EL GALLO SIN ESPUELAS

Crónica

Por Guillermo Mendoza Acosta.

Los llamados gallos de pelea, de combate o de lidia se caracterizan por tener un comportamiento sumamente agresivo y se crían, precisamente, con el objetivo de enfrentar los machos entre sí a manera de diversión y entretenimiento para quienes gustan de este tipo de espectáculos; sobre todo, en nuestras tierras costeñas, que evocan una tradición cultural.

Roberto Vicente Arias Díaz (Robertico), un patillalero de nacimiento pero juntero de corazón, que vivió́ frente a La Ventana Marroncita toda su vida y falleció́ en este mismo rinconcito de La Guajira, a la edad de 80 años, es nuestro personaje invitado al igual que Moisés Maestre Mendoza (Moiseito), quienes protagonizaron esta historieta.

Me cuenta Nicolás José́ Arias (Nico), el hijo mayor de Robertico, que su papá jamás fue gallero, aunque se ponía las espuelas de cabalgadura, y llegó a tener en su patio uno que otro combatiente plumífero, que él no iba a las galleras a jugar, sino a tomarse unos traguitos y a ‘mamar gallo’ con sus amigos; pero, lo cierto es que fue un notable y aguerrido labriego de hacha y machete más valiente y brioso que cualquier gallo fino; que el campo era su vida y, allí́, en las tierras suyas ‘Villa Clara’- El Hatico de Juan (región de Carrizal) encontró́ la ilusión y el escenario de batallas para trabajar felizmente y sacar adelante, con el sudor de la frente, su numerosa familia compuesta por su esposa Rosa Leonor González y una cuadrilla de 11 hijos.

Dice mi amigo y paisano Nico Arias, que su progenitor, a la edad de 33 años, cuando preparaba la tierra para hacer una rosa, al momento que estaba hachando un palo de granadillo le dio un derramen cerebral y, al caer al suelo, una rama seca que se desprendió́ del árbol le hizo una herida en la cabeza, justamente, donde tenía el coagulo y, se salvó́ milagrosamente, pero quedó con problemas de motricidad y del habla. A punta de voluntad, optimismo y perseverancia, Robertico, logró superar parte de su salud, y nuevamente volvió́, aunque con dificultades, a caminar, hablar y valerse por sus propios medios.

Se dedicó́, entonces, a la venta de loterías en todos los pueblos del sur de La Guajira y Valledupar. Tenía una suerte maravillosa: alcanzó a vender muchos premios, incluso, él se llegó́ a ganar unas fracciones en dos oportunidades. Pero la suerte con Moiseito Maestre ya estaba echada. Resulta que, un día le fio un billete entero y para que este se lo pagara fue el lio más grande del mundo. Después de varios intentos fallidos para cobrarle la plata de la lotería, le echó un viaje mañanero y, milagrosamente, lo encontró́ en casa, en Curazao.

Robertico, llegó montado en su burro hechor ensillado con aperos de caballo (utensilios que rara vez se usan en estos animales, pero que por su situación física lo cabalgaba así́), incluso, hasta con ‘espuelas’, cual jinete del oeste listo para el combate. Al bajarse del equino, todo enfurecido se dirigió́ a Moiseito, tartamudeando:

-Por fin te…te encontré́ Moiseito, diablo pí…pícaro, ¡carajo!…ya van varias veces que he venido a cobrate y tú nunca estái aquí́.

-Ve, Robertico ¿y qué culpa tengo yo que tú no me encontréi aquí́ en la casa, ve?

-Maldito sea en ti, Mo…Moiseito ¿Tu creei que por que yo estoy pa…patuleco y no puedo hablá bien te voy a tené miedo?…hoy si vengo dispuesto a lo que sea, hasta pa matarnos si es el caso, si no me pagái ahora mismo la plata que me…me debéi, ¿oite?

Moiseito, que estaba del lado adentro de la casa, en la tienda, se sorprendió́ por la furia y la intención que traía el reconocido lotero Robertico y cuando vio que puso, afanosamente, un pie sobre la banca para quitarse las espuelas, porque, supuestamente, les estorbarían para pelear, le gritó con su acostumbrado desplante:

-Pero bueno, Robertico, si los gallos finos cuando los van a pelea, por el contrario, le ponen las espuelas y ¡listo!…¿y tú́, más bien, te las vay a quitá pa pelea conmigo?

Con esa mortal salida del gran Moiseito Maestre, Robertico quedó como gallo espueleado tendido en la lona, y con el corazón desarmado no tuvo más nada que hacer, sino reír, reír y reír hasta más no poder.

-Hombe Moiseito, definitivamente, ya…ya me jodite tú, dejemos las cosas así́, yo…yo mejor me voy porque soy ca…capaz hasta de fiate nuevamente, y…y así́ puedo quebrá mi…mi negocio de lotería. Acosta.

 

 

Escribió: Guillermo Mendoza Acosta

 

 

«NUESTRA CRÓNICA SABATINA»

Hoy, como todos los sábados, el gallo entonó su canto en la madrugada, pero esta vez, sonó y sonó como alarma perdida en el tiempo, anunciando que ya era hora de que nuestro novel escritor juntero despertara para publicar por este medio su acostumbrada «Crónica Sabatina», dedicada a resaltar la semblanza de nuestros coterráneos. El gallo calló al sentir el silencio de la pluma del cronista, que, sin querer, doblegó ante el mal llamado virus chino que lo tomó de sorpresa y, lamentablemente, lo mantiene recluido en una clínica de la ciudad de Valledupar.


Desde mi lugar de confinamiento, hago extensivo mis saludos, mis fuerzas y mis oraciones ante el Todopoderoso para que la salud de nuestro paisano y primo, José Jaime Daza Hinojosa, sea restablecida muy pronto para bien propio, de su hogar, de sus amigos y familiares que, como yo, lo apreciamos y estamos atentos de su evolución médica.


Primo Jose, sea este momento de su vida una prueba más para comprobar de que Dios si existe, que lo va a levantar de su lecho de enfermo totalmente sano y recargado de energías para seguir entre nosotros (familiares y amigos) y con esa noble tarea de contarnos la vida y obra de las personas descendiente de nuestro pueblo.


Lo cierto es que, en el momento, el inconsciente estado de salud de mi colega escritor, José Jaime, solo estará lúcido para hablar con Dios y pedirle por su vida y su salud; mientras tanto, en silencio, irá redactando la que será su mejor ‘Crónica Sabatina’ en homenaje al Creador del Universo, quién lo sacará de este difícil momento y que se publicará una vez vuelva a su normalidad.


Con sentimiento familiar, comparto con usted y su familia el mal momento por el que están pasando.

Escribió: Guillermo Mendoza Acosta.