Tras las huellas de Cirino

Por Julio Oñate Martínez

Muy joven se fue Cirino Castilla Martínez de su natal Valledupar y tras una vida de trashumancia por el litoral Caribe y los pueblos del rio magdalena solo más de 20 años después regresó a su patria chica.

Inicialmente se quedo en la zona bananera aprovechando la bonanza del oro verde y después de merodear por Barranquilla llegó hasta el hoy nostálgico Puerto Colombia en su época de mayor ebullición turística y naviera. Allí en el muelle combinaba su trabajo diario de Guinchero con la actividad musical que a través de su vida le dio fama y distinción. Por las noches en el puerto la normalidad era el jolgorio y Cirino tocaba el marconte (Tuba) en la banda del pueblo, instrumento que allá en el valle le enseño a insuflar el veterano Juan Villero.

Un tiempo mas adelante trabajó en Barranquilla en los negocios de Don Urbano Pumarejo lo que le permitió conocer de cerca al Dr. Alfonso López Pumarejo con quien siempre mantuvo una cordial relación amistosa.

Su espíritu aventurero lo impulso a dejar la arenosa enrolándose entonces en el trajín comercial, y viajaba por los pueblos del rio cambiando drogas y específicos por pieles de babilla y caimán que vendía en Barranquilla. Fue en Concordia un pueblo en cercanías de la Ciénaga de Malabrigo donde los encantos de Rosa María Polo lo obligaron a echar el ancla en este sitio dedicándose al oficio de la pesca pero eso si, siempre teniendo en la música su mejor terapia espiritual, el maconte lo cambio por el redoblante y con el trasmallo en el hombro y con su sirena de agua dulce coqueteándole vivió años de inmensa felicidad, fruto de estos amores son José del Carmen (Cirinito) y María Josefa, sus hijos mayores con quienes regresó a Valledupar a finales de los años treinta. De nuevo en su patio, prendió el palustre y la plomada ganando fama como maestro de obra en la construcción, actividad que combinaba con la cacería. Nunca faltó en su casa un buen guiso de conejo o cauquero o un exquisito sancocho de bocachico de esos del Cesar que hoy anhelan los vallenatos.

De sus contactos con los tamboreros allá en los pueblos del rio cuyos tambores (alegre y llamador) tienen un solo parche y son templados con cuñas el trajo la inquietud al solar nativo y al encontrarse con su verdadera vocación: cajero de aires vallenatos tradicionales, decidió suprimir uno de los parches de la caja de dos membranas que percutían nuestros cajeros de antaño, pero conservando el ancestral sistema de templar el cuero con el bejuco melero en forma de anillo sujetando el parche y las maneas para templarlo, diferente al sistema de cuñas que hoy sigue prevaleciendo no solo en los pueblos ribereños del viejo Magdalena sino en los grupos gaiteros de todo el Caribe colombiano. Posteriormente cuando la caja evoluciona y aparecen los herrajes metálicos para templarla y los parches sintéticos con su sonido mas seco, es esta la estructura que se impuso en tarimas, conciertos y grabaciones ya que en el festival de Valledupar el parche debe ser de cuero, como una forma de no perder la vieja tradición, sin embargo los organizadores de este evento siguen ignorando que fue el gran cajero del cañaguate quien dejo este legado para la posteridad. Meritos de sobra tiene la figura de Cirino Castilla porque su invaluable aporte al folclor vallenato tenga la resonancia que se merece.

Rodolfo su hijo menor, digno heredero de su genialidad es hoy uno se los campeones mundiales de la percusión a mano limpia.

Julio COñate

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