La triste espera de Germania

salademergenciaPor Crystina Martínez

Aunque en el registro quedó certificado que fue a las diez de la mañana del cinco de diciembre de 2013, Germania llegó realmente una hora antes a la Emergencia del Centro Médico Loira, ubicado al Oeste de Caracas. Sus familiares tardaron esperando más de 20 minutos frente a la ventanilla de la recepción a que les fuera entregada la planilla donde se registrarían los datos de su seguro médico y 35 minutos más para que fuese comprobado que todo estaba en su debido orden. Su esposo, Juan, suplicó que la atendieran de inmediato, que “coño, por favor, ella no aguanta más el dolor en el pecho”.

-Usted no entiende señor, aquí hay gente que está desde la seis de la mañana y aun no ha podido ingresar- le hizo saber una recepcionista- tenga paciencia, por lo menos debe esperar cinco horas.

¿Cinco horas? replicó Carlos, el hijo de Germania, eso es mucho tiempo, mi mamá está muy enferma, ¿cree que ella puede esperar tanto?

Pueden llevársela para otra clínica si quieren – dijo la recepcionista – ya un poco molesta- de lo contrario no queda más que esperar, mire toda esa gente que hay acá, no hay más camillas. En este país todo está así, todo es un caos.

Carlos miró a su alrededor con detenimiento y en medio de su desespero y desolación, vio a una mujer que le sangraba la cara a chorros, a un señor que tenía hinchada la mano izquierda a causa de una mordida de perro, a una joven que se arrodillaba en el piso tratando de disuadir un cólico nefrítico. Al lado de un hombre viejo que parecía no inmutarse con nada, estaba Germania sentada y con la cabeza recostada contra la pared. Mamá- le explicó- acá tienes que esperar cinco horas para que te puedan atender, ¿Qué hacemos?

Germania, inclinó la cabeza hacia su hijo. Tenía los ojos llorosos, lucía despeinada y las arrugas de sus 72 años se le habían acentuado. Largó una frase casi sin fuerza: Yo espero mijo, yo espero lo que haiga que esperar, el dolor no se me pasa y así no quiero volver a mi casa.

Tienes razón, hay que esperar, repitió Carlos.

– No, tú no esperes más, tú papá se queda conmigo, vete a trabajar. En estos tiempos hay que cuidar mucho el trabajo.

Carlos quiso protestar ante aquella petición pero la madre moribunda terminó por convencerlo. Le dijo, con un tono protector: Dios te bendiga y lo despidió asegurándole que todo iba a salir bien, que “nos vemos luego”.

Ese mismo día yo llegué a la Loira a un cuarto para la diez de la mañana con un cuadro de infección respiratoria aguda. Me habían rebotado de la clínica Vista Alegre porque, según me explicó, una mujer detrás de una vidrio ahumado, “el aparato con el que se hacen radiografías está dañado y seguro que a ti te mandaran a hacer una. Así que, ya ves, no tiene sentido que ingreses acá”. Horas más tarde, tratando de reconstruir la historia de la triste espera de Germania en el pasillo de la emergencia, me enteré que ella también había pasado esa mañana por esa clínica y que la habían dicho, sin diferencias de punto ni coma, lo mismo que a mí.

Germania falleció a las doce del mediodía de un infarto. Un poco antes la recepcionista le informó al médico de guardia que la señora estaba muy mal, ¿Doctor Mendoza, puede hacerla pasar? El doctor tomó la lista de los pacientes y respondió, de un modo simple y desconsiderado, como si estuviera hablando de la lista de compras para el supermercado: no, yo no atiendo de esa manera, sino por orden de llegada. Solo cuando vieron a la anciana sucumbir y los otros pacientes pidieron ayuda, un par de hombres se la llevaron en una silla de ruedas. Tiempo después, sin que nadie le diera información al esposo, que deambulaba como un fantasma con un vaso de jugo de melón en la mano, una enfermera abrió la puerta de la emergencia y llamó, a gritos, a los familiares de la señora Germania González. Juan se acercó rápidamente y le preguntó, con un desgano que no parecía propio de la ocasión: ¿ella está bien? La mujer le entregó una bolsa transparente que contenía la ropa de la esposa y le contestó, como si lo estuviera regañando, que no podía darle noticia alguna, que era un asunto confidencial.

Por cosas de la vida o razones que desconozco yo estaba mirando a Germania fijamente, desde una esquina, cuando dio su último suspiro en la espera del pasillo. Recuerdo que, a pesar de mi problema respiratorio, me llegaba un olor casi insoportable, una mezcla de mierda y alcohol. Vi a Germania cuando sus ojos empezaron a ponerse en blanco, cuando un temblor desmedido se apoderaba de su cuerpo, cuando un hilo interminable de orine le bajaba por sus piernas de la misma forma que una saliva espesa le salía de la boca. Cayó sobre el hombro de aquel hombre viejo que parecía no inmutarse con nada. Atiné a decir: la señora se está muriendo y nadie la atiende. Su esposo había ido al cafetín a comprarle un jugo, “para que te refresques, Germania. No tardo. Ponte el suéter, mira que está lloviendo y hace frío”. Su hijo, tal como ella se lo había indicado, ya se encontraba a punto de iniciar la jornada laboral sin saber que tendría que suspenderla para emprender el camino de regreso. Germania estaba recibiendo la estocada final de la guadaña de la muerte a las puertas de una clínica, a solos dos pasos del personal médico, pero lo mismo daba, para ella era peor que caminar en un desierto, a plena luz del día, sin compañía, sin agua.

Dos horas, que le parecieron a Juan y a Carlos una eternidad, debieron pasar para que los médicos dieran el diagnostico definitivo: La señora falleció. No pudimos hacer nada. Llegó muy tarde acá.

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