NICOLÁS ELÍAS COLACHO MENDOZA

(15/04/1936 – 27/09/2003).

Por José Atuesta Mindiola

I

Pueblo de Caracolí
de Sabanas de Manuela,
allá en la Guajira bella
nació este niño feliz;
y se vino por aquí
siendo apenas un muchacho
y dijo yo soy Colacho,
hijo de Julio Mendoza,
con mi música sabrosa
al parrandero emborracho.

II

Colacho un hombre sensato
el gran Nicolás Elías,
con el paso de los días
lo eligen rey vallenato.
Hombre de talento innato
nunca se ufanó de engaño;
alumno de Chico Bolaño,
de Morales y Martínez;
pero su estilo define
con el paso de los años.

III

Músico de intensidad,
un lucero de la noche,
nadie de él guarda reproche,
fue un maestro de verdad.
Caballero en la amistad
de la A hasta la Zeta,
su esposa Fanny Zuleta
y sus hijos son testigos,
también todos sus amigos
parranderos y poetas.

IV

Colacho y su acordeón
con sus bonitos sonares
interpretó a los juglares
más grandes de la región.
Embelleció el corazón
de bonitas melodías;
es ángel en epifanía
en el reino celestial.
Su música es inmortal
maestro Nicolás Elías.

Atentamente
José Antonio Atuesta Mendiola
Cel: 3015734205

♦♦♦

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

AQUEL RETRATO INOLVIDABLE DE NICOLÁS ‘COLACHO’ MENDOZA

Crónica

-Hace 18 años murió “Nicolás Elías”, como lo llamaba Diomedes Díaz, dejando su nombre enmarcado en los anales del folclor vallenato donde aparece como el primer Rey de Reyes del acordeón en el año 1987-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza, primer Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata en el año 1987

Cuando Nicolás Elías Mendoza Daza creyó que su corazón tenía la edad precisa para amar, tomó la determinación de hacerlo y en esa ocasión no lo demostró con notas de su acordeón, sino con un retrato para que la joven escogida tuviera su imagen a primera vista.

Ella, Fanny Lourdes Zuleta Fernández lo recibió y lo guardó como el más grande tesoro, no sin antes decirle que SI. Esa respuesta puso de fiesta al corazón del gran ‘Colacho’ Mendoza, quien desde ese instante comenzó a edificar ese amor que llegó hasta el final de sus días, el 27 de septiembre de 2003 a las 10:45 de la mañana.

El retrato fue el verdadero pasaporte para comenzar más feliz que nunca su vida artística, con la cual cosechó los mejores triunfos desde su llegada a Valledupar procedente de su tierra natal, Caracolí Sabanas de Manuela, La Guajira.

Es así como el siguiente paso, después de dos años de amores y tener el visto bueno de los padres de su amada: Marcos Zuleta y Delfina Fernández, se casó con Fanny el 15 de agosto de 1962, hecho que motivó una canción de su inseparable amigo Rafael Escalona.

Entristecido quedó Escalona
porque Fanny se llevó a ‘Colacho’
mírenla, vestida de blanco
con su velo y su corona.

Al llegar a Valledupar, ‘Colacho’ Mendoza tuvo la mayor acogida por parte de la familia Pavajeau Molina, y poco a poco comenzó a escribir su historia musical que lo puso en el máximo pedestal cuando en 1969 se coronó como el segundo Rey Vallenato al lado del cajero Rodolfo Castilla y el guacharaquero Adán Montero.

En esa ocasión interpretó el paseo ‘La guacamaya verde’ (Luís ‘Pitirri’ Castrillón); el merengue ‘La Pule’ (Emiliano Zuleta Baquero); el son ‘Elvirita Armenta’ (Simón Salas) y la puya ‘Cuando el tigre está en la cueva’ (Juan Muñoz).

Dieciocho años después, se coronó como el primer Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata, y en esa oportunidad lo acompañaron en la caja Pablo López y en la guacharaca Virgilio Barrera. Presentó el paseo ‘La creciente del Cesar’, el merengue ‘La brasilera’, el son ‘Las vacaciones’, todos de la autoría del maestro Rafael Escalona, y la puya ‘Cuando el tigre está en la cueva’, de Juan Muñoz.

Su hazaña musical la redondeó al grabar con los cantantes vallenatos Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Iván Villazón, Silvio Brito, Alberto Fernández Mindiola, Carlos Lleras Araújo, Pedro García, Ivo Díaz, y cerró con Adalberto Ariño.

Las exaltaciones a ‘Colacho’ Mendoza como músico vinieron de todas partes: comenzando por Alfonso López Michelsen, Rafael Escalona Martínez, Consuelo Araujonoguera, y terminando con Gabriel García Márquez, quien escribió. “Bastaba que ‘Colacho’ tocara un vallenato de Escalona para que fuera maravilloso, sin más pruebas que el poder de su talento y la autoridad de su voz”.

En el universo vallenato quedaron regadas por montones las notas del acordeón de este juglar que se ganó el cariño de todos, como el de su colega y amigo Emilianito Zuleta Díaz, quien le regaló una canción:

Es difícil componer una canción
y ponerle el sentimiento que uno quiere
componerla con todito el corazón
y buscarle una apropiada melodía,
por eso es que yo hago esta composición
dedicada para Nicolás Elías
que nació fue pa’ sabé tocá acordeón
y esa es la nota que emociona al alma mía.

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Nicolás ‘Colacho’ Mendoza y Fanny Zuleta, escribieron una gran historia de amor

El hijo de ‘Colacho’

En esas travesías del amor por los vericuetos del sentimiento llegó al hogar de ‘Colacho’ y Fanny, el 24 enero de 1964, el hijo que le seguiría los pasos en la música, Wilber Nicolás, quien se convirtió en Rey Vallenato en el año 2013, y su primer acto fue visitar la tumba de sus padres en el cementerio Jardines del Ecce Homo de Valledupar.

En medio de la emoción infinita y de rodillas sobre ese pedazo de tierra le pidió a sus compañeros de hazaña, el cajero Aníbal Alfaro Simanca y el guacharaquero Wilman Jaimes Barbosa, que lo acompañaran a dedicarle a sus viejos la canción que más les gustaba, ‘La vieja Sara’, del maestro Rafael Escalona.

“Cuando mi padre la interpretaba, mi madre lloraba. Era su canción preferida”, dijo Wilber con la nostalgia dibujada en el rostro al recordar a los dos seres que le marcaron el camino y le dieron la mayor enseñanza de vida.

La historia del retrato

Una tarde del mes de abril de 2004, cuando Fanny Zuleta volvió a retroceder el tiempo debido a que el 37° Festival de la Leyenda Vallenata se hizo en homenaje a ‘Los grandes’: Consuelo Araujonoguera, Alfonso López Michelsen, Rafael Escalona Martínez y Nicolás‘Colacho’ Mendoza, sacó de un viejo baúl los recuerdos gráficos y apareció la famosa foto que tenía una dedicatoria con su puño y letra: “Para mi inolvidable Fanny, de parte de su novio que no la olvida un instante”.

Aquella vez, como agradecimiento al periodista por dedicarse a exaltar a los personajes del folclor vallenato, ella lo hizo depositario de ese recuerdo inolvidable.

Todavía se conserva el retrato de ‘Colacho’ Mendoza joven, lleno de vida y se le añora con su timidez, con sus detalles, con su sombrero, con sus melodiosas notas del acordeón, pero más como lo describió Fanny Zuleta, escondido en su habitación viendo en la televisión el programa ‘El chavo del 8’, que lo hacía reír a carcajadas.

Ese era ‘Colacho’ Mendoza, al que su compañero Ivo Luis Díaz, el hijo de Leandro, lo definió en una magistral canción como “el acordeonero más noble del Valle, el del sombrero fino y el acordeón al pecho”.

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BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

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NICOLÁS ‘COLACHO’ MENDOZA: “EL CABALLERO QUE CONOCÍ”

Por: Alejandro Gutiérrez De Piñeres y Grimaldi

Desde muy temprana edad, las notas emanadas de un Acordeón, tal como lo ejecutan, en la Región caribe colombiana, atrajeron mi atención, pues producían en mi alma gran alegría y mucha emoción. Aún recuerdo letras y melodías de esos cantos inolvidables, que a diario solía repetir, por doquiera que me hallaba, pues ya estaban anclados, bien adentro de mi corazón.

Cada vez que me era posible, adquiría en los almacenes de discos, los temas de actualidad en ese entonces, pero preferencialmente de intérpretes, tales como Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, Alejo Durán, Luís Enrique Martínez, Julio De la Ossa, Andrés Landero y otros más, con los cuales me entretenía y me entusiasmaba, como si hubiese nacido en el Magdalena grande, porque al escuchar las notas de esos juglares, espontáneas y originales, producto de sus vivencias, anhelaba desde muy joven, ser partícipe de reuniones, en las cuales el Acordeón fuese el actor principal.

De toda esa cantera de músicos empíricos por naturaleza, pero de una gran creatividad, uno de ellos, ha ocupado siempre, un lugar preferencial: la figura sobria y sincera, del gran Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, quién por su gran talento y creatividad, para ejecutar el Acordeón, supo ganarse el aprecio y reconocimiento del público que lo supo escuchar, bien individualmente o acompañando a artistas de gran talla musical.

Uno de los primeros temas, que caló mucho en el gusto popular, fue el Paseo titulado ‘Despedida’, del compositor Luciano Gullo Fragoso

Con el correr del tiempo y tras haberse creado el Festival Vallenato, el deseo de conocer personalmente a esas grandes figuras, estaba muy arraigado. Por consiguiente, procuré por todos los medios posibles, hacer presencia en dicho certamen. Fue así como en el mes de junio de 1.970, decidí viajar a la capital del Departamento del Cesar, para asistir a la tercera edición del citado evento y así, convertirme en un espectador activo, de algo que corría ya por mis venas: la música vallenata.

Tras inaugurarse formalmente el Festival, con la presentación del Ballet Folclórico del Cesar y el conjunto Estampas del Cañaguate, con Florentino Montero, al día siguiente en la Plaza ‘Alfonso López’, no cabía un alma más. En diversidad de kioscos instalados en dicho lugar, se llevaban a cabo las rondas eliminatorias, en sus distintas categorías, pero más allá, en bares, fuentes de soda y en andenes, notas melodiosas de fuelles inmarcesibles, emergían por doquier. Fue allí cuando pude observar, a corta distancia, las figuras que ya eran para mí conocidas, a través de las carátulas de los discos, de ‘Colacho’ Mendoza, Luís Enrique Martínez, Armando Zabaleta y del compositor Camilo Namén. Gran alegría me produjo ese encuentro, pues pude deleitarme en vivo y en directo, de algo con lo cual venía soñando de tiempo atrás.

Varias horas estuve presente, escuchando esos virtuosos del canto y del Acordeón. La música de ellos ocupaba un lugar destacado en mi archivo, lo cual me permitió valorar más y mejor, a estos dignos exponentes, representativos de una identidad músico – cultural.

Habiéndose creado el Concurso Rey de Reyes, en su primera versión el ganador fue ‘Colacho’ Mendoza, quien luego de haberse coronado vencedor, fue objeto de múltiples e injustificados ataques, dado que reinaban ciertos intereses de parte de las casas discográficas, las cuales ejercían influencia en determinados sectores de la población y so pretexto que ‘Colacho’ era el preferido de la clase dirigente de Valledupar, quien lo había hecho coronar vencedor, tratando así de restar méritos, al mejor ejecutante de los bellos aires autóctonos y tradicionales, del Valle del Caique Upar.

A raíz de ese suceso vergonzoso, opté por publicar un escrito, dando el crédito a ‘Colacho’, por reunir los méritos suficientes para ser Rey de Reyes, por encima de la propaganda burda y rastrera, de querer dibujar en la mente del pueblo, la absurda creencia que hubo varios participantes mejores que él. El escrito en mención, publicado en el Diario Occidente, de la ciudad de Cali, tuve a bien enviarlo al propio ‘Colacho’, quien al leerlo derramó lágrimas y lloró emocionado, por lo cual decidió contactarme telefónicamente.

‘Colacho’ tuvo a bien manifestarme durante el diálogo en mención, que, de todos los escritos y mensajes, publicados y recibidos, el mío lo había impactado en gran medida, habiéndolo hecho publicar en una Revista dirigida por Doña Consuelo Araújo-Noguera y leído en una Radiodifusora local. A renglón seguido, me cursó una invitación, para que fuese a Valledupar, me alojase en la residencia de él y por supuesto, de su círculo familiar.

Agradecido decidí aceptar dicha invitación, pero opté por alojarme en casa de un hermano mío en Valledupar. Encontrándome ya en esta ciudad, me permití dar aviso a ‘Coalcho’, quien en asocio de su hijo Wilbert, se desplazó hasta Los Campanos, para llevarme un precioso regalo y, de inmediato me curso una invitación, para que, en horas de la noche lo acompañase al Club Social Valledupar, donde se iba a presentar con su Conjunto e Ivo Díaz como vocalista.
Una vez concluida la citada reunión, nos fuimos a un lugar con todos los integrantes del grupo musical en compañía del Maestro Leandro Díaz, departiendo y cantando hasta el mediodía.

Fue allí, donde pude escudriñar, a carta cabal, a una persona de un gran talante, todo un caballero y señor, muy humano y sencillo, que daba lo mejor de sí mismo, sin máscaras ni apariencias falsas, sino de un ser de una nobleza impresionante. Esa imagen que me formé de él, he podido corroborarla por muchos testimonios de grandes personajes, que en vida tuvieron la oportunidad de tratarlo.

Después de haber disfrutado de esos preciosos detalles, regresé de nuevo a Cali, lugar de mi residencia, pero decidí tenderle a ‘Colacho’ una invitación muy especial: Que fuera a Cali, se alojase en mi casa y se presentase en una reunión de la Colonia Ocañera, de la cual yo era Presidente. El trato incluía pasajes ida y regreso, costeados de mi bolsillo y, todo lo producido, sería para él. De corazón me confesó que le tenía pavor a viajar en Avión, pero en su lugar me recomendó que invitase a Wilbert su hijo, lo cual efectivamente se cumplió.

Que gran oportunidad el destino me brindó, de conocer y tratar, a uno de los hombres que, con sus notas brillantes y originales, vino a darle nuevos matices a una música orgullo de nuestra nación y, ante todo exhibir sus dones de anfitrión, cálido y cercano, para los que tuvimos la oportunidad, de compartir su cercanía y amabilidad.

BLOG DEL AUTOR: Alejandro Gutiérrez De Piñeres y Grimaldi

Un acordeón para ‘Colacho’

La gesta de los hermanos Pavajeau y la historia de las amistosas confrontaciones de los primeros acordeoneros que se citaban en el Valledupar de la época en lid de indomables notas de acordeón.

El reloj marcaba las nueve y treinta de la mañana cuando le dejaron  caer el pesado aldabón de cobre sobre una de las hojas de la puerta elaborada en cedro. El viejo Roberto habló en voz alta para que la empleada abriera la puerta,  ella dejó el oficio y salió rauda a ver quién era.  El viejo con oído de tísico escuchó cuando preguntaron por él y con el mismo tono de voz le dijo: “Cunse,  déjalo entrar que ese es mi compadre Juan Muñoz”

Juan siempre visitaba a Roberto Pavajeau Monsalvo cuando venía a Valledupar a hacer alguna diligencia procedente de San Diego, lugar donde habitaba. Un hombre menudito, de tez morena, ojos negros saltones, cabello hirsuto del mismo color.

Juan era un avezado acordeonero que tenía fama por las regiones del Valle gracias a sus encuentros musicales con Fortunato Fernández,  su tío, acordeonero extraordinario  de quien Juan aprendió a ejecutar el aire de puya, ritmo al que pulió y dio verdaderos patrones musicales. 

 Autor de la puya la ‘Vieja Gabriela’, con la cual tuvo la oportunidad de derrotar al diablo cuando le salió una noche de parranda camino a su finca en la vereda El Rincón, corregimiento de Media Luna. 

 Juan  se volvió un hombre  célebre  trabajando en el  correo nacional de Colombia, llevando y trayendo buenas y malas noticias procedentes de los pueblos  entre Valledupar y    Fundación.  En ese trayecto, a orillas del Garupal, compuso el hermoso merengue ‘La Estrella’.

‘La Cacica’ Consuelo Araújo, Darío Pavajeau, ‘Poncho’ y ‘Emilianito’,’ Gabo’ y el maestro Escalona. FOTO/CORTESÍA.

Quiero aclarar que Juan Muñoz fue el único acordeonista que laboraba en el correo nacional de Colombia, a diferencia de los otros músicos que se desplazaban de pueblo en pueblo a lomo de burro animando las “velaciones” y fiestas patronales con el único afán de parrandear y engendrar hijos como Dios manda. 

En Valledupar eran famosos y frecuentes los encuentros entre acordeoneros de la región dando origen a grandes confrontaciones musicales y famosas piquerias. 

Acudían Fermín y Luis Pitre de Fonseca;  Francisco ‘Chico’ Bolaños y su hermano Mauricio de El Molino, La Guajira;  Emiliano Zuleta Baquero y Toño Salas de El Plan;  Juan López y Carlos Noriega de La Paz; de San Diego, Juan Muñoz y Fortunato Fernández. 

Lorenzo Morales de Guacoche; Efraín Hernández y Chiche Guerra oriundos de Valledupar; Eusebio ‘Chevo’ Ayala de Camperucho, y Fulgencio Martínez de Valencia de Jesús; todos ellos y otros  respondían al llamado que hacían personajes y líderes de la sociedad vallenata con quienes armaban parrandas y piquerias interminables. 

Cada familia por lo general tenía un acordeonero de cabecera.  Lorenzo Morales, de Guacoche, su mecenazgo lo ejercía el magistrado Hernando Molina Maestre; la representación del acordeonero Juan Muñoz lo ejercía Roberto Pavajeau Monsalvo; ‘Chico’ y Mauricio Bolaños en casa de Eloy Quintero Baute; Fortunato Fernández  protegido de Ciro Pupo Martínez;  Fermín y Luis Pitre grandes amigos de Aníbal Guillermo y Juancho Castro Monsalvo; Francisco Valle, un parrandero a carta cabal, quien ejercía un compadrazgo con Chiche Guerra y Efraín Hernández y Chevo Ayala.     

Si bien es cierto que la música tradicional vallenata ejecutada en acordeón no tenía el beneplácito de otras expresiones  musicales, que en su momento ejecutaban todos los aires comerciales  que se escuchaban en la región, las familias vallenatas ejercieron un mecenazgo” maravilloso, muchas veces descalificado por algunos escritores e investigadores que  tildaron de excluyentes a los miembros del Club Valledupar porque a través de una resolución no permitían el acceso de los conjuntos de música tradicional vallenata al centro social, porque su junta directiva en cabeza de Juancho Castro Monsalvo, presidente, había impuesto esta normatividad.   

Sé que una razón poderosa de las directivas del club para evitar el acceso de los conjuntos vallenatos al interior de su sede fue disciplinaria, para evitar que algunos socios indomables como ‘Alvarito’ Molina y ‘Poncho’ Castro birlaran las reglas.

Lo que no saben los contradictores es que ‘Juancho’ Castro Monsalvo fue un insigne parrandero, amigo incondicional del extraordinario acordeonero mariangolero Saúl Betín y ‘Juancito’ Granados, el ‘Gallo de Camperucho’. Juancho  murió en un accidente de tránsito cuando su Jeep se volcó cerca de Guaimaral cuando regresaba de sus fiestas patronales.

Una buena pregunta sería si en esa misma época en el Club Cartagena, en el Club San Fernando en Cali o en el  Club Unión de Medellín, permitieron el ingreso o animaban sus fiestas con grupos de gaitas folclóricas de las sabanas de Bolívar  o de grupos de música folclórica colombiana. No señores.

Los clubes sociales siempre utilizaron  orquestas o agrupaciones musicales tipo Banda Americana, orquestas como la de Lucho Bermúdez, Rufo Garrido, la Orquesta de Toño Fuentes, Pacho Galán, Pedro Laza y sus Pelayeros; Reyes Torres de Villanueva y Pello Torres de Sincelejo eran contratados por todos los clubes del país para animar sus noches de bailes.  La música folclórica colombiana jamás fue contratada para amenizar estos eventos, dado que su repertorio era muy escaso y no interpretaban la música comercial bailable del momento.

Juan Muñoz y el viejo Roberto conversaban debajo de la troja que estaba ubicada en el centro del patio, saboreando un café con jengibre que les trajo la Cunse.  Hablaban de los últimos sucesos acaecidos en San Diego y de los adelantos realizados en su finca de El Rincón.

‘El Turco’ Pavajeau

En ese momento Juan lo interrumpió para decirle que venía al Valle en busca del gerente de la Caja Agraria para que le enviara un visitador y le evaluara la finca para conseguir un crédito y comprar unas novillas para agrandar su lechería.

Él le increpó: “No se preocupe compadre que ya le llamo al gerente para arreglar este asunto”.  El viejo ‘Robe’ le recordó con pelos y señales la quema del carro Ford modelo 36 que había quedado hecho cenizas en una curva antes del puente Salguero cuando regresaba de San Diego en una noche de jarana con Juan Muñoz y sus amigos.

Rita Molina caminaba de un lado para el otro dentro de la alcoba  arreglando las maletas de sus dos hijos, Darío y el ‘Turco’ que viajarían al otro día para Medellín a estudiar en el colegio de La Bolivariana.  Acomodó en el fondo de las maletas los pantalones y camisas en los bolsillos de los costados las medias, interiores y pañuelos marcados con las iniciales de cada uno para que no se confundieran.

Para Darío y el Turco era difícil emprender este viaje donde se desprendían de su entorno parrandero, dejar a Jaime y Alvarito Molina, Jaime Ackerman, Poncho Castro, Luis Joaquín Pumarejo y a Nicolás Elías “Colacho” Mendoza que trabajaba con ellos  trayendo la leche desde Jericó y Punta e’ Piedra  en el jeep Willy de la familia. A “Colacho” lo llevó a laborar a la casa Pavajeau Molina Armando “El Yío”. Esta historia es interesante porque nadie se percató ni si quiera Tía Rita, para que Darío con la agilidad de una ardilla, sustrajera del escaparate de sus padres veintiocho morocotas bañadas en oro de 21 quilates y las camuflara dentro de las  medias en el bolsillo que ya había arreglado su mamá.

La parranda del día anterior había surtido efecto y el crédito había sido aprobado por el gerente para que Juan Muñoz comprara 10 novillas y aumentara su incipiente ganadería. Darío y el Turco con dolor en el alma se habían desprendido de sus amigos y acordeoneros de cabecera “Lucho” Castilla, Pedro y Florentino Montero pero especialmente de “Colacho” quien ya hacía parte de la familia.  Al llegar a Medellín se encontraron con nuevos amigos provincianos y vallenatos que estudiaban allá, Gustavo Gutiérrez, Tom Mejía, Alfredo Cuello, “Miguelito” Pimienta, Rafael “El Negro” Amarís, Alfredo y Rodolfo Martínez entre otros, quienes fomentaron en parrandas estudiantiles, la música Vallenata en la ciudad de la eterna primavera.

Mercedes Barcha, ‘Gabito’ y Darío Pavajeau

A pesar de todo el guayabo que por su tierra y su gente sentían, la imagen de “Colacho” no podía salir de sus recuerdos y decidieron de mutuo acuerdo comprarle un acordeón. Todos los domingos de la mesada se descontaban cinco pesos para pagar el acordeón de dos teclados y medio color gris, que costaba doscientos mil pesos  en la “Casa Conti”. Pronto llegaron las vacaciones y los ahorros no alcanzaron para comprar el instrumento pero ellos notaron que Darío tenía un movimiento de plata y nadie sabía su procedencia, pero el Turco de manera sigilosa se percató de su procedencia y supo que Darío y “Miguelito” Pimienta quien lo acompañó calladamente  había vendido las 28 morocotas por ciento cuenta mil pesos en la “Joyería El Cronómetro” y le exigió que con parte de ese dinero completaran para comprarle el acordeón a “Colacho”. 

El cupo del avión lo logró el “Yuco” Martínez en un DC-3 de Avianca con 28 pasajeros que salió de Medellín rumbo a  Valledupar. Después de tres horas y medias se abrieron las puertas de la aeronave a la una de la tarde en el aeropuerto Alfonso López y los últimos en salir fueron los hermanos Pavajeau que traían en sus manos el estuche con el acordeón de Colacho.  En la escalerilla del avión estaban esperándolos Manuel Narciso Martínez, Pedro Gloria, Álvaro Brugés, Colacho y Rafael Escalona, quienes armaron una algarabía entre abrazos y risas entregándole el dos hileras y media a Nicolás Elías quien ejecutó la Custodia de Badillo acompañado de Cirino Castilla en la caja y José de la Cruz Guerra “Compa Crú” en la guacharaca.

Terminado el recibimiento abordaron los Willys perdiéndose en las calles polvorientas del Valle, parte del grupo fue a parar a la arrocera de los Gloria, arriba en la calle de hurtado donde permanecieron hasta las siete de la noche cuando tocaron el eslabón de cobre de la puerta de su casa con las maletas en la mano y el viejo “Robe” les abrió la puerta de cedro y exclamó: ¡Carajo al fin se les ocurrió venir a saludarnos!

Los Pavajeau en cabeza de su padre el odontólogo Roberto Pavajeau Monsalvo, fueron y continúan siendo una familia que ejerció un mecenazgo increíble para conservar, preservar y difundir la música tradicional vallenata.  Armando “El Yío”, Darío y el “Turco” sobre todo estos dos  últimos, regaron el vallenato por todas partes, gente de puertas abiertas sin distingo de razas ni colores cuando de música se trata, amigos de sus amigos y sin dudarlo fueron piezas fundamentales para la creación del Festival de la Leyenda Vallenata.

En un clásico Willy: Darío Pavajeau, Hugues Martínez y ‘Colacho’ Mendoza. FOTO/CORTESÍA.

POR: EFRAÍN ‘EL MONO’ QUINTERO/EL PILÓN