LOS HIJOS DEL VALLENATO


A ritmo de identidad


Por Donaldo Mendoza

En Popayán, las noticias sobre vallenato a veces llegan tarde. Hace poco vi en el Show Caracol el anuncio y una breve presentación del conjunto “Los hijos del vallenato”, conformado por jóvenes indígenas del Pacífico, con foco en el Chocó y Urabá. Los estoy escuchando con la emoción de un niño que estrena juguete. El sonido (voz y acordeón) me traen ecos de Diomedes Díaz, Farid Ortiz y Kaleth Morales. Y hallé cuatro razones, que enumero como inferencias, para compartirlas con los lectores de El Portal Vallenato.

Primera inferencia: No es necesario que nazca un nuevo Diomedes Díaz. Natura no lo permitiría, por aquello del ADN; y de ser relativamente cierto, estaríamos ante un imitador que no evoluciona, un epígono siempre, o un apéndice. En suma, lo que vemos en ciertos momentos son fusiones; que aparecen como imitación al principio, hasta que el tiempo y el talento nos revela la nueva voz. Es lo que se evidencia en “Los hijos del vallenato”.

La segunda inferencia es cultural. El vallenato en cuanto género musical es un sentimiento nacional, desde La Guajira hasta Leticia, y desde Vichada hasta el Chocó; con un segundo epicentro en Bogotá. La cadencia que emana de “Los hijos del vallenato” los hermana con sus pares de la sonora provincia del Caribe colombiano. Con los mismos tonos y acentos de que se viste nuestra lengua castellana cuando la cantan. De ese modo, el vallenato deviene en manifestación de cultura cuya esencia sagrada es unir y nunca discriminar.

La tercera inferencia es la social. Si se pensara la vida solo desde el imaginario colombiano, tendría legítima validez decir que hay dos realidades inefables en las que todos somos iguales: la muerte y la música. De la muerte, sería de Perogrullo decir por qué; pero en el caso de la música, no hay clase social, no hay credo ni partido político que puedan reclamar alguna exclusividad, o propiedad, sobre la gama de sentimientos que irradia un vallenato.

La cuarta inferencia que quiero destacar de esta agrupación de músicos del Pacífico colombiano es su elogio a la dignidad humana. Basta poner atención a ese variopinto escenario de nombres, apellidos y lugares indígenas que son saludados por la voz líder del conjunto, Álix Moña, para comprender que no son ni menos bonitos ni más feos que aquellos que nombran cualquier otro universo social. Escucharlos ya nos inspiran respeto y cariño.

Finalmente, les sugiero a los lectores de El Portal visitar a “Los hijos del vallenato” en Youtube. Seguros de que en esta música no hallarán ese tipo de cánceres que contaminan el mundo social: la mezquindad, la envidia, la corrupción… La música siempre es una oportunidad para hacerle el quite a todo aquello que neciamente nos divide. Sólo hay un sentimiento humano comparable a la música: el amor. Y lo digo, para terminar con una frase de William Shakespeare: “La música es el alimento espiritual de los que viven de amor”.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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