Román Paladino ∼ por Miguel A. Román
Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve.
A finales del siglo XVIII, el inglés hablado en Australia y en los arrabales de Londres era probablemente idéntico: lógico, pues aquellos australianos no eran sino súbditos de su graciosa majestad llevados convictos al quinto continente. Pocas décadas más tarde ya había estudios sobre la paulatina diferenciación de la lengua australiana. Hoy, tan solo dos siglos más tarde, un “aussie” y un “londoner” pueden tener algunos problemas para entenderse entre sí como resultado de la evolución de sus respectivos idiolectos.
No nos cabe duda de que las lenguas se están modificando continuamente. Muchas veces por la necesidad de incorporar conceptos nuevos, pero otras veces parecen hacerlo porque sí, como cambian las modas en el vestir, en el arte o en los protocolos sociales.
Un servidor de ustedes está lejos de creer en estereotipos y encasillamientos étnicos. Pese a ello, mantengo una peregrina teoría: que los pueblos han hecho sus idiomas a su imagen y semejanza o, dicho sin tanta terminología bíblica, adaptado a sus costumbres y necesidades. Ignoro si es una cuestión achacable a su genética, su entorno, clima, alimentación o historia, pero algo hay que va transformando el idioma haciendo que de alguna manera refleje el carácter común de sus hablantes.
Nótese que no estoy hablando de propiedades intrínsecas al diasistema y su conjunto de reglas gramaticales, y que podría tener algún sentido decir que la química de cada idioma lleva implícitas las costuras por donde crecer.
Pero no. Estoy diciendo que, de algún modo, la idiosincrasia comunitaria de los hablantes se infiltra en los mecanismos de evolución del idioma; que son algunas “manías” o rasgos temperamentales de la población los que determinan la forma en que lo hace. Y que esta influencia se hace más notable (seguramente porque es el mecanismo evolutivo más evidente) en los neologismos, las palabras nuevas incorporadas al idioma.
Permítanme desvariar un poco más y ejemplarizar esta hipótesis con algunas lenguas de las que tengo solo ligera noción:
Los angloparlantes tienen un idioma envidiable, al menos en estos tiempos de prisa y eficiencia. Su estructura permite una adaptación sencilla e intuitiva a casi cualquier cambio tecnológico o social. Pero hay más.
Uno de sus deportes lingüísticos preferidos es hacer “portmanteau” o “blend”, que es la composición de una palabra obtenida a partir de dos o más, una quimera léxica, cuyo híbrido resultado designa un concepto con genes de ambos progenitores.
Al parecer, el ínclito Lewis Carroll ya hacía un uso copioso de esta fórmula ideando palabras como “slithy” (lithe+slimy, ágil y obsequioso).
Sea como fuere, ya en este siglo se inventan otros términos como brunch(breakfast+lunch=almuerzo de media mañana), smog (smoke+fog=opacidad de la atmósfera por contaminación de humos), motel (motor+hotel=hotel de carretera),workaholic (work+alcoholic=adicto al trabajo), blog (web+log=bitácora en internet) y, por supuesto, spanglish.
Algunas de estas palabras, por supuesto, pertenecen a un entorno informal, pero otras han sido incorporadas con todo derecho al idioma culto. Aunque pueda dar la impresión de que el carácter yankee es más proclive a estas prácticas que el británico, hay un balance muy ajustado entre ambas orillas; sirva como ejemplo que el vocablo “oxbridge” (persona que ha estudiado en cualquiera de las dos celebérrimas universidades británicas) fue acuñado porW. Thackeray en 1849, o el hecho demostrable de que el irlandés James Joyce era un prolífico generador de estas amalgamas.
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Los franceses no son amantes de adoptar modismos extranjeros, pero tampoco de modificar los propios, son hablantes conservadores y que prefieren emplear el circunloquio descriptivo antes que acuñar nuevo término o aceptar uno venido de fuera. Con esta filosofía idiomática la sede del ayuntamiento es el “hôtel de ville” (casa de la ciudad), la patata fue bautizada “pomme de terre” (manzana de tierra), el buzón es un “boite aux lettres” (cajón de las cartas), el ferrocarril recibe el nombre de “chemin de fer” (camino de hierro) y los controladores aéreos son los “aiguilleurs du ciel” (guarda-agujas de los cielos, por el símil ferroviario).
Siempre se ha pretendido que la economía en el lenguaje es uno de los requerimientos para su éxito, y sin embargo estos sustantivos perifrásticos del idioma galo parecen contravenir esa máxima.
Hay un algo poético en esta forma de adoptar nuevos sustantivos que evocan imágenes cercanas al surrealismo, y no puedo dejar de preguntarme si ese movimiento artístico hubiera nacido en Francia de no existir esta extraña manía de los francoparlantes en denominar algunos objetos como alucinatorios híbridos.
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A los italianos les encanta decorar sus términos con desinencias, a veces con prefijos. Allí estiran el idioma como un chicle y a cada palabra le dan vueltas, le ponen y quitan trozos para ofrecer los diversos aspectos que pueda ofrecer; y sorprende la abundante presencia de derivados, especialmente diminutivos, que toman carta de naturaleza con significado más o menos diferenciado del origen: spaghettini, telefonino, peperoncino, ombrellone, etc, y en algunos casos hasta dos o más desinencias enlazadas: tavolinetto(mesita auxiliar, de tavolino y a su vez de tavola, mesa).
Pero este mecanismo, no exclusivo de su idioma (aunque, repito, más exacerbado que en otras) se extiende a todo tipo de derivaciones y modificaciones del término raiz que, además, puede ser cualquier sustantivo, adejetivo o incluso adverbios.
Solo con el apellido de su hasta hace poco presidente, he podido contar más de una decena de variaciones: berlusconismo (ideología afín), berlusconide (seguidor del berlusconismo),berluschino (joven seguidor de Berlusconi), berlusconata (acción propia del susodicho),berlusconiano (obra atribuible), berlusconizzare/si (adaptar/se a lo berlusconiano),berluschese (idioma hablado por Berlusconi y los berlusconidi), neoberlusconismo y, claro,postberlusconismo.
En los últimos años cuando visito la bota itálica me encuentro con un exceso de –ismos, muchos ligados a la vida política de la península: berlusconismo, italoforzismo (de Forza Italia), dipietrismo (de di Pietro), … como también de tendencias en forma más o menos burlesca: bullismo (de bullying, acoso escolar) o leccaculismo (de leccare=lamer, traduzcamos “lameculismo”).
Tal vez los italianos hayan mantenido de esta forma el gusto por las declinaciones del latín, aquella lengua que hablaron sus ancestros en momentos muy gloriosos de su historia.
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Y entonces ¿qué tenemos de particular los hispanohablantes? Pues me cuesta bastante encontrar un mecanismo bien diferenciado, tal vez porque “estoy dentro” y resulta más complicado aislar una característica; pero sea.
Los hablantes de castellano tenemos en general poco prurito de aceptar palabras extranjeras; puede que por aquello de “que inventen otros” o porque nuestras razas y culturas son una larga mezcla histórica, preferimos acoger el término foráneo antes que rebuscar a ver si ya teníamos uno aproximativo, continuo dolor de cabeza de los académicos que no hacen sino echárnoslo en cara mientras auguran la debacle de nuestra lengua, sin caer en que llevamos milenios haciéndolo, y nos va tan bien.
Ya lo hicimos al menos con los árabes a los que en los años que vivieron en la península les agenciamos casi un tercio de nuestro léxico de entonces (hoy todavía un quinto), o con las tribus amerindias de las que calcamos casi todo lo novedoso que en ellas encontramos (tomate, patata, barbacoa, piragua, canoa, huracán, chocolate, tiza, tiburón, maíz, papagayo, cancha, guano, pampa, macana, jícara, hamaca, petaca y así hasta unos tres mil términos). Cuando los franceses gobernaron el cotarro político y económico también importamos términos suyos sin cuento, y ahora lo hacemos del dominante inglés. Visto lo cual y si todo marcha como pintan previsible, para finales de este siglo igual tenemos varios miles de vocablos chinos en nuestro idioma; y si no, al tiempo. De momento, apunten: charol, té, soja, pekinés, kétchup, galanga, lichis, gingseng, tofu, taichí, kungfú, yudo, pingpong, haiku, fengsui y wok entre otros.
Eso sí, los acogemos como propios pero los vestimos de nacionales haciéndole cortes de manga a las ortografías y fonéticas originales: escribimos fútbol (no football, como hace el resto de occidente), chófer o chofer, espaguetis o popurrí; querencia común a todos los hispanohablantes a cualquier lado del océano en el que se encuentren, y así como en España se dice Miami (no ma-ia-mi), espiderman (no espaider-man), y tuperguare, un argentino dice omelete, panqueque o mouse (pronunciado mo-u-se) calcos directos deomelette, pancake y mouse (/maus/) para tortilla, bizcocho y ratón (de ordenador) respectivamente.
Insisto, ya al final de mi disertación, en que no son mecanismos del idioma, sino caprichos de los hablantes los que marcan estos caminos. De todas formas, comenzando por que mis destrezas en otras lenguas no son exhaustivas, las observaciones vertidas en este artículo carecen de rigor científico alguno y no las defendería si alguno las tildara de dislate.
Pero, seamos sinceros, ¿a que dan que pensar?
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Algunas referencias y ayudas:
En Inglés:
http://en.wiktionary.org/w/index.php?title=Category:English_blends
http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_portmanteaus
En Italiano:
Duemilasei Parole nuove. Un dizionario di neologismi dai giornali. (Giovanni Adamo e Valeria Della Valle, 2005)
http://www.corriere.it/Primo_Piano/Politica/2005/11_Novembre/22/neo.shtml
http://linguista.blogautore.repubblica.it/2009/10/19/una-passeggiata-fra-i-neologismi-del-terzo-millennio/
En Español:
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