La primera entrevista al Rey Vallenato Alejo Durán

Crónica

Por Juan Rincón Vanegas/ @juanrinconv

El martes 30 de abril de 1968, Gilberto Alejandro Durán Díaz se coronó en la Plaza Alfonso López de Valledupar como el primer rey del Festival de la Leyenda Vallenata, acompañado por el cajero Pastor ‘El Niño’ Arrieta y el guacharaquero Juan Manuel Tapias.

En la competencia final presentó las siguientes canciones: el paseo, ‘La cachucha bacana’; el merengue: ‘Elvirita’ y la puya: ‘Mi pedazo de acordeón’, todas de su autoría. Además, del son ‘Alicia adorada’ de Juancho Polo Valencia.

La mañana del primero de mayo, un día después de su triunfo, la primera visita que hizo Alejo Durán, como soberano del acordeón fue a la vieja casona donde vivía Consuelo Araujonoguera, ubicada en la Plaza Alfonso López, y ella aprovechó para hacerle una sinigual entrevista.

En esa entrevista ‘El Negro’ Alejo, habló con inteligencia, pausa y midiendo sus palabras. Contó detalles inéditos de su vida, de su familia y de las ganas de dejar muy en alto el nombre del folclor vallenato, tal como sucedió con el paso de los años.

Sin muchos preámbulos y en la cocina, porque ‘La Cacica’ a esa hora desayunaba con su esposo Hernando Molina Céspedes, se comenzaron a acumular palabras en una vieja grabadora, y la primera pregunta fue sobre su vida.

Enseguida relató: “Nací en El Paso, Magdalena, el 9 de febrero de 1919. Padres. Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal. Me crié en la finca ‘Las cabezas’ de los Gutiérrez de Piñeres. Mis padres trabajaban con ellos y allí en medio del ganado, unas veces ordeñando y otras ayudando a enrejar los terneros, trascurrió mi infancia. En esa finca trabajé hasta los 30 años, y no era un trabajador, sino que era considerado parte de la familia”.

Esos recuerdos lo llevaron a contar el momento en que tomó por primera vez un acordeón y se estrenó como compositor. “Como a las 19 años cogí por primera vez un acordeón en mis manos. Tocaba de oído, pero no comencé tocando cosas de otros, sino creando de una vez mi propia música. Recuerdo que la primera pieza que compuse la llamé ‘Las cocas”.

Hace un alto en su narración y explica el significado de esa canción en aire de merengue. “Resulta que en las fincas había siempre un muchacho a quien llamaban ‘Coqui’, quien era el encargado de preparar los alimentos para las cuadrillas de trabajadores, pero después los patrones resolvieron darle esa tarea a las mujeres. Entonces resolvimos llamarlas ‘Cocas’ y así se quedaron”.

Seguidamente comenta que al salir de las labores del campo se dedicó de lleno a la música. “Comencé a tocar y componer en firme. Vivía prácticamente de mi acordeón y lo hacía en la región de El Paso donde no tenía competencia de ninguna clase”.

Entrando en los terrenos movedizos del amor, vino el interrogante sobre sí había sido mujeriego y Alejo no habló, sino que solamente sonrió y contra preguntó: ¿Y qué hombre no es mujeriego cuando joven? Ahí quedó clausurado ese tema.

Pero entró a uno casi igual sobre su vida sentimental. ¿Eres casado?
“Si, me casé en el año 1954 con Joselina Salas Buelvas, y a los tres años nos abandonamos. Y es como si hubiera muerto porque mujer que no vive con su hombre pa’ él no existe. Con ella tuve dos hijas, y por la calle seis más. A toditos ocho los atiendo. Mejor dejemos eso de las mujeres porque yo he sido un poco echao para adelante y mejor es no hablar. Figúrese a mí que siempre me gustan y mi arte que se presta”…

La canción 039

En medio del ameno diálogo vino la pregunta sobre la canción que le llenaba el corazón y Alejo no dudó en señalar que era el número cantado, 039.

“Aunque tengo muchas que me gustan demasiado tanto como esa y que han alcanzado fama, por ejemplo, ‘La cachucha bacana’, ‘La candela viva’, ‘La perra’ y ‘El pedazo de acordeón’. Esa sé la compuse a Irene Rojas, una muchacha de la cual me enamoré cuando veníamos atravesando en una lancha por el río San Jorge. Al llegar al puerto ella seguía por un rumbo distinto al mío y la vi subir en un carro que tenía la placa 039. Por eso le puse así al paseo”. Y cantó

Cuando yo venía viajando, bajaba con mi morena, y llegando a la carretera se fue y me dejó llorando. Ay, es que me duele, es que me duele y es que me duele válgame Dios, 039, 039, 039 se la llevó. Irene se fue llorando, a mí esa cosa me duele. Se la llevó el maldito carro, aquel 039.

Después de contar detalles de la famosa canción, ‘La Cacica’, Consuelo Araujonoguera, le formuló una pregunta difícil sobre los mejores acordeoneros de la provincia y él contestó: “Vea, me pone usted en un compromiso. En esa época estaba ‘Chico’ Bolaño que era un cipote músico. Francamente no me atrevería a calificar a estos señores como Fortunato Fernández, Eusebio Ayala, Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales, entre otros. De los actuales, Calixto Ochoa es un músico donde lo pongan.

El mejor

Cuando la entrevista iba viento en popa, Consuelo Araujonoguera lo puso en jaque al pedirle que le respondiera con franqueza sobre cuál de los tres hermanos, Náfer, Luis Felipe y él, era el mejor. Contestó sin vacilar: NÁFER.

Ella, ante la respuesta vuelve y le insiste. ¿Seguro. No será modestia suya?
“Náfer es el mejor de los tres. Náfer, es el mejor y tiene más preparación que yo, porque el que más aprende más sabe y además a usted la canción que más le gusta es ‘Sin ti’ de Náfer”.

Para el cierre de la primera entrevista Alejo Durán, el magdalenense de nacimiento, cesarense por decreto y cordobés por adopción, se comprometió a llevar el vallenato por todo el mundo teniendo como acompañante a su célebre pedazo de acordeón, ese mismo que le abrió las puertas con su habitual: “Apa, Oa, Sabroso” y que lo convirtió en leyenda.

Una leyenda que el escritor David Sánchez Juliao lo reseñó de la siguiente manera. “Alejo jamás tuvo vejez. Murió en la madurez, en la plenitud de una carrera y del desarrollo personal, rodeado de sus seres queridos y sus amigos. De tal manera que en el momento en que la muerte lo sorprendió, Alejo era un hombre vital que ya había entregado al mundo su legado, y recibido todos los honores que su arte merecía, siendo el más grande de ellos”.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

Joselina Daza rememora a Alejo Durán, quien quiso adueñarse de su corazón

Crónica

-Una historia cantada acontecida en Patillal donde el primer Rey Vallenato pretendió conquistarla con el poder de su canto y de su acordeón-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

A Joselina Daza se le nota el paso de los años, también en su hablar pausado se calca el recuerdo de aquel famoso canto que Gilberto Alejandro Durán Díaz, le dedicó a finales de la década del 60 del siglo pasado, donde le pedía se dejara conquistar para que el abecedario del amor tuviera las letras completas.

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UN REY VALLENATO «INMARCESIBLE»

«Sin la música la vida sería un error»
Friedrich Nietzsche .

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado

Su estampa de ébano, recia, imponente, hacía que su presencia nunca pasara desapercibida.


Como reza el sabio adagio popular: «los tiempos de Dios son perfectos» y esto aplica al pié de la letra con «El Negro Grande del Acordeón», Gilberto Alejandro Durán Díaz quien recibió el llamado celestial de la música después de dos décadas de su nacimiento en el Paso: un bello y pintoresco pueblo del departamento del Cesar; llegó a este mundo el domingo, 9 de febrero de 1919, próximos a los ríos Ariguaní y Cesar. En medio de cantos de vaquería y tamboras se fue formando poco a poco la historia musical de este ícono de la música vallenata. Ese ambiente alegre y bullanguero de su pueblo fue parte fundamental para que Alejo (así se conocía) decidiera dedicarse al arte musical, a pesar de haber aprendido a ejecutar el acordeón ya con la mayoría de edad pero que la llevaba en su sangre desde que fue concebido por sus padres, profesión a la que se dedicó por el resto de su vida, hasta que el creador lo llamó a rendir cuentas el día miércoles, 15 de noviembre de 1989, en la ciudad de Montería. Sus restos reposan en Planeta Rica (Córdoba), lugar que eligió como su tierra adoptiva.


Su vena musical es heredada de sus antepasados, quienes junto a su madre Juana Francisca Díaz Villareal, cantaora y bailadora de tamboras y su padre Nafer Donato Durán Mojica acordeonista, abrieron la trocha para que él y sus hermanos conformaran una de las dinastías más representativas de la música vallenata: Los Durán. Podemos decir que Alejo estaba predestinado para continuar con ese legado artístico.


Su hermano mayor Luis Felipe Durán Díaz, su tío Octavio Mendoza «El Negro Mendo», un gran acordeonista de la época, merenguero por excelencia y su amigo Víctor Julio Silva lo influenciaron de manera sustancial en la ejecución del acordeón: instrumento con el cual logró una afinidad absoluta, como diríamos popularmente «amor a primera vista», gracias a su tenacidad y ahínco en determinar un estilo propio, que se caracterizó por una nota pausada, sin aceleres, exquisita, sencilla y con énfasis en unos bajos sonoros marcantes o de acompañamientos con los que adornaba sus bellísimas melodías, respaldadas por su voz fuerte, clara, melodiosa, con acento profundo y nostálgico, así como por las muletillas que siempre acompañaron sus interpretaciones y que hacen parte de su sello característico: «¡Oa»!, «¡Apa!», «¡Sabroso!» .


Cuando cumplió los 24 años comenzó a soñar con su trasegar en la vida musical, ya que en ese momento el acordeón se había convertido en su más fiel compañero, es cuando decide salir de su adorado terruño y dar a conocer su música y talento, algo que caló muy fácil y rápido en sus nacientes seguidores en donde se presentaba; porque aparte de lo expuesto anteriormente, tenía un carisma arrollador y seductor ante el que sucumbían todos los que escuchaban las notas mágicas y sonidos embrujadores que brotaban de su instrumento bendito.


Después de varios años recorriendo diversos pueblos del Caribe colombiano en sus famosas «corredurías» de largos meses, llega a la ciudad de Barranquilla donde cristalizó uno de sus sueños: la grabación de su primer disco, en el año 1950, titulado «GÜEPAJE», paseo vallenato conocido también como «LA TRAMPA», a partir de su llegada a la pasta sonora su figura alcanza una dimensión impresionante y se consolida musicalmente con su estilo auténtico, único e irrepetible, con el que empieza a diferenciarse cada vez más de sus compañeros de oficio, no sólo en la interpretación de su acordeón sino porque ya no sólo se limitaba a relatar las cosas que acontecían en los pueblos como lo hacían los demás juglares de su época, sino que las adornaba con su criterio personal. Había pasado de lo meramente anecdótico a un mensaje más directo y contundente, su percepción del amor y las mujeres, el entorno natural que lo rodeaba, junto con la mirada filosófica de la vida fueron los temas más frecuentes en el «Negro Durán» como compositor.
La consagración como el primer Rey Vallenato en el año 1968 le empieza a dar mucho más prestigio a la música vallenata, porque encontraron en el «Rey Negro» al más digno representante de esta expresión musical, folclórica y cultural ya que encarnaba la figura del juglar y músico completo (cantante, compositor y acordeonista) además de ser querido y casi que venerado por propios y extraños.


Fue un juglar que no solo interpretó sus propias creaciones, también lo hizo con obras musicales de autores de gran renombre como: Rafael Escalona, Leandro Díaz, Julio Erazo, Juancho Polo, Tobías E. Pumarejo, entre otros y lo hizo con mucha altura y calidad porque sabía imprimir con su voz e instrumento, un dejo tan especial y repleto de mucho sentimiento; es decir, era capaz de vivir y sentir la canción como si fuera suya. Además de interpretar otros aires del Caribe colombiano como: cumbia, porro, paseaíto y la creación de otros aires musicales «el porrocumbé» fusión de porro y merecumbé, también fueron muy famosas las adaptaciones que hizo de esas tamboras a música de acordeón, esas que desde niño le escuchó cantar y vio bailar a su progenitora, tales como: «La candela viva», «Mi compadre se cayó», «Dime con quién andas», entre otras.


El maestro Alejo Durán dejó un legado musical incalculable, por lo que hoy sigue siendo para muchos, el más grande juglar del folclor vallenato de todos los tiempos, quien le dio la dimensión histórica a esta expresión musical que es orgullo de nuestro Caribe y nuestra carta de presentación ante el mundo. Hoy por hoy se pueden escuchar sus notas sublimes y mágicas por medio de los canales que difunden música y en las ejecuciones de sus canciones que se llevaban a cabo en los festivales vallenatos que se hacen a lo largo y ancho del país y en otros países como México y EEUU.


Hoy cuando recién celebramos los 102 años de su natalicio valoramos cada día los más de 40 de vida artística y más de 100 trabajos discográficos que nos regaló para la historia, con los que se paseó por muchísimos escenarios, en pueblos, grandes ciudades dentro y fuera del país, pero jamás se dejó enfermar por la fama, ni incurrir en ningún tipo de vicios que muchas veces van ligados a estos fenómenos, por el contrario nunca cambió su estirpe de hombre campesino, noble y sencillo, fiel a su idiosincrasia y que estamos seguro que a pesar de su aporte, no dimensionó la grandeza que encerraba.
Es por eso que el maestro Alejandro Durán Díaz, es el juglar más trascendental e inmarcesible no solo de la música vallenata, sino de la música colombiana en general.

Vida eterna para el primer Rey del Festival de la Leyenda Vallenata.

BLOG DEL AUTOR: Ramiro Elías Álvarez Mercado

Alejo Durán y el tigre de Chimichagua

JORGE NAIN*


Todos sabemos que Alejo, el ‘negro grande’ de El Paso, fue desde sus primeros años de vida un hombre campesino y dedicado a las tareas pastoriles del ganado cimarrón que había que llevar desde las sabanas de las haciendas Las Cabezas o Mata de Indio hasta los playones de Chimichagua o Potrerillo.

Tal vez esa sea la razón por la que Alejo Durán es el interprete de nuestra música vallenata, que, sin temor a equivocarme, le ha compuesto y cantado más a ese hermoso y gigantesco felino tan respetado por los campesinos, llamado tigre. A eso el doctor Ciro Quiroz Otero llama en su libro ‘Vallenato, Hombre y Canto’ el zoomorfismo y antropomorfismo en el vallenato.

Alejo siempre comparó a los hombres mujeriegos con los tigres, de hecho, él mismo se reconocía como un tigre. Cuando Alberto Salcedo Ramos lo entrevistó en su casa de Planeta Rica para la obra Diez Juglares en su patio, esto le dijo al respecto: “Cuando uno se enamoraba de verdad era un tigre, oyó, un tigre que perseguía a la dama por donde fuera. La olía a lo lejos. La llamaba con el silbido y si la cosa se ponía muy difícil, entonces uno se tiraba a fondo, a buscarla en cualquier rincón”.

Uno de los trabajos musicales de larga duración de Alejo Durán fue titulado ‘El Tigre’, el cual contiene un paseo de la autoría de Julio Erazo Cuevas, que lleva ese nombre y fue grabado en Discos Fuentes en el año 1971. Pero Alejo también grabó ‘El Tigre de la Montaña’, ‘El Tigre de la Pacha’, ‘El Tigre de Punta Brava’, ‘El Tigre Guamero’ y el ‘Tigre de Chimichagua’, y tal vez se me escapa algún otro tigre.

Me quiero detener un poco en cómo nace la canción ‘El Tigre de Chimichagua’, anécdota contada en la reciente obra escrita por Antonio Cacua Prada, sobre la vida del político más importante que ha tenido Chimichagua en toda su historia: Cerveleón Padilla Lascarro. Allí se cuenta que el abogado Félix Hoyos Lemus narra el suceso que dio vida al apodo de ‘Tigre de Chimichagua’, que le puso Alejo a ‘Don Cerve’ como cariñosamente le llamaban a Cerveleón. El asunto nace como una forma de Alejo para burlarse del alcalde de esa población en ese momento, don Luis Roberto León, a quien le llamaban ‘El Tigre de Torrecilla’.

“El contexto de esta canción, según la tradición oral, es que Alejo Durán Díaz tuvo relaciones intimas con una señorita del pueblo, bajo promesa incumplida de matrimonio, lo cual en aquellos tiempos tipificaba el delito de estupro. Don Cerveleón Padilla Lascarro era autoridad del municipio y libró orden de captura contra Alejandro Durán, pudo ser que esta orden de captura la expidiera bien el alcalde León o el mismo Cerveleón Padilla, siendo Juez Promiscuo Municipal de Chimichagua”.

Recientemente se habla de otro tigre de Chimichagua, pero dicen que ahora vive en Valledupar. Lo cierto es que para nadie es un secreto y también se lee en el libro que el negro Alejo con las mujeres era un verdadero tigre.

COLOFÓN: En cada uno de nuestros pueblos del Caribe colombiano había un tigre de dos patas, la mayoría quedaron sin dientes y sin colmillos.


*Jorge Nain Ruiz

Abogado. Especializado en derecho Administrativo, enamorado del folclor Vallenato, cantautor del mismo.


» LAS MUJERES MUSAS DE INSPIRACIÓN ALEJANDRISTA”

Por: Jorge Eliécer Otero Fernández

Desde épocas remotas se ha elegido a la mujer como fuente de inspiración para diferentes manifestaciones artísticas, se les ha dedicado poemas, tragedias, esculturas, pinturas y canciones, entre otras creaciones del ingenio humano.
Al género femenino se les atribuye hasta el inicio de guerras mitológicas, como es el caso de la disputada entre troyanos y griegos, todas esas batallas sangrientas para ambos ejércitos fueron causadas por la conquista del amor de Helena. Un poco más realista es la guerra de independencia de Escocia de la que se dice comienza por el vil asesinato de Marion Braidfute, la esposa del héroe William Wallace, en manos de unos soldados ingleses, que inspiró siglos después la película “Corazón Valiente”; es así que de ficción o realidad las mujeres han dado un norte a la voluntad de los seres humanos.

Artistas reconocidos como William Shakespeare, Rembrandt, Gustav Klimt, Miguel Ángel, Vicente Fernández, Gabriel García Márquez y Pablo Neruda, con base en sus obras de arte esculpieron, tallaron, cantaron, poetizaron y divinizaron la belleza femenina y sus encantadores atributos, pero también reconocieron ese dominio enloquecedor que logran en el cuerpo y alma de un hombre enamorado.

Así mismo, dentro del género vallenato desde sus inicios en siglo XIX se ha compuesto un repertorio difícil de calcular que tiene a la mujer como fuente de inspiración; entre muchas otras, se conocen composiciones de Leandro Díaz, Rafael Escalona, Francisco Rada, Juancho Polo Valencia, Andrés Landero, Enrique Díaz, Náfer Durán, Calixto Ochoa y Alejandro Durán. Éste último, el Primer Rey de la Leyenda Vallenata es quien más le ha compuesto a las féminas y quien interpretó el mayor número de canciones cuyos títulos llevan el nombre de una dama.

El juglar pasero y planetarricense del cual se sabe tuvo más de 10 compañeras sentimentales en varios pueblos del Caribe colombiano (El Paso, Sahagún, Montería, Magangué, Ovejas, Sincelejo, Buenavista, Pueblo Nuevo, Altos del Rosario y Planeta Rica, por decir algunos) compuso más de 30 canciones con títulos de mujeres, entre las que se destacan: Fidelina, Cata, Joselina Daza, Saturnina, Evangelina, Altagracia, Juliana, Toñita, Raquelita, Estercita, Enriqueta, María Clara, Maruja, Rosa Elena, Rosario, Liza, Patricia, Rosita, Amparito, Petrica, Miriam Osorio, Rosalbita, Pablita, Palomita, Cholita y Nacira.

Aunque no llevaban como título el nombre de una damisela hay canciones que de forma implícita hacen alusión a ellas como fundamento de sus composiciones, son los casos de otros títulos atribuidos a hermosas jóvenes de los pueblos en los que hacía despliegue de su talento y galantería: “Pasera”, “India de la Manta”, “La Doctora”, “Caleña”, “La Mona”, “Similiteña”, “Asómate Mujer”, “La hija de Amaranto”, “Santanera”, “Negra”, “La Caprichosa” y “La Tremolina”, entre otras. Recordemos que el primer rey vallenato no era amigo de la bebida alcohólica, pero era un empedernido aficionado a la conquista de corazones.

Tenemos casos exclusivos de composiciones de otros autores vallenatos que les dieron sus letras al maestro Durán y fueron unos rotundos éxitos musicales, son algunas: “Alicia Adorada” un son de Juancho Polo Valencia y “Sielva María” un paseo de Germán Serna; en ambas de nota la predilección del rey vallenato por letras que divinizaban al género femenino, que las ponían por encima de cualquier otro fenómeno social, cultural o natural; la primera es una queja, un lamento de amor y dolor por los desdenes del destino y la segunda un retrato del amor idealizado. Ambas fueron cantadas por varios artistas, pero sólo llegaron a inmortalizarse con la interpretación del apa, oa, sabroso.

Es tanta la simbiosis musical entre producción artística alejandrista y el reino de las mujeres que muchos curiosos lo tenían de símbolo místico en las faenas del amor, al que le hacían plegarias y rezos para conseguir parejas sentimentales, como una especie de “Eros” el dios griego del amor, al cual sí le pedías con fe ayudaba en los senderos de la conquista amorosa para conseguir muchas amantes, lo cual fue una práctica muy propio de la cultura caribe de esa época. Veamos este apunte tomado del periódico virtual “El Vallenato”

… ¡Hace milagros! Dicen unos; otros aseguran que concede peticiones y que más de uno ha solucionado su problema económico pidiéndole a Alejo. El más pícaro afirma que invocándolo le ayuda a conseguir mujeres…
Conociendo estos datos sobre “El Negro Alejo” no deja de sorprender que a su última pareja, que lo acompañó en sus minutos finales de vida en Planeta Rica, doña Gloria Dussán llamada cariñosamente “Goya” por el inolvidable Negro Durán, no le compuso ninguna letra que llevara su nombre; ella en una entrevista realizada por el “Diario Digital La Razón” defiende a su amor y dice: «Nunca me hizo una canción pero me dedicó su vida y su amor con eso me basta».
Otro galardón que solamente los grandes pueden atribuirse, propio de ser alcanzado por personajes excepcionales que logran perpetuarse en la historia por su talento, dedicación y perseverancia, Alejandro Durán Díaz es el compositor que más le cantó al nombre de una mujer en la historia musical de Colombia y el mundo.

Jorge Eliécer Otero Fernández

Alejandro Durán en Altos del Rosario

Durán, cultivador de amores, durante su estancia en Altos del Rosario conquistó el corazón de Isidora Castro a la que le compuso una canción, y de la que tomó el nombre con el que la identificaban, Chola, para denominar a uno de sus acordeones.

Hace más de sesenta años el juglarAlejandro Durán Díaz grabó el son ‘La despedida del Alto’, hoy conocido como Altos del Rosario. En él narra su relación con este lugar, que inició en el segundo semestre de 1951, cuando se movilizaba por el brazuelo del río Magdalena llamado El Pelao, en compañía de su cuñado Santos Ospino.

Lo hacían en la embarcación Berta Elena, la que sufrió un percance en inmediaciones al cerro La Unión que obligó a Durán a trasladarse a una población cercana que recibe el mismo nombre de este accidente geográfico. Luego, guiado por la familia Alvarino, se movilizó a La Rufina donde se conoció con Faustino Santana.https://fe501f415ed5a3fa6980118c5b3cfa6c.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-37/html/container.html

Fue a este a quien abordé en Altos del Rosario para conocer algunos detalles de la estancia del juglar en esta zona del departamento de Bolívar. Por él supe que cuando el acordeonista llegó a La Rufina debió interpretar la canción ‘Jardín de Arabia’ para comprobar que no era un impostor. También que su estadía fue corta pero suficiente para entrelazarse sentimentalmente con Catalina, a la que le cantó:

Mi corazón tiene un dolor
Dime Cata si me quieres
Esas son las cosas del amor
Enguayabador de las mujeres

Después se fue de correduría por Puerto Rico, CocoTiquisio, Río Nuevo. También a la región de Guacamayo donde se ubica la vereda de Palmaesteral, en la que aseguran que se enamoró de Roquelina a la que le cantó:

Roquelina
Roquelina la de Palmaesteral
Aquí te quedó esperando
El pobre Alejo Duran.

De regreso a La Rufina, Catalina le dio la noticia de que estaba embarazada. Fue después de permanecer unos días en ese lugar cuando se dirigió a Altos del Rosario. En esta oportunidad lo acompañaron Faustino, Wilfrido Rodríguez y Carlos Chacón. Recordaba el primero que llegaron como a las cuatro y media de la tarde de un sábado monótono de pueblo lejano y olvidado, y se dirigieron a la vivienda de Martín Rodríguez Payares.

De ese hecho me contó Faustino: “Martín nos recibió con una mirada de desconfianza. Yo intenté presentarlos, pero él se me adelantó y preguntó: ¡Quién es el negro! Yo le respondí con una sonrisa nerviosa: ‘Martín, es el músico Alejo Durán’. Entonces Rodríguez cambió de semblante, sonrió amistosamente y como para entrar en confianza le ofreció una cerveza. El negro con su cara seria, pero cariñosa, le dijo: ‘Ombre Martín, gracias, pero yo no bebo’. De inmediato le pidió que tocara el acordeón”.

Para entones Rodríguez era dueño de numerosas propiedades rurales y de ganado vacuno que fueron acumulando desde 1916, cuando una fuerte avenida del río los hizo mudar desde Pinillos hacia la región de Altos del Rosario. Según las cuentas más optimistas se cree que con el paso del tiempo acumularon más de tres mil cabezas de ganado vacuno.

Al escuchar el sonido del acordeón la mayoría de los alteños se volcaron a la casa de Martín y supieron quien la interpretaba. En la noche la parranda se trasladó a la vivienda del comerciante Manuel Avendaño Pérez, ubicada en el marco de la plaza. En el tiempo en el que permaneció en esta población lo acompañaron, como músicos, Francisco Cogollo y Máximo Trespalacios. De la vereda Morrocoyal, cercana a esa localidad, llegó a conocerlo Jaime Manjarrez, quien hizo las veces de guacharaquero.

LA PERMANENCIA EN ESE LUGAR

Durán, cultivador de amores, durante su estancia en Altos del Rosario conquistó el corazón de Isidora Castro a la que le compuso una canción, y de la que tomó el nombre con el que la identificaban, Chola, para denominar a uno de sus acordeones. También se enamoró de la cantadora Agripina ‘La cachaca’ Echeverri, quien fue una emblemática cantadora de tambora en el brazo de Loba.

Alejo, de su estadía en este lugar, le dijo a David Sánchez Juliao que creía que este había sido el pueblo que más lo quiso. Mientras que a Rito Llerena Villalobos le manifestó que el día que se quería ir decía: “Me voy mañana o me voy tal día. Se reunían y me iba tranquilo”. Entre quienes los hacían estaban Martín, y Martincito Rodríguez, Manuel Avendaño, Manuel H. Zabaleta Gutiérrez, ‘El doctor Polo’, Gerardo Martínez y Manuel Rocha. Los que, aseguraba, le daban hasta diez mil pesos.

Pero no solo ellos lo hacían, el pescador le llevaba pescado, el matarife la carne de vaca y de cerdo, el cultivador la yuca, el plátano, cuatro filos, las mujeres el bollo de distintos sabores, en fin. Eran tantas las atenciones que recibía que este juraba que en ese lugar comía a barba alzada.

LA PARTIDA

De la partida del juglar de esa población quien daba testimonio era Martincito Rodríguez: “Estando nosotros en la fiesta de diciembre, de pascua, era 25 de diciembre de 1951, papá, el amigo Manuel, el amigo Zabaleta, y el maestro Durán. En El Sudan, un pueblo vecino, estaba el padre Díaz, de Pinillo, celebrando la fiesta. Ese padre se agravó y vinieron urgentemente a buscarme a Altos del Rosario, a buscarme a mí para traerlo a Pinillos. Yo no quería hacer el viaje, pero me convencieron. Cuando estábamos convencidos, decía papá: ‘Si Alejo Duran no se va, la fiesta sigue’.
Decía Martín Rodríguez (bis)

Y lo mismo su papá
Que la fiesta sigue (bis)
Durán si no se va.

Él era el dueño de la lancha Argelia María, como se llamaba su hija, en la que iban a transportar al sacerdote. El acordeonero arregló su maleta y esa misma noche se fue en ella. Este recordaba este hecho: “Casi todo el pueblo fue a embarcarme, como eso queda a la orilla del río. Total, que entonces hice la pieza ‘Altos del Rosario llama: lloraban los muchachos’.
Su regreso se produjo a instancia del primer alcalde popular de Barranco de Loba, Álvaro Linares Herazo, y de otras personas. Eso fue en 1989, seis meses antes de que el juglar muriera.

Al segundo día de estar siendo homenajeado fue abordado por miembros de una célula guerrillera perteneciente a las FARC, le pidieron que hiciera una presentación en la plaza pública, a lo que el maestro respondió: “Como no muchachos, si a eso vine, a tocar para todo el pueblo”.

Por Álvaro de Jesús Rojano Osorio.