Juancho Polo Valencia: “…en mi tierra y fuera de ella…”.

  -Anécdotas-   

A Juancho Polo, ya sabemos, quien lo rescata del anonimato es la magistral interpretación que hizo Alejo Durán de su obra maestra Alicia Adorada en el año 1968. A pesar que la canción ya rodaba desde hacía unos 16 años atrás en un sector reducido de La Provincia, sus efectos sonoros habían pasado desapercibidos.

 Antonio “Toño” Fuentes, tan buen comerciante como músico, y amo y señor del sello disquero que lleva su nombre, presintiendo que detrás del éxito de esa famosa elegía, se escondía una cantera de talento virgen, no lo pensó dos veces para dar con el paradero de su creador. Utiliza para ello sus sabuesos artísticos, lo ubican, pero no para otorgarle ningún trofeo, sino para explotar su inagotable veta.

Hace dos décadas el diario El Pilón de Valledupar, me honró en pleno festival Vallenato, al publicarme una modesta crónica dedicado a ese controvertido músico,con el título de Juancho Polo Valencia: innovador o chiflado?

 Dentro de la puntual tesis que planteábamos en aquel texto sosteníamos que la primera ruptura -la llamamos esa vez cisma folclórico -, en cuanto a esencia vernácula se refiere, que se le había asestado al vallenato tradicional, fue el surgimiento de Juancho Polo Valencia  como encantador de serpientes en el Imperio de Francisco el Hombre, al plasmarnos su obra maestra, Lucero Espiritual.

 Para oxigenar esta crónicatranscribimos textualmente un fragmento del original artículo:”…Transcurrían los primeros galopes de los años 70. El escenario del suceso, un Club Social en Cartagena de Indias. El protagonista del show: la figura mítica y longeva de Juancho Polo Valencia, quien acababa de subir a la tarima para su comprometido concierto, cuando atropelladamente fue abordado por un locutor de una prestigiosa emisora local. Este lo forzó para que con sus propios argumentos, ampliase las razones inspirativas de su controversial éxito “Lucero Espiritual”, canción melodiosa que retumbaba en los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía musical. Acomodándose con gesto torpe su desvencijado sombrero, y mirada vaga, Juancho respondió: la verdad es que te digo una cosa, eso me nació de un sueño filosófico que yo tuve…”

Esa declaración de ribetes oníricos, producto tal vez de los desvaríos que le causaba el delirium tremens cuando le tocaba hacer una ligera tregua en el licor, fue “una estocada mortal que se le daba a los rasgos ancestrales del vallenato, tal vez, sin proponérselo Juancho”. Nacía con ello, lo reflejamos en esa misma crónica, la escuela “Juanchopoloana”.

Un lustro más tarde, de una manera más refinada, el poema hecho canción de Rosendo Romero, Noches Sin Luceros, en la voz del Ruiseñor del Cesar,nos confirmaría que ya era muy evidente una nueva corriente expresiva dentro de la composición vallenata.

 En estos días releí aquella crónica de El Pilón. En mi análisis personal, aparte de encontrar algunas pequeñas fisuras en su contenido, que no me competen a mí cuestionarlas, si noté que omití algunos pasajes anecdóticos, que hoy los incorporamos en esta crónica  para vigorizar su comprensión. Es justo, lo que nos proponemos con este aderezo folclórico.

-Mira la maricá que viene allá! – me dijo con sonrisa picaresca, Julio “Rio Crecido”  Fontalvo.

Aquella frase de humor cotidiano de Julio, era esta vez una especie de alerta para que dirigiera la mirada al recién aparecido; que no necesitaba ningún dato filiatorio para reconocerlo a leguas: era Juancho Polo Valencia. Vestía con camisa de a cuadros, y su inseparable sombrero vueltiao, como siempre, inclinado al lado derecho. Venía acompañado de un niño de unos 10 años.

Era la segunda quincena del mes enero de 1978. Yo  acababa de desembarcar en Maicao procedente de mi región sabanera, con destino a Venezuela; y me encontraba en esos momentos merodeando en su agitada plaza principal después de cambiar algunos pesos por bolívares donde un paisano, Manuel Moreno, quien además, era  triple compadre de mi papá. Allí de manera fortuita me topé con Julio Fontalvo, quien tramitaba en el Consulado de Venezuela apostado en Maicao una visa para ingresar a dicho país . Aprovechamos ese encuentro para departir un buen rato.

 Yo tenía 8 meses que me había residenciado en Caracas.En medio de mis primeras inquietudes en esta gran metrópolis, un día, buscando una casa disquera para presentar un proyecto musical, me encontré con un viejo conocido y excompañero de trabajo de las Empresas Públicas Municipales de Cartagena, Miguel Ramírez. Para esos momentos, este se desempeñaba como jefe de despacho de una compañía dedicada al mundo del disco, en la capital venezolana. Estaba conversando con él en su oficina, cuando se presentó un empleado de esa misma compañía, con un manojo de cheques. Los dejó en el escritorio de Miguel, para que una tercera persona los hiciera  llegar a algunas editoras musicales. En medio de la curiosidad y confianza que tenía con Miguel, me enteré que esos regulares montos eran liquidaciones trimestrales de regalías. Según sus respectivas  planillas de liquidación eran de obras que pertenecían a algunos compositores colombianos, entre los que figuraba el nombre de Juancho Polo.

Bueno, retomamos la intempestiva presencia para nosotros de Juancho en la plaza Maicao. Los hechos que he narrado anteriormente fueron los que me impulsaron a romper el hielo y congraciarme con él, aquel día, cuando le eché el cuento de los tales cheques; recordándole, además, que si nunca había reclamado esas regalías en Venezuela. No había terminado de formularle la pregunta, cuando de inmediato cambió el semblante como suele sucederle a alguien cuando le dan una noticia macabra. Juancho, con ojos despavoridos y, mirando para todos los lados mientras se arremingaba el sombrero, se colocó uno de sus dedos índices sobre su boca, en señal de que guardáramos  silencio. En voz baja, soltó esta prenda:

  • Cállate!, – respondió Juancho, con cara de muchacho asustado- , que la policía me anda buscando por esa vaina!.

 Quedamos perplejos por su desplante. Pero a pesar de esa respuesta, para que no se arruinara el diálogo, proseguimos en un plan de adulación. Le dije que insistiera en ir a Venezuela, ya que su nombre era tan  famoso por la canción- homenaje que le grabó Pastor López, que el venezolano intrigado preguntaba a  cada rato quién era  ese tal Juancho Polo.

   – Ni me lo menciones! – reaccionó de inmediato Juancho. Con ese cuento de que yo no tenía dientes ni muelas, me mandé hacer una chapa –prótesis dental – para no seguir pasando bochornos, pero se me perdió no se adonde, el mismo día que me la estrené.

         – El día que lo vea – completó Juancho- voy a tener que obligarlo a que me compre otra chapa nueva, como sea.

Julio Fontalvo, que era otro que no se andaba con rodeos a la hora de exprimir sus oportunas y lapidarias jocosidades, me dijo  cuándo se marchó Juancho sin despedirse de nosotros: “Definitivamente, tiene un corto circuito en la torre de control. Lo malo es que nos va a tocar  pagar las gaseosas que se tomaron”.

Aquel enigmático episodio en Maicao nos transportó a otro muy similar, pero 5 años atrás en Barranquilla,  cuando un compulsivo periodista lo fustigó en una caseta en la cual actuaba Juancho, haciéndole ver  que, si no era un culto a la  personalidad a que el mismo mencionara  su propio nombre en casi todas sus canciones. Con su habitual desparpajo respondió:

  • Es para que no me confundan con Piero – gruño muy serio, Juancho. (Se refería al cantante argentino muy pegado en las emisoras para la época).

Estas son apenas algunas de las innumerables huellas recreativas que para la posteridad, ni más ni menos, nos dejó Juancho Polo en su azaroso peregrinar por este “mundo historial”. Y para que no quedara dudas de su personalidad fascinante, el mismo refrendaba esas irreverencias espontáneas en su canto: “…todos mis amigos saben que no respeto, músicos ni profesores de la Provincia…”

Realmente, no era cronológicamente viejo cuando irrumpió en nuestro universo musical con su celebrado exitazo Lucero Espiritual. Pues, penas sobrepasaba los 50 años. Pero la imagen decrépita y macilenta que irradiaba a los que  tuvimos la oportunidad de conocerlo personalmente, decían lo contrario. Otro aspecto singular, y por el cual tal vez se le sumaban años a su verdadera edad, era porque aquellos  melómanos que se deleitaron con su voz chillona y cavernaria de viejito regañón, lo percibían de manera inequívoca, como a uno de aquellos personajes de historias fabuladas que hacen parte de nuestro folclor Caribe. Su talante, era tan parecido en  actitud a los relatos que nos llegan sobre la leyenda que se tejió de Francisco el Hombre, que al momento de ubicarlo en el escenario terrenal no sabemos si describir sus hazañas como  mito, o realidad.

José Páez, un gestor musical barranquillero, que estuvo como guacharaquero y representante de varios conjuntos, entre ellos el de Juancho, me contó un día en una de sus  visitas a Valencia, Venezuela, el siguiente testimonio anecdótico del cual no tenemos por qué poner en duda, ni nos tiene que causar extrañeza, ya que en este singular episodio está pintado su original carácter protagónico.

Quizá no hay en la Costa Caribe, pueblo más zuletista que Fundación – Magdalena – En la primera mitad de los años 70, en pleno furor de consolidación de estos renombrados artistas, un empresario novato, pero temerario en disposición, se le ocurrió contratar para una presentación en esta población a Juancho Polo. No habría nada que criticarle al empresario de esa programación, si aquel mismo día, a la misma hora y por el mismo sector, en otra caseta, no estuvieran  anunciando también con bombos y platillos, a Los Hermanos Zuleta.

Algo retrasado debido sus eternas borracheras u otras triquiñuelas, no obstante, Juancho con su conjunto se dispuso a cumplir su compromiso artístico, el día señalado. El Jeep Campero extra largo que lo transportaba se estacionó frente al sitio del evento. Los acompañantes del conjunto, como es natural, se bajaron del carro, más no él. Juancho que ocupaba un puesto adelante y al lado de la ventanilla, le echó una ligera mirada a la caseta. Las únicas personas que alcanzo a divisar fueron: el portero de la caseta, a un vendedor de chuzos, y a un borrachito que estaba durmiendo en la única mesa que estaba  ocupada.

        -Muchachos, embárquense de nuevo! – gritó Juancho de repente. Y le ordenó al chofer que siguiera de largo.

En 2 minutos estaban en la puerta de la caseta de los hermanos Zuleta. Apenas si se podía transitar por sus alrededores debido a la gran multitud. La caseta estaba a reventar.

El primero que se bajó a toda prisa fue Juancho, con el acordeón terciado al hombro.

    -Juancho, Juancho…, aquí no es el toque! – gritó uno de los músicos acompañantes.

     -Noo, qué va! – yo toco es a donde hay público – replicó Juancho sin detenerse.

 Para maquillar este artículo sobre la innata concepción que tenía de la vida este genial músico, transcribo de nuevo textualmente otros dos párrafos de la crónica de que les mencionaba al principio, publicada en El Pilón de Valledupar:

“…Es temerario sostener que Juancho Polo dada su manifestación sensible del espíritu absoluto, haya sido el primer subjetivista del género vallenato; pero podemos con certeza afirmar que, sí fue el primero que nos motivó a descubrir el alcance y proyección del mensaje de las composiciones. Su esencia, su mundo, su espacio, su tiempo; su romántico canto; en sí, su sueño: nos  ayudó a descubrir la otra cara del compositor. Sus desesperanzas, sus anhelos.

Si la omnipotencia sobrenatural rescatara de ultratumba a Juancho Polo, no falta ser adivino para saber que con orgullosa superioridad diría: “…yo siempre soy Juancho Polo, en mi tierra o fuera de ella…”, aunque lo tachen de ególatra.

Alfonso Osorio Simahán  

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