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”EL AMOR VOLÓ MUY ALTO”

Katiusca Mendoza

Cuento
Por: Alejandro Gutiérrez De Piñeres y Grimaldi

Esa madrugada Carlos “el Tigre” Vanegas brincó de su cama bastante sobresaltado, y una extraña sensación lo embargaba, pues pocos meses atrás, su amada esposa había partido de este mundo, a raíz de un trágico accidente en la vía de La Paz a Manaure. Un pálpito lo hacía pensar que algo grave ocurriría de nuevo en su hogar. Pensativo se incorporó de su lecho, se dirigió al patio de su casa, donde colgaba una hamaca que le había traído desde San Jacinto su gran amigo, el doctor Flavio. No quería recordar esos instantes, pues ello le traía aflicción a su alma, que aún no había podido superar esos amargos momentos. De pronto, sin pensarlo, tomó su guitarra y su garganta tronó, con unos versos que brotaban de lo más profundo de su ser:
“Por cultivá un amor, lo que cultivé fue penas, penas que no se borran ni con 100 años de ausencia; para qué llorar, para qué sufrir, olvido una pena, si la pena está, muy dentro de mí, siempre me atormenta.
Lloraréeeee, mi amarga pena, pena amarga que a mi vida la atormenta”…..Su único hijo, a quien cariñosamente llamaba Fayito, fruto del amor con Sulamita, algo extrañado al ver a su padre, cantando de esa manera, le preguntó: ¿Papi, qué te pasa? Sentimiento hijo, nada más; quizás algún día podrás entender, lo qué significa el amor, cuando es verdadero
Fayito a sus escasos 9 años, era la única compañía que tenía el Tigre Vanegas; la soledad espantaba en el rancho desde que Sulamita pereció, y nada ni nadie, podía sacarlo de ese letargo y depresión en que se hallaba.
Dirigiéndose a Fayito, su padre le pidió que lo acompañase a Hurtado, el balneario más popular de la ciudad, para que juntos pasaren allí un día de descanso y diversión, al son de la música de acordeón, bandas pelayeras, que suelen complacer a propios y extraños, con las canciones típicas de la provincia, durante los consabidos paseos de olla, en los cuales abunda el ñame, la yuca y la carne de chivo o de gallina, mientras dialogan con sus amigos, se bañan, escuchan música o consumen diversos productos de venta al público.
El chico ni corto ni perezoso, diligentemente empacó su ropa de baño en la mochila y echó sus chancletas, toallas y algunas frutas de su gusto, como mangos y bananos, mientras sonriente brincaba lleno de alegría, pues ese era su sitio preferido, donde solía bañarse y encontrarse con sus amigos del barrio Los Mayales.
Ese domingo, algo atrajo la atención de Fayito. Cerca de la estatua de la Sirena, un grupo de chicos adolescentes saltaban entusiasmados sobre las frías aguas que descendían de la sierra nevada. La alegría era indescriptible entre ellos, y no existía otra cosa mejor que lanzarse en clavada y demostrar sus conocimientos en el arte de la natación. De pronto, a casi 20 metros de dónde Fayito se encontraba, la esbelta figura de una chica, de unos 14 años de edad aproximadamente, entró en escena. Era Katiuska, una joven a quién él ya conocía de vista, pues todas las tardes entre semana, al pasar por la Academia de los niños Vallenatos del Turco Gil, solía asomarse por la ventana para observar como alumnos de diferentes grados, aprendían a ejecutar el acordeón, la caja, la guacharaca y la guitarra, cosa que a él mucho le animaba, pero era consciente que su padre no poseía los recursos para adquirir un instrumento ni financiarle sus estudios allí.

Una tarde Fayito escuchó la voz de esa chica, que por su finura, su elegancia y su timbre sonoro, lo sedujo desde el primer instante. Tras verla cantar La Dama Guajira, algo muy especial le enamoró de ella, y desde ese momento, todas las tardes no fallaba en la cita cotidiana, para observarla maravillado, desde fuera de la ventana. Por tal motivo, al verla con su bikini, su sonrisa bella y encantadora, una mezcla de emoción e impotencia le fue invadiendo, pues aunque quería acercarse a ella, su timidez era el freno que se lo impedía. Era un amor platónico, que cada día aumentaba, pues amén del talento en el cantar que Katiuska desplegaba, su hermosura de reina, su sencillez y carisma, le hacían remover sus más íntimas entrañas.
Desde aquel día comenzó a fraguar un plan: buscaría el modo más apropiado de hacerse alumno de la Academia del Turco Gil. Una tarde se plantó frente de la entrada de la misma y de manera tranquila, un tanto ingenua, preguntó a una señora que acababa de llegar lo siguiente: ¿Seño, podía usted dejarme entrar? Era Lolita Acosta, la mejor relacionista de la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, que enternecida por la pregunta del niño, le tomó de la mano y le invitó a que siguiese con ella. ¿Qué te trae por acá?, le dijo Lolita. Quiero ser acordeonero, pero mi padre no tiene dinero para matricularme, ni para poder comprarme el instrumento. Lolita, al ver la seguridad de Fayito, no vaciló en expresarle: No temas, que yo he de ayudarte.
Entrando a la oficina del Turco Gil, el gran maestro de los niños, Lolita le dijo: Turco, quiero presentarte a Fayito, porque va a ser un gran acordeonero y yo quiero apoyarlo. Dale tu una beca y yo buscaré la forma de conseguir en donación el acordeón que de por vida ha de acompañarle. Fayito no podía creerlo, mientras sus ojos llenos de lágrimas, se cerraban emocionados. Arrodillado levantó sus brazos hacía el Cielo, a manera de gratitud, pues estaba convencido que el Dios Todopoderoso, había tocado los corazones de Lolita y del Turco, que a partir de ese momento pasaron a convertirse en sus padrinos.
Algo frustrante para Fayito se produjo en su destino, puesto que Katiuska, la chica de la cual él se había enamorado, había cumplido su ciclo académico, y al cabo de 2 semanas, se dirigió a la capital de la Republica, para continuar sus estudios profesionales. Solo supo que sus padres eran oriundos de Fonseca y él no se sentía capaz de visitarla, pues no le unían lazos de amistad con ella. Transcurridos 3 largos años, ya Fayito se había convertido en un maestro del Acordeón, y no solo lo sabía ejecutar, sino también se volvió un cantor de una voz incomparable.

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Katiuska Mendoza

Una mañana, al prender la radio escuchó: Katiuska Mendoza, la nieta del Rey de Reyes, el gran Colacho Mendoza, falleció en el día de hoy, tras un procedimiento quirúrgico en la ciudad de Valledupar. Sus exequias serán mañana en su natal Fonseca; una delegación de la Academia del Turco Gil estará presente en su sepelio, para darle el último adiós, a la que fue la gran cantante egresada de dicha institución. Así mismo le acompañará su tío el Rey Vallenato Wilber Mendoza. Fayito sintió que su vida se había desplomado, el llanto invadió su corazón como un vendaval que azotaba y estremecía todo su cuerpo, pero tomó valor y una decisión inquebrantable: Llueva, truene o relampaguee, mañana estaré allí presente, se dijo para sí mismo.
Tras efectuarse los consabidos oficios religiosos, toda Fonseca lamentaba la partida de esta hija, a quién todo el mundo quería y le auguraban un porvenir maravilloso. De modo bastante discreto, Fayito ingresó al cementerio, cuando los obreros del mismo, disponían sus materiales para que el ataúd descendiese. De pronto, una voz se escuchó, cuando dijo: ¡Esperen, yo quiero despedirla con un canto! Era Fayito, cargado de valor quien con su Acordeón al pecho y una voz cargada de melancolía, dolor y sufrimiento exclamaba:
“Katiusca, no fuimos amigos ni nada, pero en mi corazón, te llevaré por siempre, pues en mi alma quedó impregnada, la dulce voz que siempre enamoraba. Para ti, con todo amor, va esta canción, que el Cacique de La Junta popularizara:

Qué buscas tú en mi alma, ay qué quieres mi vida de mí,
no ves que ya no hay nada, que no hay palabras que decir.
O acaso se te olvidan, ay tus manos diciéndome adiós,
Cómo es que no recuerdas, mis ojos llorando tu amor.
Que desde aquel momento, siento que vivo del dolor,
Y le ha quitado fuerza, al viento y a mí corazón.
Aún recuerdo la gaviota que voló un día,
Llevándose entre sus alas el alma mía y me hizo llorar…..

No había aún concluido Fayito su canción de congoja, por la partida de un amor que nunca ocultó pero que tampoco pudo concretar, cuando truenos comenzaron a capotear en los cielos, y una terrible oscuridad sumió el camposanto. Todos los presentes, cogidos de la mano, miraban asombrados lo que sucedía en aquel lugar. De pronto algo inesperado se dio: Una luz clara y radiante, iluminó el féretro de Katiuska y como si alguien saliese de su interior todos los presentes vieron con sus propios ojos, como una figura angelical emergía del mismo, para volar hacía el infinito, y una sensación de paz y amor, embargó todos los corazones de quienes allí se encontraban, quienes unánimes exclamaron: Adiós, niña preciosa, te fuiste a acompañar a tu abuelo, pero en esta tierra, no te olvidaremos.

BLOG DEL AUTOR:  Alejandro Gutiérrez De Piñeres y Grimaldi

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