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Cañguates y cerezos

Cra. 5 Valledupar

Cra. 5 Valledupar

Por Gustavo Hinojosa Daza*

El Valle de los años 40 era una aldea apacible, con sus calles sin pavimento ni alcantarillado, algunas todavía sin tubería de acueducto, salpicadas de trecho en trecho por árboles de cerezo y cañaguate. No faltaban charcos llenos de mariposas de todos los colores Por las noches se podía oír en todo el pueblo las crecientes del  río  y en las casas retiradas de la plaza (unas tres cuadras), las torcazas, azulejos y muchos canarios.

El tráfico de caballos y mulas en todas las calles era intenso y los viajes de ganado a cualquier hora,  bastante comunes. Los carros  eran escasos, la mayoría de paso con carga o pasajeros para Fundación desde donde el tren completaba los destinos a Santa Marta o Ciénaga y de ahí, por otros medios, a Barranquilla.
La única plaza, la plaza principal, la circundaban árboles de toco, higuitos y almendros que enmarcaban un parque central con calles de cemento. En sus cuatro costados se alineaban  el Colegio de las monjas (donde aprendíamos las primeras letras niños con uniformes ridículos), la Iglesia y las casonas de principios de siglo o más antiguas donde residían las familias  dirigentes; en una de las esquinas quedaba el único consultorio médico del pueblo, a cargo de un venerado doctor CIRO PUPO MARTINEZ, amable y servicial y quien fue también el primer Gobernador departamental de origen vallenato. Aún no había llegado el otro Doctor LEONARDO MAYA BRUGES, con los mismos atributos de bondad y servicio con los que por muchos años, de la juventud a la vejez, cuidaron de la salud de sus paisanos. Este trajo en su maletín negro distintivo, un poderoso aliado que haría Historia en el mundo: La Penicilina.
Para esa época un mosquito que se multiplicaba por mil millones cada décima de segundo y que transmitía un parásito de la sangre, regaba su estigma por todas partes y a toda hora: el temible carate o jobero que dejaba su marca imborrable  en la piel de los tobillos, codos y cara. El mosquito maldito “no respetaba pinta”, pero sí  transmitía el mal de la pinta en todas sus variedades y sin discriminación.  Las mujeres jóvenes usaban medias de tela gruesa, mangas largas y hasta guantes para protegerse de la terrible amenaza que dejaba unos parches blancos por despigmentación en las zonas afectadas. Un tratamiento a tiempo con el medicamento mágico recién  llegado, prevenía de caras “ahumadas” y las manchas blancas como vitíligo en las extremidades. De este daño irreversible, nació el INRI que le colgaban a los provincianos en Santa Marta, Capital del Departamento,  y que se extendió a las ciudades y pueblos de la Costa: “Vallenato pata pintá”. Las medidas de salubridad y los Tratamientos del joven doctor alejaron el mal casi completamente.
Fue muy nombrado, un hombre del Pueblo de quien muy pocos sabían el nombre y que gracias a las marcas blancas en su piel oscura,  quedó ligado para siempre a la música vallenata. Desde su niñez se le conoció por un sobrenombre asociado a un ruido monótono que siempre hacían los cántaros de leche que transportaba en un caballo viejo cuando trabajaba en una finca cercana y que el oído de sus allegados traducía como chip-uu-co,  chip-uu-co, chip-uu-co. Nunca sobresalió como intérprete con su acordeón parcheado  y de dos teclados, pero nadie lo bajará de su sitial folklórico al lado del Presidente López Pumarejo, Pedro Castro y Santo Eccehomo.
Volviendo a la arquitectura, la mayoría de las casa principales, de aspecto colonial, contaba con techo de tejas de barro; las otras eran techadas con palma o paja de cerro.  Algunas con zinc, muy caliente y ruidoso en tiempo de lluvia, además de la permanente molestia de los niños tirándoles lo que tuvieran a mano.
El Pueblo, por tradición o no sé qué disposición de autoridades pasadas, estaba formado por dos barrios: el Cañaguate y el Cerezo; considerándose como su línea divisoria la Calle de Santo Domingo, que va de la Iglesia  al Cementerio. Por esta calle transitaron a paso lento, Cruz Alta con monaguillos de roquete y sotana, salves y responsos, hasta una amplia bóveda en la parte anterior,  los que en vida ostentaron posición social o económica destacada.- Al los menos afortunados se les despedía desde la puerta de la Iglesia con un “lisopazo” de agua bendita y un latinajo referente a regresar al polvo: en efecto, iban a parar a un hoyo de dos metros en la  parte de atrás del cementerio,  entre palos de malolo, pringamozas y paja de zorro!.
Un tercer sector no muy bien definido como Barrio, era La Garita; la plaza era en la práctica la capital de estas tres divisiones  municipales.
De mención común  en el transcurrir vallenato de todos los días eran parajes como Los Mayales, Pozo Morito, La Planta, La Sierra, Sabanas del Valle… lugares donde muchos buscaban su sustento y otros incrementaban sus riquezas.
Una gran entretención para chicos y grandes era el Cine. Se exhibían películas  en blanco y negro en el Teatro Rebollo, el Salón Victoria y algo más tarde, cuando estos pararon sus proyectores, en  El Caribe y El Cesar. El propietario del Teatro Rebollo siempre se distinguía por su vestido blanco y un sombrero italiano muy popular a principios de siglo conocido como “canotier” que muchos llamaban  “galleta e soda”. Por un mal entendido con un vecino de origen guajiro y con hijos vallenatos, casi pierde la vida en un ataque a tiros. Una de sus piernas quedó amputada o inutilizada, lo que lo hizo regresarse a su tierra.
Mencionar el Cine Mejicano con su machismo, su música y sus costumbres, merece capítulo aparte por su influencia no sólo en la región sino en toda Colombia. Era el  único  ya que el mundo de los Estados Unidos, en todos los frentes, giraba alrededor de su participación masiva en la Segunda Guerra Mundial.

*GUSTAVO HINOJOSA DAZA, MD., ORL.
Autor invitado
FUNDACION AVIVA

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Gestor Cultural

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