Víspera de Año Nuevo, historia o leyenda

GUILLERMO BUITRAGOLa primera versión de la canción “La víspera de año nuevo”, fue grabada por Guillermo Buitrago con la agrupación Los Trovadores de Barú.

“Se afirma que la historia es el origen de la narración, y la orientación de la humanidad y madre de todas las ciencias”.

“La leyenda es etiológica, es decir, tiene la tarea de dar fundamento y explicación a una determinada cultura. Su elemento central es un rasgo de la realidad cuyo origen se pretende explicar”.

Este canto de antología conocida como “Víspera de Año Nuevo”, ha recorrido el mundo y a su regreso a la región en sus tantas versiones, ha estimulado la investigación sin que pueda asegurarse con absoluta seguridad si es leyenda o historia. De todas maneras se ha quedado enmarcada con su origen en la región de Camperucho afirmándose que su autor inicial fue José Eusebio Ayala. Se atribuye en su causa a la sorna por el rapto amoroso de Teotiste Almenares, de 18 años, por su novio Eduardo Arias Quiroz, en ese entonces de 23 años de edad, ocurrido el 30 de diciembre de 1929, cuando huyeron a lomo de caballo y solo fueron a parar la misma noche a la posesión Las Mallitas, propiedad de Casimiro Mestre, a 6 km del lugar furtivo de la parranda que aquella noche se celebraba.

Eduardo Iteota fueron mis padres y aquel rapto como era de esperarse causó los comentarios locales por tratarse de la familias próximas, tradicionales y conocidas. Los rumores encendieron los ánimos que al llegar a los oídos del patriarca de la región Feliciano Quiroz, casado con su pariente Petronila Quiroz se vieron obligados a buscar una solución. Contrajeron así matrimonio eclesiástico el 14 de febrero de 1930, boda que se celebró en la desaparecida casa colonial donde queda hoy el periódico El Pilón; una ceremonia privada avalada en el acta como si se hubiera realizado en la iglesia La Concepción de Valledupar, cuarenta y cinco días después del suceso amoroso.

Pero la historia no se detiene allí, todo indica que su origen remoto se aleja a las antiguas sabanas de Bolívar, hoy Córdoba y Sucre, inspirando esos primeros versos en un vaquero originario de aquella región, Víctor Villafaña, aunque rudimentario en forma de décima los cantaba siempre, cada vez que su cerebro se empañaba por el alcohol.

Villafaña como queda dicho en desarrollo de su labor con los vacunos fue traído por la familia Pumarejo a la hacienda El diluvio ante la falta de un buen enlazador de novillos en la época de las cimarronerías que deambulaban en Camperucho Arriba y Camperucho Abajo. A la par de aquella décima de antaño, iba recitando otras composiciones que quedaron regadas en la comarca, entre ellas “El Guáimaro”, “Las Pasitas”, “Viaje a Fundación” dedicadas y dirigidas al estímulo coquetero de las mujeres del caserío. En ese entonces, el acordeón que más sonaba con gracia y donaire era el que Eusebio Ayala llevaba siempre consigo en un mochilón de su domado burro. Villafaña que tenía como particularidad agregar versos a lo que componía, tuvo siempre la cercanía del negro Ayala que no le perdía pie ni pisada, puesto que el decimero aunque no era buen cajero tocaba el instrumento. El acordeonero tomando parte de los versos acomodándolos en ritmo de merengue a las circunstancias de lo acecido aquella noche de año nuevo allá en Camperucho, cuando Eduardo con la complicidad de su primo hermano Eusebio Quiroz esperaba a una distancia prudente a la oscuridad de un matojo próximo a la celebración de fin de año. Hasta hoy han transcurrido ochenta y cinco años aproximadamente de haber sido creada esta composición musical, de contextura rural, inspirada en la lejanía de los ríos Cauca y Sinú, allá en Córdoba y Bolívar.

De la misma manera se ha venido diciendo que por aquella vocación Pumarejana de compartir tragos y parrandas con cuanto músico laboraba en las extensas tierras del dilatado Camperucho en donde quedaban ubicada las fincas “El otro mundo”, “Santa Helena”, todas con nombres de carácter sacro, Tobías Pumarejo aprendió también la melodía que fue perfeccionando con agradable y mejor estilo que el de Ayala haciéndola más poética. Don Toba como se le conoció, antes de refugiarse en los solares de “El Otoño”, jurisdicción de El Copey, vivió muchos años en el pueblo de Los Venados, lugar donde quedó una de las dos neveras de petróleo que Carlos Quiroz trajera en yuntas desde Curasao, llevado desde Riohacha a Los Venados, para el comercio de la cerveza fría en las haciendas “Leandro”, próxima al pueblo citado, pues el otro aparato, en la misma yunta siguió rumbo a El Paso para satisfacer la sed con las primeras cervezas frías de la época en las garganta de los vaqueros de la hacienda “Las cabezas”, según lo relata Guillermo Castro Castro en sus crónicas de reciente aparición en sus libros.

El negocio fracasó cuando Tobías se desbocó en sus muchos amoríos de los cuales no estuvo exento alguien de la familia de su propio socio. Por otra parte, el canto se difundió porque Ayala era el único guardalinea que se desplazaba de Chiriguaná, El Paso y Camperucho a lomo de mula cumpliendo también la función de correo y razonero que acompañaba siempre los fines de semana tocando para la vaquería de las dos haciendas, principalmente para los trabajadores de “Leandro”, caracterizada por tener los mejores vaqueros de la región que la preferían pues a pesar de ser un mismo salario ahí les pagaban con billetes nuevos.

En aquella época de las correrías en busca de los ganados cimarrones que ya eran definidos por la ley como mostrencos, proviene el merengue “Las Sabanas del Diluvio”. En esa misma época fue compuesto el merengue a Blasito Morales, el primer atracador de caminos, asaltante de guardalíneas y correos que al haber dado muerte a uno de estos se hizo temido en toda la región de sabanas y playones de la comarca “Como me compongo yo en las manos de Blasito, como prevención para quien viajara por aquellos solitarios caminos”.

La versión de Ayala de la cual no se sabe si fue primero Octavio Mendoza (el negro Mendo) el que la difundió, era un vaquero tocador de acordeón, tío de Alejandro Durán que con Ayala siempre se enfrentaba en piqueria para satisfacción de los vaqueros que como ellos solían enfrentarse a puños en aquellas tenidas de excelente oralidad. Lo significativo de estas versiones, que ya son muchas con furibundos defensores, está en que la melodía es la misma, con la entonación de la décima asimilada a merengue; aunque de contenido análogo, difieren en los escenarios, en las fechas de sus reales o aparentes creaciones y en los personajes que la trama encierra, ha dado motivo a diferentes formas conceptuales.

Lo cierto es que Guillermo Buitrago quien la difundiera como suya inicialmente, grabó primero su versión “El negro Mendo” y después hizo otra versión con la letra atribuida a Tobías Pumarejo. La primera dice “Como dice el negro mendo cuando sale a parrandear, que si toma él ron caña es con caña minerá. El negro mendo no va al marimbeo, porque la caja le quema los deo”. Y es que para entonces se hacía acompañar a los conjuntos de acordeón con la famosa “marimbula o marimba”, el instrumento inventado en Cuba que sirvió para acompañar el son, un instrumento que consistía en una caja de resonancia, alistada por sunchos de acero que amarraban las primeras mercancías traídas de los Estados Unidos.

Según el brillante análisis de Julio Oñate Martínez, las versiones del “Negro Mendo, Eusebio Ayala y la de Don Toba en periódico” El Pilon-31-12-2004 En el paso la madre del “Negro Mendo”, doña Basilia Durán añoraba al hijo en la fiesta de fin de año, y él se encontraba gozando en la finca de “Leandro” con su mujer Rita Morelos, y estos son los versos.

Como dice el negro Mendo Alegre que toca Mendo Como dice el Negro Mendo
Estando la noche serena Cuando quiere y tiene gana Cuando toca el acordeón
Mi familia quedó de duelo Yo quisiera pasar el año nuevo Mi familia quedó de duelo
Y yo gozando a mi morena Contigo allá en las sabana Y yo sufriendo del corazón

La versión de Víctor Villafaña y Eusebio Ayala en Camperucho que empieza a tararearse en los primeros días de enero de 1930, alrededor de la casa de los abuelos de Teotiste, Don Manuelito Díaz oriundo de Patillal y Teotiste Romero nacida en Valencia de Jesús, se caracterizó por estos versos.

En víspera de año nuevo Yo te quiero complacer
Siendo la noche serena con el cuerpo y con el alma
Las familias quedaron de duelo año nuevo lo quiero pasar
Y yo gozando a mi morena yo contigo en la sabana

Don Toba
Don Toba

La versión de Don Toba, cuenta que en la finca el “Tolima”, Doris del Castillo Altamar se escapó, y fue a parar con Don Toba a Caracolí, y al salir a parrandear a Los Venados dejándola sola, al regresar encontró disgustada a su amada, ese dos de enero del cuarenta y seis, a su llegada le cantó los versos de una nueva canción.

La víspera de año nuevo Primera noche de enero Te quiero felicitar
Estando la noche serena Yo me felicite bien Con el cuerpo y con el alma
La familia quedó con duelo Ella dijo vámonos ligero Año nuevo lo quiero pasar
Y yo gozando a la morena Yo te quiero complacer Junto contigo en la sabana

Afirma Ricardo López Solano, en El Pilón -6/04/2015- que la primera versión de la canción “La víspera de año nuevo” como queda dicho, fue grabada por Guillermo Buitrago con la agrupación Los Trovadores de Barú, a principios de 1948, de la cual hacia parte José Barros y el maestro Juancho Esquivel en el clarinete, único músico erudito de Mompox. Entregada a Buitrago por Tobías Pumarejo en su tránsito por Valledupar.

El amigo Julio Oñate asevera que “al no poder precisar hasta hoy el original creador de esta melodía, podemos concluir entonces que puede tratarse de una de tantas tonadas anónimas, nacidas a comienzos del siglo anterior, que convierte a los tres autores referenciados en compositores derivados de ella con iguales méritos para cada uno al reclamar su paternidad”.

Esta composición musical de la “Víspera de Año Nuevo” tiene tres versiones conocidas, y cuatro compositores que colaboraron en su creación, pero todas conservan la misma melodía, convirtiéndose en la canción más sonada de Colombia en las fiestas de fin de año, y emblemática por sus variados contenidos en la trama de los personajes ya que se desarrollan en diferentes escenarios y muy distantes en el tiempo una de otra. Todo ello hace parte de nuestro folclor musical que se enriquece de leyendas, que se definen como un relato consuetudinario con bases históricas y que se propaga por la transmisión oral, donde las composiciones anónimas consiguen padres adoptivos para darlas a conocer por medio de grabaciones para que perduren en el tiempo y en el espacio, viajando de generación en generación. Sea cual fuere su fuente hace parte de nuestra identidad.

Por Walter Arias Almenares/El Pilón/28 junio, 2015

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