EL POETA Y EL RÍO

Por Donaldo Mendoza Meneses

En agosto visité mi pueblo natal, Agustín Codazzi (Cesar); pero antes de viajar a ese añorado terruño, permanecí tres días en Valledupar; en las lentas horas de obstinado calor me visitó una idea, que por el resultado final no puedo calificar menos que de espléndida. Pero antes, permítame el lector decir que, hace cuarenta y tres años que el destino me fijó como lugar de estudio, trabajo y residencia la ciudad de Popayán.

En adelante uno sigue viviendo de la memoria del solar nativo; y en esa memoria fue recurrente el momento mágico de cuando dejaba el municipio de La Paz y pasaba a territorio de Valledupar por el puente Salguero.

De esa magia, una imagen me visitaba en sueños: una canoa desde donde dos niños echaban sus anzuelos al río Cesar, hechizados por el brillo de las aguas en las últimas luces de la tarde. Para decirlo en palabra de Cervantes, era un verdadero encantamiento ver el río, el puente y el cuadro vivo de los niños que pescaban.

Pues, en los últimos años, ese encanto mutó en algo parecido a la pesadilla, porque el viejo puente ya no está, los niños ya no pescan y el río es naturaleza muerta. La espuma de las alegres olas en invierno, hoy es una nata blanca que a unos despabilados funcionarios de la administración pública se les ocurrió vaciar en el río, para envenenarlo con las peores inmundicias humanas.

Aquí viene la idea anunciada al principio: imaginé que esta vez no iba a cruzar, solo, por el puente nuevo, para qué empañar de indignación mi visita a Codazzi. Como no me fue posible convencer al pintor, poeta y escritor payanés Rodrigo Valencia Quijano de que me acompañara en el viaje, a fin de que conociera la cálida y musical tierra del Valle de Upar, le pedí que a mi regreso dispusiera su sensibilidad para lo que le iba a contar.

Le conté la tragedia del río Cesar. Y de su sensibilidad de artista brotó este poema.

RÍO (Poema)

Por: Rodrigo Valencia Quijano

Y le dolía ver el río. Tanto correr de agua sin cansarse, noche y día en el curso de los siglos sin fin.

Y se acercó, tomó agua en sus manos, pero estaba sucia, apestaba. Quizá lo había empañado la muerte, visos rojos llevaba y llevaba.Y reflejaba los brillos del cielo, pero el agua se quejaba, murmuraba, lloraba.A veces las aguas gritaban una palabra: “¡Muerte!”

Sin embargo, el lugar era hermoso; tenía verdor y color de fantasía, olor de tierra húmeda y transparencia en el cielo; los grillos cantaban, el viento era fresco, pero los pájaros no se acercaban. Un barquito de papel pasó, era sorprendente ver cómo había sobrevivido.

Pero el río llevaba la muerte en su seno.
Y él miró por horas el río. Lo vio llevarse la última queja en sus aguas dolidas, martirizadas por el hombre.
Más abajo una humilde cabaña lloraba.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza Meneses

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