“La izquierda en Latinoamérica no ha definido la línea entre lo popular y el populismo”: Miguel Littín

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GACETA conversó con el director de cine chileno Miguel Littín, quien en noviembre estrena su película sobre Salvador Allende. Dice además que “las salas de cine en América Latina se han convertido en ventas de palomitas y de comida y no en exhibición de cultura”.

Por: Paola Andrea Gómez y Luis Guillermo Restrepo | Periodistas de El País|Cali |Dom Octubre 12, 2014

 
A su regreso del exilio, Miguel Littín fue alcalde de Palmilla, su ciudad natal, en los periodos 1992- 1994 y reelecto 1996-2000.
Cortesía Fundación Nuevo Periodismo
 

En el cine encontró la respuesta. Era apenas un niño de 9 años, pero ya tenía profundos interrogantes sociales. No entendía por qué si en el internado jesuita le decían que “todos éramos hijos de Dios”, los sacerdotes lo reprendían cuando ‘osaba’ conversar con los niños pobres que hallaba en las grandes puertas de las casas que rodeaban su colegio.

“Y si ustedes nos dicen que somos hijos de Dios y todos somos hermanos, ¿entonces cómo no puedo hablar con ellos?”, les recriminó, en la que define como su primera rebelión. Fue castigado duramente por ello. Y ese recuerdo se quedó ahí, adentro.

migue-littin-2Entonces apareció en su vida la película de Roberto Rossellini ‘Roma, ciudad abierta’, en la que la Gestapo busca a Manfredi, jefe de la resistencia comunista en la capital italiana ocupada por los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial. “Así encontré que mi interrogante entre la religión y la cuestión social se resolvía, porque en Ciudad Abierta se unían los anhelos de un cura católico y los de un comunista, para luchar contra la dictadura de Mussolini”, recuerda.

La película marcó el camino de uno de los directores de cine más legendarios del continente, que creció en Palmilla, Chile. Allí conoció de cerca ‘la dictadura del latifundio’, el hambre y la miseria de la gente que no tenía ninguna posibilidad de desarrollo. “Solo les quedaba trabajar y trabajar para el orden medieval establecido por el patrón y luego desaparecer y morirse en vida. De toda esa generación de mi edad, del año 42, el único que sobrevive de ese pueblo soy yo. ¿Cuál es la razón? Fui a la escuela y luego a la universidad. Aunque la gente crea que los niños no tienen interrogantes sí los tienen y es ahí cuando se decide lo que uno va a ser. Yo encontré la respuesta en el cine”, relata Littín, al describir de dónde le viene esa profunda preocupación social que marca su obra. Esa es su impronta, desde la primera película ‘El Chacal de Nahueltoro’, en 1969.

migue-littin-3El chico de Palmilla estudió Arte Dramático en la Universidad de Chile y Teatro y Dirección Técnica Literaria del Drama. Entonces conoció los grupos de teatro y obreros que recorrían el norte del país y se fue creando una visión del mundo y de la vida que lo llevó muy pronto a unirse al socialista Salvador Allende, de quien fue amigo y a quien acompañó hasta su muerte. Durante el gobierno de Allende dirigió la empresa de Estado Chile Film. Tras el golpe de Estado de Pinochet vivió en el exilio.

A Gabriel García Márquez, su gran amigo, le relató su odisea cuando volvió a Chile con una profesión, un pasaporte y una esposa falsa, para palpar de primera mano la represión de la dictadura y salir a contarla.

De esa charla surgió el libro ‘La aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile’, que se convirtió en un ‘best seller’ en el continente, a pesar de las 15.000 copias que de su primera edición quemó el régimen de Pinochet, en 1986.

Recientemente Littín estuvo en Medellín, para hablar de Gabo y el cine, en los premios Gabriel García Márquez, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. De su amistad con el Nobel colombiano, del socialismo y su pensamiento político, de su película ‘Allende en su laberinto’, que estará en noviembre en cartelera y de la dictadura de los monopolios norteamericanos en el cine habló con GACETA.

El nombre de Miguel Littín es una leyenda en América Latina, ligado al imaginario del cine y la literatura por el libro y por todo su trabajo. ¿Cómo recuerda la película y el libro de usted, clandestino en Chile?

Con mucha alegría. Con Gabo nos unió una gran amistad, que discurrió con total naturalidad. Yo fui clandestino en Chile porque necesitaba ir, porque estábamos luchando contra la dictadura de Pinochet y Gabo se enteró y me pidió que lo contará y se lo conté. Luego apareció el libro.

Gabo decía que Miguel Littín era el gran cineasta del continente…

Lo que es un privilegio para mí. Igual me pasa cuando recuerdo lo que decía Neruda. Un día de otoño, a las seis de la mañana, me llamó para que fuera a su casa. Allí empezó a hablar de la película ‘El Chacal de Nahueltoro’, de lo que había sentido y mientras tanto las hojas secas caían y cubrían la mesa y el césped. Todo se llenaba de maravilla. Son momentos muy gratos. El secreto está en que uno no lo haga tan suyo. Eso pertenece a toda la gente que ha visto mis filmes. También son de ellos los comentarios de Gabo, Neruda o Buñuel. Yo no tengo la pretensión de ser propietario de nada.

En el conversatorio de Gabo y el cine alguien sentenció que todas las obras del Nobel que se han llevado a la pantalla grande han sido malas. ¿Usted qué cree?

Que no. Cuando uno lee la literatura de Gabo recoge de su voz, su magia. Cuando se traslada al cine es otra la voz que cuenta. Por lo tanto, la relación de la obra de Gabo hay que verla separadamente. El cine es cine y la literatura, literatura. Además, cuando uno ve que el mismo espectador observa una película basada en un libro de Joseph Conrad o de Thomas Mann no nota tanto la diferencia, si no conoce la obra. Nunca hubo en este continente ni en esta lengua un escritor tan famoso como Gabo. La gente lo conoce y lo recita de memoria. Yo rescato ‘La viuda de Montiel’, porque no la amarré a una trama de García Márquez. La dejé navegar, como en un mar. Intenté esa posibilidad y a mí me gusta. Tampoco creo que las cosas sean del todo buenas o malas.

Usted ha sido un símbolo del cine comprometido. ¿Considera que ese cine ha cumplido su papel?

Esa es la apuesta. La respuesta vendrá en las futuras generaciones. Ese cine no está en las salas. Las salas de cine en América Latina están en manos de los monopolios norteamericanos, que no nos dejan ver ni existir y se han convertido en ventas de palomitas y de comida y no en exhibición de cultura. Sin embargo, esas películas y lo que hacen los maestros de escuela está llegando a los líderes y a la juventud de nuestro continente. Y allí sí van a encontrar una respuesta de un cine muy honesto y humano, que busca recuperar la memoria histórica, la identidad. Yo creo que van a ser una semilla. De eso no me cabe duda.

¿Esa dictadura del monopolio americano ha diezmado la producción de cine latinoamericano?

A pesar de las condiciones tan adversas para la distribución, existe en nuestra región un movimiento formidable de mujeres y hombres que hacen películas extraordinarias. Y el periodismo no está desligado, porque el cine bebe de las investigaciones importantes y de las denuncias. Hay una relación muy estrecha entre el cine y el periodismo independiente. Eso hace posible que el sueño se cumpla y que no sea una película, sino muchas películas.

¿Qué significó el reto de hacer la película ‘Allende en su laberinto’, que pronto saldrá a cartelera?

Estamos dando los últimos retoques a la banda sonora y espero que esté lista en un par de semanas y que se estrene en noviembre. Llevo mucho tiempo en ello. Aunque el proceso de filmación fue muy breve, 17 días muy intensos, pocos largometrajes se han hecho en tan poco tiempo. Tenía una unidad de tiempo y de lugar porque todo ocurre en La Moneda, entre las 7: 00 a.m y las 2:00 p.m. del 11 de septiembre de 1973. Pero la preparación fue muy larga y angustiosa. Siempre he dicho que es la película que más me ha costado en la vida. Quizás porque he reflexionado mucho sobre ella. Encontrarme con Allende en los mismos lugares donde ocurrieron unos hechos tan dramáticos es difícil de asimilar.

¿Cómo fue ese volver a La Moneda y reconstruir las últimas horas de quien fue su amigo, su líder?

Fue un terremoto interior. Sentí que mi ser renacía y todo el equipo me miraba y estaba esperando mis instrucciones y di dos o tres que eran confusas. La gente me miraba extrañada. Yo soy una confusión en todo, pero haciendo cine no. No me gustaban las cortinas, me parecía que esa no era La Moneda de Allende. Tuve que hacer una transformación muy rápida en la narración; con los espacios vacíos, la cámara recorriendo el lugar hasta que encuentra una mujer que estaba ahí escuchando y que posiblemente esté llorando allá, al final de ese laberinto. Ahí se empieza a escuchar la voz de Allende, pronunciando su famoso discurso. Ese no era el inicio de la película. Se produjo y lo reescribí. Casi transmito los diálogos.

El mundo todavía se pregunta por qué fracasó lo que Allende quería ser y hacer. Usted ha tratado de contar eso. ¿Qué pasó?

Los grandes proyectos históricos, producto de la utopía y de la visión de personas como Allende que se adelantan a su tiempo, tienden a fracasar en lo inmediato. Chile cayó en una especie de turbulencia muy profunda y él está en medio de las turbulencias y puede mantenerse. Pero cuando se produce el vacío, ya no hay nada. Yo creo que eso fue lo que ocurrió esa mañana, hubo un punto, y eso lo siento en la película, en que se ausentan los vientos y el único que queda en ese vacío es Allende. Y él se aferra a su sentimiento, a su abuelo, que era una imagen permanente en su vida: el masón que pasea por los cerros de Valparaíso, atendiendo gratis y regalando ropa y remedios. Él se aferra a ese romanticismo y deja de ser marxista leninista para convertirse en héroe. El gobierno de Allende fue de mil días, nada más, tres años. Con los hombres que han vislumbrado una posibilidad utópica de transformación se ha producido un vacío, porque sus contemporáneos no lo han entendido.

¿Cómo ve hoy la realidad política y social de Chile?

Neoliberal. Sin embargo hay grandes avances democráticos, en los que sí se cumplen los anhelos que Allende plantea, con gran lucidez, en su discurso final: “se abrirán las grandes alamedas, por donde avanza el hombre libre”. La recreación de ese discurso en La Moneda fue algo de mucha conmoción. Todos los técnicos lloraban cuando el actor entró e hizo la toma de una sola, que es cuando Allende se dirige por la única radio que tenía en todo el país y ya tiene el nivel del Fausto, de Goethe; estaba transmitiendo hacia la eternidad.

¿Cree que toda la confrontación que se produjo con ese socialismo utópico valió la pena?

Absolutamente. Chile sería otro país sin Allende. Y Chile es un país en lucha, pero no derrotado. La herencia de Allende hoy está presente en las decisiones que la realidad le permite tomar a la presidenta Bachelet. Pero sobre todo está el espíritu de Allende en ella, porque la gente ve en la Presidenta a alguien que tiene afecto, ternura y eso muchas veces lo olvidamos. Siempre pensamos que la política es una cosa de libracos, de leyes y de estructura rigurosa. Olvidamos la poesía y Chile es un país absolutamente utópico y poético.

¿Considera que lo que están viviendo Venezuela, Argentina o Ecuador hoy es izquierda?

Son búsquedas. Uno de los grandes problemas de la izquierda en América Latina es que no ha establecido claramente la línea entre lo popular y el populismo. Si miramos la historia, lo único que hay es el progresismo y hay que rescatarlo. Si usted mira, el mundo está sumido en grandes problemas. ¿Cuál es la actitud de Occidente hacia el mundo árabe, hacia lo que no sea occidente? El mundo atraviesa por diferencias muy grandes y graves.

¿Cree, entonces, que la izquierda en Latinoamérica está en crisis?

Miremos qué pasa con nuestro continente. Fue interrumpido por la colonia. Se interrumpió y fue enterrada la lámpara, como dice Neruda. No solo Allende está en su laberinto, el mundo está en su laberinto, la izquierda y la derecha. Quién entiende lo que se publica todos los días en las noticias. Qué hacemos con el terrorismo. Qué ocurre con las enfermedades que aparecen y desaparecen, producto de los laboratorios. Hay partes de los océanos que se han secado. Qué estamos haciendo con la tierra. Hay una crisis muy fuerte. Y la izquierda en América Latina también está sumida en esa crisis.

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