¿Centro comercial o cultural?

Luis Carlos Ramirez Lascarro

La reciente adjudicación del faraónico Centro Cultural de la Música Vallenata presenta una serie de dudas e inquietudes, parecidas a las que debió plantear la construcción del Parque de la Leyenda Vallenata, otra monumental obra que no pasó del coliseo que sirve de escenario para las rondas finales y los grandes conciertos del Festival. ¿Dónde están las colecciones que alimentarán el museo y el centro de documentación? ¿No debió pensarse primero en el contenido que en el continente? ¿Será, realmente, este espacio un aporte significativo para la Salvaguardia de la música vallenata tradicional? ¿Por qué se enfatiza más en las formas qué en el fondo al presentar la obra? ¿Se necesita todo ese cemento?

Desde mediados de la década de 1990 se decía que en el parque habría un anfiteatro de investigación, una sala de cine, una videoteca, una biblioteca y una fonoteca, dedicadas exclusivamente a la preservación y difusión de la música vallenanta y, además, se colocarían los bustos de los reyes vallenatos desaparecidos, todo lo cual quedó en veremos. Antecedente poco esperanzador para esta nueva obra descomunal y multimillonaria.

En el CCMV se habla, además de los locales comerciales destinados para tienda, banco y cafetería, de un gran salón de eventos y el Museo del vallenato, enfatizando en las posibilidades de configuración y reconfiguración de la primera, además de su dotación con las más modernas tecnologías de audio y video, por encima de la propuesta museográfica que habrían desarrollado de acuerdo al PES del Vallenato, de la cual hablan escuetamente, nuevamente enfatizando en las herramientas tecnológicas que permitirían a los usuarios aproximarse a la historia y comprensión de los elementos característicos, musicales y literarios del vallenato, sin mencionar los proyectos y productos de investigación que alimentarían la línea museológica de la entidad, más allá de un centro de documentación que estaría en el piso 4. ¿Notan el énfasis en la forma y no en el fondo? ¿Qué en esa exposición de la gobernación no se ocupa de lo realmente importante?

Se vende al CCMV como el edificio que “recoja y explique a propios y a extraños que es este bien inmaterial que es el Vallenato, la música vallenata”, pero esto se realiza enfatizando en el supuesto impacto económico de 34 mil millones de pesos derivados de las actividades comerciales asociadas a él. ¿Es este un centro comercial o cultural? Si, la iniciativa debe ser sostenible en el tiempo. Si, es necesario incentivar el turismo en la ciudad. Si, es necesario dinamizar la economía. Pero nada de esto incide directamente en la salvaguardia del vallenato tradicional, que debe ser la consigna primaria del asunto. Es mucha, demasiada plata invertida en infraestructura física que podría destinarse a financiar proyectos de investigación por toda la costa e incluso más allá, porque hay otras regiones de Colombia que han contribuido grandemente al posicionamiento de la música vallenata sin que se les reconozca su importancia, como Bogotá. Entonces sí, cuando tengamos montañas de documentos pensemos en un centro de documentación y hasta en un museo. Esto, sin pensar en que ese mismo dinero puede ser invertido en otras cosas prioritarias para la ciudad y el departamento, que todos conocemos y no es necesario enunciar.

Los Festivales han hecho las veces de depósitos de la memoria del vallenato tradicional, pero, si ni siquiera el de Valledupar, que es el referente, tiene documentada y disponible para la comunidad toda su historia, ¿qué podemos esperar de los más pequeños y desfinanciados?

Hace años se suspendió el Encuentro nacional de investigadores de la música vallenata y, ni con el PES en vigencia, ha surgido un evento que supla su falta. No se conocen los trabajos de investigación y documentación que hayan surgido del seno del Clúster de la música vallenata y la mayoría de las acciones que se han promocionado en torno a la implementación del PES tienen más que ver con el turismo que con la exégesis de la manifestación. Aun así, no se conocen planes robustos de turismo cultural, con ecomuseos y rutas asociadas a la vida y obra de los juglares u otro tipo de productos patrimoniales que muestren un verdadero interés en esa salvaguardia.

Se dice que el CCMV va a jalonar el desarrollo de la ciudad y el departamento, dejando en sus manos una tarea que no han logrado siquiera las minas con todo el dinero que produce. ¿Se creerá, honestamente, que este sitio logrará eso? Aparte de que esa no es su función no creo que pueda lograrlo, no solo. Suponiendo que ese sea el producto estrella para vender en la ciudad, que no lo es, ¿Cuáles son los demás productos asociados a él que pueden permitir mantener un flujo interesante de turistas durante todo el año? Si es verdad que se le desea apostar al turismo en torno a la música vallenata se necesita mucho más que este centro para poder convertir al territorio de la música vallenata en un gran atractivo turístico nacional e internacional.

Sé que en torno al Parque de la leyenda hay un lío que dificulta hacer inversiones, pero iniciar otro mega proyecto en vez de solucionar lo que corresponda con aquél y llevarlo a feliz término no parece lo más sensato al margen de las intrincadas cuestiones legales. ¿Por qué no se optó por repotenciar ese Parque que, entre otras cosas, es un espacio subutilizado?

Son muchas las preguntas planteadas que, probablemente, nadie responderá, sin embargo, espero haber suscitado con ellas muchas reflexiones en los defensores de la música vallenata y la comunidad en general, quienes deben velar porque, ahora sí, se pueda tener las dinámicas necesarias para el estudio, documentación y salvaguardia de su patrimonio, algo que va más allá del concreto y las despampanantes infraestructuras que, fácilmente, pueden quedar como otro cascaron hueco que poco a poco empezará a caerse.

Luis Carlos Ramirez Lascarro

One hit wonders vallenatos

One – hit wonder es un término anglosajón utilizado a propósito de un artista o grupo musical cuya popularidad se debe únicamente a un solo sencillo o un solo álbum exitoso que le permitió un reconocimiento fulgurante durante un periodo corto de tiempo, como es el caso del grupo español Las Ketchup con Aserejé o el grupo boliviano Azul, azul con La Bomba, remitiéndonos solamente al ámbito hispanoamericano, aunque existen algunos casos particularmente singulares en los que su único éxito fulgurante llega a convertirse en un fenómeno mundial prácticamente atemporal como el grupo franco-brasileño Kaoma y la Lambada,  la irlandesa Sinéad O’Connor y Nothing compares 2 U, o el dúo español Los del Río y el one hit wonder por antonomasia: ¡La Macarena!

Cada país tiene sus propios one hit wonders o flores de un día  y Colombia no es la excepción a pesar de que no exista una normativa expresa para realizar esta definición como si la hay en Estados Unidos o en el Reino Unido, donde se definen como tales a quienes solo han tenido una canción dentro de los primeros 40 de la lista de los Billboard Hot 100 o los primeros 20 de UK Singles Chart, respectivamente, aunque hay algunos casos que, a pesar de cumplir con este criterio, nunca se les ha considerado como flores de un día pues su éxito se suele evaluar en función de la opinión de la crítica, la gran fidelidad de sus fanáticos o su influencia sobre otros músicos, como en el caso de Jimmy Hendrix, Frank Zappa o Janis Joplins.

A pesar de que el término se usa a veces de forma despectiva, los fanáticos suelen tener gran pasión por estas canciones memorables y los artistas que los crearon. Algunos de estos artistas han adoptado a estos seguidores abiertamente, mientras que otros se distancian de su tema de éxito intentando lanzar canciones que renueven su éxito, sin lograr alcanzarlo realmente.

En el ámbito de la música vallenata existen, cómo no, one hit wonders, algunos de diversos tipos. Está el éxito singularísimo por su resonancia mediática, atizada por la temática de relevancia mundial que tocó, plagada de apuntes jocosos y costumbristas, dando muestras de lo que debe ser una juglaría del siglo XXI. Este tema es: Osama Bin Laden, compuesto por Horacio Mora y grabado al lado del acordeonero Lucho Covo en el 2005. Tan amplio fue su éxito que ameritó en 2008 una poco lograda versión en inglés y una “respuesta” por parte del comediante Lucho Chamie: La contesta de Osama, en base a la melodía de El rico cují, de Enrique Díaz. Luego de la muerte de Bin Laden, Mora produjo otra secuela: Te acabaste cabo ‘e vela, menos conocida, claro.

El tipo más común de One hit wonders es, quizá, el de artistas que a pesar de tener más de un éxito entre los listados de mayor popularidad, una de sus canciones ha opacado importantemente el resto de su repertorio, como son los casos de las agrupaciones: Los Fantásticos del Vallenato con Te extraño de Henry Corredor, Pasión Vallenata con Amor de tres de Ricardo Guerrero, Los Hermanos Lora con Ayer y Hoy de Juan Carlos Lora y Las estrellas Vallenatas con Obsesión de Sergio Amarís, canción que cuenta ya con dos versiones más, que han contribuido a convertir aquella primera grabación en la voz de Ramiro Better en un clásico moderno del vallenato. Además de estas agrupaciones se deben considerar así, también, a los solistas: Enaldo Barrera “Diomedito” con Si no peleamos, Luis Mateus con Muero por verla de Iván Calderón, Rafael Santos con El Turpial del Cacique Diomedes Díaz, Erick Escobar con No pude quitarte las espinas de Tico Mercado y José Luis Carrascal con Cómo duele el frío de Wilfran Castillo.

De Castillo hay dos temas más que han sido one hit wonders en la voz de diferentes artistas, como lo son: Hoja en Blanco grabada por Esmeralda Orozco a dúo con Omar Géles en el álbum Nace del Alma de 1997 y Aún te amo del grupo Vallenato 2000, liderado por Alvin Anaya y Ruben Campos.

Existen unos one hit wonders que, si bien se dieron dentro de agrupaciones reconocidas, sus intérpretes no han tenido igual reconocimiento estando ya como solistas con el resto de su repertorio. Estos temas son: La tengo, grabada por Ernesto Mendoza (que hacía parte de Los Diablitos del Vallenato) con Omar Geles en el álbum La combinación Vallenata Vol. 4 del año 2000 Niña bonita, grabado por Alejandro Palacio con el Binomio de Oro en el álbum Graffitti de amor del 2005 y Me sobran las palabras, grabado por Dubán Bayona también con el Binomio de Oro en el álbum Vuelve y pica el pollo, del 2008.

La mayor parte de los one hit wonders vallenatos se dieron en la primera década de los años 2000, encontrándonos solamente con dos temas que se pueden enmarcar en el movimiento de La Nueva Ola: Pa mañana es tarde, composición de José Valencia grabada en el álbum homónimo de 2005 por Jacobo Fonseca y La dueña de mi suerte, composición de Tico Mercado grabada por Ramiro Padilla y Joche Zuluaga en el álbum Sin fecha de vencimiento, también del 2005. Completando la lista de las flores de un día de los dos mil encontramos a Los tiernos del Vallenato con No fue mi error de Nirlon SánchezLos infieles del Vallenato con Enséñame a olvidar del bachatero Romeo Santos, quien también la grabó, y Jorge Pabuena con Malo de Manuel Pineda, el más reciente de estos one hit wonders vallenatos.

El cantante Gaby García merece una mención especial, ya que es un caso completamente Sui Generis en el vallenato al poderse incluir en dos categorías distintas: La de quienes no pudieron replicar su éxito dentro de alguna agrupación, ya como solistas tanto para el one hit wonder Quién sufre más, grabado en 1997 con Los amigos del sol y la poco común categoría Two hit wonders. En esta categoría Gaby también se inscribe con una agrupación: El Binomio de Oro. Con esta institución disfrutó del éxito con dos paseos incluidos en el mismo álbum: Todo corazón de 1993. Dime quien de Fabián Corrales y Verónica de José Alfonso el Chiche Maestre.  

En esta rara categoría se puede inscribir a Lucho Cuadros, uno de los “pioneros” de las flores de un día en el vallenato, aunque sus “two hit wonders” se dieran con agrupaciones distintas. Muriendo lentamente de Álvaro Carrasco, grabado en el álbum homónimo de 1979 al lado de Calixto Ochoa y Te están matando los años de Alcides Arango, grabado en el álbum Sufriendo en silencio de 1980 al lado de Eliecer Ohoa. Su efímero éxito se debió a su prematura muerte luego de un accidente de tránsito entre las ciudades de Corozal y Sincelejo.

Otro pionero en cuanto a one hit wonders en el ámbito vallenato es Elías Rosado, dueño de una maravillosa voz y que, seguramente me será discutido debido a su buena acogida ante la crítica y el lugar de privilegio que ocupa hoy día su compañero de aquél entonces en el álbum La fuetera de 1979: Juancho Rois. Este dúo grabó en ese álbum el Paseo La primera piedra de Hernando Marín. Aún antes que a él debemos ubicar a Los Hermanos Ramos y el que yo considero el one hit wonder por antonomasia en el vallenato: Fuiste mala, debido a que las más de cuatro décadas que nos separan de su aparición en el álbum homónimo de 1977, no han hecho sino acentuar su condición de clásico de la música popular del caribe colombiano, manteniéndose intacto su efecto de resonancia sentimental en los corazones de quienes alguna vez hemos estado despechados y su invitación perenne al baile cadencioso en busca de espantar las viejas o nuevas penas de amor con el hechizo de sus notas inmortales.

BLOG DEL AUTOR: Luis Carlos Ramirez Lascarro

“El acordeón de Juancho y otros cuentos” : Luis Carlos Ramírez Lascarro

El escritor e investigador magdalenense Luis Carlos Ramírez Lascarro (Guamal, 1984), quien hace varios años cultiva su pasión por la literatura y la música vallenata, ha logrado en este 2020 la publicación de su primer libro de manera individual: “El acordeón de Juancho y otros cuentos” (Fallidos Editores), donde nos ofrece nuevas ventanas sobre el Caribe, nuevas perspectivas sobre grandes momentos y personajes de una región, pero también grandes historias escritas a pulso, con calma y mesura, ritmo y paciencia.

En sus escritos, el Caribe vive y se expande. Dedicado a revivir las historias con todos sus detalles, y a hacer de la memoria una forma de superar las dificultades regionales (o los debates estancados), cada uno de sus textos explora una faceta desconocida de un tiempo, un lugar o un personaje.
Estas exploraciones vienen desde sus ensayos y artículos, publicados en varias revistas digitales, en los cuales ha ido indagando en temas tan retadores y variados como la poesía en la música vallenata, la figura de los juglares, la vida de Álvaro Cepeda Samudio, las relaciones que existen entre el Vallenato y la Salsa, o aspectos de la vida cultural de su natal Guamal. En sus textos podemos ver, también, a un escritor escrupuloso que resucita a los muertos o los fantasmas, para que las discusiones que propone se enriquezcan y también se llenen de fantasía.

En palabras del Licenciado en literatura Miguel Rubio, epiloguista del libro: “El acordeón de Juancho y otros cuentos, es un libro salpicado de buena literatura. Un libro que sigue narrando la aldea, el pueblo, el amorío, el fantasma, la serenata, con ese toque de frescura, desprevención, manejo del lenguaje, invención de palabras, directorpapáyasoposiblesuegro, mamálabarista, entre otras, que descojonan de risa, pero que también ponen en relieve la disciplina expresiva de un autor, que me consta, lleva años escribiendo, puliendo y corrigiendo la obra, como Melquiades en su laboratorio haciendo pescaditos de oro”.

Las historias que contiene este libro reúnen a personajes tan reconocidos como Juancho Polo Valencia, García Márquez, Kid Pambelé o Jaime Garzón, todos geniales en lo que hacen, y también, de alguna forma, condenados por su excelencia. Estas son historias que nos hacen viajar en el tiempo, pero también en la psiquis de un país atrapado en sus dolencias.
En palabras del magíster en literatura, Abelardo Gómez, prologuista del libro: “Quien escribe estos cuentos es, en esencia, un poeta, por eso mismo el lenguaje, la precisión en el uso del mismo, son la mayor herramienta, sin necesidades de mayores artificios y pirotecnias narrativas que impresionen de manera evanescente al lector. La fugacidad del instante se convierte, así, en la experiencia vivida y narrada en la voz de Luis Carlos Ramírez Lascarro, un autor que gasta sus palabras en las calles bajo el tórrido sol caribeño que abrasa sus ideas para luego darles forma en la noche, durante el descanso doméstico que permite abrir paso a estas y otras creaciones”.

Bienvenidos a estos relatos que nos ofrecen experiencias del mundo de afuera y el mundo de adentro, esa confluencia torrentosa donde afloran las creaciones más majestuosas de lo humano.

Nota: Los interesados en adquirir el libro se pueden comunicar con el autor, vía telefónica o WhatsApp al: +57 3116723342. Cada ejemplar tiene un costo de $35.000, incluyendo el envío a cualquier lugar del país. Para pedidos internacionales disponemos de una versión digital y las personas interesadas puenden solicitarla a nuestro correo:  ramirez.lascarro@gmail.com

VALLENATO COMERCIAL Y NO COMERCIAL

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Es muy común escuchar utilizar, en tono despectivo y a manera de evocación de viejos tiempos, la expresión “Vallenato Comercial”, en referencia a las creaciones más recientes de este subgénero, lo que presupone la existencia, en contraposición, de un “Vallenato No Comercial” pero que, curiosamente, no es una música, precisamente, “alternativa” o que nos revele algo nuevo, es solo una música ajustada a un molde anterior, también creado por la industria musical, pues el Vallenato es una marca comercial.

La marca insignia de la industria cultural colombiana y, como tal, fue pensada en medio de un discurso de identidad con pretensiones de alcance incluso universal, desde que se acuñó ese nombre para identificar las músicas de acordeón del caribe colombiano y particularmente a los cuatro ritmos más cultivados y tomados como propios en una región específica, con las particularidades interpretativas de dicha región.
En la actualidad la industria musical es uno de los renglones más importantes de la economía mundial, no sólo como parte de la industria cultural, sino como promotor de productos que son utilizados por todos los demás sectores, y como componente de otros sectores industriales. La industria musical, como las demás del sistema capitalista, tiene como propósito generar utilidades y, para ello, controlar el Mercado. Esto termina convirtiendo a la música en un producto Industrial, en una mercancía que busca satisfacer las demandas del mercado, lograr el consumo por parte de la sociedad, convirtiéndose en un objeto de producción en cadena pensado para generar ganancias a través de la satisfacción de los consumidores. Estas leyes comerciales e industriales han moldeado lo que se produce y consume en Vallenato desde antaño, desde que empezó a grabarse, no últimamente, como se cree.

Cuando se habla de Vallenato Comercial, de manera general, es en referencia a aquellas canciones que son fácilmente consumidas por las masas en la actualidad y que no se ajustan al estilo “yuquiao” de tiempos pasados. No se suelen nombrar con esta etiqueta a las canciones fácilmente vendibles de otros tiempos o que fueron creadas directamente con el objetivo de conseguir éxitos en ventas por las agrupaciones que se han entronizado como más representativas de la “tradicionalidad” y la “autenticidad” del vallenato, desconociendo que éste ha sido el objetivo de muchos de los covers, las fusiones e hibridaciones que éstas han hecho (a veces poco logradas) en distintos momentos de su amplia discografía en los últimos 70 años. Esto pone de manifiesto que no se usan criterios estandarizados y sin sesgos para hacer vallenatología.

Todo esto lleva a pensar que el hecho de que las canciones fueran hechas por encargo o siguiendo un molde exitoso no es el punto central de la discusión, sino la aparente disminución en la calidad de las letras y el cambio de referencias contextuales de estas, sin tener en cuenta que estos últimos cambios van a afectar, incluso, la perceptiva de las canciones y por ende a lo que se considere como bueno y bello en estas. Sensación de belleza que siempre está mediada por la subjetividad y las circunstancias de quien disfruta la obra. Es claro que existen fórmulas musicales que funcionan comercialmente, aunque no siempre. Quizás en determinadas épocas funcione una estructura musical concreta, y en otras no tanto. Esto se puede evidenciar en el vallenato recordando que la fórmula del acordeonero – cantante tuvo su época, las canciones que de corte costumbrista ya no están en auge comercial y las canciones de amor – desamor con un lenguaje elaborado tuvieron su época de primacía. Actualmente la fórmula es otra.
Cuando se escucha hablar de Vallenato Comercial queda la sensación de que quienes denominan de esta forma al vallenato de épocas recientes desconocen que cualquier pieza musical, de cualquier estilo, puede ser denominada como “comercial” por lo que podemos y debemos preguntarnos: ¿Cómo podemos estar seguros de que una canción es o no comercial? Si las canciones comerciales son aquellas que son producidas con el objetivo de ser consumidas por un público en particular, entonces, todas las canciones vallenatas que han sido llevadas al acetato o cualquier otro medio de soporte fonográfico son comerciales.

Se puede pensar que las grabaciones que no han sido hechas para exhibirse y promocionarse en una discotienda no son comerciales, olvidando que en el ejercicio de edición para seleccionar qué tema se debe grabar o se debe radiar el criterio principal empleado es el de atrapar a un público, lo que también constituye un tipo de transacción. Eso es comercio. Aún desde antes de las grabaciones las canciones fueron compuestas para ser escuchadas, consumidas por otros, para el disfrute de un público y eso también las hace comerciales, así los tipos de intercambio sean distintos en algunos aspectos a los actuales.
Si bien, en principio, los compositores no trabajaron por encargo, sí conocían la manera de escribir canciones que gustasen, una fórmula exitosa, como lo hicieron los que luego han compuesto por encargo, principalmente desde la segunda mitad del siglo, llegando a ser durante años una enorme fuente de éxitos que eran interpretados por cantantes con una imagen adecuada para que el público pudiese interesarse en ellos y en su música. Esto pone a las canciones de la época dorada del vallenato, también, como comerciales, pero la gran mayoría no las ve de esa forma al estar ya incorporadas, de una forma u otra, en el canon vallenatologico.

¿Qué criterios, desprovistos de subjetividad, podrían esgrimir quienes hablan de vallenato comercial y no comercial para definir las canciones que se deban clasificar de una manera u otra?
A lo largo del tiempo, la música se ha convertido en un medio de producir dinero y, en función del dinero, la industria, ha limitado la originalidad de los creadores, modificando a su antojo lo que es aceptable o no en el mercado, para lo cual se deben imitar unos parámetros preestablecidos, repitiéndonos lo que ya sabíamos, que esperábamos ansiosamente oír repetir, lo que reafirma que el deseo por volver al estilo “clásico” que, por lo demás no es uniforme en el ámbito vallenato, obedece al deseo de volver a alguna de las fórmulas de antaño.
Cada grupo en cada época tuvo su fórmula e incluso varios se suscribieron a una misma fórmula. Cada cierto tiempo, los grupos que han permanecido durante mucho tiempo vigentes (comercialmente, claro) han cambiado la fórmula en busca éxito. ¿No es, acaso, ese éxito medido en términos comerciales?
Se suele menospreciar a los músicos cuyas composiciones o interpretaciones no generan determinadas sensaciones y/o emociones, sin tener en cuenta que esas no son, precisamente, las mismas sensaciones o los mismos objetivos que persigue la industria musical y que volver a ese estilo podría significarles convertirse en parias de la industria y, por consiguiente, desaparecer como actores del mercado.

Es curioso, por otro lado, que el público que pide volver a alguna de las fórmulas viejas no tenga la suficiente fuerza en el mercado (como creen tenerla) para crear una tendencia retro interesante o que brinde un apoyo real y efectivo a los artistas de esa vieja guardia que lo han intentado y que han terminado cansándose de producir discos nuevos que no alcanzan, prácticamente, ninguna aceptación, como es el caso de Ivo Díaz o Hugo Carlos Granados.
La única música que se puede catalogar de No–Comercial es la música folclórica, que no tiene autor conocido y es de dominio público. El Vallenato no es una música folclórica aunque en sus inicios pudo haberlo sido, por lo tanto es una música comercial. La música no comercial es la que, desde un principio, no se elabora para ser comercializada. Toda la música que conocemos en el ámbito vallenato es comercial. No es posible hablar, realmente, de música no comercializada. De no haber sido dada a conocer de manera comercial no la habríamos llegado a conocer, porque no creo que la música nazca con algún otro objetivo más que el de ser escuchada, tranzada.

En muchos casos el hecho de que un tema logre llegar a un público mayor viene dado más por la promoción y el alcance mediático de una determinada propuesta que por su calidad intrínseca y esto aplica tanto para producciones recientes como las de tiempos pasados, encontrándonos con propuestas de antes y ahora que son sobrevaloradas y otras que son vilmente reducidas y silenciadas sin estar estrechamente relacionadas, en todos los casos, esta sobreexposición o este olvido a su calidad artística.
Quedaría plantear, en busca de fomentar un debate con argumentos, algunas cuestiones éticas más que musicales: ¿Dónde termina la canción como expresión artística de sentimientos humanos sublimados, y dónde empieza la canción como fórmula explotable económicamente? ¿Es posible que ambos conceptos vengan unidos? ¿Realmente la comercialidad y la calidad artística están reñidas?

BLOG DEL AUTOR: Luis Carlos Ramirez Lascarro

¿Poesía en la música vallenata?

Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro

En referencia a las canciones vallenatas que se tienen como clásicas y/o tradicionales por el público en general se suele decir con frecuencia que son poesías, particularmente en aquellas que tienen un lenguaje engolado y cuyo tema representativo y genérico es la dualidad amor-desamor, aunque a veces se extiende la apreciación a las de otras temáticas.

Si bien es cierto que en las letras de muchas canciones populares, no sólo de la música vallenata, se presentan momentos de intensa poesía y verdadera condición estética, no se puede, sin embargo, generalizar asegurando que la letra de una canción es, necesariamente, un poema amparándonos en la métrica, que es el argumento recurrente que se aporta para justificar tal aseveración (además del lenguaje engolado ya dicho) pues con rigurosidades métricas se puede escribir hasta un tratado de fisiología.

En un principio parece no haber ninguna diferencia entre canción y poesía, después de todo existen poemas que han derivado en canciones, el gran poeta José Ramón Ripoll fue letrista de Sabina y a Bob Dylan le dieron el Nobel de literatura; sin embargo, las canciones en general son tan parecidas a los poemas como el tinto y la coca – cola a pesar de los elementos comunes constitutivos que comparten.

Octavio Paz en El Arco y La Lira asegura que “un soneto no es un poema, sino una forma literaria, excepto cuando ese mecanismo retórico —estrofas, metros y rimas— ha sido tocado por la poesía”, con lo cual queda claro que poesía y poema son dos cosas diferentes que se suelen confundir de continuo, sin tener en cuenta que, aunque hagan parte de un mismo elemento (el texto poético), de una misma obra, el fondo y la forma no son lo mismo aunque prácticamente no se puedan separar sin estropearse o destruirse.

A La custodia de Badillo de Rafael Escalona, aunque sus versos de arte mayor con rima alterna ABAB configuren serventesios en sus estrofas, casi nadie suele llamarla poesía o ponerla como ejemplo de un poema en la música vallenata. Esto porque su finalidad es la de describir unos hechos, relatar una anécdota con una distancia impersonal que no le permite ajustarse a la lírica sino acercarse a la narrativa, a lo prosaico.

 

Parece que el pueblo e´ Badillo se ha puesto de malas
de malas porque su reliquia la quieren cambiar
Primero fue un San Antonio, lo hizo Enrique Maya
 pero lo de ahora es distinto les voy a explicar.

En la casa de Gregorio muy segura estaba
una reliquia de pueblo tipo colonial
era una custodia linda muy grande y pesada
y ahora por una liviana la quieren cambiar.

La poesía puede encontrarse, también, en textos en prosa como en varias páginas de García Márquez, Rojas Herazo o Burgos Cantor e incluso más allá de la literatura, por lo cual debe descartarse la métrica como condición definitiva para categorizar a un texto como poético.

Debe recordarse en este punto que, desde las vanguardias literarias, casi cualquier cosa puede ser un poema o considerarse arte después de que el autor o alguien “calificado” así lo defina, siendo prácticamente imposible mostrar lo contrario en aras de la libertad creativa.

Darío Jaramillo Agudelo en Poesía en la canción popular latinoamericana, plantea que existen dos tipos de poesía: Una para ser leída y otra para ser escuchada, dentro de la cual, por supuesto, está la poesía hecha para ser cantada. Esta diferenciación, aunque parece sutil, es realmente poderosa, pues suele pasar con mucha frecuencia que al ver la letra de una canción en el papel, desprovista de la emoción impresa por la interpretación y la melodía, se siente insípida e incluso casi como si fuese un ente distinto al original. Prácticamente irreconocible.

Esta diferencia en la percepción de la letra dentro y fuera de la canción se debe a que la letra no está aislada dentro de la canción, se cumple en ella y ésta sólo se realiza plenamente cuando es interpretada: Cantada y oída. Para que la letra de una canción se considere buena es suficiente con que contribuya a que la obra litero – musical de la que hace parte sea buena, sin importar que sea ilegible. Cosa que no sucede con el poema, que se basta a sí mismo y está hecho para sí mismo: es autosuficiente.

Puede parecer rara la posibilidad de que una letra sea ilegible, sin embargo esto puede ser cierto porque la letra de una canción está encaminada a adaptarse a la melodía y a su diálogo con los demás elementos que dan el colorido a la pieza musical a la que pertenece, no al texto escrito donde debe valerse por sí misma para transmitir mensaje y sentimiento.

La canción Isabel Martínez, grabada por Los Hermanos Zuleta en el álbum Tierra de Cantores de 1978 es una clara muestra de una letra que cumple a cabalidad su función dentro de la obra litero – musical pero que como texto escrito no configura un discurso, no dice nada en sí, pues sus estrofas son todas inconexas.

Estaba Isabel Martínez en el aserrío,
allí la encontré solita y la enamoré.
Me dijo papito lindo tú eres el mío
no pierdas las esperanzas anda y volvé.

Se la pasa echando vaina un negro maldito
y yo que lo estoy oyendo no digo ná
no más que me estoy llenando de requisitos
y a Las Catorce Ventanas lo vo a mandá.

Esta canción, considerada clásica en el repertorio vallenato nos permite mostrar que, en suma, una buena letra no es necesariamente un poema y menos un buen poema. Algunas, como esta, no llegan siquiera a ser un texto en sí, al carecer de sentido.

La idea de que en las canciones no importa tanto lo que se dice sino la forma en la que se dice se clarifica con la capacidad que tenemos de apreciar sin inconvenientes a un cantante interpretando canciones en una lengua desconocida, razón por la cual disfrutamos a Pavarotti, Freddy Mercury y Edith Piaf, los ensambles vocales de los coros de cámara, los Cantos Gregorianos o el asombroso coro de Las voces de los pájaros de Hiroshima.

Es claro que la letra de una canción puede ser un buen poema y para ello basta con recordar los poemas líricos de la antigua Grecia y los provenzales, que eran letras de canciones de las cuales se perdió la música que los acompañaba y sólo los conocemos de forma escrita. Por otro lado, un poema, al musicalizarse, puede ser, también, una buena letra, como nuestro Himno Nacional o Pedrería de asombro de Raúl Gómez Jattin grabada por Carlo Mazzilli y Antes de amarte amor de Neruda grabada por Pedro Guerra, entre otros.

Son pocas las canciones y, particularmente, pocos los repertorios de canciones de un autor en concreto que se pueden leer con total naturalidad como un poema en el vallenato. Desde mi punto de vista el repertorio que lo permite es el de Gustavo Gutiérrez Cabello. Parece, incluso, haber sido concebido primero para declamarse y hasta para ser interpretado con un espíritu distinto al vallenato, como se puede apreciar en sus presentaciones individuales más cercanas al bolero o al pasillo e incluso a la ranchera que al vallenato.

Deja… déjame decirte negra
si ya te alejas, si ya te vas:
Quiero… ¡quiero decirte al oído
cuanto en la vida mi dolor será!
Ya me iré… Como el río que en turbulencia va,
en camino corriendo hacia el mar
y nadie lo puede detener.

La letra de esta canción de Gustavo Gutiérrez no es sólo un poema para ser escuchado, sino un poema para ser leído. Uno de esos poco comunes ejemplos en los que podemos encontrar poesía para ser leída en silencio, en soledad.

El lenguaje de esta canción es cuidado, no tan simple como el de muchas otras canciones de la música popular y sin embargo su mensaje es directo. El mensaje en los poemas no suele ser tan directo y esta es otra característica que diferencia a estas dos formas de composición. Muy a menudo, en los poemas para ser leídos, se utiliza una variedad de diferentes formas figurativas del discurso para transmitir el mensaje que no son empleadas en las canciones con mucha frecuencia. Es por esta razón que en muchas ocasiones el mensaje del poema puede no ser lo que parece ser y nos suele tomar bastante tiempo analizar un poema en particular para poder obtener el significado del mismo.

Teniendo de presente que la poesía para ver y la poesía para oír tienen una estética y una retórica diferentes es necesario ubicar a cada una en su sitio, reconociendo que las apreciaciones hechas para la valoración de cada una son distintas y por ello es poco prudente y bastante alejado de la realidad asegurar, como se llega a creer, que entre las letras del vallenato encontramos piezas de la más alta poesía, pues en estas no encontramos, elementos del lenguaje que nos permitan llegar, de manera objetiva, a tamaña conclusión.

El ejercicio faltante es el de encontrar letras de canciones de valor estético e intensidad poética sobresaliente entre sus pares, enmarcados en la estética y retórica particular y característica de la poesía hecha para ser escuchada. Ejercicio que es en sí mismo una antologización y que no constituye el objetivo principal de este texto, pues esa tarea merece ya no un artículo sino un libro que abarque las diferentes posibilidades de recopilación.

Finalmente, se debe tener en cuenta que, tanto en la poesía para ser leída como en la poesía para ser oída, existen máquinas de rimar pero no de poetizar. Y, siguiendo al maestro Octavio Paz: “hay poesía sin poemas; paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesía sin ser poemas. Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida.”

luiscarlos-200BLOG: Luis Carlos Ramírez Lascarro

 

Elegías vallenatas

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Modernamente, la elegía es un subgénero de la poesía lírica que designa un poema de lamentación en el cual la actitud elegiaca consiste en lamentar cualquier cosa que se pierde: la ilusión, la vida, el tiempo, un ser querido, un sentimiento, etc.

La elegía, sin embargo, suele asociarse de manera general, sólo con la lamentación funeral (también llamada Endecha o Planto en la Edad Media) y que adopta la forma de un poema de duelo por la muerte de un personaje público o un ser querido.

La poesía en lengua española cuenta con varios clásicos del género, entre los que destacan en primer lugar las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique, del siglo XV. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca y la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, clásicos modernos del género.

La música Vallenata, que en sus letras ha abarcado los temas de toda gran literatura, cuenta, también, con algunas piezas consagradas en este género poético.

No son muchas las composiciones de la música Vallenata enfocadas en la lamentación fúnebre: siendo sólo veintitrés las rastreables con cierta facilidad entre la discografía de los grupos de mayor reconocimiento. Se podría pensar en una vigesimocuarta, guiados por el título, pero al revisar la letra encontramos que en realidad es sólo el relato de un mal entendido del cual nos dieron cuenta los Hermanos Zuleta en La muerte del buen amigo, de Julio Oñate Martínez, grabada en el álbum Río Crecido de 1974, donde realmente, se canta la muerte de un gallo al cual habían puesto “Poncho Zuleta” en una famosa cuerda de Pivijay.

Se podría hablar de otra más, guiándonos nuevamente por el título: La muerte de Abel Antonio, cantada genialmente por el mismo “muerto vivo”, quien no sólo llegó a levantar su tumba sino a regalarnos un tremendo clásico que de lastimero pasa a ser jocoso en la descripción de la desconcertante confusión que llevó a darlo por muerto en El Banco.

Encontramos entre estas elegías una curiosidad, por así decirlo: dos compositores que hicieron primero una elegía y luego les fue dedicada una a ellos mismos, siendo el primero de estos Héctor Zuleta, quien le compuso a su abuela paterna el Homenaje a la Vieja Sara, la primera de sus composiciones en ser llevada al acetato, y a quien luego Juan Segundo Lagos le compuso El Difunto Trovador. Canción que no sólo lamenta su pérdida prematura sino que exalta sus dotes de genial creador de promisoria carrera terriblemente frustrada. El otro es, ni más ni menos, Diomedes Díaz, quien luego de la muerte de su compadre Juancho Rois y tres más de los miembros de su agrupación musical, compuso Un canto celestial, elegía grabada en el LP homónimo que le abriría el camino del reconocimiento a Iván Zuleta en la música vallenata y significaría una ruptura inesperada en la vida artística y personal del Cacique. A él mismo le compuso Iván Ovalle Nació para ser inmortal, una de las canciones menos logradas del autor y del mismo género elegiaco vallenato.

No voy a Patillal, es una de las más conocidas elegías vallenatas, compuesta a otro de esos genios más precoces del vallenato y que, también, desapareció trágica y violentamente. El maestro Armando Zabaleta cantó muy sentidamente en la voz de Jorge Oñate la muerte del célebre compositor Freddy Molina, asesinado por su mismo hermano Aldo en circunstancias explicables pero confusas el sábado 14 de octubre de 1972.

Es normal sentirse así, ampliamente conocida como Te sigo queriendo, es una de las más recientes elegías vallenatas, compuesta por Miguel Morales, “La Voz”, en honor a su hijo Kaleth, otro de esos precoces genios vallenatos que se nos fueron antes de tiempo. Canción de una fortaleza espiritual admirable que no sólo nos muestra el indecible dolor que siente un padre por la muerte de su hijo, sino la tranquilidad que su relación con Dios le ha dado en medio de la tragedia inesperada.

La fortaleza que ahora Dios me dio,
es la que ahora a mi tiene contento,
a Colombia y el mundo dejo hoy,
esta canción de mi pa’ tu recuerdo.

Catorce años antes, en 1992, Miguel Morales ya había compuesto otra elegía, aquella con ocasión de la muerte prematura y violenta de Rafael Orozco, siendo, junto al maestro Escalona y el Chiche Maestre, los únicos compositores que firman dos temas en este ámbito de las elegías vallenatas. El Pueblo quiere al cantante, composición grabada al lado de Víctor Rey Reyes, fue la canción en la que Morales se reconoce como continuador de la escuela interpretativa que Rafa abrió, con el Binomio, llegando a marcar una tendencia de larga data en la música vallenata.

Además de la antes nombrada, a Orozco le compuso su amigo y corista, Marcos Díaz, Se fue mi cantante, grabada al lado de Bolañito en 1992. Canción que estilísticamente está enmarcada en esa escuela interpretativa del Binomio que el mismo Marcos contribuyó a crear como compositor y cantante del grupo y que con su grupo Los Pechichones, continuó.

El doctor Pedro Castro es el personaje a quien más elegías se han dedicado en la música vallenata. Lo homenajearon grandes de la composición, entre los que destacan los maestros: Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona y Gustavo Gutiérrez. Todas las cinco elegías en su honor, además de otras seis composiciones en las que se le nombra, se pueden encontrar en el álbum Homenaje a Pedro Castro de Poncho y Colacho de 1987, donde se encuentra al elegía homónima compuesta por Tijito Carrillo, La muerte de Pedro Castro de Rafael Escalona, Tres de Marzo de Don Toba, Los tres fallecidos de Víctor Camarillo y Adiós a Pedro Castro de Gustavo Gutiérrez. Piezas en las que se muestra de distintas maneras el por qué al doctor Castro Monsalvo se le ha encumbrado como “el hombre más grande de Valledupar”.

El maestro Escalona es el compositor de la que es, casi sin dudas, la elegía más famosa del ámbito vallenato: Jaime Molina, un verdadero monumento a la amistad en homenaje al caricaturista y pintor Patillalero, que le dio la vuelta al mundo en la voz de Carlos Vives en el trabajo secuela de la serie que lleva su nombre y emitida en 1993 por Caracol Televisión.

Yo tenía un amigo, compuesta por Rafael Manjarréz a su amigo Hugo Aroca y grabada por Iván Villazón en 1987, es también un bello canto a la amistad que resalta, primordialmente, las dotes de buen conversador, hombre leal, noble y buen parrandero del fallecido.

Mi gran amigo, del Chimichagüero Camilo Namén, grabada por Jorge Oñate y Los Hermanos López en 1972 es  la única elegía vallenata compuesta por un hijo a un padre y en la cual se muestra la cercanía de la relación padre – hijo en los versos:

Mi padre fue mi gran amigo,
mi padre fue mi amigo fiel.
Mi padre se jugaba conmigo
y yo me jugaba con él.

La muerte de Alejo, grabada por Carlos Vence y Bolañito en 1990, compuesta por Emilianito Zuleta, nos deja ver, además del dolor por la partida del maestro, la influencia que este ejerció sobre el autor y su dificultad para llevar su acordeón a tocar a un cementerio. Dificultad que sólo superaría al tocar en memoria del Cacique a un año de su muerte en Jardines del Ecce Homo.

La muerte de Moralito, grabada por el Jilguero y el Cocha en el álbum Fiesta Vallenata volumen 23, no sólo es el lamento por la pérdida de un gran amigo, sino por la pérdida de un baluarte del folclor al cual, según la visión del maestro Leandro Díaz, compositor de la obra, no se le daba el valor merecido y así lo dejaba sentado en los versos:

Si fuera un mexicano
el que acaba de morir,
corridos y rancheras
todo el mundo cantaría.

Almas Felices, de Poncho Cotes Maya, grabada en 1995 por Villazón y Argüelles, es una canción un poco ambigua pues es vista como reconocimiento a los juglares poco conocidos que dieron vida al folclor, ya fallecidos, y sin embargo, en la segunda estrofa se nombra a dos juglares que, en ese entonces, no habían aún fallecido.

Dicen que los versos son los versos de Emiliano,
dicen que los cantos son los cantos de Escalona.
Y dicen que después que cantan, lloran,
como si un amigo se ha dejado

Esta no es una canción precisamente de lamentación por la muerte de esos juglares de las primeras generaciones y sin embargo es tenida como una elegía. Se debe revisar este tema como una celebración de la memoria de estos pioneros, no como un lamento.

La más vieja y la más entrañable de estas elegías es Alicia Adorada, casi también la más conocida, de Juan Manuel Polo Cervantes y que inmortalizara Alejo Durán, dándole un toque más lúgubre que el que le diera el mismo autor y con el cual, finalmente, todos hemos interiorizado esa desgarradora canción múltiples veces versionada.

Es, para mí, una de las canciones más tristes que he oído. Es, también, la más vieja de las cinco elegías hechas a amores fallecidos, a mujeres fallecidas. Hasta ahora no conozco ninguna compuesta a un hombre objeto de enamoramiento.

La muerte de Marily, grabada por los Zuletas en 1979 y anteriormente por el mismo compositor Calixto Ochoa es una canción que homenajea a una mujer que tiene la particularidad en el ámbito vallenato de ser una de las pocas, sino la única a la que se le ha compuesto una canción con aprecio y con cariño y, posteriormente, se le compuso otra pidiéndole a “Dios que recoja su alma… y la tenga con él, allá en su santo reino.”

La tercera de estas elegías dedicadas a mujeres es una canción sobrecogedora, de un lenguaje desbordante, bellísimo y muy cuidado. La más bella composición del Sanjuanero Efrén Calderón, magnificada con la soberbia interpretación del Cacique de la junta. Sueños y vivencias, grabada en 1998 por Diomedes e Iván Zuleta, es (asumiendo mi riesgo de antologista) la más bella de las elegías vallenatas y una de las que expone el lenguaje más elaborado en todo el cancionero de las músicas de acordeón del caribe colombiano.

Las últimas dos de estas elegías vallenatas tienen la particularidad de ser del mismo autor, hechas a la misma mujer, pero desde dos puntos de vista distintos e interpretadas por el mismo artista. Cosa sin par en el ámbito vallenato y casi seguramente sin par en toda la literatura musical colombiana.

Otra cosa curiosa es que fueron, por lo menos, grabadas, en un orden cronológico invertido al que sugiere la trágica historia que subyace en sus versos: El suicidio de una joven que, abandonada por su amado en medio de un embarazo y despreciada por sus padres, no encontró otra forma de plantársele a la vida.

La primera de estas canciones fue grabada en el álbum Mi vida musical de 1991 y la segunda en el álbum El regreso del cóndor de 1992. Entre las dos configuran una confesión. Un exorcismo. La búsqueda redención de un corazón atormentado por la “responsabilidad” tangencial en ese suicidio.

Estas canciones fueron compuestas por el patillalero José Alfonso “El Chiche” Maestre, un compositor cuyas canciones son, casi todas o sin el casi, de desamor y cargadas de un lirismo conmovedor y un lenguaje muy cuidado, de gran factura y de las cuales muchas se han convertido en clásicos de la música vallenata. Las dos elegías de las que hablamos son: El culpable soy yo y El verdadero culpable.

Canciones para quitársele el sombrero al Chiche pues son de las pocas canciones, no sólo del ámbito vallenato, cuyo texto es capaz de sostenerse solo, sin la música.

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Luis Carlos Ramírez Lascarro

@luiskramirezl