UN DIÁLOGO INTERESANTE CON FERNANDO MENESES ROMERO

POR: ÁLVARO MONTERROSA CASTRO

El 15 de septiembre de 1976 hubo una explosión musical en la Región Caribe de Colombia, que pronto se fue regando por todo el país y tumbó puertas en el exterior. Un nuevo vallenato, que parecía surgido de la nada, inmediatamente puso de pie a los académicos tradicionales, a los escépticos, a los bailadores y a los críticos de la música. Hubo corredillas y sofoquinas. Con una nueva argumentación, incluyendo otros instrumentos, nuevos pases en el acordeón, nuevas voces, distintos ropajes y queriendo andar un nuevo sendero alejándose del camino tradicional que habían trillado los juglares, apareció El Binomio de Oro.

Y en ese larga duración estaba la canción “Momentos de Amor”, que Fernando Meneses Romero, médico egresado de la Universidad de Cartagena, había compuesto a una mujer de la cual respiró su mismo aliento y su aroma mientras dormía sueños de aurora, en la población de Río Viejo donde cumplía su medicatura rural. Y sin aspavientos le preguntó al mundo entero, y el mundo entero ha venido a diario repitiendo la pregunta: “¿de qué vale recordar momentos de aquel querer, si ya nunca volverán?”. Vino a ser la primera de las trece canciones que le habría de grabar El Binomio de Oro, y todas fueron éxitos que aún salen a diario con las ondas hertzianas de las centenares de emisoras que muelen y muelen música en Colombia y en los países vecinos.

Fernando Meneses Romero nació el 11 de noviembre de 1950 en una casa palafítica en la población de La Gloria en el actual departamento del Cesar, en el Caribe colombiano y a orillas del Río Magdalena. En las épocas de inundaciones, el canto del río y sus componentes llegaban a sus oídos de niño, y me ha dicho que aún esos murmullos de su infancia en el país anfibio le acompañan al instante de armar las tonadas y combinar las notas musicales. También me ha dicho que le han nutrido su cancionero los gritos que venían disfrazados de sones cubanos o de corridos mexicanos o de ritmos antillanos que entraban indolentes día y noche por una ventana de su casa, lanzados sin compasión desde El Gallo de Oro, la cantina del pueblo.

Estando cursando sus estudios de bachiller en la ciudad de Ocaña, en el prestigioso Colegional Nacional José Eusebio Caro (1967), allí surgió su primera inspiración y compuso a la Institución y a sus Maestros una canción titulada: El Colegio Caro. Tras graduarse como Bachiller, partió hacia Cartagena para cursar sus estudios profesionales de Medicina.

Al tanto fue creciendo su espíritu enamoradizo y aventurero de hombre Caribe, de amante de infinitos y poseído con la dimensión de amar que tienen las luciérnagas que viajan llevando su luz. Fue encontrando vivencias en el fulgor de los cuerpos ardientes, en los encantos escondidos, en las ilusiones perdidas que mueren en vuelo, en las ansias de amor, mientras se quemaban sus emociones y anhelos. Iba de pueblo en pueblo, estremecido por el matutino beso del rocío, de brazo en brazo – y no solamente en los del Río Magdalena -, haciendo rimas, versos y poesías, contemplando capullos de olvido, el sentir roto del celofán de sus instintos, probando y probando cómo se encendía con el amor la piel, aunque solo cenizas quedaron y en cenizas el amor se convirtiese. Sin temores estuvo mil veces en esos infiernos, aunque con posteriores arrepentimientos al sentir que se le estrechaba el mundo en la celda fría de la conciencia. En las tertulias rememora los viejos amores que llevó a que se quemaran por primera vez en medio de sonrisas de popelinas o de un amor que pudo haber sido y no fue.

Sonríe y sin tantas vueltas sigue recordando y diciendo inquieto, como el mar abierto o tierno como un arrebol, que frecuente y definitivamente decía que sí, me gustas, porque sí. Con todo ese ensamble de acordes musicales en la cabeza, con un universo de amoríos y amores, con el corazón maduro como poeta desbocado, pudo hacer aportes fundamentales a la apuesta musical que hizo El Binomio de Oro, para engrandecimiento del folclor. Aún por todos lados corren sin parar los arpegios ascendentes de “Muere una flor”, del “Relicario de besos” y del “Mundo de ilusiones”.

En 1968 vino a estudiar medicina y luego en 1977 la especialidad de Ginecología y Obstetricia a la Universidad de Cartagena. De la mano con los aspectos profesionalizantes, recibió como sello indeleble el humanismo que desde hace casi 200 años brinda esta escuela médica con vocación y esmero. Y supo Fernando Meneses Romero articular sus estudios de medicina con las parrandas vallenatas y hacer parte de la confraternidad de compositores, cantantes y acordeoneros. Creció como médico, como especialista de ginecología y obstetricia, como poeta, como compositor e, incluso, como cantante, y su cancionero se fue posicionando hasta más allá de las fronteras patrias. Cantó a varias de sus pacientes en tránsito de parto los versos más sublimes de momentos de amor, mientras la sensibilidad y el humanismo médico le entregaron nuevos vientos de inspiración. Con la Facultad de Medicina mirándole y aplaudiéndole, le he dicho en este diálogo que hemos sostenido, que él es una de las pruebas palpables del viejo axioma de la medicina francesa que inculca a los hijos del galeno que el médico que, sólo medicina sabe, ni medicina sabe.

En 1978 y estudiando la especialidad que compartimos, decidió colocarse frente al pelotón de fusilamiento. Decidió casarse. Casarse con la mujer con la cual tuvo la osadía, al verla por primera vez, y así, sin anestesia y sin titubear, decirle “que yo me voy a casar contigo y serás la madre de mis hijos”. Lo que no fue capaz de presagiar para advertirle de una buena vez, fue que iban a tener los siete nietos que ahora tienen. Además, a Fernando le sucedió lo mismo que a Aureliano Buendía cuando frente al pelotón de fusilamiento hubo de recordar la lejana tarde cuando su padre lo llevó a conocer el hielo. Fernando, cuando puso fecha para el matrimonio y deseó hacer una canción que fuese símbolo de la unión, recordó aquella lejana tarde cuando teniendo quince años le llevó al juglar Julio Erazo, a la sazón su primer mentor, lo que creía era su canción universal y recibió como respuesta: “Ferna, es la peor canción que he escuchado en mi vida”.

Para mostrar al maestro su evolución musical y su crecimiento como poeta, y mirando a los ojos y de frente a Ruby, la inminente esposa, le dijo que tomara la parte buena, que a la parte mala ya le había echado tierra, que ella era un mundo de locas esperanzas, delirio y fascinación. Le compuso por tanto “Mi mejor canción”, que fue estrenada en su fiesta matrimonial por el Binomio de Oro e inmediatamente grabada en el LP titulado “Enamorado como siempre”. Meneses dejó una pieza artística donde se mostró filosófica y musicalmente la dualidad: juventud y senectud, la misma dualidad que en prosa nos entregó Gabo en el Amor en los tiempos del Cólera. Dos expresiones del arte de autores caribeños que de seguro perdurarán por siempre. Es ahora importante señalar que en cada uno de los textos de las canciones de Fernando Meneses Romero encontramos dualidades: amor y desamor, amores que llegan y amores que se van, amoríos y olvidos, sueños y despertares, recuerdos del ayer y apuestas al futuro, mil caricias nuevas y viejos hervideros de emociones, aunque siempre con el corazón alegre como una fiesta de pueblo.

Hay sitios comunes en su canto. Son muchos los “miles” presentes en sus versos, abundantes “los álbumes” en las rimas, y pululan “los besos”. A quien ha llamado musicalmente con regocijo, con carcajadas, como su “hechicera”, le dijo en este 2022: “me besas y te beso”, hace cuarenta años, en el 1982, a ella misma le dijo rendido en una canción grabada por el Binomio de oro: “tus besos me saben a cielo” y, en 1979, le reveló que “con cada beso me siento al paraíso transportado”.

En 1978, se embriagaba recordando “cálidos besos”, en medio de cartas de amor que son recuerdos que se añoran con tanta nostalgia. En la canción de Fernando, titulada “mundo de ilusiones”, también están las dualidades juventud y senectud, pasado y futuro, recuerdos y vivencias del presente: “junto a ti cuando hilos de plata/en cenizas te adornen el pelo/y esa llama de amor encendida/para ti mantendré siempre viva/y por siempre te diré te quiero”.

Desde ese instante hasta el presente, ha continuado componiendo y componiendo canciones sin parar. Lleva más de 400 canciones que andan rodando a sus anchas, que se posan en los tejados, que vuelan con la furia del viento en el cielo de la intimidad. Más de cien de ellas están grabadas en diferentes orquestaciones y ritmos, desde el vallenato y el baile tropical hasta el folclore llanero y el bambuco. Con una composición en este último ritmo musical, en octubre del 2022, ganó el primer puesto en la 47 edición de Antioquia le canta a Colombia, diciéndole en versos a Ruby que “si te vas te atrapo”, y preguntándose “qué sería de su mar sin tus olas y qué sucedería si me faltas tan solo unas horas”. Se declara vencido y preso de la magia febril de su influjo y feliz víctima de una hechicera de besos. Esclavo y amo, la más reciente expresión de las dualidades de su cancionero.

Este diálogo con Fernando Meneses Romero se cumplió el 2 de diciembre del 2022 dentro de la celebración del día Panamericano del Médico, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena. Fue una velada exquisita, en la cual los asistentes (profesores – los actuales y los de siempre -, estudiantes, invitados y visitantes), sin diferencia de edad cronológica, pudieron cantar “Momentos de Amor” junto a Fernando y al grupo musical que le acompaña con guitarras, piano y coros.

Fernando Meneses Romero con benevolencia develó a los asistentes los versos preferidos que están anclados en sus canciones, reveló el proceso creativo de sus cantos, se mostró fluido y vigente como cantautor, dio enseñanza a los médicos en formación y, como si jugara dominó, puso las fichas sobre la mesa haciéndolas sonar, diciendo cómo fue su entrega, dedicación, articulación y a fin de cuentas, la armonización entre medicina y música, dos aspecto que conjugó para impactar con lujo a su comunidad.

Mientras realizaba esta nota y escarbaba en los cancioneros buscando sus pensamientos, sentimientos y emociones que nos ha entregado envueltos en versos cantados, he estado escuchando sus numerosas canciones. Las que hemos tarareado los de mayor edad por varias décadas, las mismas que se han metido debajo de la piel de varias generaciones y las que también cantan ahora deslumbrados los más jóvenes. Otra dualidad en el aporte musical de Fernando Meneses Romero es la llegada fácil y dulce tanto a los jóvenes como a los mayores.

Les invito a escuchar con detenimiento sus cantos y de seguro encontrarán el mundo maravilloso de un poeta lírico contemporáneo, un universo infinito de notas polifónicas y multicolores donde vuelan a sus anchas los amores, los amoríos y los desamores, así como la aventura y la desventura, y finalmente ustedes se podrán ver retratados en el claroscuro de los romances furtivos, que con dolor he pasado por alto en este texto y que, no obstante, están bellamente rimados y hacen parte de la mágica jungla de placeres donde se cocina lo mítico y lo real del Caribe colombiano.

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