LA HUMILDAD, ESA RARA VIRTUD

Por Donaldo Mendoza

El pasado 9 de julio leí en El Espectador una columna del escritor Juan Carlos Botero: «Tengo dislexia». Quedé pasmado ante semejante confesión: un intelectual reconociendo que tiene una “tara innata de aprendizaje”, que un especialista le ha llamado «dislexia». Lo insólito es que esa revelación provenga de un intelectual, esos gurúes de las ideas para quienes los conceptos están por encima de las personas. No todos, por supuesto; pero existe la fama.

Para que ese estigma de la fama no sea el rasgo distintivo dominante, digamos que el primer intelectual reconocido, Sócrates, dejó su impronta al poner por encima sus carencias –«solo sé que nada sé»– y la insondable incomprensión de la naturaleza humana –«conócete a ti mismo»–. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, el conde León Tolstoi construía escuelas y escribía cartillas para enseñar a los hijos de mujiks que trabajaban en las haciendas. Dos arquetipos de humildad.

Juan Carlos Botero, en este siglo de vanidades, se atrevió a revelar la cruz que le ha tocado llevar desde su nacimiento: «Tengo dislexia y conviene decir esto en público». No es de poca monta esta confesión. Quienes hemos trabajado con niños y adolescentes en instituciones educativas cometemos, por ignorancia, el equívoco de pretender corregir a chicos con esa patología, reduciéndola a “problema de aprendizaje” y “atención dispersa”. El resultado de ese vacío pedagógico es que el menor continúa su formación y su vida sin reconocer la anomalía.

“En cuanto a las relaciones sociales, la dislexia me ha causado mil vergüenzas imperdonables”, dice el escritor Botero. Me pregunto, cuántos de nosotros, ignorando la causa, acompañamos a Juan Carlos en sus vergüenzas, con la consecuente incompetencia para tomar decisiones oportunas y escapar del escarnio. Ignorado el mal, se acude a un errático sentido común: soy lento y algo perezoso, debo poner más empeño para aprender, como aprende Fulano. Entretanto, y por más esfuerzo que se haga, el problema persiste y de paso compromete la autoestima.

Adulto ya, y fastidiado de tantas vergüenzas, al escritor Botero se le ocurrió exponer su caso a un especialista. Cura, como tal, no hubo; pero hoy es más consciente de sus limitaciones y se siente mejor preparado para decidir cuándo sí o cuándo no comprometerse con determinados deberes en el engranaje social. La dislexia se suele revelar de diferentes formas, según la naturaleza de cada uno. El escritor Botero, con la ayuda del especialista, identificó tres: una, los idiomas (“aprendí inglés de milagro”, sabe que no le alcanzará una vida para aprender otro idioma); dos, las relaciones sociales (“se me olvida cómo se llama hasta la gente más cercana”); tres, la gramática (“no sé qué es un pronombre, un adverbio o un predicado. Cada rato me toca estudiar…”), imagínense lo que esto significa para un escritor.

¿Y por qué contarlo ahora?, se pregunta Juan Carlos Botero. Para que otros, en condiciones semejantes, asuman su realidad y tropiecen menos en el azaroso camino de la vida. Y para que “otros no se fustiguen ni se crean tan brutos”. Pero el mejor mensaje del escritor Botero es la lección de humildad. ¡Ah bella rareza la de esta virtud!: «Estoy convencido de que la primera prueba de un gran hombre consiste en la humildad». Convence Ruskin con esta sentencia. Si algún lector quiere remitirse a la fuente de este artículo, le dejo aquí el link de la columna: (https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/juan-carlos-botero/tengo-dislexia).

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