Tailandia: La enemiga droga

 Por Hugo Rius *

Hanoi (PL) Si algo ha sido capaz en Tailandia de hacer coincidir a sus distintos gobiernos, por encima de discrepantes signos políticos, a lo largo de las últimas décadas, hay que encontrarlo en la común preocupación ante la creciente y alarmante propagación del tráfico y consumo de drogas en el país.

Uno tras otros se impusieron enfrentarlo sin que las estrategias concebidas, las fuerzas operativas disponibles y los métodos de combate adoptados obtuvieran el éxito esperado ante la magnitud de un problema que afecta vastos segmentos de la población, y en particular los jóvenes.

Entre 2003 y 2005, el entonces primer ministro Thaksin Shinawatra emprendió con gran acogida popular la polémica operación “Guerra contra la droga”, que se saldó con dos mil 500 muertos, muchos de ellos en ejecuciones extrajudiciales según denuncias de grupos de defensa de los derechos humanos.

Su sucesor, Abhisit Vejjajiva, anunció en 2010 una nueva guerra contra los estupefacientes tras admitir que el número de adictos se acercaba a 700 mil y para ello optó por reforzar la seguridad en las porosas fronteras de Tailandia con Myanmar y Laos, los cuales en su conjunto forman los ejes del llamado Triángulo de Oro del tráfico de drogas en el Sudeste Asiático.

Y tan pronto como la actual primer ministro, Yingluck Shinawatra, asumió el cargo, al año siguiente encaró el problema como uno de los principales del país, al par que la insurgencia en el sur, las explosivas desigualdades económicas y sociales y las continuas inundaciones.

Ella se enfocó en una campaña movilizadora contra las drogas ilegales debido al gran aumento de producción y consumo de anfetaminas en Asia. Ante estadísticas previas de miles de compatriotas muertos por esa causa, ha puesto énfasis en tratar a los adictos como pacientes para ayudarlos a reintegrarse a la sociedad.

Hasta 2012 habían pasado por los centros de desintoxicación alrededor de 300 mil drogodependientes, en su mayoría de entre 15 y 19 años, a quienes se eximió de procesamientos legales. Sin embargo, no se tiene suficiente certeza de que al salir de la reclusión curativa se hayan desenganchado definitivamente.

Como primera medida orientó bloquear los cargamentos de drogas hacia Tailandia, y la adopción de medidas enérgicas contra fabricantes y distribuidores de estas sustancias, entre las cuales se incluye la cocaína, heroína, y sobre todo la metanfetamina en pastillas y polvo.

Pero sin duda alguna se trata de un arduo empeño al cual desborda la magnitud misma de un fenómeno que viene de antaño, favorecido por un complejo de factores históricos, geográficos y de intereses económicos, y asimismo también por el auge del turismo.

Autoridades gubernamentales, médicos especialistas y la agencia de la ONU dedicada al control de los narcóticos convergen en apuntar como principal amenaza hacia la metanfetamina, sintetizada en 1919, un derivado más potente de la anfetamina, que se consume de distintas formas.

Llamada en Tailandia “yaba” (droga de la locura), a menudo causa serios trastornos mentales, delirios y episodios psicóticos violentos que frecuentemente desembocan en sangrientas tragedias familiares y en vecindarios, con víctimas inocentes.

Un estudio realizado por la Universidad de la Asunción de Bangkok reveló que hasta un millón de tailandeses menores de 24 años de edad admitieron que probaron las drogas, principalmente la “yaba”.

Un buen número de ellos eran adolescentes de entre 15 y 16 años que adquieren una dosis por unos nueve dólares en las calles de la capital, donde se registra el 20 por ciento del consumo nacional.

Hasta hace relativamente poco, la adición a la mentafetamina era un fenómeno que se daba casi exclusivamente en el sector social de menor poder adquisitivo y entre la gente marginada, pero ahora los adictos también son hijos de familias acomodadas, profesionales y amas de casa.

El sondeo de la institución universitaria expuso que 3,7 millones de tailandeses, casi un seis por ciento de la población, han consumido estupefacientes ilegales alguna vez en su vida.

Para hacerse una idea de cuánto ha crecido el mercado de las drogas, basta con conocer que las metanfetaminas y éxtasis en el sureste de Asia crecieron de 32 millones a 133 millones sólo en el 2010.

Las primeras de ellas resultan muy atractivas para millones de usuarios porque son asequibles, fáciles de consumir y se asocian a un presunto estilo de vida moderno y dinámico, subestimando los riesgos.

Según un informe de Naciones Unidas, en 2010 se incautaron en todo el mundo un total de 136 millones de metanfetaminas, cuatro veces más que en 2008, y la de mayor parte en China (58,4 millones), seguida de Tailandia (50,4 millones) y Laos (24,5 millones).

Con frecuencia las actuaciones de los órganos tailandeses encargados del combate a las drogas ilícitas consiguen capturar alijos de millones de toneladas que suelen incluir pastillas del extendido psicotrópico, heroína, cocaína, éxtasis, opio y otras sustancias prohibidas que terminan incineradas.

A ese peligroso repertorio se ha sumado el kratom, menos debilitante, pero cuyo uso desenfrenado captó la atención del gobierno tailandés y lo condujo a intensificar esfuerzos para detener su tráfico. Una epidemia, dijo Srisompob Jitpiromsri, el decano asociado de la Universidad Príncipe de Songkla en la ciudad sureña de Pattani.

Extraído de un árbol del mismo nombre, abundante en las selvas tropicales, ha dado lugar a un popular consumo en llamados cócteles de hojas, jarabe para la tos, refrecos de cola y hielo.

Al aproximarme a este agudo tema, me asalta a la mente la vieja sentencia de que “lo no se va en lágrima se va en suspiro”, y como anillo al dedo a propósito del espectacular auge del turismo en Tailandia, un filón con importantes ingresos económicos anuales y expectativas de mejorar la vida de la población.

Pero en muchos países, sin excluir al antiguo reino Siam, a menudo se tiende a creer que servir al turista significa ofrecerles de todo sin tener en cuenta el desequilibrio social, cultural y ecológico a que puede dar lugar un turismo de tipo comercial y desorganizado.

A Tailandia llegan visitantes extranjeros a conocer de su rica y milenaria cultura y disfrutar de las playas, pero una cierta reconocida cantidad lo hace para probar opio en redes semiclandestinas de fumaderos y en poblados en las montañas, o adquirir fácilmente marihuana.

Muchos de ellos, traficantes o consumidores, van a parar a cárceles más duras que en Europa, porque la policía persigue, aunque también participa en tramas de corrupción, según denuncias.

Y cuando el consumo de drogas se mezcla con el turismo, la gente local en contacto potencialmente termina involucrándose, primero como intermediarios y después como adictos, con graves consecuencias para sus familias, en especial los menores, que abandonados, salen a las calles, expuestos a reproducir un proceso similar. Este es un escenario bastante típico, descrito por acuciosos investigadores tailandeses.

Las drogas representan en Tailanda un exterminador enemigo, prácticamente a domicilio, contra sus propios tradicionales valores, una aniquiladora bomba de tiempo que a la larga debilita al país, a falta de un firme enfrentamiento.

*Corresponsal de Prensa Latina en Vietnam.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .