“Habemus Papam”

RODRIGUEZ-GUSTAVO-2Por: Gustavo Rodríguez Gómez

Con esta tradicional frase, el Cardenal Camarlengo anunció al mundo católico que la Sede Pontificia dejaba de estar vacante.

El cardenal Jorge Bergoglio, oriundo de Argentina, con raíces del Piamonte italiano, acababa de ser elegido por un poco más de las dos terceras partes exigidas para tal efecto.

El nuevo Papa adoptó el nombre de Francisco para ser llamado así, como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.

Escogió este nombre, según sus propias palabras, como referente de su amor por los pobres, tal como lo hiciera hace 800 años el santo de Asís; más, también, como sello de humildad y sencillez.

La formación del nuevo Papa en los claustros de la Compañía de Jesús, es garantía de su acendrado arraigo por la justicia social; por eso, en su primer encuentro con los periodistas, dijo: “Trabajaremos por una Iglesia pobre y para los pobres.”

Y, más adelante, agregó: “El periodismo debe ejercerse con verdad, bondad y belleza.”

No deja de ser un honor para América (desde Alaska hasta Patagonia), que el Papa Francisco haya nacido en el Nuevo Mundo; pero para quienes tuvimos la gracia de recibir la educación en los claustros de los hijos de San Ignacio de Loyola, al honor anterior se suma la certeza de que este pontificado dejará huella de equidad social y también, según su propia expresión, “de verdad y santidad.”

Como si fueran pocas las excelsas virtudes del Papa Francisco, su enternecedor amor y su filial devoción por la Virgen María, lo hacen merecedor del cariño y el respeto de todos los miembros de la Iglesia Católica; desde el más encumbrado de los cardenales hasta el más sencillo feligrés.

Qué bueno que el nuevo Papa sea suramericano, sea jesuita y sea contemporáneo nuestro; de esa generación que creció y se formó a mediados del siglo pasado, que tantas glorias deparó al mundo y a la humanidad, en las ciencias, las artes y demás expresiones sublimes del alma humana.

Qué importa que ya le hayan salido detractores cuyos argumentos se basan en conjeturas, muchas de ellas nacidas del desdén hacia la Iglesia Católica.

La mayoría de estos maldicientes no son más que individuos que sufren del complejo de Eróstrato, aquel personaje griego que, a mediados del siglo IV A. C., incendiara el templo de Artemisa en Éfeso (una de las maravillas del mundo), solamente para ganar celebridad.

P. S. Por razones personales, que no vienen al caso mencionar, esta columna dejó de aparecer desde el último martes del mes pasado. A los lectores, mis más rendidas excusas.

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