Un acordeón para ‘Colacho’

La gesta de los hermanos Pavajeau y la historia de las amistosas confrontaciones de los primeros acordeoneros que se citaban en el Valledupar de la época en lid de indomables notas de acordeón.

El reloj marcaba las nueve y treinta de la mañana cuando le dejaron  caer el pesado aldabón de cobre sobre una de las hojas de la puerta elaborada en cedro. El viejo Roberto habló en voz alta para que la empleada abriera la puerta,  ella dejó el oficio y salió rauda a ver quién era.  El viejo con oído de tísico escuchó cuando preguntaron por él y con el mismo tono de voz le dijo: “Cunse,  déjalo entrar que ese es mi compadre Juan Muñoz”

Juan siempre visitaba a Roberto Pavajeau Monsalvo cuando venía a Valledupar a hacer alguna diligencia procedente de San Diego, lugar donde habitaba. Un hombre menudito, de tez morena, ojos negros saltones, cabello hirsuto del mismo color.

Juan era un avezado acordeonero que tenía fama por las regiones del Valle gracias a sus encuentros musicales con Fortunato Fernández,  su tío, acordeonero extraordinario  de quien Juan aprendió a ejecutar el aire de puya, ritmo al que pulió y dio verdaderos patrones musicales. 

 Autor de la puya la ‘Vieja Gabriela’, con la cual tuvo la oportunidad de derrotar al diablo cuando le salió una noche de parranda camino a su finca en la vereda El Rincón, corregimiento de Media Luna. 

 Juan  se volvió un hombre  célebre  trabajando en el  correo nacional de Colombia, llevando y trayendo buenas y malas noticias procedentes de los pueblos  entre Valledupar y    Fundación.  En ese trayecto, a orillas del Garupal, compuso el hermoso merengue ‘La Estrella’.

‘La Cacica’ Consuelo Araújo, Darío Pavajeau, ‘Poncho’ y ‘Emilianito’,’ Gabo’ y el maestro Escalona. FOTO/CORTESÍA.

Quiero aclarar que Juan Muñoz fue el único acordeonista que laboraba en el correo nacional de Colombia, a diferencia de los otros músicos que se desplazaban de pueblo en pueblo a lomo de burro animando las “velaciones” y fiestas patronales con el único afán de parrandear y engendrar hijos como Dios manda. 

En Valledupar eran famosos y frecuentes los encuentros entre acordeoneros de la región dando origen a grandes confrontaciones musicales y famosas piquerias. 

Acudían Fermín y Luis Pitre de Fonseca;  Francisco ‘Chico’ Bolaños y su hermano Mauricio de El Molino, La Guajira;  Emiliano Zuleta Baquero y Toño Salas de El Plan;  Juan López y Carlos Noriega de La Paz; de San Diego, Juan Muñoz y Fortunato Fernández. 

Lorenzo Morales de Guacoche; Efraín Hernández y Chiche Guerra oriundos de Valledupar; Eusebio ‘Chevo’ Ayala de Camperucho, y Fulgencio Martínez de Valencia de Jesús; todos ellos y otros  respondían al llamado que hacían personajes y líderes de la sociedad vallenata con quienes armaban parrandas y piquerias interminables. 

Cada familia por lo general tenía un acordeonero de cabecera.  Lorenzo Morales, de Guacoche, su mecenazgo lo ejercía el magistrado Hernando Molina Maestre; la representación del acordeonero Juan Muñoz lo ejercía Roberto Pavajeau Monsalvo; ‘Chico’ y Mauricio Bolaños en casa de Eloy Quintero Baute; Fortunato Fernández  protegido de Ciro Pupo Martínez;  Fermín y Luis Pitre grandes amigos de Aníbal Guillermo y Juancho Castro Monsalvo; Francisco Valle, un parrandero a carta cabal, quien ejercía un compadrazgo con Chiche Guerra y Efraín Hernández y Chevo Ayala.     

Si bien es cierto que la música tradicional vallenata ejecutada en acordeón no tenía el beneplácito de otras expresiones  musicales, que en su momento ejecutaban todos los aires comerciales  que se escuchaban en la región, las familias vallenatas ejercieron un mecenazgo” maravilloso, muchas veces descalificado por algunos escritores e investigadores que  tildaron de excluyentes a los miembros del Club Valledupar porque a través de una resolución no permitían el acceso de los conjuntos de música tradicional vallenata al centro social, porque su junta directiva en cabeza de Juancho Castro Monsalvo, presidente, había impuesto esta normatividad.   

Sé que una razón poderosa de las directivas del club para evitar el acceso de los conjuntos vallenatos al interior de su sede fue disciplinaria, para evitar que algunos socios indomables como ‘Alvarito’ Molina y ‘Poncho’ Castro birlaran las reglas.

Lo que no saben los contradictores es que ‘Juancho’ Castro Monsalvo fue un insigne parrandero, amigo incondicional del extraordinario acordeonero mariangolero Saúl Betín y ‘Juancito’ Granados, el ‘Gallo de Camperucho’. Juancho  murió en un accidente de tránsito cuando su Jeep se volcó cerca de Guaimaral cuando regresaba de sus fiestas patronales.

Una buena pregunta sería si en esa misma época en el Club Cartagena, en el Club San Fernando en Cali o en el  Club Unión de Medellín, permitieron el ingreso o animaban sus fiestas con grupos de gaitas folclóricas de las sabanas de Bolívar  o de grupos de música folclórica colombiana. No señores.

Los clubes sociales siempre utilizaron  orquestas o agrupaciones musicales tipo Banda Americana, orquestas como la de Lucho Bermúdez, Rufo Garrido, la Orquesta de Toño Fuentes, Pacho Galán, Pedro Laza y sus Pelayeros; Reyes Torres de Villanueva y Pello Torres de Sincelejo eran contratados por todos los clubes del país para animar sus noches de bailes.  La música folclórica colombiana jamás fue contratada para amenizar estos eventos, dado que su repertorio era muy escaso y no interpretaban la música comercial bailable del momento.

Juan Muñoz y el viejo Roberto conversaban debajo de la troja que estaba ubicada en el centro del patio, saboreando un café con jengibre que les trajo la Cunse.  Hablaban de los últimos sucesos acaecidos en San Diego y de los adelantos realizados en su finca de El Rincón.

‘El Turco’ Pavajeau

En ese momento Juan lo interrumpió para decirle que venía al Valle en busca del gerente de la Caja Agraria para que le enviara un visitador y le evaluara la finca para conseguir un crédito y comprar unas novillas para agrandar su lechería.

Él le increpó: “No se preocupe compadre que ya le llamo al gerente para arreglar este asunto”.  El viejo ‘Robe’ le recordó con pelos y señales la quema del carro Ford modelo 36 que había quedado hecho cenizas en una curva antes del puente Salguero cuando regresaba de San Diego en una noche de jarana con Juan Muñoz y sus amigos.

Rita Molina caminaba de un lado para el otro dentro de la alcoba  arreglando las maletas de sus dos hijos, Darío y el ‘Turco’ que viajarían al otro día para Medellín a estudiar en el colegio de La Bolivariana.  Acomodó en el fondo de las maletas los pantalones y camisas en los bolsillos de los costados las medias, interiores y pañuelos marcados con las iniciales de cada uno para que no se confundieran.

Para Darío y el Turco era difícil emprender este viaje donde se desprendían de su entorno parrandero, dejar a Jaime y Alvarito Molina, Jaime Ackerman, Poncho Castro, Luis Joaquín Pumarejo y a Nicolás Elías “Colacho” Mendoza que trabajaba con ellos  trayendo la leche desde Jericó y Punta e’ Piedra  en el jeep Willy de la familia. A “Colacho” lo llevó a laborar a la casa Pavajeau Molina Armando “El Yío”. Esta historia es interesante porque nadie se percató ni si quiera Tía Rita, para que Darío con la agilidad de una ardilla, sustrajera del escaparate de sus padres veintiocho morocotas bañadas en oro de 21 quilates y las camuflara dentro de las  medias en el bolsillo que ya había arreglado su mamá.

La parranda del día anterior había surtido efecto y el crédito había sido aprobado por el gerente para que Juan Muñoz comprara 10 novillas y aumentara su incipiente ganadería. Darío y el Turco con dolor en el alma se habían desprendido de sus amigos y acordeoneros de cabecera “Lucho” Castilla, Pedro y Florentino Montero pero especialmente de “Colacho” quien ya hacía parte de la familia.  Al llegar a Medellín se encontraron con nuevos amigos provincianos y vallenatos que estudiaban allá, Gustavo Gutiérrez, Tom Mejía, Alfredo Cuello, “Miguelito” Pimienta, Rafael “El Negro” Amarís, Alfredo y Rodolfo Martínez entre otros, quienes fomentaron en parrandas estudiantiles, la música Vallenata en la ciudad de la eterna primavera.

Mercedes Barcha, ‘Gabito’ y Darío Pavajeau

A pesar de todo el guayabo que por su tierra y su gente sentían, la imagen de “Colacho” no podía salir de sus recuerdos y decidieron de mutuo acuerdo comprarle un acordeón. Todos los domingos de la mesada se descontaban cinco pesos para pagar el acordeón de dos teclados y medio color gris, que costaba doscientos mil pesos  en la “Casa Conti”. Pronto llegaron las vacaciones y los ahorros no alcanzaron para comprar el instrumento pero ellos notaron que Darío tenía un movimiento de plata y nadie sabía su procedencia, pero el Turco de manera sigilosa se percató de su procedencia y supo que Darío y “Miguelito” Pimienta quien lo acompañó calladamente  había vendido las 28 morocotas por ciento cuenta mil pesos en la “Joyería El Cronómetro” y le exigió que con parte de ese dinero completaran para comprarle el acordeón a “Colacho”. 

El cupo del avión lo logró el “Yuco” Martínez en un DC-3 de Avianca con 28 pasajeros que salió de Medellín rumbo a  Valledupar. Después de tres horas y medias se abrieron las puertas de la aeronave a la una de la tarde en el aeropuerto Alfonso López y los últimos en salir fueron los hermanos Pavajeau que traían en sus manos el estuche con el acordeón de Colacho.  En la escalerilla del avión estaban esperándolos Manuel Narciso Martínez, Pedro Gloria, Álvaro Brugés, Colacho y Rafael Escalona, quienes armaron una algarabía entre abrazos y risas entregándole el dos hileras y media a Nicolás Elías quien ejecutó la Custodia de Badillo acompañado de Cirino Castilla en la caja y José de la Cruz Guerra “Compa Crú” en la guacharaca.

Terminado el recibimiento abordaron los Willys perdiéndose en las calles polvorientas del Valle, parte del grupo fue a parar a la arrocera de los Gloria, arriba en la calle de hurtado donde permanecieron hasta las siete de la noche cuando tocaron el eslabón de cobre de la puerta de su casa con las maletas en la mano y el viejo “Robe” les abrió la puerta de cedro y exclamó: ¡Carajo al fin se les ocurrió venir a saludarnos!

Los Pavajeau en cabeza de su padre el odontólogo Roberto Pavajeau Monsalvo, fueron y continúan siendo una familia que ejerció un mecenazgo increíble para conservar, preservar y difundir la música tradicional vallenata.  Armando “El Yío”, Darío y el “Turco” sobre todo estos dos  últimos, regaron el vallenato por todas partes, gente de puertas abiertas sin distingo de razas ni colores cuando de música se trata, amigos de sus amigos y sin dudarlo fueron piezas fundamentales para la creación del Festival de la Leyenda Vallenata.

En un clásico Willy: Darío Pavajeau, Hugues Martínez y ‘Colacho’ Mendoza. FOTO/CORTESÍA.

POR: EFRAÍN ‘EL MONO’ QUINTERO/EL PILÓN

Nicolás “Colacho” Mendoza Díaz, todo un señor vallenato

Por Félix Carrillo Hinojosa*

Nicolás “Colacho” Mendoza Díaz siempre dijo: “Soy un hombre de pocas palabras, el acordeón habla por mí”. Perfil del músico que nació el 15 de abril de 1936 y murió el 27 de septiembre de 2003.

En 1957 llegó a Valledupar. Venía de un pueblo guajiro conocido como Caracolí Sabanas de Manuela, corregimiento de San Juan del Cesar, donde nació el 15 de abril de 1935. Allí vivió su infancia cubierta de música, por parte de su padre Julio Mendoza Mejía y su hermano mayor Emiliano Mendoza Daza, quien falleció prematuramente. Seguir leyendo «Nicolás “Colacho” Mendoza Díaz, todo un señor vallenato»

Nicolás “Colacho” Mendoza: ¡ Vallenato de verdad !

Por: Alejandro Gutiérrez De Piñeres y Grimaldi

A comienzos de la década de los años 60 (siglo anterior), cuando la música ejecutada en Acordeón en la Región Caribe colombiana aún no había logrado posicionarse en amplios sectores de su población, puesto que era mirada con cierto recelo en determinados estratos sociales, existían Emisoras que de todos modos eran conscientes que se estaba operando un fenómeno, que cada día tomaba mayor fuerza, y eran las múltiples canciones que estaban apareciendo por doquiera, a las cuales se comenzaron a llamar Música del Magdalena o cantos provincianos.
¿Y por qué razón este nombre? ¿De dónde surgió esta denominación?
Aunque desde principios del siglo XX comenzaron a configurarse dos estilos en la ejecución del Acordeón y en el canto, el primero ubicado en los linderos del antiguo Estado de Bolívar y otro en el Estado del Magdalena, fue algo que en un principio pasó desapercibido, pero que con el correr del tiempo fueron dando paso a corrientes musicales, que hoy en día son orgullo para nuestra patria colombiana: la sabanera y la vallenata.
Es menester anotar que en el antiguo Estado del Magdalena, integrado por los límites territoriales de los actuales Departamentos del Magdalena, la Guajira y el César, creados posteriormente, se produjo una subdivisión en Provincias, y así fueron creadas dos con características muy similares, a saber: la Provincia de Padilla, ubicada en lo que es hoy el sur de la Guajira y la Provincia del Valle de Upar, en lo que hoy es el norte del Departamento del César. Si sumamos a ellas la parte nororiental del actual Departamento del Magdalena, se puede con certeza y suficientes elementos de juicio, afirmar que esta es la cuna en donde brotaron un sinnúmero de juglares, que dieron origen paulatinamente a ese folclor que hoy se ha extendido más allá de las fronteras de nuestra Nación y se le ha reconocido como Patrimonio Cultural e Inmaterial y al que se le denomina a secas como: VALLENATO.
Hecha esta aclaración, me voy a referir a la vida y obra de uno de los mejores exponentes de esta tendencia musical, que hoy en día lucha por sobrevivir ante una avalancha de músicos, que procuran ser reconocidos, solo por el uso que hacen de un formato similar, haciéndose pasar como Vallenatos, a pesar de estar muy distantes de la expresión folclórica y raizal, pero cercana a los grandes intereses comerciales, que se escudan en el prestigio creado para exhibir fusiones sin sentido. No es que haya oposición cerrada a nuevas expresiones musicales, pero que sus creadores sean sinceros y demuestren que aunque utilizan un formato similar, constituyen un nuevo género musical.
Para el buen entendedor, ¡sobran las palabras! Quiero que comprendan que el folclor Vallenato, producto de muchas luchas en su construcción, no se ha de desviar de su fuente natural, la cual ustedes la pueden encontrar en todo lugar en donde suenen canciones originales, cadenciosas, que describen los hechos de la vida cotidiana con cierta gracia, picardía, jocosidad y hasta una ternura especial en la forma de referir o expresar una canción, muy distante del lloriqueo, la melosidad o ciertas formas estrambóticas y hasta vulgares, que desdicen de la sencillez en el hablar y cantar.
Casos de auténticos exponentes del auténtico folclor hoy les puedo citar con bastante propiedad, comenzando por las bases sólidas que nos dejó el Pollo Vallenato Luís Enrique Martínez y toda esa gama de discípulos como Miguel López, Chema Ramos, Emilianito Zuleta y, ese Rey de Reyes, coronado en el año 1997 en la Plaza Alfonso López, llamado Nicolás Elías Mendoza Daza. Un varón de una calidad humana muy grande, leal, humilde, con vocación para el servicio, con sencillez y, ante todo un extraordinario talento musical.
“Colacho” Mendoza, como todo el mundo le conoció, llegó en el año 1953 a la capital del César, en procura de ganar el sustento honradamente, y para ello laboró en diversos oficios, todos ellos relacionados con el campo, a la par que se fue formando como Acordeonero, partiendo de las instrucciones recibidas de su Padre Julio Mendoza, Acordeonero y Técnico de acordeones
Tuvo 2 hermanos que también desempeñaron el mismo rol musical: Andrés y Emiliano, pero que no alcanzaron el sitial de honor de Colacho, quien cada día se esmeraba por hacer del Vallenato un género alegre, depurado y de mayor armonía musical, introduciendo con su excelente digitación, notas rápidas y cadenciosas, y una gran habilidad para la combinación de pitos con bajos, al igual que para el rebusque de melodías improvisadas, usando un pique muy personal, producto de su creatividad. Esas características las han heredado sus dos hijos, Acordeoneros también: Wilberth y Nicolás, que están dando origen a otra dinastía más: la de la familia Mendoza.
Tras conocer y hacer amistad con un miembro de la familia Pavajeau, la cual por su forma de ser, tuvo la aceptación del patriarca Don Roberto Pavajeau, quien además de ofrecerle estabilidad laboral, se encargó de relacionarlo a alto nivel, con importantes personajes de la vida política, social y cultural de Valledupar, como Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona y Jaime Molina. Ello hizo que Colacho fuese adquiriendo cierta reputación, y sus servicios de Acordeonero fueron creciendo cada vez más, de tal modo que era solicitado para amenizar parrandas en altos círculos de la sociedad, lo cual despertó ciertas envidias en personas resentidas y envidiosas, que con el correr del tiempo se comenzaron a ver. Prueba de ello se hizo notoria el día 30 de abril de 1.987 cuando Colacho fue coronado como el primer Rey de Reyes en el marco del Festival Vallenato, luego de 20 años de incesante labor por sacar adelante este folclor.
Ante la incapacidad de argumentos musicales, solo movidos por el odio y por resentimientos carentes de valor y fundamento, algunos elementos se dieron a la tarea de hostigar al jurado del concurso, atentando contra la integridad del mismo público allí presente. Estos hechos condujeron a una controversia mayor en diversos escenarios, unos en defensa y otros en contra. Habiendo yo sido testigo de esta vileza, y viendo cómo se quería enlodar el nombre del primer Rey de Reyes Vallenato, en la categoría profesional, opté en la ciudad de Cali, por escribir un artículo, en defensa de Colacho, que me fue publicado en el Diario Occidente. Un ejemplar del mismo, decidí hacérselo llegar a su propia residencia en Valledupar, el cual fue publicado de igual modo, en una Revista de Doña Consuelo Araújo-Noguera y leído en una Emisora por ella misma. Fue tal la emoción de Colacho, que decidió llamarme a mi residencia en Cali para expresarme: “Su artículo me conmovió tanto que me hizo llorar de emoción. Son tantos los mensajes y artículos que se han escrito en aras de defenderme de tanta bajeza, pero el escrito suyo llegó a lo más profundo de mí ser. Lo quiero conocer, venga a Valledupar y se aloja en mi casa, pues quiero atenderlo como usted se lo merece”.
En el mes de Junio de ese mismo año, viajé a la capital del César pero llegué a casa de un hermano mío que reside en Valledupar. Una vez enterado de mí llegada, Colacho fue en su camioneta a saludarme y llevarme un regalo muy especial. Ese mismo día (un sábado), fui invitado por él al Club Valledupar a una fiesta de socios y a la entrada al mismo me presentó al Presidente del Club, Don Darío Pavajeau. Una vez concluida la fiesta, me condujo a una casa particular con los integrantes de su agrupación entre quienes recuerdo a Ivo Díaz con su padre Leandro, a Wilman Jaimes el guacharaquero y a Wilberth su hijo, quien hacía las veces de guitarrista. Hasta las once de la mañana nos estuvimos cantando y departiendo, y hablando sobre folclor. A partir de allí, surgió una gran amistad con Colacho. A finales del mismo año lo invité a que fuese a Cali, costeándole pasajes en avión ida y regreso, alojamiento en mi casa y todo el dinero que se recogiese de una Fiesta de la Colonia de Ocaña, de la cual yo era el Presidente. Colacho agradeció el gesto, pero expresó su temor a viajar por aviones, pero en su lugar designó a Wilberth su hijo, que se enamoró de Cali, de una linda ocañera, que hasta serenata le dio a través de un citófono, porque le impidieron entrar a un Condominio, un día entre semana a las 2 de la madrugada.
Colacho partió de este mundo, cuando aún tenía mucho que dar, pero los aportes musicales que hizo, nunca se han de olvidar, ante todo por su forma de digitar muy original. Al igual que muchos juglares de ese entonces, creó su propio estilo para tocar y cantar, como escucharemos a continuación:

“La Primavera”

“Matilde Lina”

Colacho, con esa misma seguridad que tocaba el Acordeón, hablaba con firmeza y sostenía que lo mejor de su folclor era la parranda, y si era posible que el Acordeonero de turno, no solo ejecutara el instrumento sino que fuera cantante también. Muchos fueron los temas que él mismo vocalizó, pero la fuerza de la corriente comercial, impulsó a crear la figura del Cantante como algo especial.
Colacho fue el Acordeonero preferido de los grandes cantantes, tales como Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Ivo Díaz, Silvio Brito, e incluso acompañó al Trío de Bovea y sus Vallenatos en grabaciones muy exitosas.
Quienes apreciamos el Vallenato de verdad le decimos: Maestro y amigo, tú no has muerto en nuestros corazones, porque tu legado permanece hoy más que nunca, pues como tocabas y cantabas, eso es el auténtico folclor que no lo cambiamos ni cambiaremos jamás. ¡Rey de Reyes para siempre serás!

alejandro-gutierrezBLOG DE AUTOR:  Alejandro Gutiérrez De Piñeres y Grimaldi

«COLACHO» MENDOZA

Alejandro Gutierrez De Piñeres

Nace en 1936 en Sabanas de Manuela, municipio de Caracolí – Guajira, en el hogar de Julio Mendoza y Juana Daza, quienes le orientaron sus primeros pasos y la formación de su arte musical en la Jagua del Pedregal – Guajira. Fue elegido como el segundo Rey del Festival en 1969. Al consagrarse ‘Rey de Reyes’ en el XX Festival de la Leyenda Vallenata, demostró ser el más auténtico intérprete del vallenato clásico. Soy un hombre de pocas palabras, el acordeón habla por mí”. Al lado de su madre, Juana Bautista; y sus hermanos Andrés, “Barón”, Rita y Rosa, salieron en el 48 para la Jagua del Pedregal donde capoteó su adolescencia. Allí veía a su padre ejercer la actividad de técnico de acordeón, al tiempo que desarrollaba su personalidad callada, tímida y humilde.

Esto lo hizo refugiarse en las notas de su acordeón de dos hileras, que le regaló su padre y que cayó seducido por sus dedos gigantes, que servían de puente para entrelazar la música criolla y los más expresivos acordes modernos. Esto generó en el joven de escasos 17 años la fortaleza necesaria para buscar nuevas rutas. Codazzi, Fundación y Patillal, fueron los primeros lugares que vieron su imagen menudita. Pero fue la denominada Capital Mundial del Vallenato, su sitio de mayor consolidación, donde llegó para quedarse.

Cuando ‘Colacho’ Mendoza unió su talento con la Orquesta Guayacán

 Crónica|Por Juan Rincón Vanegas |@juanrinconv

Corría el año de 1995 cuando el primer Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata, Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza, aceptó la responsabilidad de grabar tres canciones con la orquesta Guayacán, gracias a una invitación hecha por su director Alexis Lozano.

La tarea no se planteaba fácil para un veterano acordeonero que iba a grabar una fusión de vallenato con salsa. ’Colacho’ conocía el estilo de la exitosa orquesta, sin embargo no lo pensó dos veces, y se le midió al proyecto que tuvo gran resonancia en el ámbito nacional e internacional.

“La comba al palo”

Para recordar esos momentos, el músico Alexis Lozano accedió a contar esa experiencia musical con el Rey Vallenato ‘Colacho’ Mendoza: “La anhelada producción musical se llevó a cabo en los estudios de Audiovisión en Bogotá, y convoqué a ese veterano juglar que llenaba todos los requisitos”.

Al indagarlo sobre el desempeño de ‘Colacho’ ante dicha fusión, Alexis indicó que le buscó “La comba al palo”, para que se sintiera cómodo. “Para facilitar todo, preparé una pista musical con el sentido del vallenato, y le implementé después el concepto salsero, de tal modo que el maestro ‘Colacho’ se sintiera en casa, como en una parranda. Esos fueron trucos míos como productor”.

El músico, cantante y productor chocoano se emociona con el relato, y continúa diciendo: “Después que grabó libremente, conservando la esencia de su folclor, suprimí la base o pista con formato vallenato, y le añadí la fusión orquestal”.

Prueba de fuego

“El maestro ‘Colacho’ quedó maravillado con el resultado final, con el solo de acordeón y con el swing que le imprimí cantando vallenatos”, recuerda entre risas Alexis Lozano.

Entre los secretos que contó, recuerda que ‘Colacho’ estaba nervioso al emprender la grabación y se tomó varios tragos de whisky, además de que estaba en su ambiente porque eran canciones de Rafael Escalona y Rafael Valencia.

Ese mosaico titulado ‘Guayacán Vallenato’, incluido en la producción musical ‘Como en un baile’, contenía las canciones ‘El mejoral’, ‘El chevrolito’ y ‘La caja negra”.

Tan sólo esa vez, hace 22 años, se produjo el encuentro que sostuvieron los dos artistas. “Esa experiencia fue maravillosa. El maestro ‘Colacho’ era todo un señor. No nos encontramos más, pero en una ocasión lo llamé para enviarle unos cuantos discos. Conversamos un poco con mucha alegría y se mostró satisfecho con el ejercicio musical que compartió con la orquesta”.

Esa fusión con el acordeón del segundo Rey del Festival de la Leyenda Vallenata dejó marcado al director y productor Alexis Lozano. “Yo soy un apasionado del folclor. Sin proponérmelo me convertí en un investigador del folclor vallenato, y encontré en esa música un mar de encantos, de belleza y de inspiración. De otra parte, puedo decir que el Festival Vallenato es una gran muestra de amor propio, de sentido de pertenencia, cosa que le falta a nuestra gente del pacifico. Admiro mucho y felicito desde mi orilla a los directivos de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, quienes cuidan y sacan adelante el evento”.

Para corroborar lo anterior, señaló: “Nosotros, los chocoanos, amamos mucho esa música, incluso tenemos un Rey Vallenato de la Canción Inédita, el compositor William Klinger”.

Testimonio de Wilber Mendoza

El hijo de Nicolás Elías, el Rey Vallenato Wilber Mendoza Zuleta, sobre la grabación de su papá con la Orquesta Guayacán manifestó: “Esa grabación fue un gran suceso, y a mi papá le gustó mucho, no solamente por la fusión de vallenato y salsa, sino por la calidad humana y musical del maestro Alexis”.

Sobre el tema, volvió a destacar: “Con ese disco mi papá era muy celoso, y lo tenía bien guardado. Solamente lo sacaba en ocasiones especiales. Lo ponían y se volvía a guardar. Una vez, un amigo le pidió que le regalara el disco, y dijo que esa joya musical no se la regalaba ni al Presidente de la República”.

“Cada vez que lo escuchaba, deliraba de alegría porque sentía que había logrado una hazaña en la música, y más porque le regalaron un saludo: Maestro ‘Colacho’ Mendoza, en Valledupar”.

Nicolás Elías Mendoza Daza-940Ceñido a su estilo

‘Colacho’ Mendoza incursionó por unos minutos en el mundo de la salsa, unido a la magia del maestro Alexis Lozano, sin salirse de su estilo auténtico, porque nunca olvidó que el maestro Rafael Escalona le tarareaba sus canciones con voz suave y lenta, pero con la precisión de las historias vividas.

Al acordeonero y compositor solamente le tocaba moldear con las notas de su instrumento ese mensaje cantado que muchas veces acarició las puertas del sentimiento.

Yo pensé que un mejoral
iba a curarme este gran dolor,
pero, que me va a curar
si es una pena de amor.

Nicolás ‘Colacho’ Mendoza durante su larga carrera musical alcanzó todos los honores, y grabó con los más grandes artistas. Tuvo una esposa, Fanny Lourdes Zuleta Fernández, quien siempre lo pechichó y le conocía sus más pequeños caprichos. Era un hombre de palabra y amigo de sus amigos, entre ellos el maestro Rafael Escalona, quien lo conoció tanto, que hasta le hizo una canción con motivo de su matrimonio.

Entristecido quedó Escalona
porque Fanny se llevó a ‘Colacho’,
mírenla, vestida de blanco
con su velo y su corona.

Habló con el acordeón

En la privacidad de su habitación no tocaba el acordeón, sino que prendía el televisor y se ponía a ver el programa ‘El Chavo del Ocho’, con el cual reía a carcajadas por las ocurrencias de sus protagonistas. Lo hacía sin querer, queriendo.

Al hijo de Caracolí Sabanas de Manuela, La Guajira, lo describió muy bien el Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez: “Bastaba que ‘Colacho’ tocara un vallenato de Escalona para que fuera maravilloso, sin más pruebas que el poder de su talento y la autoridad de su voz”.

La figura del gran acordeonero, siempre fue referencia obligada en el universo vallenato, y así lo ratificó Diomedes Díaz, quien al lado del gran ‘Colacho’ se llenó de requisitos por su talento y amor al folclor.

Nicolás Elías Mendoza Daza, quien murió en Valledupar a los 67 años, se describió en una frase máxima: “Soy un hombre de pocas palabras. El acordeón habla por mí”.

BLOG DEL AUTOR:  Juan Rincón Vanegas

El cuñado que enseñó a ‘Colacho’ Mendoza

Nicolás Elías Mendoza Daza †  "Colacho Mendoza" a la edad de 20 años.
Nicolás Elías Mendoza Daza «Colacho Mendoza» a la edad de 20 años.

Por: Aquilino Cotes Zuleta*

Lo natural hubiese sido que Julio Mendoza Mejía hubiese enseñado a tocar acordeón a su hijo ‘Colacho’ Mendoza Daza (1936–2003), porque Julio fue acordeonero y hasta arreglaba acordeones; pero no fue así, esas son las paradojas de la vida.  Seguir leyendo «El cuñado que enseñó a ‘Colacho’ Mendoza»