SENCILLAMENTE MARÍA

Por Donaldo Mendoza

En el calendario, 1967. Ese año sucedieron tres de las cosas que más huellas han dejado en mi memoria: se creó el departamento del Cesar, Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad, y en Codazzi dejó de existir el humilde carpintero Antonio “Toño” López. Ésta última circunstancia es el motor de la presente evocación.

En efecto, en aquellas calendas, en lo que parece fue un descuido de Dios, murió Toño López. Y lo digo de esa manera figurada, porque María, la hacendosa ama de casa, solo podía ver por los ojos de Toño. Sin él la vida no era más que una ausencia existencial. Y eso empezó a ser María desde la muerte de Toño, hasta hoy, cuando ronda los 90 años. Toño murió muy joven, y María frisaba los 33. Lo cierto es que desde esa edad María siguió viviendo de una manera muy distante de la costumbre.

La muerte de Toño fue, en efecto, un golpe emocional irreparable para María. Que afectó notablemente su lenguaje, pues nunca más volvió a ser la de antes: dicharachera y alegre como sus vecinas. No obstante, en su existencial ausencia, María permitió que se abriera una ventanita cuando Dios se acordó de ella; la ventanita abierta eran sus hijos (los que recuerdo): un niño y una niña. El mayor, Luis, se hizo adulto a los 10 años, para trabajar en lo que se ofreciera y llevar algún alimento a la casa. Y por voluntad de Dios, la solidaridad de los humildes se ocupó de María, del modo que en su casa no faltara lo básico para vivir. María hacía algún movimiento de ojos, sonrisa y cabeza para agradecer los presentes.

En los primeros meses de la ausencia de su Toño, María no salió de la casa. Y cuando se decidió, lo hacía siempre al medio día, entre las doce y tres de la tarde, bajo el sosiego canicular de 35 grados centígrados. Decisión que tuvo un calculado propósito: evitar que las antiguas amigas se acercaran para conversar sobre las cotidianidades del barrio. Con las monedas que Luis conseguía en los oficios que lo requerían, María compraba en tiendas de otro barrio lo estrictamente necesario. Evitaba de esa manera dar alguna confianza al tendero(a), para evitar conversaciones.

Cuando Toño murió, yo era cuatro años mayor que Luis, e iba a terminar de 15 mis estudios primarios. Una edad adolescente idónea para conocer la conducta de las personas. Misteriosa razón para elegir la casa de Toño y María como uno de mis lugares de juego; Toño nos ayudaba a fabricar cometas para volarlas con las brisas de diciembre; y Luis me dejaba jugar con el trompo que era la envidia del muchacherío; no era para menos, en su hechura Toño había puesto toda su habilidad de artesano y su amor de padre.

Por eso escribo estas líneas, ahora que he tenido noticias de que María está con quebrantos de salud que le ha borrado las pocas, y quizá últimas, palabras que pronunciaba en su sutil contacto con el mundo. Ojalá haya podido transmitir a los lectores alguna moraleja del cariño y la gratitud que siempre he guardado por María. María, cuyo apellido «Daza» se borró con la muerte de su amado. Era poco el caso que hacía cuando se le nombraba; pero cuando se le llamaba por “María Toño”, quien la interpelaba de ese modo se ganaba el cielo de su sonrisa.

No tengo una foto original para acompañar el escrito, pero por obra del azar di con la imagen impecable de un antiguo recuerdo de María, en alguna mañana posterior a la muerte de Toño.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .