SÓCRATES Y LA ESCRITURA

Por Donaldo Mendoza

De Sócrates (Grecia, -470 a -399) sabemos, a través de sus discípulos, que no dejó nada escrito. Y no fue por su carácter de iluminado, al modo de Buda y Jesucristo, sino porque era costumbre de esos tiempos que los grandes maestros se comunicaran a través de la palabra viva y su realización en el diálogo directo, y no de una obra escrita. “Escribir en el agua”, que eso son las palabras incapaces de ayudarse a sí mismas, “de viva voz”. La voz viva, para ir a la busca de la verdad en forma satisfactoria. El mismo gesto de Jesucristo al “escribir en la arena”, borrar enseguida y seguir el camino.

Estamos, entonces, ante dos seres eminentes que conocieron la escritura, pero que la consideraron incompleta para la misión a que estaban destinados. Para el tema que nos ocupa, encontramos a un Sócrates, el que nos presenta Platón en su diálogo Fedro (de allí vienen las citas), que leía, o se hacía leer, autores de su interés; que seguramente escribía y destruía luego, con una implacable modestia: “ante un buen escritor, yo, un profano”. Es válida la inferencia de que sí escribía, en virtud del explícito conocimiento que tenía del oficio. A tal punto, que es posible trazar una didáctica a partir de sus juicios.

Suya es esta pregunta: “¿Cuál es entonces la manera de escribir bien o no?”. Comparaba un buen escrito con el cuerpo de un animal, en donde se articulan las partes entre sí, y éstas con el todo. El discurso, decía, tiene su propio cuerpo: “que no carezca de cabeza ni de pies, y tenga una parte central y extremidades, escritas de manera que se correspondan unas con otras y con el todo”. Es lo que en español llamaríamos cohesión, referido al riguroso tejido de la sintaxis. “Coherencia, orden y sentido lógicos”, recomiendan los manuales sobre el arte de la composición escrita.

Esa referencia a la estructura externa de una buena composición, “que el arte procura”, la concluye con una frase rotunda: “la clase de discurso que requiere el arte: ni largos, ni cortos, sino de una extensión moderada”. Veinticinco siglos después, Sócrates hallaría un discípulo que puso en práctica su lúcida sugerencia. No es otro que Jorge Luis Borges, capaz de explicar a Dostoievski o Las mil y una noches en prólogos de 500 palabras. Veamos ahora lo que sucede con la estructura interna, que completa la idea de estilo.

En una frase, las palabras deben tornearse con claridad, rotundidad y exactitud. Decir las palabras precisas, que se iluminen con la expresión sentenciosa y la imagen que abre camino a nuevos sentidos. Un procedimiento que, si se lleva a buen término, puede “mandar de paseo la verdad” para privilegiar la “verosimilitud”, “…y por la fuerza de la palabra hacer aparecer las cosas pequeñas como grandes, lo que es nuevo como si fuera viejo, y lo contrario como si fuera nuevo”. Porque ante el lector vale más la persuasión que la verdad. ¿O se siente defraudado el lector que acaba de leer el episodio de Remedios la Bella subiendo al cielo en cuerpo y sábanas?

Comenta Platón en este diálogo que Sócrates tenía un especial interés por la mitología egipcia, y es precisamente en esa tradición donde encuentra la fuente para su “filosofía vivida”. Y ante el dilema de la conveniencia o la inconveniencia de escribir, halló en un mito egipcio la respuesta: Vivió en Egipto un antiguo dios llamado Theuth (descubridor del número y el cálculo, la geometría y la astronomía, el juego de damas y los dados, y también las letras). Como todo dios bienhechor, quiso entregárselos a los egipcios. Theuth fue a ver al rey Thamus (Ammón), le mostró estas artes con sus respectivas cualidades; pero llegado a la escritura, dijo Theuth: «“Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y aumentará su memoria. Pues se ha inventado como un remedio de la sabiduría y la memoria”. Y aquél replico: “Oh, Theuth, excelso inventor de artes (…) Ahora tú, como padre que eres de las letras, dijiste por cariño a ellas el efecto contrario al que producen. Pues este invento dará origen en las almas de quienes lo aprendan al olvido, por descuido del cultivo de la memoria, ya que los hombres, por culpa de su confianza en la escritura, serán traídos al recuerdo desde fuera, por unos caracteres ajenos a ellos, no desde dentro, por su propio esfuerzo. (…) Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera procuras a tus discípulos. Pues (…) darán la impresión de conocer muchas cosas, a pesar de ser en su mayoría unos perfectos ignorantes; (…) al haberse convertido, en vez de sabios, en hombres con la presunción de serlo”».

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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