Jorge Oñate nos alegra la vida

Félix Carrillo Hinojosa

Encontrarnos de frente con la ausencia de un artista, que se marchó sin despedida hace diez meses, nos lleva a reflexionar sobre su valía musical y humana, en medio de un cierre de año, cuya tristeza es evidente, pero que al avivar los recuerdos en donde él es personaje central, nos alegra la vida.

Era 1970. Los muchachos nos despertamos en el pueblo donde vivíamos, al escuchar en la radio de Valledupar, la noticia que un muchacho con 19 años había grabado un LP con los hermanos López, una agrupación que al igual que él, eran de La Paz, un municipio cercano a la Capital del Cesar. Su nombre, Jorge Oñate, quien con su potente pero matizada voz de tenor, iniciaba lo que sería con el tiempo, la transformación del canto campesino en uno de salón, para convertirse en el canal perfecto, donde la obra del creador de la provincia se masificaría como en efecto ocurrió.Los inquietos pelaos, que no teníamos más de doce años, teníamos un acolitador de nuestras incipientes motivaciones musicales, quien movía a Codazzi a su manera.

Era Armando León Quintero, un bohemio que nos enseñó a querer al vallenato, a enamorarnos y a pegarnos uno que otro trago a escondidas, que al saber que esa agrupación iba a tocar en «la capital del algodón», nos llevó para que por primera vez, escucharamos una agrupación en vivo. La mayoría nos fuimos sin permiso de nuestros padres, pero estábamos seguros de la mano de quien sería nuestro tutor musical.

Esa noche, vimos a un muchacho delgado cantar con tantas ganas y potencia, que su voz resonaba a kilómetros. No le cabía un alma más al sitio, y aún así, la gente hacía esfuerzo por entrar, fueron tantas las ganas de querer escucharlos, que tumbaron una pared. Fueron seis tandas y el muchacho seguía cantando como si fuera la primera. Así nació mi afición por ese canto distinto.Dos años después, varios muchachos de esa noche memorable, entre quienes estaban Jorge Luis Martínez y Javier Daza, decidimos irnos al naciente Festival de la Leyenda vallenata.

Mi padre estuvo conmigo. Allí vimos en un kiosko la presentación de Miguel, en el acordeón, Pablo, en la caja y el canto y guacharaca de Jorge Oñate, quien ya había grabado dos LP más, que lo tenían como una figura para mostrar en los pueblos nuestros. La presentación fue superior a todos sus contendores, en donde era un deleite, escuchar las notas del acordeón que invitaba al canto, que se metía entre el bullicio de la gente agolpado en la plaza. Escuchar en su voz el son «Riqueza no es la plata», de Pacho Rada, los cantos «Que dolor» y «Rosita» de Luis Enrique Martínez y la Puya «La vieja Gabriela» de Juan Muñoz, sellaron la fortaleza que los hermanos López expresaban con la voz de Jorge Oñate.

Ese año grabaron un LP, cuya ese esencia vallenata estuvo a la altura, de la defensa de unas raíces diversas que el vallenato encierra. Ese panorama de alegría que presentaban ellos, se vio opacado con la muerte del bardo creador Fredy Molina Daza, hecho que no fue óbice para buscarlo y vernos en su tierra natal, en el mes de octubre, donde comenzó una hermandad que se conserva en medio de su partida, porque los hermanos así se vayan físicamente, permanecen en el alma de quienes le quieren de verdad.Supe entenderlo en sus errores y exaltarlo en sus grandes logros.

Su carácter de niño grande, se prestaba para ser incomprendido, que al final, todo terminaba en un fuerte abrazo de hermano como si nada hubiera pasado.Eso me hizo de su casa y él de la mía, dos lugares seguros de una amistad que se conserva.Son muchos los hechos que se lograron construir. Él sabía que contaba conmigo y por este lado, no dudé en saber que era recíproco el cariño. Sus gestos de hermano mayor eran evidentes, que afincaron nuestro sentimiento, en donde nos dábamos la mano sin pedirnos nada.

Cuando peleábamos, ni su familia ni la mía se metían. Era un asunto de los dos, que más temprano que tarde resolvíamos como lo hacen los buenos hermanos.Recuerdo dos hechos que sellaron nuestra amistad. La Revista Elenco tenía en los años 80′ una circulación reconocida. Un día me dijo, «Primo Félix, esa revista solo saca artista extranjero, como me ayuda con eso». Me dirige al director de El Tiempo, Enrique Santos Calderón y logré hablar con él, quien después de mis argumentos, terminó apoyando la idea. Con el fotógrafo Castrillón nos fuimos para su pueblo y logramos la portada para ese artista. En uno de esos mano a mano que se hacían en Bogotá, se enfrentaron los cuatro valores del canto con sus respectivos acordeoneros.

Cada uno de los grupos tenía su público definido. Jorge Oñate y Juan Rois, El Binomio de Oro, Diomedes Díaz y Colacho Mendoza y los Hnos Zuleta Díaz, tenían copado el gusto vallenato. Esa madrugada le tocó cerrar a Jorge con Juancho. Antes lo había hecho Diomedes y Colacho, quienes en medio de su presentación hicieron subir a una joven que les entregó un ramo de rosas. Jorge al darse cuenta de ese detalle, me llamó y me dijo, «no nos podemos dejar derrotar. Busqueme rosas para combatirlo con eso y mi canto».

Era la una de la mañana. Para buscar rosas, era un tema complicado. Me tocó ir a la 26 con Caracas, con la fortuna que encontré una pareja guardando en una caseta, varias de ellas. Le compré tres ramos de rosas de varios colores. Al verme llegar me abrazó y me dijo, «Yo sabía que usted no me fallaba». Al cerrar su tanda se entregaron dos ramos de rosas, una para él y otra para Juancho. Lo hizo una señora mayor.

Eso hizo delirar al público. Más cuando Jorge pidió el otro ramo y en agradecimiento se lo dio a ella. Al bajar de la tarima, me dijo: «No nos ganaron, ni por canto y por rosas, requetemenos».Así era Jorge Oñate, mi amigo, hermano y compadre, que encaró su arte en una eterna competencia, que de no ser así, el vallenato no hubiera crecido como en efecto ocurrió, en donde su figura se debe escribir siempre con letras grandes y llenas de respeto. Fercahino

#álbumartísticocolombiano

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