LA SABIDURÍA DE SÉNECA

Por Donaldo Mendoza

“Si me ofreciesen la sabiduría con la condición
de guardarla para mí sin comunicársela a nadie,
no la querría.”
–SÉNECA

Un legado que dejará esta pandemia del covid-19 será, sin duda, la oportunidad que ha propiciado para la reflexión. Algunos ya la describen como una pausa en el acelerado tránsito en que ha venido la humanidad por cuenta de una tecnología que ya no deja tiempo para el asombro. Los inventos, los avances en ciencias y otras disciplinas, se dan en una sucesión tan delirante que no bien comenzamos a admirar uno, cuando el que le sigue ya lo hace ver como una obsolescencia. A veces parecemos más víctimas, que beneficiarios de las tecnologías.

Ese vertiginoso ritmo de la vida convertida en afán, ha sido pausado por el virus. En muchos casos, la respuesta a esa súbita presencia de naturaleza letal es, por fortuna, el discernimiento; cuyo hábitat propicio son los ambientes sosegados o estados casi místicos. Inmerso en esta meditación estaba, cuando evoqué, como si fuera una revelación, la sentencia de Séneca que he colgado como epígrafe de este artículo. ¿Qué puede ofrecer un sabio de espíritu visionario en esta excepcional situación? Séneca, en su obra Cartas morales a Lucilio (65, d. C.), nos “comunica” algunas respuestas.

Antes de entrar en su espíritu, me permito precisar que Lucio Anneo Séneca nació en Córdoba (España) en el año 4 a.C., pero sus padres decidieron enviarlo con un familiar a Roma, a fin de que recibiera allí una esmerada educación. Lucio Anneo era todavía un niño. Esa circunstancia fue pábulo para que años después Séneca dijera: “No nací en un rincón remoto: mi patria es el mundo entero”. Claramente es ya consciente del alcance universal e intemporal de su pensamiento. Aquí es oportuno recordar que Séneca comparte tiempo histórico con Jesucristo, pero a su obra no llega la influencia del Nazareno. Los ojos de Séneca miran hacia los clásicos griegos, y se hace próximo a Zenón y Epicuro (estoicismo), para terminar en un eclecticismo personal, en donde caben los clásicos greco-latinos. No obstante, el lector puede hallar ecos de doctrina cristiana, en su carácter universal, como en esta indicación: “…cuando aconsejamos a un hombre que tenga a su amigo en la misma estima que a sí mismo, que piense que de un enemigo puede hacer a un amigo…”

Esa idea concatena con el “conócete a ti mismo” de Sócrates; a la cual Séneca le imprime su sello personal, para salir de lo íntimo hacia el universo: “Cuando uno es amigo de sí mismo, lo es también de todo el mundo”. En su sed de conocer, Séneca se sometía a largas jornadas de lecturas, al punto que solo el sueño podía quitarle de las manos el rollo que estaba leyendo; del mismo modo viajaba por el Imperio para conocer y “alimentar el pensamiento”. Se infiere que esta experiencia le ofrece motivos para “conocer” y lucidez para advertir: “Tú huyes en compañía de ti mismo: es de espíritu de lo que debes cambiar, no de ambiente”. Y eso que hoy se nombra como “autoestima”, Séneca lo expresa de esta manera: “Nunca nos aprecian tanto los demás como cuando nos apreciamos nosotros mismos”.

Y, cómo no, tenemos a un Séneca que nos habla hoy casi al oído, y seguramente mejor que algunos gobernantes de este siglo, en las actuales circunstancias. “Compra solo lo que es necesario; lo que no necesites es caro, aunque cueste poco”. Y pareciera estar mejor enterado que nosotros de la basura que viaja por las redes sociales, específicamente en las falsas noticias que se burlan del “sentido común” y hacen feria con la grey de los incautos: “La mala nueva se cree enseguida”. Y sabe dar a los más avisados su recompensa: “La adversidad vuelve sabio al hombre”. Y para la romería de desamparados que recorren barrios solicitando ayuda, Séneca propone una sentencia que parece prestada al judaísmo: “Donde quiera que haya un hombre, hay ocasión para hacer un beneficio”.

Y de “la simplicidad del estilo”, para que todo lo que escribamos sea claro, preciso y sencillo, Séneca sugiere: “Piensa en lo que tienes que escribir y no tanto en la manera de escribirlo; y aún más que escribir, procura sentir, a fin de aplicártelo específicamente a ti mismo y de imprimir tu sello en las cosas que sientas”.

En el año 65 de nuestra era, Séneca se vio involucrado en una conspiración para asesinar a Nerón (de quien había sido maestro y consejero). Develada la conjura, Nerón, embriagado en los excesos, le ordena que se suicide; ante amigos invitados a un banquete, Séneca se abre las venas, y conversa tranquilamente con ellos, mientras ve salir la sangre.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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