LA MUERTE DEL ARTISTA

Por Donaldo Mendoza

Cuando la familia del cantante vallenato Jorge Oñate pedía cadena de oración para que el Todopoderoso le permitiera seguir con vida, yo elevaba mis oraciones para que Dios lo asistiera con una muerte tranquila, que no alargara la agonía; porque comprendía que el seguir viviendo equivalía a una precaria resurrección, dada la complejidad de su patología. Enterado de su muerte, vienen a la mente algunas reflexiones, en perspectiva crítica, sobre la vida y obra del Jilguero de América, y Ruiseñor del Cesar.

Una frase de José Martí, ayuda en el ejercicio: “La muerte da lecciones y ejemplos; la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida”. La vida de un ser humano, cuánto más si es artista, no encaja en el molde de bueno o malo. Su esencia es fecunda en contrastes y ambigüedades. Y cuando hay fama de por medio, la cosa es aún más compleja.

Jorge Oñate nació en La Paz, hasta hace poco un apacible pueblo del norte del Cesar. Muy joven mostró su talento para el canto, y formó conjunto con «Los Hermanos López»; como se recuerda, el protagonista no era el cantante sino el acordeonero (que a la vez cantaba). Le tocó en suerte a Oñate acompañar, como cantante, a Miguel López (acordeonero), en el Festival Vallenato de 1972. La organización del festival modificó el reglamento, para que al guacharaquero, cajero y acordeonero se uniera la voz del cuarto integrante. Y fueron coronados ese año. Desde entonces, se empezó a hablar del Festival Vallenato como el «antes» y «después» de Jorge Oñate. Y Oñate fue la hoja de ruta para los grandes cantantes que hasta hoy han surgido.

Así las cosas, a Jorge Oñate se debe la progresiva opacidad de los acordeoneros y la desmesurada fama de cantores como Rafael Orozco, Diomedes Díaz, Silvestre Dangond… Entre tanto, Oñate seguía cosechando éxitos, casi sin fin, creciendo ya como un mito; y ahora, con la muerte, empezará su leyenda.

La fama, ganada a punta de su talento musical, hizo que los cantos de sirenas acompañaran a Jorge Oñate a donde iba, y le obedecieran en sus caprichos y deseos. Un día le pareció bueno ser político, y quiso el azar que fuera Representante por el Cesar, en 2001. Y zapatero a tus zapatos, eso no estaba en su ADN. Se le recuerda, no como el «servidor público» que suponía el cargo, sino por sus trifulcas públicas con adversarios políticos. Luego vinieron, por la misma causa, odios entre familias que le amargaron sus últimos años.

Sabemos que en momentos de reflexión había proyectado grabar el último disco con música cristiana, para luego retirarse a descansar. El merecido descanso de un hombre al que durante cincuenta años de carrera artística se le confundían los días con las noches, por los compromisos de ‘toques’ que nunca le faltaron. Y ese último proyecto, el disco con vallenatos cristianos, se quedó sin realizar. La vida que, en su ambigüedad, juega con ironías.

Algo, a veces bastante, tiene de bueno la vida de los grandes hombres, y es que invita a pensar la vida, para tratar de no vivir como si no fuéramos a morir nunca. Es el sentido de una sentencia de André Malraux, para que, quien tenga oído la escuche: «La muerte solo tiene importancia en la medida en que nos hace pensar en la vida».

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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