Hortensia Lanao de Rozo, pidió borrar la violencia del Valle

Crónica

-‘Chenchita’, como le dicen sus nietos, ganó el concurso de la Canción Vallenata Inédita teniendo como título la pregunta: ¿Qué hago Señor?-

Por Juan Rincón Vanegas / @juanrinconv

La noche del domingo 30 de abril de 1995 la educadora y compositora nacida en Santa Marta, Hortensia Lanao de Rozo, quien contaba con 67 años, se convirtió en la primera mujer en ganar el concurso de la Canción Vallenata Inédita del Festival de la Leyenda Vallenata, competencia que desde el año 1969 ostentaban los hombres, comenzando por el cantautor Gustavo Gutiérrez Cabello.

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Alberto ‘Beto’ Rada, veterano cultivador y promotor del auténtico vallenato

Crónica

Homenaje escrito al Rey Vallenato del año 1993 que marcó la pauta al ser el único que en 15 ocasiones presentó sus propias canciones inéditas en los cuatro aires, canto y tocó su acordeón. Él, se bautizó en uno de sus cantos como ‘El gallo negro’, ese que siempre estuvo en la tarima con la agilidad, destreza y calidad interpretativa-

Por Juan Rincón Vanegas|@juanrinconv

Alberto Rada, siempre recalcó sobre la pureza que debía de tener el vallenato que aprendió desde niño

Alberto Constantino Rada Ospino, ‘El gallo negro’ quien nació en El Difícil, Magdalena, el 18 de agosto de 1941 fue el acordeonero más incansable en el folclor vallenato lo que le permitió brillar por ser auténtico.
De esta manera comenzó a escribir su historia de perseverancia en el Festival de la Leyenda Vallenata donde participó en la categoría profesional durante 15 oportunidades hasta que en el año 1993 ganó la corona de Rey Vallenato. Siempre estuvo en los puestos de honor, siete segundos puestos e igual número de terceros, lo que llevó a sus contrincantes a decirle jocosamente que se le había acabado el negocio.
Hace 26 años en la tarima ‘Francisco El Hombre’ de la plaza Alfonso López, cuando contaba con 52 años, el Rey Vallenato Alberto ‘Beto’ Rada, interpretó y cantó las siguientes canciones de su propia autoría. Paseo, ‘El gallo negro’; Merengue, ‘Llegó el pollo a la valla’; Son, ‘Cuando yo muera’ y la Puya, ‘Yo soy el que toca y canta’. En la caja lo acompañó Renzo Sierra y en la guacharaca, su hijo Roberto Rada Andrade.
A los pocos días de alzarse con la anhelada victoria compuso una canción donde plasmó su testimonio de haber escrito su nombre con letras de oro en la historia del Festival de la Leyenda Vallenata. Era su gran verdad porque la insistencia venció, lo que la dicha no alcanzó.

Se oyeron versos bonitos de mi memoria
quedó mi nota plasmada en el pedestal
y con mi nombre y mi apellido
pasé a la historia del festival.

En total durante sus presentaciones en el Festival de la Leyenda Vallenata sumó 60 canciones inéditas de las 250 que compuso, algunas grabadas por distintos cantantes vallenatos como Diomedes Díaz, Silvestre Dangond, Farid Ortiz, Rafael Santos, Miguel Herrera, Joaco Pertuz, Enrique Díaz y Carlos Narváez, entre otros. También se añade que grabó 25 producciones musicales, y se quedó con el deseo de grabar una nueva que había acordado con su hijo el compositor Eliécer ‘Cheche’ Rada, pero el deterioro de su salud lo impidió.
En su casa del barrio Casimiro Maestre en Valledupar, quedó una vitrina llena de trofeos, medallas y diplomas, que son el mayor testimonio de sus innumerables triunfos a lo largo de todo el país.
También sus elocuentes palabras donde dio a conocer que tenía tres acordeoneros que fueron su espejo. Su papá, Francisco ‘Pacho’ Rada, Luis Enrique Martínez y Alejandro Durán. “De esa trilogía es mi escuela y toda la vida he sido fiel a ese legado. Ellos, son la mezcla ideal del vallenato puro”, expresó.

Cómo comenzó todo…

Durante 70 años estuvo tocando su acordeón. Todo comenzó cuando tenía ocho años y se le presentó a su padre, el juglar Francisco ‘Pacho’ Rada Batista. Le tocó la canción ‘El cerrote’ y su admiración fue total, dándole el visto bueno a su hijo para que continuara, no sin antes recalcarle que fuera fiel a la música vallenata y así lo hizo. Desde ese momento se casó con el vallenato tradicional, ese que defendió en distintas tarimas, parrandas, fiestas y producciones musicales.
Este juglar no la tuvo fácil para alzarse con sus triunfos folclóricos, pero contó con el respaldo de su fiel compañera María del Socorro Andrade de Rada y sus ocho hijos: Manuel Francisco, María del Socorro, Alberto, Miguel, Sol Marina, Eliécer, Amalfi y Roberto, semillas que le dieron 22 nietos y 13 bisnietos.

Alberto ‘Beto’ Rada y su hijo Eliécer ‘Cheche’ Rada, siempre unidos por el folclor

Golpe en el alma

El hijo de Francisco ‘Pacho’ Rada y María Ospino, recibió el miércoles siete de febrero del año 2018 el golpe más triste y profundo de su vida. Murió un pedazo de su alma, su compañera permanente durante 63 años: María del Socorro Andrade de Rada.
Con la tristeza que lo embargada sacó fuerzas de su roto corazón y le compuso una canción que era el mensaje de su inmenso amor para aquella mujer que conoció en su tierra. En esos versos con grandes notas de dolor contaba todo lo que ella significaba. No la pudo cantar porque las lágrimas se lo impidieron, pero dijo que se llamaba ‘Quedó un negro solitario’.
Desde esa fecha luctuosa nada volvió a ser igual para el Rey Vallenato, y después vinieron los dolores del cuerpo que lo derrotaron la tarde del sábado 30 de noviembre de 2019. Ya venía sintiendo el silencio de los atardeceres, su corazón no quería palpitar adecuadamente y la memoria no obedecía hasta que se escuchó esa vieja canción titulada ‘Cipote luto’. “Si te mueres tú, lo cargo yo, y si me muero yo, lo cargas tú”…

La canción perenne

Para el cantautor Eliécer ‘Cheche’ Rada, su papá fue un hombre guerrero, ejemplar y querendón con toda su familia. En cierta ocasión se propuso hacerle una canción y sin dar tantas vueltas lo logró.
Ahora cuenta ese momento. “Una vez al llegar a la casa lo vi que estaba arrastrando los pies. Me dije, mi viejo se está envejeciendo y su voz se está apagando. De eso hace dos años, y entonces me dediqué a hacerle la canción ‘Como mi padre no hay otro’, donde entregué todo mi corazón y sentimiento de hijo”.

Cada día veo que mi padre
se está envejeciendo
ya lo noto cansado de tanto luchar
lentamente sus pasos se están deteniendo
si pudiera darle unos años
se los daría a papá.
Mi viejo es toda mi fuerza
mi ejemplo, mi orgullo
Él, es la mayor riqueza
que me ha dado Dios.

Ahora con la tristeza que hace mella en todo su ser, recuerda ese instante en que le cantaba a su viejo. “Mi papá escuchó la canción y no dejó de llorar. Se puso triste porque se conjugaban tantos y tantos recuerdos. Me agradeció con un abrazo y unas bellas palabras”.

El mismo de siempre

El Rey Vallenato en los últimos meses caminaba pausado, meditaba mucho y hablaba poco. Ya no tocaba su acordeón para recordar esos tiempos vividos y todo era silencio en el cuarto de su hogar.
‘Beto’ Rada, compuso muchas canciones de diversos hechos que rodearon su entorno costeño, pero siempre destacaba a ‘El mismo de siempre’ que le grabara Silvestre Dangond. Ahí estaba enmarcado el hombre sencillo, bueno, noble que supo darle a su vida el más grande sentido musical. Eso le permitió convertirse hasta el final de sus días en un cultivador y promotor de ese vallenato que le inculcó su papá Francisco ‘Pacho’ Rada.

Como soy noble y sencillo muchos se imaginan
que no me doy la importancia que me debo dar.
Nací con un privilegio y es grande mi nombre
y por eso no he dejado de ser lo que soy.
Yo quiero al pobre y al rico, al viejo, al adolescente,
yo tengo de todo un poquito y vivo feliz con mi gente.

La muerte cumplió su cometido en el cuerpo del hombre que estaba listo para recibirla. Ya lo había dicho en su última entrevista. “Para la muerte estoy preparado. No le tengo miedo porque estoy a paz y salvo con Dios. He servido al vallenato con amor y espero nunca olviden a este viejo que no pidió nada y dio mucho”.
Ante esta realidad de la vida su hijo Eliécer ‘Cheche’ Rada, escribió su sentir salido de lo más profundo de su alma. “Mi querido viejo, es difícil describir en unas líneas lo que siento porque ya no estás en cuerpo, pero tu recuerdo está conmigo y con todos tus seres queridos. Te siento en mi corazón y así será eternamente mi padre, mi gran orgullo y mi amigo incondicional. Por siempre te amaré mi gallo negro”.

Con su acordeón al pecho ‘El gallo negro’ dio las mejores clases del verdadero vallenato

BLOG DE AUTOR: Juan Rincón Vanegas

Recuerdos de Juancho Rois que adornan los 25 años de su partida

Juan Humberto Rois Zúñiga (San Juan del Cesar, La Guajira, Colombia, 25 de diciembre de 1958 – El Tigre, Estado Anzoátegui, Venezuela, 21 de noviembre de 1994).

Crónica

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Las etapas del destino marcan una línea invisible que ni los enamorados alcanzan a descubrir en el marco de sus corazones. Esa figura del sentimiento tocó a Juancho Rois y Jenny Dereix cuando supieron que una criatura venía en camino. Él, lleno de emoción, y después de comprarle a su amada todas las flores que ofrecía una vendedora, pintó en su mente a su hijo siendo acordeonero, para que siguiera su línea musical, o el futbolista que siempre quiso ser.

Juancho Rois en el Festival Vallenato del año 1991- Foto Fundación FLV

Hoy, otra es la historia, porque su hijo Juan Humberto Rois Dereix, quien ya cuenta con 24 años, por aquellas estrategias del destino incursionó en la política y ganó. Ahora es concejal de Montería, actividad que alternará con sus estudios de derecho en la Universidad Pontificia Bolivariana.

Lo primero que hizo al obtener el triunfo fue darle gracias a Dios, a los ciudadanos que lo acompañaron y a su señora madre la gestora de su primer objetivo político.
Seguidamente, anotó que “agradezco a mi papá, que siempre estuvo como mi ángel guardián. En todos los momentos sentía que me cuidaba, me hacía estar dichoso al tener a cientos de personas que me hablaban de él y me demostraban su cariño. Mi papá, es inmortal”.

Dalia Esther Zúñiga Vega, mamá de Juancho Rois – Foto Juan Rincón Vanegas

Añoranzas paternas

‘Juancho’ Rois Dereix hace un rápido repaso por su vida donde le suenan acordeones, un balón se mueve en el campo del ayer, una finca ganadera aparece en su diario vivir y hasta los gallos cantan en el patio del recuerdo.
“Desde siempre, la política y las leyes me han gustado, por eso mi inclinación en esos campos. Respecto al acordeón, era imposible superar a mi papá, y al no vivir en San Juan del Cesar, sino en Montería, fue algo distinto. Pienso que cuando las cosas no salen del corazón, no es fácil andar por ese sendero”.

Calla un instante, y piensa en el padre que no tuvo el placer de conocer, manifestando que lleva su legado por lo amoroso y el don de servicio que lo identificaba.
Precisamente, el Rey Vallenato Julián Rojas, quien venció en 1991 a Juancho Rois en la tarima ‘Francisco El Hombre’ de la Plaza Alfonso López, entregó su concepto sobre el inolvidable acordeonero. “Juancho Rois fue humanista, noble, amigo y demostró que nunca era apegado a nada. Su ejemplo en lo musical y su amplia manera de ser siguen vigentes, y cuando escuchamos las notas de Juancho se encuentra ese encanto que hace que nunca mueran, sino que se reproduzcan cada día”.

Bella historia

La historia de amor entre Juancho y Jenny estuvo enmarcada en notas y cantos de acordeón, flores, detalles, caminatas agarrados de la mano, y todo fue tan rápido, que estuvieron dos años de novios y solamente tres meses de casados.
El fruto de ese amor, Juancho Rois Dereix, no se cansa de exaltar a ese padre que murió lleno de ilusiones, con figuras llenas de esperanza y un cielo adornado con estrellas viajeras acompañadas de las notas de su acordeón que todavía están sembradas en el corazón del folclor vallenato.
“Mi papa fue grande, y por todas partes suenan esas canciones que grabó al lado de Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Juan Piña y Elías Rosado”, anota el vástago del músico nacido en San Juan del Cesar.

El hilo conductor del amor paternal lo lleva a declarar que de su papá conserva dos acordeones, algunas joyas, su música y un retrato grande, pero su momento cumbre es cuando en sesión solemne del sentimiento observa callado los videos de sus presentaciones, especialmente con Diomedes Díaz y Jorge Oñate.
“Mirar esos videos es reencontrarme con mi padre y su talento inigualable. Más aún con la canción ‘Por qué razón’, que le dedicó a mi mamá, a quien conoció en Tolú, Sucre, y que los llevó a tener un amor de película”.

Repasar ese episodio lejano, producto de la nostalgia que no conoce tiempo, sino que viaja en el tren de la vida, es como llegar a la estación del cariño donde se reviven momentos inolvidables.
Enternecido, y dedicándole el reciente triunfo político al célebre acordeonero, sorprende con otra declaración: “Yo merecí conocer a mi papá, y si tuviera la oportunidad de hacerle una petición a Dios, sería que me lo devuelva por unos segundos para que me dé el beso y el abrazo que me quedó debiendo cuando nací”.
Sobraban las palabras, y entonces los detalles del ayer también se enmarcaron en el año 1995 cuando el Festival de la Leyenda Vallenata fue en homenaje a Juancho Rois y a los compañeros que murieron en el accidente aéreo de Venezuela. El bajista Rangel ‘El Maño’ Torres y el técnico de acordeones Eudes Granados Córdoba, quienes hicieron una enorme contribución al folclor vallenato.

Nunca morirá…

Cada 21 de noviembre, exactamente desde el año 1994, en San Juan del Cesar, La Guajira, toma asiento en las páginas de la añoranza la figura de Dalia Esther Zúñiga Vega, a quien las lágrimas visitan en su rostro al tener en primera fila la partida sin regreso de su hijo Juan Humberto Rois Zúñiga, Juancho Rois.
En su casa, todo gira en torno al acordeonero que impuso su propio estilo en el folclor vallenato. Allí tiene un cuarto, museo, lo llama ella, con cuadros de la vida y obra musical de su amado Juancho. Están los momentos gloriosos al lado de artistas, familiares y amigos. Todo hace indicar que en San Juan del Cesar, en ese rincón ubicado en la carrera 10 número 4-27, Juancho Rois vive aún.
A la entrada de la casa aparece una imagen a escala de Juancho, dándoles a todos la bienvenida. Tiene un ademán de “Todo bien”, luciendo el sombrero, la camisa, el pantalón y las botas que más le gustaban, asevera su mamá.

Juancho Rois Dereix y su mamá Jenny Dereix

“De Juancho tengo todos los recuerdos, principalmente su hijo Juanchito, que ahora es concejal en Montería, y me produjo esa inmensa alegría a mis 79 años. Mi hijo Juancho Rois sigue viviendo, por eso en este espacio que es mi casa se nota su presencia en todos lados”, dice Dalia Zúñiga, quien anda llena de todas las evocaciones.
La charla con la matrona giró en torno a variados temas, pero siempre caía en la nota precisa y melancólica de ese hijo que supo llegar a todos, y que a ella la inundó de grandes detalles. Detalles que hoy son el alimento para tenerlo en la cima del alma donde se asciende con el corazón agradecido y las manos desocupadas para aplaudirlo eternamente.
Las notas de Juancho Rois nacieron en San Juan del Cesar, La Guajira, su tierra querida, donde fue sepultado y en cuya tumba aparece la lápida con una frase que lo pinta en toda su dimensión. “Lloramos tu ausencia, pero conservamos tus gratos recuerdos porque fuiste muy bueno. En nuestro corazón perdurará tu sonrisa, tu bondad y tu nobleza”.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

El primer trofeo de Alejo Durán se convirtió en herencia familiar

Crónica

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Después de coronarse como Rey Vallenato en el Primer Festival de la Leyenda Vallenata realizado del 27 al 29 de abril de 1968 donde fueron jurados Miguel Facio Lince, Jaime Gutiérrez de Piñeres, Rafael Escalona Martínez, Gustavo Gutiérrez Cabello y Tobías Enrique Pumarejo; recibir el trofeo y el cheque número 297520 del Banco de Colombia por valor de cinco mil pesos, Alejo Durán Díaz, decidió ir a su pueblo El Paso, a cumplir un mandato del corazón.

Trofeo entregado a Alejo Durán en 1968 Foto Daniel Gutiérrez Palomino

Al llegar recibió las felicitaciones de sus paisanos, y enseguida le entregó el trofeo a su única hermana Sabina Durán Díaz, para que lo guardara como recuerdo de esa hazaña musical llevada a cabo en Valledupar. Ella, quien de vez en cuando tocaba sus “mochitos” de acordeón, pero dejó de hacerlo porque eso era para hombres, lo recibió con la más grande emoción y prometió guardarlo como el mayor tesoro familiar.

Pasados 29 años cuando Sabina estaba con fuertes quebrantos de salud se lo entregó a su único hijo Federico Mendoza Díaz, el cual tuvo con Raúl Mendoza, para que no se perdiera en el tiempo, sino que continuará siendo ese bello tesoro que su hermano Alejo le había regalado.
El viejo Federico Mendoza, quien actualmente cuenta con 75 años, cierto día se reunió con su hijo Javier Mendoza Díaz. Le hizo entrega del trofeo para que lo cuidara, y nunca dejara que se perdiera, porque era el más grande regalo de su señora madre para perpetuar el nombre del negro grande del acordeón.

Javier Mendoza Díaz, quien tiene su poder el primer trofeo de Alejo Durán Foto Daniel Gutiérrez Palomino

Sobre la historia del primer trofeo que otorgó el Festival de la Leyenda Vallenata, cuya labor le correspondió al ex presidente Alfonso López Michelsen, en medio de la emoción que esto representa Javier Mendoza Díaz, señaló. “Hace 18 años mi papá me entregó el trofeo en representación de mis hermanos Alejandra, Federico, (fallecido), Luis Carlos, Celso, Sabas Saúl, Rogelio, Fernando y Zoralvis. Hace la cuenta de sus hermanos para que no quede ninguno por fuera y señala. “En estos años lo he cuidado mucho porque mi abuela, era una mujer grandiosa, noble y buena. La abuela extendió la familia al tener a su único hijo, mi papá. Esa responsabilidad la he sacado adelante, y con el favor de Dios se perpetuará en el tiempo”.

Siguiendo con la línea de esta historia contó que una vez Consuelo Araujonoguera, ‘La Cacica’, quiso tener el trofeo en las oficinas de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, pero su papá le narró la historia y ella ante eso no insistió. “Es una herencia familiar”, recalcó.
Con motivo de cumplirse el pasado mes de febrero el centenario del nacimiento de Alejandro Durán Díaz, el trofeo fue llevado a El Paso, exactamente a la casa paterna del primer Rey Vallenato donde estuvo en exhibición.

“Todos se admiraban de que ese trofeo existiera por más de 50 años, gracias al detalle de Alejo con mi abuela Sabina, quien murió en su tierra El Paso, el 9 de noviembre de 1998. Estamos cumpliendo la voluntad de mi abuela. Algunos me han dicho que lo mandé a pulir, pero es mejor dejarlo así que no pierda su originalidad”, expresó Javier Mendoza, quien con su esposa Mónica Patricia Figueredo Meriño y sus hijos Mishell y Javier José, son los principales guardianes.

En la sala de su casa ubicada en el conjunto residencial Altos de Ziruma 6 de Valledupar, reposa el famoso trofeo que nunca perderá vigencia. Sus dos kilos y medio de peso y su altura de 55 centímetros, es la dimensión exacta del hombre que con su pedazo de acordeón escribió la más grande historia cantada para que el mundo vallenato supiera como lo dijo Consuelo Araujonoguera. “Alejo Durán fue la síntesis y el compendio de nuestra identidad cultural. Alejo Durán fue grande. Yo diría que fue más grande como hombre, como ser humano que como cultor del vallenato, pero esa conjunción entre cultor del vallenato, que fue bueno, y el carisma que irradiaba su personalidad lo hicieron absolutamente grande. Con Alejo se impusieron sus melodías y canciones que relatan las historias de pueblos, amores y pasiones”.

Gesta de Alejo

El 29 de abril de 1968, Gilberto Alejandro Durán Díaz se coronó en la Plaza Alfonso López de Valledupar como el primer rey del Festival de la Leyenda Vallenata, acompañado por el cajero Pastor ‘El Niño’ Arrieta y el guacharaquero Juan Manuel Tapias.
En la competencia final presentó las siguientes canciones: el paseo, ‘La cachucha bacana’; el merengue: ‘Elvirita’ y la puya: ‘Mi pedazo de acordeón’, todas de su autoría. Además, del son, ‘Alicia adorada’ de Juancho Polo Valencia.

El hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, nació en El Paso, Magdalena, el 9 de febrero de 1919. A los 19 años tomó por primera vez un acordeón y comenzó tocando de oído canciones de otros compositores hasta que compuso su primera obra en aire de merengue llamada ‘Las cocas’.
Alejo en su momento lo explicó. “Resulta que en las fincas había siempre un muchacho a quien llamaban ‘Coqui’, quien era el encargado de preparar los alimentos para las cuadrillas de trabajadores, pero después los patrones resolvieron darle esa tarea a las mujeres. Entonces resolvimos llamarlas ‘Cocas’ y así se quedaron”.
Después para el magdalenense de nacimiento, cesarense por decreto y cordobés por adopción, vino su auge como cantautor logrando un rotundo éxito en todos los frentes del folclor vallenato.

La imagen perdurable

Al fallecer Alejo Durán el 15 de noviembre de 1989, hace 30 años, quedó para la historia la reseña de aquel hombre que con sus canciones se abrió camino en el folclor, que con sus anécdotas pintó de alegrías las historias pueblerinas y con sus mujeres adornó su corazón comenzando con Crisanta Bolaño ‘La Quicho’, una morena de su tierra El Paso, que vivía al lado de su casa, hasta aterrizar con Gloria Dussan, a quien en sus últimos instantes de vida le dejó el testamento de su alma que enmarcó en la frase: “Goya, te quiero mucho”.
Alejo, a través de sus cantos hizo la reseña exacta de distintos pueblos y tuvo el gesto más grande de cariño al donarle a su hermana Sabina, el primer trofeo que hoy existe gracias a una familia que respira folclor y que sabe que lo más perdurable es su imagen que nunca se borrará…

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

Adolfo Pacheco completó 50 años meciéndose en ‘La hamaca grande’

Crónica

-El célebre compositor de San Jacinto, Bolívar, en el año 2005 fue declarado Rey Vitalicio del Festival de la Leyenda Vallenata-

Por Juan Rincón Vanegas | @juanrinconv

Hace 50 años el compositor Adolfo Rafael Pacheco Anillo estuvo buscando la fórmula precisa para unir al pueblo vallenato con el sabanero, y la encontró de la manera que llegara directo a su sentimiento. No había de otra, lo hizo con una canción donde letra y melodía tuvieron el encanto suficiente para lograr el objetivo encomendado por su corazón.
El hijo querido de San Jacinto, Bolívar, quien recientemente sumó 79 años de prolífica vida, y que en el año 2005 fue declarado Rey Vitalicio del Festival de la Leyenda Vallenata, ante la inminencia de una grabación, y teniendo en la punta de la lengua el verso “Pa’ que el pueblo vallenato, meciéndose en ella cante”, tiñó en su memoria los recuerdos de aquellos paisajes y personajes comunes que le dieron vida a la canción ‘La hamaca grande’.

“Cincuenta años. Como pasa el tiempo”, fue lo primero que expresó. Pensó un poco, y continuó: “Con esa canción logré meter sin tanto esfuerzo en esa cama colgante, como muchos la llaman, a esos dos pueblos con su folclor y sus costumbres”.
Ya metido de lleno en ese memorable canto vallenato, sonríe, porque se acuerda que esa hamaca era más grande que el Cerro é Maco, que hace parte del entorno de Los Montes de María, y que posee 810 metros de altura. Tampoco sabe cuántas madejas de hilaza se necesitaban en ese laborioso proceso de tejerla.

Se pone la mano en la frente para llamar más recuerdos, y entra en contexto cuando le hizo la más cordial invitación al compadre Ramón Vargas para que juntos llevaran varios regalos a Valledupar.

Compadre Ramón, le hago la visita
pa’ que me acepte la invitación
quiero con afecto llevar al Valle
en cofre de plata, una bella serenata,
con música de acordeón, con notas
y con folclor, de la tierra de la hamaca.

Vuelve a sonreír, y anota: “A mi compadre Ramón lo volví famoso en todo el mundo. Aquella vez, cuando escuchó la canción me abrazó y dijo que ese era un bello mensaje de unión folclórica, para que se zanjaran las diferencias”.
Enseguida, con la emoción a todo galope, y como si fuera aquel instante cuando compuso la canción, hace un paseo mental por su amada tierra donde el folclor levanta vuelo en medio de un collar de cumbia Sanjacintera, del acordeón de Andrés Landero y un viejo son de ‘Toño’ Fernández.

El legendario compositor, considerado una leyenda viviente del folclor, inclina su cabeza mientras que unas lágrimas, no se sabe cuántas veces, hacen un recorrido por sus mejillas. Es el verdadero registro de un canto nacido en su alma noble y buena.
Seca sus lágrimas, y sin más preámbulos anota: “Ese testimonio cantado pretendía, además de unir a los dos pueblos con sus leyendas y tradiciones, hermanarnos por siempre. Siento que se logró sin ninguna intervención, sino haciendo una canción que ha recorrido el mundo, y cuya historia no me canso de contar”.

Carlos Vives le grabó al maestro Adolfo Pacheco su célebre canción ‘La hamaca grande’

Efectivamente, ‘La hamaca grande’ se ha paseado por el mundo en las voces de Daniel Santos, Johnny Ventura, los hermanos Zuleta, Carlos Vives y Lisandro Meza, entre otros.
El Maestro indica que la obra tiene más de 30 versiones, y sin más preámbulos, cuenta otra anécdota: “Mi querido amigo Carlos Vives hizo una presentación en Cartagena teniendo la presencia del rey Juan Carlos de España. Observé al rey cuando la estaba tarareando. No podía creer que un personaje de esa categoría se supiera mi canción. Le cuento que esa noche no dormí de la emoción”.

Secretos de la canción

Cierra ese momento de emoción y se remite al génesis de una de sus obras cumbres que se han mantenido con el paso del tiempo: ‘La hamaca grande’. “El que me inspiró esa canción fue el inolvidable compadre y acordeonero Andrés Landero, quien fue a participar en el Festival Vallenato y no ganó. Entonces me propuse con mi canto, que hice en 1969, llevar a Valledupar al lado de mi compadre Ramón Vargas Tapias un presente con la música de mi pueblo, especialmente una hamaca grande, más grande que el Cerro e’ Maco”.
Al viejo compositor Sanjacintero le revoloteó en su pensamiento ese recuerdo cantado que fue un trasteo de sentimientos y con elementos pegados a su tierra:

Y llevo una hamaca grande
más grande que el cerro e’ Maco
pa’ que el pueblo vallenato,
meciéndose en ella cante.
A un indio faroto y su vieja gaita
que solo cuenta historias sagradas
que antepasado recuerdo esconde
p’ que hermosamente toque
y se diga cuando venga
que también tiene leyenda,
cual la de Francisco el Hombre.

No para de explicar, y añade: “Esa canción la presenté por primera vez en una parranda en San Jacinto, Bolívar, mi tierra y gustó de inmediato. Me la hicieron repetir muchas veces”.
Enseguida, relata que la canción nació sin nombre. “Muchos le ponían nombres, pero me quedé con el que me dijo mi amigo Edgardo Pereira: ‘La hamaca grande’. Pensé que era el ideal y así se quedó”.
El legendario compositor y abogado ha tenido la gran virtud de contar y cantar en más de 200 composiciones todo lo que gira en su entorno, esos mismos que tienen el sello del hombre pueblerino apegado a sus costumbres.

Recuerdos del corazón

Nunca dejó de explicar el nacimiento de varias de sus canciones, pero tiene una que hace que las lágrimas se desgajen como aguacero en el mes de abril. Es la de aquel hombre que partió decepcionado del pueblo con la finalidad de encontrar en otra parte consuelo, paz y tranquilidad.
Se trata de la historia de Miguel Pacheco Blanco, el famoso ‘Viejo Miguel’, el propietario del salón de baile ‘El Gurrufero’. Y entonces Adolfo Pacheco cantó: “Primero se fue, la vieja pal’ cementerio, y ahora se va usted, solito pa’ Barranquilla”.

En esa ocasión diseñó en su pensamiento esa historia que lo conmueve, porque al morir su madre Mercedes Anillo cuando él apenas tenía cinco años, quedó al cuidado de su padre, ese mismo al que inmortalizó con un canto.
Cerró los ojos, y comenzó la travesía por las evocaciones que no tienen distancia, pero por producto del amor paternal le llegaron directo al corazón. Y cuando menos se esperaba sacó de la baraja de su alma la frase más bella del diccionario de la vida: “Mi papá fue el más grande prócer de mis sentimientos, y esa canción es el testimonio para el hombre que supo guiarme por el mejor camino”.

Adolfo Pacheco

En ese preciso instante sobraban las palabras, no había que buscar bellas frases porque las lágrimas pedían permiso en medio de los albores del silencio, ese que es igual a la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

¿Quién fue Manso, el periodista?

Crónica

*Esta crónica obtuvo el Premio de Periodismo Sirena Vallenata en el año 2000, fue publicada el 17 de noviembre de 1999 en El Diario Vallenato, como una mirada a la vida del periodista Guzmán Quintero Torres, desde el punto de vista de su padre Guzmán Quintero Pérez, su esposa Alcira Vitola Mercado y su compañera y amiga Ana María Ferrer Arroyo.

Por Juan Rincón Vanegas

¿Quién fue Manso, el periodista? Esa pregunta la absolvieron de manera inmediata y con el corazón en la mano tres personas demasiado cercanas al periodista Guzmán Quintero Torres, que con el poder de la narrativa se convirtió en crónica.

Guzmán Quintero y Alcira Vitola, en los mejores tiempos del amor

La muerte del periodista quien fue asesinado el 16 de septiembre de 1999 causó un repudio general en todos los sectores. Tiempo después de ese momento triste se buscaron los conceptos de su padre Guzmán Quintero, de su esposa Alcira Vitola y de una de sus mejores amigas y colega Ana María Ferrer Arroyo, quienes hablaron del periodista casero, noble y sincero.
“Desde niño en la casa lo llamábamos ‘Manso’ por su manera pasiva de ser y porque no se metía con nadie. Así se quedó”, indica su padre Guzmán Quintero Pérez, quien estaba acompañado de su esposa Estela Torres.
El padre del periodista recuerda que Guzmán llevaba el nombre suyo porque la partera al verlo dijo “que se parecía a mí. Eso sucedió el 10 de mayo de 1965 en El Carmen, Norte de Santander, desde donde seis meses después nos vinimos para Valledupar. Era el tercero entre sus hermanos Zuly, Yuri, Xiomara y Yadira”.

No para de recordar al hijo que le arrancaron a la fuerza y que tenía un gran futuro como periodista. Ante esto no encontraba explicación y sin pensarlo manifestó. “Por sus acciones, por su manera de ser, por su entrega a la profesión y su don de servicio, mi hijo debió morir de viejo”.
Se quedó pensativo. Esconde sus lágrimas con sus dos manos y deja que su pensamiento lo busque en el infinito. Más calmado recuerda una de las anécdotas que enmarcan a su hijo en toda su dimensión.

“Mi hijo Guzmán fue mi compañero más cercano. Cuando me dediqué al transporte en un viejo camión me acompañaba siempre. Una vez nos varamos y él se puso contento con eso, porque así tenía más tiempo para platicar conmigo. Ese era mi hijo”.
Todo en esa casa del barrio Los Fundadores gira en torno al recuerdo de ‘Manso’, el periodista. En la sala está ubicado un cuadro grande con una foto donde Guzmán Quintero Torres aparece con una leve sonrisa, esa sonrisa que siempre regaló y que ni la muerte ha podido borrar.

Esa familia denota la tristeza por la pérdida de ‘Manso’ y espera se haga justicia. En ese momento el jefe del hogar volvió a ratificar. “Mi hijo debió morir de viejo teniendo la oportunidad de amar a su esposa y criar a sus hijos que han quedado pequeños. También debió morir de viejo porque se le dio una orientación de servicio, de solidaridad, de gente de paz y de progreso”.

Recuerdos que alimentan

El 29 de noviembre de 1987 Alcira Vitola Mercado conoció en una reunión de jóvenes universitarios, realizada en Barranquilla, a Guzmán Quintero Torres. Luego vinieron cinco meses de amistad hasta que se ennoviaron y cuatro años después se casaron. El cuatro de julio de 1992 por lo civil en Valledupar, y cinco días después por la iglesia en Sincelejo.
Esos recuerdos le quedaron pegados en su alma a Alcira y los define de la manera más fácil porque el motor del amor nunca se apagó.

Con Guzmán tuvimos muchas cosas afines. “Éramos estudiantes con los mismos ideales de ser profesionales y el amor cabalgaba siempre por el mejor camino”, anota Alcira, estando en ese periodo donde el sentimiento nunca pide permiso, sino que entra por la puerta grande nacieron Camilo Andrés y Sebastián.
Ella, pasó a describir a ese esposo con el que convivió siete años. “Guzmán era noble, buena gente, desprendido, solidario, excelente en su profesión, buen padre, buen hijo, buen compañero, buen esposo y siempre estaba pendiente de nosotros”.

Otro recuerdo que quedó prendido en la mente de Alcira, fue el pasado 10 de mayo, cuando Guzmán Quintero llegó a sus 34 años. Ella decidió ponerle una serenata con la colaboración de toda la familia, pero su hijo Camilo Andrés develó el secreto. El cumplimentado espero la madrugada, pero no llegó y a la hora del almuerzo reclamó sus canciones y sus regalos, pero la serenata no era a la hora tradicional, sino en la noche.
“Guzmán vivía en pleno movimiento y para retenerlo, le dije a su amiga y compañera de labores en El Pilón, Ana María Ferrer que no lo dejara salir. Ella se inventó algo y entonces asaltamos el periódico con un conjunto vallenato”, cuenta Alcira Vitola.

Ahora, cuando la añoranza sacude su pensamiento como las brisas de diciembre, habla acompañada de lágrimas.
“Ese fue un momento feliz. Lo vi tan contento como cuando se casó o cuando llegaron sus hijos. Él, nunca se imaginó que lo fuéramos a sorprender de esa manera”.
Entonces en aquel instante se tropezó con aquel verso de la canción del maestro Escalona: “Con ese recuerdo vivo yo, con ese recuerdo moriré”.

La noche triste

Aquella noche del atentado a su esposo, a Alcira Vitola le avisaron y partió con la esperanza de encontrarlo vivo. Estando en la entrevista, ella tomó en sus manos la grabadora para que no se escapara ninguna palabra. Entonces con el corazón en la mano y las lágrimas presentes narró esos momentos.
“En el camino iba bastante nerviosa y le pedía a Guzmán que se agarrara de la vida, que no me podía dejar sola con mis dos pequeños hijos, pero cuando llegué lo encontré en la morgue, solo. Qué paradoja. Él, que siempre vivía rodeado de gente”.

Guzmán Quintero Torres

Hace una pausa para llamar más recuerdos y prosigue. “Esa es la imagen más triste para mí al enfrentarme a la realidad de su muerte. Quería darle vida, agarraba sus manos y las llevaba a mi corazón, lo abrazaba, lo besaba, le quería trasmitir mi vida. Le quería dar vida porque Guzmán era de esos amores únicos. Un hombre especial en mi vida que dejaba un gran vacío”.
El llanto escondió su voz y al cabo de un instante Alcira continuó. “Hoy quiero confesar que también me quedé huérfana porque me crié sin papá, no tengo hermanos y pensaba que con Guzmán iba a ser un amor para toda la vida, pero alguien se interpuso en nuestra felicidad”.

El dolor se apoderó de todo su ser y se quedó pensativa añorando a ‘Manso’, el periodista, ese que la conquistó con el poder de su nobleza, que la hizo engendrar dos hermosos hijos, que la paseó siete años por un mundo lleno de detalles y de alegrías donde el amor estuvo con la nota más alta.
Desde el día que ella regresó del campo santo se ha dedicado a recolectar todas las fotos de Guzmán Quintero Torres, para meterlas en un álbum. Esas gráficas a medida que pase el tiempo le seguirán recordando que su vida quedó marcada por aquel hombre que se ganó su corazón que hoy destila dolor.

El compadre Guzmán

A la periodista Ana María Ferrer Arroyo, el destino le concedió el deseo de tener a Guzmán Quintero Torres como su gran amigo y ese amigo que se convirtió en su compañero de labores en El Pilón, en su confidente, su consejero, hasta sellar el compromiso de que sería el padrino de su pequeño hijo Roberto Carlos González Ferrer, pero no pudo hacerlo porque alguien decidió ponerle fin a sus días.

Triste y serena Ana María señala: “A Guzmán me lo presentó Iván Alejandro Duarte, y desde ese momento nació una verdadera amistad que perduró siempre. Se hizo más estrecha cuando él ingresó como jefe de redacción de El Pilón. Era mi amigo, mi confidente, mi consejero y la persona que había decidido que fuera el padrino de mi hijo. Había tanta confianza que fue el primero en enterarse de mi embarazo y se volvió loco dándome consejos y a los dos meses y medio de gestación me hizo el primer regalo de mi hijo y con los demás compañeros del periódico me complacía los antojos”.

Paseo en canoa

Ana María en medio de los recuerdos no puede olvidar la anécdota de cuando Guzmán Quintero le hizo una jugada picara, “Tenía siete meses de embarazo y había el problema del río Cesar que se estaba secando. Nos fuimos con una comisión de Corpocesar a realizar varias inspecciones. Al llegar al río, en una parte honda había varias canoas, entonces a Guzmán le cayó el afán de que me montara en una de ellas. Yo le decía que por mi estado era peligroso”.

Mira a la distancia y regresa al relato. “Al fin me convenció con la condición de que se montaba conmigo. Cuando me monté, él no se montó y le dijo al muchacho que me diera una vuelta. Comencé a gritar y él a burlarse y le decía al fotógrafo Neftalí Castellar que me tomara fotos. Después de la vuelta, bajé muerta del susto y él me decía que yo si era valiente”.
El dialogo siguió en medio de esas bellas añoranzas. “Al nacer el niño el pasado 27 de junio, fue el primero en visitarme para conocer al ahijado. Entonces me insistió en que pronto lo llevara al periódico porque brazos eran los que iban a sobrar para cargarlo y atenderlo”.

La nota de su muerte

En medio del dolor y la confusión y por decisión del director del periódico Dickson Quiroz, fue encargada de escribir la nota que nunca hubiera querido redactar y que jamás pasó por su mente hacerlo, pero era un hecho cumplido y con la ayuda de sus colegas Galo Bravo, Sergio López, José Urbano Céspedes y Aquilino Cotes, cumplió el encargo.

“Para redactar mil 500 caracteres empleamos casi dos horas porque la mente se resistía a hilvanar lo que con dolor y lágrimas era una cruda realidad. Se cambió la edición de la cual ya estaban impresos mil ejemplares. Se escribió la trágica noticia, se quitó una foto en la que estaba un carro con una bandera y a la que Guzmán le había hecho un excelente pie de foto, que decía ‘Quiero la paz’”, contó Ana María Ferrer.
Al final respondió la pregunta sobre quien fue Manso, el periodista, y no fue tarea fácil.
“Guzmán fue un buen periodista que siempre brilló con su ejemplo de superación, de ser objetivo en la labor periodística y no apasionarse con nada ni con nadie porque en el trabajo no se puede tomar partido”.

Guzmán inolvidable

Desde tres puntos de vista se analizó al Guzmán Quintero Torres que pocos conocían, pero que tenía un alma bordada con los más bellos sentimientos, un corazón dado a servir y un proyecto de vida donde todos cabían.
En la pantalla del recuerdo y el dolor quedó escrita en letras grandes su famosa frase: “Si por hablar nos asesinan, que el silencio no sea nuestro suicidio”.

Guzmán Quintero, padre, y su hijo Yuri, observando el cuadro de ‘Manso’, el periodista

FRASE PARA DESTACAR.

“Desde niño en la casa lo llamábamos ‘Manso’ por su manera pasiva de ser y porque no se metía con nadie. Así se quedó”, indica su padre Guzmán Quintero Pérez.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas