CRÓNICAS DE INDIAS

Por Donaldo Mendoza

En la colección Biblioteca Básica Salvat (1972), pequeños volúmenes de círculos verdes, de impecable edición y frágil encuadernación, está el número 53 con el título de Crónicas de Indias, en tupidas 210 páginas. En esta colección, los escritores y humanistas Dámaso Alonso y Miguel Ángel Asturias avizoraron un horizonte de literatura y cultura universal, de impronta imprescindible y recomendable en este momento excepcional en que todo animal racional debe estar leyendo.

Particular interés para el descansado lector puede despertar la obra citada. Dividida en seis capítulos, recoge una selección de textos de eximios cultores de ese género durante la conquista y la colonia. En cada capítulo vivenciamos episodios narrados por el cronista, desde Cristóbal Colón (1451-1506) hasta el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616). El propósito, pues, de este comentario es ocuparse de esos hechos y sucesos, algunos de los cuales el lector probablemente conoce, a veces bajo ciertos prejuicios.

Colón no pudo certificar que el objeto de su viaje estaba basado en la redondez de la tierra; primero, porque era blasfemar contra las verdades de la Iglesia, y segundo porque cualquier ayuda se le hubiera negado por considerar la suya una idea completamente disparatada. Colón sabía que iba tras una realidad que para él era evidente, «tenía» que existir. Lo presentía. Esa convicción le fue desvelada en la reacción de los indígenas en la isla bautizada La Española (Santo Domingo / R. Dominicana): “Venid a ver los hombres que vinieron del cielo”. Un sentido perspicaz le confirmaba que no estaba en el antiguo Oriente sino en un nuevo Occidente, en tierras hasta entonces desconocidas para la Cristiandad.

Ese acontecimiento casaba, además, con las cosmogonías de Aztecas e Incas. Los primeros sabían de “anuncios misteriosos” sobre la llegada de unas gentes extrañas, de piel blanca y rostros barbados, enviados del cielo y portadores del rayo. De su parte, Huiracocha, líder y símbolo de poder incaico, trasmitió una profecía en la que declaraba que un día los Incas perderían su imperio a manos de una gente que vendría por mar de una tierra lejana. La realidad no fue menos portentosa que esas anticipaciones cosmogónicas. Recuerden el estupor y el desconcierto que les produjo a los indios el caballo: en todas las provincias tuvieron al caballo y al caballero por una sola cosa, o por algún animal monstruoso.

En este breve comentario me parece válido hacer un poco de justicia a la Cruz, que suele ser vista como compañera inseparable de la Espada en esa conquista de vasallaje y tierra arrasada, que algunos interpretan como si solo hubiese sido eso la llegada de los españoles. Varios testimonios en estas crónicas dan razón para pensar que, gracias a la presencia de sacerdotes católicos, la suerte de los indígenas no fue peor. Y no solo por Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria, que arriesgaron la vida en defensa de los indios. Fray Toribio de Bernavente, por ejemplo, cita un refrán: «El que con los Indios es cruel, Dios lo será con él». Y parece complacerse en un relato que bien podría sustentar el realismo mágico: “…quiero decir algunos castigos que Dios ha dado a algunas personas que trataban mal a sus Indios. Un Español que era cruel con los Indios yendo por un camino con Indios cargados, y llegando en medio del día por un monte, iba apaleando a los Indios que iban cargados, llamándolos perros, y no cesando de apalearlos, y perros acá y perros acullá; a esta razón sale un tigre y apaña al Español, y llévale atravesado en la boca y métese en el monte, y cómesele; y así el feroz animal libró a los mansos Indios de aquel que cruelmente los trataba”.

Como el material da para dos artículos, cierro éste con un decálogo moral que apoya el argumento de que hay unas verdades universales que guían el comportamiento humano. Viene de los Aztecas. “Escríbelo en vuestra memoria y en vuestro corazón”:
 Haceros amigos de dios, que está en todas partes y es invisible e impalpable.
 Que tengáis paz con todos.
 Respetad a todos.
 Por ninguna cosa afrentéis a ninguno.
 No déis a entender a nadie todo lo que sabéis.
 Humillaos a todos, aunque digan de vosotros lo que quisieren.
 Callad, y aunque os abatan cuanto quisieren, no respondáis.
 No perdáis el tiempo que dios os da en este mundo.
 Ocupaos en cosas provechosas todos los días y todas las noches.
 Cualquiera de vosotros que esto hiciere, hará gran bien para sí y vivirá sobre la tierra
luengo tiempo.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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