Primero suicidio, luego vencimiento de términos.

DESDE LA BARRERA

Por Gustavo Rodríguez Gómez*

«La mujer del César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo.» Tiberio Claudio Druso

Cuando Mesalina, la esposa de Claudio, fue descubierta en adulterio repetido, rayano con la prostitución, su esposo –el emperador– ordenó su ejecución. Al preguntarle ella el porqué de la sentencia, Claudio le respondió con la frase que sirve de epígrafe a esta columna.
Pues bien, la Justicia – esa diosa que es representada con una venda en los ojos, para  significar la equidad que debe regir sus fallos– en Colombia a veces se prostituye y,  entonces, antes de buscar en donde está la probidad de los argumentos, pareciera que se levantara la venda para determinar de qué lado están los intereses de poder y de dinero y, así, omitir el examen de los razonamientos que le indiquen el camino recto a tomar y no el que le señalan los pergaminos de una de las partes. Porque la Justicia no sólo debe ser imparcial, sino parecerlo.

Es así como, en días pasados, un juez –no importa quién es ni dónde ejerce sus funciones – dictó sobreseimiento para dos reas de delito atroz, tal vez no por acción, pero sí quizás por encubrimiento. Pues a ese caso –el del joven Luís Andrés Colmenares– le resultaron más arandelas que deudos; porque, aparte de sus padres, sus familiares, sus allegados y uno que otro quijote decidido a buscar la verdad, el resto estaba a favor de los sindicados por su horrenda muerte.
Primero, algunos familiares del principal sospechoso trataron de usar el tráfico de influencias; luego, otros –al servicio de los primeros– quisieron desvirtuar las pruebas, mientras que diferentes lacayos buscaban alterar la escena del crimen (porque, allí indudablemente se cometió un crimen).
Más adelante, los amos de los acuciosos lacayos consiguieron un abogado de estirpe para que defendiera al principal sospechoso y, ¡oh milagro!, lo logró. Y este joven, nacido con cuchara de plata en la mano, en menos de lo que canta un gallo, salió libre de toda culpa, aunque la teoría del suicidio ya se hubiera caído por su propio peso.
Pero como las reas –alcahuetas de los verdaderos asesinos– también son de campanillas –bueno, al menos una de ellas lo es– los abogados defensores, conocedores de los vericuetos judiciales y experimentados en buscarle el lado flaco a la Justicia para conseguir vencer sus escrúpulos y lograr que, como Meslaina, caiga en el lenocinio jurídico, se apoyan en el más vil argumento que puede esgrimir la justicia colombiana, el del vencimiento de términos. Y, así, alcanzan lo que, con razonamientos legales, no se habría podido lograr jamás: la libertad de las sindicadas.
Porque antes habían pretendido hacerle creer al juez que Luís Andrés Colmenares se había suicidado, lanzándose a un caño de poco menos de metro y medio de profundidad, desaparecer durante 24 horas, para luego retornar lleno de moretones y heridas y traumas, que no hacían más que señalar el brutal asesinato cometido por sus homicidas y, lo más prodigioso del caso: “el suicida” alcanzó a avanzar 125 metros, desde el sitio donde dicen que se  lanzó, hasta el lugar donde lo encontraron. Pero, como estas argucias les fallaron, entonces comenzaron a darle largas al juicio, hasta conseguir que los términos del mismo se vencieran.

Esa pantomima de suicidio que quisieron fabricar los familiares, amigos y lacayos de los asesinos de Luís Andrés Colmenares –que les fracasó por burda, falsa y torcida– me hizo acordar del cuento que habla de un individuo que, al sorprender a su esposa con el amante, éstos lo matan de un botellazo y hacen rodar el cadáver por la escalera, y deciden que la única forma de salir libres de toda sospecha es a través de un supuesto suicidio del cornudo.
Pero como no tienen forma de obviar el golpe que le propinaron, se inventan la teoría de que el infeliz, al conocer su desgracia, se suicidó tirándose de lo más alto del dosel de la cama matrimonial; es decir, se despeñó desde un metro y medio de altura y, al caer, se golpeó con el borde de la cama y alcanzó a arrastrarse hasta el primer piso y ahí murió.
El juez que llevaba la vista de este caso, como no había intereses poderosos entre acusadores y acusados, no esperó vencimiento de términos y condenó a la infiel y a su concubino a la cárcel.

*Gustavo Rodríguez Gómez/El Pilón
grg1939@yahoo.com

2 comentarios sobre “Primero suicidio, luego vencimiento de términos.

  1. Da impotencia ver como la justicia Colombiana se compra… No me voy a atraver a escribir lo que deberia pasarle a los culpable, que de alguna forma deben pagar por lo que hicieron, como dice un conocido refrán «Lo que aquí se hace, aquí se paga».. Podrán haber comprado la justicia pero no la divina, en sus conciencias queda lo que hicieron y cada noche ojalá se les repita en su memoria…
    Es terrible ver como las influencias y el dinero lo compran todo, ayer fue el Joven Luis Andres Colemares, hoy puede ser cualquier cuidadano. El mensaje que con este caso esta dando de la justicia Colombiana, es que si tienes dinero e influencias puedes hacer lo que quieras simplemente porque la justicia para ellos no existe o la manejan a su acomodo..

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.