp. Que también se puede leer en la colección Biblioteca General Salvat, No. 71.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .