El matrimonio 2da. parte

RODRIGUEZ-GUSTAVO-2Por Gustavo Rodríguez Gómez

 Continuemos hoy desgranando, a través de la maravillosa carta hallada en los pergaminos de marras, estas perlas de sabiduría cargadas de amor, referentes a lo qué hace a un matrimonio estable y duradero, amén de feliz:

«Las diferentes maneras de pensar, los distintos gustos o aficiones, no tienen por qué ser motivos de problemas mientras exista un clima de amor. Pero pueden llegar a serlo si falla el cariño. Saber callar a tiempo es una fórmula mágica que ahorra muchos disgustos -lo aprendí de mi padre y de mi madre, cada uno a su manera.- Me he dado cuenta de que lo peor de una discusión no es el momento de la pelea, sino el “mal sabor” que deja.

Cuando eso ocurra deberían salir juntos a dar un paseo y luego darse un buen baño hasta que se pase el mal sabor del disgusto.

Si la otra persona llora por algo que se considera una tontería, se debe tratar de comprender; pero si es por algún error que uno ha cometido, es de humildes reconocer las culpas o defectos.

El hecho es no señalar quién tuvo la culpa de la discusión; así, como en todo, la responsabilidad hay que compartirla entre los dos. A veces, eso que alguien llama defecto, puede ser una característica de la personalidad que tal vez no se acepta.

Las decisiones se toman entre ambos, dialogando, no discutiendo. Para que así, la otra persona no sea sólo la pareja, la amiga, la amante; sino, como se dijo al principio, el complemento, la otra mitad de un todo. Cada uno debe ayudar al otro a realizarse al máximo como persona, pero sin las pretensiones de ser el maestro.

Ninguno de los dos ha de criticar al otro delante de otras personas y, mucho menos, si está ausente. La mayoría de las veces para que exista comprensión se necesita respeto y estima. Se debe dejar de lado, el “Yo” y el “Tú”. Se debe empezar a conjugar el “Nosotros”. Primero se debe dar, luego se puede pedir; pero no lo contrario.

No ayuda a corregir los defectos del otro el estar recordándolos cada día, a cada hora, a cada instante. Esto hace el efecto de los golpes de un martillo sobre un clavo: se torna más difícil poder arrancarlo.

No se debe decir que no se necesita a nadie para ser feliz. Ser feliz es un verbo que se conjuga en plural. El amor hay que cultivarlo cada día; si no, se muere. No se deben descuidar los pequeños detalles.

Ninguno de los dos debe creer que está en posesión de la verdad. Creerse depositario de la certeza no sirve para una vida de comprensión y ayuda.

Por lo general el hombre es más concreto y realista. La mujer, más idealista e imaginativa. Para la felicidad de la pareja se necesitan realismo e idealismo.

El hombre “ve”. La mujer “oye”. El hombre mira y escudriña lo cercano y lo lejano, el mundo de las cosas y de las acciones humanas. La mujer escucha la voz del corazón, las palabras cargadas de sentidos, siempre nuevos y siempre viejos. La mujer es como una frecuencia radical: o todo o nada, o siempre o nunca, o éste o nadie.

La verdad con la claridad, la inteligencia con el amor, son las normas de oro para solucionar las diferencias; recordando siempre que, entre los dos, forman el todo.

La felicidad nunca será producto de la casualidad o de la buena suerte. Es fruto de mucho trabajo, de mucha generosidad, de mucha entrega.

Ésta, es mi reflexión y análisis sobre una vida en pareja, una vida que me ayude a crecer y a desarrollarme como persona, como ser humano y dar lo mismo para que la otra persona encuentre a mi lado esa fortaleza, ese sostén que se necesita para salir adelante y cumplir con las metas y los logros para obtener el éxito.

Mis padres, que hace poco cumplieron 53 años de llevar un matrimonio feliz, sólido, respetuoso, es decir con amor, son la mejor prueba de todo lo anterior.

Todo esto, amor y mucho más es lo que debe regalar cada quien a la persona con la cual Dios le permita compartir el futuro; así como mi padre y mi madre lo han compartido por muchos, muchos años.»

*Por Gustavo Rodríguez Gómez/El Pilón
grg1939@yahoo.com

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