‘Alejo’ Durán dio una lección de moral pública: Uprimny

 Rodrigo Uprimny Yepes y Alejo Durán

Rodrigo Uprimny Yepes y Alejo Durán

Hace 25 años murió el juglar vallenato ‘Alejo’ Durán y su obra aún sigue inspirando a músicos e intelectuales del país, que ven en sus composiciones y comportamientos sociales un ejemplo a seguir. El jurista colombiano Rodrigo Uprimny Yepes, director del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad –DJS- y columnista del diario El Espectador, publicó en su habitual columna un análisis sobre la ética y la dignidad de ‘Alejo’ Durán cuando el mismo se autodescalificó en el Festival Vallenato en 1987 cuando se coronó al primer Rey de Reyes del folclor vallenato.

La siguiente es la entrevista con Rodrigo Uprimny a propósito de su columna titulada ‘El deber de descalificarse’, publicada el ocho de noviembre.

EL PILÓN. ¿Cómo conoce ese acontecimiento?
Rodrigo Uprimny. Hace unos dos años, cuando murió ese gran periodista que fue Ernesto MacCausland, por la tristeza que me ocasionó su muerte prematura, me puse a buscar en internet, impulsado por la nostalgia, algunos de sus reportajes y entrevistas. Y encontré entonces de casualidad un video de McCausland que se llamaba “La noche en que se equivocó ‘Alejo’ Durán”. Y no pude dejarlo de ver pues gracias a varios amigos costeños, desde la universidad había entendido que el buen vallenato era no sólo una música de baile sino una forma muy poética de contar historias. Y por ello, sin convertirme para nada en un experto en vallenato, me había familiarizado con algunos de los grandes del vallenato, como Escalona o ‘Alejo’ Durán. Y por ello vi el video. Y mi emoción fue enorme cuando vi la escena de ‘Alejo’ Durán en la final de ese Festival de Rey de Reyes diciendo que se acababa de descalificar él mismo, por un error de interpretación menor, que debió pasarle inadvertido a casi todo el mundo. Y que por ello, a pesar de ser el favorito, perdía el título de Rey de Reyes. Pensé que era una lección de moral pública, que en una democracia debería guiar la acción de los servidores públicos.

E.P. ¿Cómo lo trae al contexto de una crisis institucional de la justicia, como la actual?
R.U.Y. Esa historia de ‘Alejo’ Durán, tan bien relatada por McCausland, me había quedado grabado y había pensado que algún día podía ser bonito recordarla, como lección de ética pública. En estos últimos meses, viendo el debate sobre el tribunal de aforados y la falta de dignidad que muestran muchos (no todos) de los magistrados de las altas cortes, que cometen, por decir lo menos, errores e indelicadezas y ni siquiera se avergüenzan de ellas, pensé que era el momento de recordar esta historia y oponer la moral recia de ‘Alejo’ Durán a la falta de vergüenza de muchos de los actuales altos dignatarios del Estado colombiano.

E.P. Ya que ha sido un educador en varias facetas, al recordar a esos hombres como ‘Alejo’, se dice, como un vallenato, que “¿esos hombres se acabaron ya”? (así eran los personajes de ‘Cien años de soledad’ y la dirigencia política que creó el Cesar, que se arruinó en algunos casos por hacer política, hoy se enriquecen haciéndola).
R.U.Y. Yo no quiero caer en una visión idílica del pasado de nuestro país, que supondría que las personas y los tiempos de antes eran mejores que las personas y los tiempos actuales. Y que antes hubo los seres humanos honestos maravillosos que hoy no existen. Antes también hubo muchos bandidos y personas intolerantes. Y hoy hay en Colombia personas valerosas y dignas, que asumen riesgos por lograr un país más justo y democrático. Incluso en ciertos aspectos nuestro país es mejor. Por ejemplo, ¿no es acaso mucho más digna nuestra actual selección de fútbol que aquella del ‘Pibe’ o Higuita, que a pesar de jugar a veces maravillosamente terminó también envuelta en escándalos inaceptables? Pero eso no quita que en ciertos campos uno tiene nostalgia pues en ciertos ámbitos hay deterioros y retrocesos. Y uno de ellos y que me duele mucho es el deterioro en la calidad de algunos de los magistrados de las altas cortes. Yo he conocido jueces y fiscales que hacen hoy cosas realmente heroicas. Y creo que en las cortes hay también muy buenos magistrados, pero creo que en los últimos años estas cortes se han visto inmersas en escándalos e indelicadezas que no ocurrían anteriormente. Es una evolución más bien reciente, que es preocupante, pero que no hay razón para pensar que no pueda ser revertida y que nuestras cortes puedan recuperar el prestigio que tenían hace tan solo pocos años. Pero para hacerlo debemos lograr que la ética de ‘Alejo’ Durán entre con fuerza en el Estado y en especial en las altas cortes. Y que se imponga el deber de que debe autodestituirse todo aquel que cometa un error o una indelicadeza que lo haga indigno de seguir en su cargo.

EL PILÓN publica la columna de Rodrigo Uprimny porque considera que es el mejor homenaje que se le puede hacer al ‘Negro Grande’ del acordeón, Alejandro Durán, al reconocer sus destrezas musicales, pero de manera especial sus valores morales.

El deber de descalificarse

‘Alejo’ Durán, el primer rey vallenato, y para muchos el más grande de los músicos vallenatos, no sólo nos dejó el legado de su bella música sino una enseñanza de dignidad y ética que merece ser recordada en esta época de tantas indignidades.

 Por Rodrigo Uprimny

En 1987 se realizó el primer Festival Rey de Reyes, que enfrentaba a los reyes vallenatos de los años anteriores. Alejo Durán era el favorito del público y todo indicaba que iba a ser el ganador, pero cometió un pequeño error al interpretar en la final su obra Mi pedazo de acordeón. Fue una equivocación imperceptible para muchos, pero no para el propio Durán, quien detuvo su presentación, abrió sus enormes brazos ante el público y dijo en forma memorable: “Pueblo: me he acabado de descalificar yo mismo”.

Alejo Durán no esperó a que el jurado lo descalificara por su error. No buscó tampoco ocultar su equivocación o aprovechar que ésta de pronto había pasado inadvertida para el jurado o para el público, pues él sabía que había cometido un error que lo hacía indigno de ser coronado como Rey de Reyes. Y que tenía entonces una suerte de deber de descalificarse, aunque le implicara perder la corona a la que legítimamente aspiraba.

Este deber de descalificarse que encarna Alejo Durán debería ser la norma de todo servidor público decente, o al menos de quienes ocupan altos cargos. Uno esperaría que si un ministro, un congresista o un magistrado comete una indelicadeza o incurre en un error que lo haga indigno del cargo, entonces que sea el propio servidor público quien, sin esperar ninguna investigación penal o disciplinaria, renuncie a su gestión y nos diga: “Pueblo, me he acabado de descalificar yo mismo”.

A veces eso sucede. Juan Carlos Esguerra, un jurista decente, pero quien, como ministro de Justicia, erró en el trámite de la reforma judicial, asumió su responsabilidad política y renunció, pues consideró que su equivocación, aunque fuese de buena fe, lo descalificaba para seguir de ministro. Pero su actitud es la excepción. Muchos congresistas o magistrados, a pesar de evidentes errores o indelicadezas, que los descalifican para esos altos cargos, no sólo no renuncian sino que ni siquiera piden excusas y buscan justificar, con argumentos leguleyos, sus actuaciones, como lo hizo la entonces presidenta de la Corte Suprema, quien defendió el uso de los permisos, que son distintos a las vacaciones, para irse en un crucero. O como el actual presidente de esta misma corte, a quien no le ha parecido que merezca alguna disculpa pública prestarle a su hijo el carro blindado oficial, que le corresponde como magistrado y que sólo debe ser manejado por su chofer.

Si nuestros magistrados tuvieran la dignidad de Alejo Durán, no estaríamos en el debate sobre el tribunal de aforados, pues se descalificarían ellos mismos por sus errores, sin esperar a que un juez superior los sancionara. Pero no es así. Tal vez debamos exigir que todo alto funcionario, antes de posesionarse, al menos vea el video de cuando Alejo Durán se autodescalifica. De pronto les sirve.

Por EL PILÓN

5 Respuestas a “‘Alejo’ Durán dio una lección de moral pública: Uprimny

  1. TULIO ALFONSO ESTRADA BELEÑO

    tengo esta anecdota del Negro Grande. Ocurrió en La Apartada, Córodba, en un Festival Vallenato, esto fue más o menos en 1985, se disputaba la final un Testigo de Jehová contra un drogadicto apodado el mono Quiceno, que tocaba muy bien. El evangélico aventajaba al mono Quiceno, más sin embargo, Alejo dio como ganador al mono Quiceno “para colaborarle, para ayudarlo porque era drogadicto” dijo Alejo. El premio era un acordeón. Bien. El problema fue que el evangélico le dijo al mono Quiceno que si él, el mono le ganaba, le compraba el acordéon. Y había un grupo de guerrilleros que también querían el acordeón. El resultado, el mono le vendió al evangélico en ese entonces el acordeón por un millón de pesos. Y le vendió el mismo acordeón a los guerrilleros por un millón doscientos mil pesos, pero a niguno de los dos le entregó el acordeón. Desde entonces el mono quiceno se voló para San Andrés islas y allá vive.
    Tengo más anecdotas del Negro Grande.

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  2. No se autocritican siquiera por las trivialidades que mencionas,mucho menos por los deliberados fallos con “agarre” en el pragmatismo que se volvió norma.Por este lado lo veo difícil.Alejo Durán les quedó grande.

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  3. Él lo que dijo fue: “pueblo, me ha acabado de descalificar, yo mismo”.. esa expresión, con la partícula ha y no he, (del verbo haber), creó una gran confusión y trifulca ese día.

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  4. Manuel Villa Cuello

    Si dijo ha o he no es relevante, personas iletradas cometen ese error al hablar, Alejo Duran es el mas grande Juglar del folclor, su don también lo tuvo para componer “un pedazo de acordeón” la canción en aire de puya que ha inspirado un monumento.

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    • Nelly Cartagena Torres

      Si, ese error de decir ha en lugar de he, es irrelevante, toda vez que dicho de cualesquiera de las dos formas, se deja entrever, o se entiende, que la persona que lo dijo, en este caso, el verdadero rey de reyes, Alejo Duran, lo que quiso decir fue : Pueblo, me he acabado de descalificar, en un gesto de moral y etica, propio de la gente de antaño, anticipandose al veredicto del jurado, y conciente del error cometido.

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