SE VOLTEÓ LA AREPA

Oráculo de un profeta

Por: Donaldo Mendoza

En pleno uso de sus facultades, y en esos ventarrones de alegría que lo caracterizan, Poncho Zuleta saludó al diputado Nicolás y a su padre Gustavo Petro. Y repetía el mensaje. Y lo refrendó con «se volteó la arepa». Decir después que eso no fue lo que quiso decir el célebre artista, es la terquedad de querer tapar el sol con la mano. Sí, el cantor escribió una carta y dio declaraciones “aclarando” lo que quiso decir. Comprensible que lo hiciera, para sofocar el incendio en las redes sociales y el escándalo uribista en Valledupar.

Natural es, claro, la enardecida reacción uribista en Valledupar. Y no es para menos. Poncho Zuleta, más que un militante del Centro Democrático, es su publicista más consentido; por doquiera que va esta leyenda vallenata, es propaganda eficaz. En versión local, mucha gente sigue y vota por el que Poncho diga.

Lo que quizá no se valoró en su justa dimensión (significado) es que Poncho Zuleta es una persona que piensa, un ilustrado. Características que no son muy comunes en el mundo de los intérpretes vallenatos. Cuando Poncho habla lo hace con argumentos, con ideas. “Hombre de talento”, dice el escritor José Atuesta Mindiola en una décima; y en otro verso le reconoce dones de “profeta”.

En tanto talento y profeta, Pocho Zuleta es un atento escrutador del acontecer nacional, lo que le permite observar la realidad con mirada crítica. En consecuencia, en el coloquial “se volteó la arepa” no hay deslealtad, sino sinceridad, autonomía e independencia. Lo que sí revela el popular modismo es el enorme desencanto de quien lo expresa. Como artista, Poncho Zuleta interpreta la conciencia popular (*); es plenamente consciente de las necesidades y anhelos de las gentes más humildes; hoy, en pueblos y ciudades de la región Caribe, Poncho Zuleta ve multitudes de compatriotas que pasan hambre y otras necesidades; y que sobreviven en parte gracias a la alegría que él les regala con sus cantos.
En su alma bonachona, Poncho Zuleta apostó toda su fe a la promesa uribista, representada en Iván Duque Márquez, de construir una paz fundada en la legalidad (evitan decir ‘justicia’) y la no impunidad; prometían salvar a Colombia de convertirse en otra Venezuela, y evitar que Santos le entregara el país a las FARC… En eso parece que creía Poncho, y llevaba su mensaje en “vendaval de alegría” por la provincia vallenata. Y Duque ganó en segunda vuelta en Cesar y La Guajira.

Tres años después, la legalidad y la seguridad son umbrosas paradojas: Colombia aporta al mundo casi la tercera parte de líderes sociales asesinados; los grupos irregulares se han fortalecido y multiplicado por todo el territorio nacional. El ejército y la policía no son garantes del orden y la seguridad, sino una fuerza de choque para controlar desproporcionadamente la protesta social. “Héroes”, los llama Duque; «mártires» llamamos a, al menos, cien jóvenes protestantes asesinados o mutilados en la protesta. Hemos regresado al toque de queda: salir a la calle es un tétrico juego de azar, en donde regresar a casa sin ser atracado, es un golpe de suerte. En ese ambiente, el «voltear la arepa» de Poncho Zuleta es la buena nueva para este pueblo cristiano.

(*) En 1976 Los hermanos Zuleta grabaron Los maestros, del compositor Hernando Marín, que se convirtió en himno a la conciencia del magisterio colombiano:

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Donaldo Mendoza

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