Diomedes Díaz, El Cacique de La Junta

Mi Crónica Sabatina

José Jaime Daza Hinojosa

Valledupar 11 de diciembre del 2021

♦Hoy Homenaje Al Mejor, Al Papa De Los Pollitos, EL Monstruo, Compositor, Cantante, Estrella, El Ídolo, EL Cacique De La Junta, Ah…Ganó uno de los muchos congós de oro en Barranquilla con una canción que compuso en el trayecto de Valledupar a la Arenosa «Gracias Barranquilla»

DIOMEDES DIAZ MAESTRE.

Su nacimiento fue un mes de invierno, el quinto mes del año; transcurrió aquel momento con una gran expectativa y entusiasmo pues era esperado con ansias por sus padres y toda la familia por ser el primogénito, el suceso ocurrió el 26 de mayo de 1957; cuentan que por allí pasaba ese día un músico de renombre en la región, el recién nacido era llorón y cuando escucha las melodías del acordeón que aquel viajero musical tocaba inmediatamente se callaba y hasta sonreía; dicho señor se acercó a la cama de la recién parida le saluda la felicita por el nacimiento de aquel hermoso hijo y vaticina: A este niño le va a gustar la música, estoy seguro será un grande cultor de estos menesteres musicales, lo irradia en su mirada, Dios se los bendiga, nació para magnas cosas, ya verán; profecía que llenó de alegría tanto a la mamá como al papá y que con creces se cumplió al pie de la letra.

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DIOMEDES DÍAZ: LO QUE DEJÓ LA PRIMERA DE LAS CRUZADAS A CARACAS

POR ALFONSO OSORIO SIMAHÁN

Dos percances, rutinarios en apariencia, estuvieron a punto de abortar lo que sería la primera gira de  Diomedes a Venezuela.

La conquista de nuevos espacios para potenciar una carrera hacia la  gloria es la  ilusión latente de cualquier artista; sobre todo, cuando  éste ya  cree que ha cosechado buena parte del éxito por los alrededores de su madriguera.

Diomedes, para el primer semestre del año 1981, con ocho producciones discográficas en su haber, se encontraba navegando en la cresta de la ola de popularidad. Era innegable que para esos momentos ya se perfilaba como el genuino ídolo que la cultura vallenata desde hacía rato avizoraba. Con su temperamental arraigo pueblerino y su enigmática conducta campechana no se obnubiló, pero tampoco se excusó, cuando le tocó explorar otros mercados de aplausos. Un día cualquiera los vientos lo sacudieron, he hicieron  que enfilara su proa hacia la vecina Venezuela.

Aquiles Molina, folclorista y compositor nativo de Fonseca- Guajira-; el mismo a quien otro fonsequero, Luis Francisco “Geño” Mendoza– creador de Festival Vallenato – le dedicara un par de versos en “Despedida del Festival”, una legendaria canción que grabó Jorge Oñate con los Hermanos López en los años 70s., fue el primero que se atrevió a cabrestear musicalmente a Diomedes a predios de Bolívar. Aquiles, al igual que “Geño”, tenía varios años de estar residenciado en Venezuela; los dos trabajaban como promotores artísticos para sendos  sellos disqueros de cierto prestigio.

Aquiles, obligado por su oficio se movía constantemente entre Caracas y Maracaibo. Para él ni para nadie era un secreto que en estas dos ciudades se aglutinaba una gran masa de compatriotas colombianos. Ávidos en diversión y entretenimiento y  absorbidos en el día a día laboral, esos ratos de recreación, como era obvio, se daban era los fines de semana. Con tal de reencontrase con sus raíces y vivir otros afectos, durante esa tregua frecuentaban algunos establecimientos comerciales, tales como restaurantes, clubes sociales o cervecerías que la misma colonia había anidado por mera costumbre.

El estado fronterizo del Zulia, cuya capital es Maracaibo, alberga desde el siglo pasado un contingente numeroso de braceros costeños diseminados a lo largo y ancho de todo su territorio, una rica  despensa  agrícola y ganadera de Venezuela. Si a esto le sumamos el contexto geopolítico que la identifica y su análoga posición geográfica a la nuestra, no tendría por qué  extrañarnos que, al visitarla nos dé la impresión de encontramos en el octavo departamento de nuestra Costa Atlántica.

Todos estos elementos gratuitos debieron ser los animadores para que Aquiles cualquier día amaneciera matriculado como  gestor de espectáculos. Se asoció con un empresario de altos quilates de apellido Arias, para dar sus primeros pasos experimentales por Maracaibo y otros municipios del Zulia, llevando diferentes agrupaciones vallenatas reconocidas, tales como los Hermanos Zuleta y Jorge Oñate.

Después de esas pasantías, que resultaron positivas, Aquiles no tardaría en dar con  la fórmula para  atrapar al pez grande: Diomedes, quien era el que tenía revolucionado el panorama vallenato de actualidad. Para conseguir ese objetivo, Aquiles no desaprovechó que era un viejo conocido de  Dagoberto Suárez, el  manager de Diomedes para aquella época, y por otra parte, sabía moverse por todos los vericuetos que brotaban amistad y folclor por predios de Valledupar. Viajó por lo tanto a esta ciudad, para finiquitar con Dago  un contrato para tres presentaciones: dos en Maracaibo, y la otra en Caracas.

Jaime Hinojosa Daza, gestor cultural, comunicador y compositor patillalero, pariente de Diomedes, a quien este le había grabado un par de composiciones en sus primeros álbumes, también vivía en Caracas. Al igual que muchos coterráneos, le tocó emigrar con los bolsillos vacíos, pero con una valija espiritual  repleta de secretos y    cultura Caribe. Jaime que para esos días se encontraba por los lados de Valledupar en asuntos personales y conocía las pretensiones de Aquiles, fue quien le dio la certera estocada argumental a Diomedes, para que este aprobara sin vacilaciones el contrato. Jaime, se ganó por ello el cargo de baquiano –ad honorem- en la logística de aquella anunciada gira. Fue el primero también, 13 años después, en llevarle a Diomedes la noticiasobre la  muerte de Juancho Rois, ocurrida en Venezuela, aquel aciago noviembre.

 Caracas, es un capítulo aparte. Para los primeros años 80, sus hábitos eran  complejos e intensos. Los avatares musicales parecían moverse al ritmo de la ciudad. La salsa y el merengue se disputaban el primero y segundo lugar en aceptación y consumo del género tropical bailable, logrando sacar una legua de ventaja a lo que aún se conoce como estilo gallego,  ese archiconocido y pegajoso aire que identifican a Los Melódicos, Billos, Pastor López, Nelson Henríquez…, entre otros. El melómano caraqueño tan sumiso y discreto para el gusto musical, como para servir de receptor a una migración desaforada, no le quedó más remedio que rendirse a la ocasión. Cuatro emisoras capitalinas, YVKE Mundial, Radio Rumbo, Radio Continente y Radio Capital, las de mayor sintonía, eran las encargadas de revolear la difusión del éxito pretendido; eso sí, al compás de la payola – pago forzado a la radio – .

 En los 3 años que para entonces llevaba este humilde cronista viviendo en Caracas, no recuerda que  haya  sonado  un solo vallenato en las tantas  estaciones radiales que tenía la capital de Venezuela. Los únicos artistas de nuestro repertorio costeño que se escuchaban, y eso, en horario donde mermaba la sintonía y, en dosis ínfimas, eran Los Corraleros de Majagual, Aníbal Velásquez y Noel Petro. La sequía Vallenata la rompería el Higuerón del Binomio en el año 1984,  que con tamaño suceso radial abrió sin timidez la trocha para que se fueran asentando y se valoraran otros herederos del Imperio de Francisco el Hombre. Ese primer cisma en el gusto musical se le debe en buena medida a un audaz disquero antioqueño, Evelio Alvarez, propietario de la compañía de discos Discorona, quien era la encargada de distribuir el catálogo de Codiscos en Venezuela, y, por ser Evelio también el pionero de los nuestros en pactar con la tirana payola. No obstante, todavía era la hora en que el caraqueño a todo lo que sonaba con acordeón, caja y guacharaca, lo encasillaba como cumbia; y aun, después que el género vallenato logró posicionarse  y circulaba de boca en boca, la palabra vallenato les seguía siendo tan advenediza que los medios impresos la escribían con  B, como para refrendar que el pez era más grande de lo que se creía.

Atodas estas,  los dos espectáculos de Maracaibo se llevaron a cabo bajo una inusual expectativa y buenos resultados económicos; pero antecedidos de una marcada  incertidumbre que  estuvieron a punto de ser cancelados. Todo, por la aversión congénita de “Colacho” Mendoza a montarse en un avión. Se le había comunicado que el conjunto se trasladaría por tierra hasta Maracaibo, pero hacia Caracas deberían tomar un vuelo. No era la primera vez que “Colacho” se resistía, ni sería la última que Diomedes le soportaba esos resabios. Más bien esos desplantes eran maquillados con humor oportuno, para luego festejarlos en un ambiente de parranda.

 En el afán de salvar con las mejores armas el compromiso adquirido para Venezuela, se empezó a barajar el reemplazo de “Colacho”; tarea no tan fácil para esa época, ya que los acordeoneros cinco estrellas eran escasos, y de paso, estaban atados a obligaciones serias con sus respectivas yuntas.

 Fue “Tito” Castilla, cuñado y compadre de Diomedes, aparte de su  cajero oficial por más de 30 años, quién desenredó la madeja. En medio de  aquella encrucijada se le ocurrió postular como alternativa a Álvaro López, hijo de Miguel, quien era la cabeza visible de la dinastía Los López. Diomedes, sin hacer comentarios, giró instrucciones en el acto para localizar lo antes posible a Alvarito. Se delató, porque su rostro se iluminó como solía hacerlo, cuando lo abrazaba una estupenda idea, para dar a entender  que estaba más que complacido con el candidato de “Tito”. Conocía suficientemente los atributos y recursos de Alvarito en el manejo del acordeón; y, lo otro, era que mantenía una deuda moral con los Hermanos López,  por ser estos  el conjunto que le brindó la primera vitrina  para  exhibir  su talento. Alvarito que había ganado dos festivales vallenatos en diferentes categorías, no había grabado todavía, ni pertenecía de manera formal a ninguna agrupación. Las presentaciones en Venezuela marcaron su debut como profesional.

Un día sábado, a mediados del mes de junio de aquel mencionado año 81, después de sus cumplir los compromisos en Maracaibo, arribó Diomedes a Caracas. El hotel donde se hospedó junto a su manager y acordeonero fue el Anauco Hilton, ubicado en el complejo urbanístico del Parque Central.

Isaías Molina, sobrino de Aquiles, se desempeñaba como representante de ventas para la misma compañía que trabaja su tío. Tenía una camioneta de ocho pasajeros, tipo Jeep Wagoneer, modelo reciente, oportunidad esta para que su tío le  encargara la tarea de movilizar  a Diomedes y su séquito en su corta estancia  por Caracas.

Isaías, con quien trabé una breve pero buena amistad en Caracas, hasta perder su rastro hace unas tres décadas, sabía de mi vocación musical e inclinación compulsiva para husmear algunas novedades del  folclor. Tal vez por esto Isaías no sólo se conformó con haberme mantenido al tanto de la llegada de Diomedes, y darme a conocer los pormenores relevantes de su presentación, sino que me sorprendió el mismo sábado en que arribó Diomedes a Caracas con una invitación para un sancocho, cuyo invitado de postín era el cantante. Se había planificado para las horas de la noche en el apartamento de un comerciante guajiro de apellido Daza, ubicado por los lados de la Avenida Morán, un sector popular al oeste de la ciudad capital.

Llegamos al sitio como a las 7 de la noche. No habíamos más de 15 personas allí. Al primero que me presento Isaías fue al anfitrión, y luego a su señora esposa. Diomedes se encontraba sentado en un rincón de la sala sentado en una pequeña poltrona, con las manos entrelazadas a la altura del vientre y una pierna encima de la otra. Lo notamos algo distraído. Al llegar ante él para los protocolos de presentación, se levantó, sonrió y con un tosco movimiento nos extendió la mano derecha sin pronunciar palabras. Estaba vestido con una sencilla camisa floreada y un  jean azul. Cero prendas llamativas en su cuerpo. El escaso murmullo de los presentes lo contrarrestaba, a bajo volumen, una grabadora gigante, con el audio de La Locura. Más demoraba en finalizar el casete de  un lado, que en voltearlo para el  otro.

 Nuestra suspicaz mente juvenil y rochelera nos hizo imaginar, tratándose del ilustre invitado, que lo del sancocho era un disfrazado pretexto para darle paso a  una animada parranda. Pero que va. Del conjunto de Diomedes el único que lo acompañaba en aquella invitación era su manager Dago. En síntesis, la atmósfera  que se respiraba en aquel  modesto hogar, no pudo ser otra que la de un tradicional compartir familiar. Pero en buena hora, porque ese detalle fue la sazón para que, sin incomodidad, se desarrollara una entretenida tertulia.

Si tuviésemos que hablar con la verdad, y resaltar las imágenes secuenciadas que se vio del comportamiento de Diomedes aquella noche, diríamos que no percibimos el más insignificante gesto de disgusto, ni ninguna frase destemplada por parte de él, como para hacernos pensar que no se encontraba feliz y reconfortado de aquel humilde agasajo, el cual le brindaba unos modestos paisanos. Tampoco hubo pregunta que evadiera, y que él no respondiera con entusiasmo y disposición dentro de  su limitado lenguaje coloquial. Por el contrario, a medida que avanzaba el conversatorio, como si una mano mágica le dieran cuerda, sus relatos resultaron más apasionados; es más, dictó catedra de buen interlocutor. Nos habló de su familia, del accidente donde perdió la vida su tío Martín Maestre, de sus primeras composiciones… y hasta nos cantó a capella un merengue que había compuesto recientemente, dedicado a su padre, canción que a los pocos meses la escuchamos grabada con el nombre  A Mi Papá.

 Es difícil medir con precisión la personalidad avasallante de alguien con quien  apenas se ha compartido un par de horas. Pero esto no nos priva de esbozar  mediante una  sutil reflexión,  la sensación que flotó para nuestro nuestro punto de vista, el talante de un muchacho simpático, que ya era considerado un fenómeno dentro del mundo vallenato. Bastó con escuchar su proyecto de vida, palpar la energía que transmitía y dejara entrever el grado de exaltación e intensidad con que se entregaba, al hablar de su pasado y presente para ratificar que estábamos en presencia de un ser iluminado. Otro detalle que nos descrestó a vuelo de pájaro fue, ver como con su visible humildad administraba tan bien su fama, que mas bien pareciera que él mismo tratara de  derrumbarla.

No fue sino hasta que sirvieron el sancocho, el cual Diomedes apenas si probó, para percatarnos que no era ningún tic nervioso el que lo aquejaba, cuando lo veíamos con cierta frecuencia sobarse la  barriga. El mismo confesaría que, después que almorzó en el hotel, le sobrevino un rebote estomacal acompañado de un persistente dolor. No había querido confesar nada. Se le consiguió un Alka Seltzer con limón. Su preocupante salud  trajo como consecuencia que se arruinara el entretenido sancocho. Hubo consenso para retornarlo a descansar al hotel.

En el trayecto hacia el hotel parece que se agigantó su malestar, por lo que  Aquiles, mortificado, sugirió llevarlo mejor a un centro médico .En este caso fue al Hospital Vargas, en una zona central.

        – Si mamá Vila estuviera aquí para que con sus benditas manos   me masajeara la pipa, no habría necesidad de médico – dijo con  resignada melancolía.

En el hospital, después evaluarlo se le diagnosticó gastritis aguda. Para calmarle el dolor le inyectaron un analgésico. De medicina lo único que le recetaron fue Maalox, un antiácido muy comercial que también servía para combatir el dolor. En una farmacia frente al hospital le compramos un blíster, se lo dimos y, a punta de saliva ya se había tragado una, cuando tuvimos que advertirle que no eran ingerirlas enteras, sino  masticadas. Al masticar  la segunda, dijo que sabían a leche cortada de cabra, pero que las próximas las iba a pasar con café.

Con un mejor semblante, ahora sí, rumbo al hotel, que quedaba a pocos minutos del hospital. Quien rompió el momentáneo silencio durante el trayecto fue Diomedes, para contarnos una anécdota recién sacada del horno. Dijo, que la enfermera morena que lo inyectó, al momento de solicitarle algunos datos personales le preguntó a qué se dedicaba:

  • A veces me rebusco cantando – respondió entre labios.

 Curiosa, la enfermera le vuelve a preguntar:

 — Qué  tipo de música cantas.  Vallenata, dijo con altivez y sin pensarlo Diomedes.

  – Con qué se come eso- . Le preguntó con sonrisa intrigante la enfermera.

     – Si quieres saberlo, te invito mañana a un toque que tengo-, respondió Diomedes.

     – Magnífico –  repuso con picardía la enfermera. Pero primero tienes que pedirle permiso mi marido que es policía.

      – Como no  muy seguro el baile… y para  no quedarte mal, mejor te lo digo enseguida. Respondió gagueando y nervioso Diomedes.

      – Eso se come, con acordeón, caja y guacharaca. Sentenció                  

La Urbanización  de clase media, El Paraíso, fue hasta hace algunos años un privilegiado  lugar residencial de Caracas.  Su fácil acceso a las autopistas para comunicarse con otros sectores, y su cercanía con el centro de la ciudad la hacían apetecible para vivir. Aparte de contar con 2 universidades, buenas instituciones educativas, y un estadio, en varios recodos de la urbanización construyeron una docena de Clubes Sociales, pertenecientes a varios gremios empresariales y a sindicatos. Uno de aquellos fue El Club Bancario. Este sería el sitio escogido para la regia presentación de Diomedes aquel remoto domingo de junio.

La promoción del espectáculo no fue radial, sino que se hizo mediante volantes de persona apersona, afiches pegados en sitios visibles de algunas zonas neurálgicas por donde se movilizaba un grueso de la colonia costeña y, en  tres emblemáticas disco-tiendas, especializadas en música del Caribe colombiano; ubicadas, una, al este de la ciudad, Musical las Vegas; otra en el ombligo de la ciudad-Chacaito-, de nombre Discolandia y la tercera al oeste, Discos El Metro. Estas tiendas también fueron las encargadas de vender la boletería.

 En los días previos a la presentación de Diomedes, conocí por intermedio de un amigo a una esbelta paisana sabanera. Me manifestó su deseo  de ir a conocer al artista. Como era la primera vez que saldría con ella, le di el visto bueno; ese detalle me obligo ir para la fiesta  en mi propio cacharrito.

El horario que había establecido las autoridades municipales, debido a ciertas ordenanzas de convivencia, era que  dichos eventos no podían extenderse más allá de las 11 de la noche; razón por la cual el baile lo habían programado a partir de las 5 de la tarde hasta la hora señalada.

Llegamos al sitio como a las 4:30. Las calles aledañas estaban colapsadas por la gran  cantidad de vehículos estacionados, incluso, hasta en las aceras; esto  me obligó a parquear el mío a cuadra y media del club. Aguardamos afuera. Cada 10 minutos entraba y salía del club Aquiles,  en actitud nerviosa y con una mirada escrutadora hacia la distancia. No era para menos, la noche anterior lo dejó caviloso la salud de Diomedes. Pensando en el evento, de no mejorarse este, las consecuencias para él serían impensables. Hasta esa hora, Aquiles no sabía de él ya que desde muy temprano le había tocado solucionar un impase con la permisología del espectáculo, y el resto del día en poner a tono todos los preparativos de club. Encomendó a Isaías para hacer las averiguaciones de rigor y, si no había novedad, trasladar a Diomedes hacia  el club lo antes posible

 Nos tocó, igual que Aquiles, seguir esperando impacientes a que llegara Isaías con Diomedes. Isaías  me había prometido no sólo el pase de cortesía para entrar, sino compartir su mesa. El resto del conjunto, los instrumentos musicales, sonido  y los mesoneros ya se encontraba dentro del club.

 El Club Bancario, con un aforo para unas 300 personas, estaba rebosado por otras 100 adicionales. Alrededor de la entrada deambulaban unas treinta  personas, tal vez dudando para entrar, o con la simple intención de conocer al cantante.

Faltando como diez minutos para las 5 p.m., reventó la piñata. No sólo le volvió a llegar el alma al cuerpo de Aquiles, sino que nosotros  ganamos el año. A unos cincuenta metros divisamos a Diomedes que venía caminado rápido, seguido a pocos pasos por Isaías, Alvarito y  una mujer de media edad. Diomedes esta vez se mostró vestido con un conjunto  tipo safari, de color caquiclaro. Con ademanes de torero novato, saludó fugazmente  a unos cuantos seguidores. A juzgar por la escena vivida y su singular compostura, diríamos que sólo le faltaba una biblia en la mano para parecerse a uno de esos predicadores evangélicos que frecuentan las plazas públicas. En la próxima media cambiaríamos de opinión.

 Todavía afuera, nos reconoció al saludarlo. Ocasión que aprovechamos para preguntarle cómo había seguido con su salud. Su respuesta fue una clásica perla, sacada de su original cantera:

  • Bueno, a pesar de haber pasado toda  la noche haciendo más fuerza para escupir que para cagar, me siento mejor; y, espero que luego  unos whiskycitos me terminen de remendar -.Dijo al natural.

 Debutó con la canción  La Juntera y cerró su presentación  con Para mi Fanaticada. No sabemos si fue fortuita o deliberada la elección dentro de  su extenso repertorio estas dos canciones; pero dicen por ahí, que los hombres románticos a quienes los ha arropado la fama, permanentemente evocan a su patria chica y también viven agradecidos de aquellos quienes los han encumbrado.

Con la seguridad del que desafía a una bestia indomable, se  subió a la pequeña tarima para deshilachar sin piedad emocional, canción por canción. Nada de histeria, ni público enloquecido. El único que transmitía euforia era él con sus cantos y movimientos circenses. Ensimismado en sus recitales, cada vez que le tocó subirse a la tarima no perdió oportunidad para repartir sus acostumbrados saludos a cuanto conocido veía en medio del show; algunos de ellos, agradeciendo el cumplido coreaban sus canciones. Sudaba copiosamente, pero cada gota de sudor era como energía divina que se apoderaba de su ser para entregar en cada verso, en cada estrofa, en cada canción, su alma y su encantador mensaje musical.

Estuvimos con él compartiendo la misma meza  todo el baile. Alternó su presentación con una miniteca – picó – Cantó 3 tandas de seis canciones las dos primeras, y la última de siete. En los descansos, cuando los necios o borrachitos lo permitieron, dialogamos de temas domésticos y variados.

Pero toda fiesta por muy glorificada u opaca que sea, tiene que acabar. Llegaron  las 11 p.m. Momento de la partida y despedida. Habíamos consumido cuatro botellas de whisky Old Parr. De la última quedaban unos tres dedos. Vació un poco de su contenido en un vaso desechable y luego me alargó el resto de la botella en señal de regalo. De momento interpreté esa acción, decodificando secretos guajiros, que era una manera de decirnos, que no nos  olvidáramos de un amigo agradecido ni del momento vivido. Pero cuando más tarde vi que mi pareja con aire furtivo y sin desparpajo se embarcó con él, cambié de parecer. Entonces me dije que aquella ración de María Namén-Old-Parr, que con sonrisa me regalara, era más bien una manera de resarcir su pilatuna. Pero más nunca me encontré con él para agradecerle en el alma, que su  travesura artística me haya librado a futuro de una pesadilla romántica; ya que en los próximos meses vi a la susodicha amiga engolosinada con el mismo formato, una vez con Poncho Zuleta,y la otra con Jorge Oñate, en espectáculos bailables diferentes.

 Pero la anécdota  para celebrar con decoro y sin furia, y que me conduce como un rayo nostálgico a aquella fecha inolvidable, me sucedió diez minutos más tarde cuando fui a tomar mi carro para marcharme para mi casa. Habían abierto el maletero del carro y  se habían llevado la llanta de repuesto, el gato y un lote variado de unos 100 casetes piratas, made in Maicao, que se encontraban dentro una caja. Lo que no me gustó de esa fechoría fue que el ladrón debió ser un melómano especializado; porque de los pocos casetes que quedaron regados en el maletero del carro la mayoría  eran de Diomedes, y de otros artista vallenatos.

Otrosí.- Se cumplen 40 años de la primera vez que Diomedes pisó tierras caraqueñas. Como artista consagrado la visitaría media docena de veces más; y encada una de sus presentaciones, de manera escalonada, se fue notando la progresiva expansión tanto de los escenarios que frecuentó como de su fanaticada. El último de sus conciertos, fue en el estacionamiento del emblemático recinto de espectáculos, el Poliedro de Caracas, donde hubo esa vez desmanes y hasta heridos. En esa ocasión no asistieron solamente aquellos 400 paisanos que albergaba el Club Bancario, en su mayoría costeños, sino que esta vez fueron no menos de 25.000 seguidores, provenientes de una media docena de países a rendirles tributo y admiración.

No entendemos, ni tampoco es la intención de usurpar terreno del psicoanálisis, para dar con la causa de la metamorfosis que sufrió Diomedes, cuando dio un giro dramático a su existencia muchos años después. De aquella imagen de muchacho extrovertido, austero y moderado que apreciamos aquella noche del sancocho, a verlo  inmerso en un mundo licencioso; preso sin remedio en un ambiente de banalidad y de disipación, la brecha fue enorme.

Para lo que si no necesitamos lupa, por sobrada evidencia, es para aceptar que murió siendo el máximo representante de la casta vallenata. Alcanzó el gran fervor de sus seguidores, sin más ínfula ni prebendas, que haciendo lo que más amaba, cantar. Su fanaticada así lo entendió, y por eso lo idolatró; tanto, que hoy  van  a su tumba en romería a pedirle milagros. Lo que se traduce, que de leyenda, su figura está a un paso de convertirse en mito.

 Por convicciones musicales, somos más  zuletista, que diomedista. Pero cuando alguien en su desenfreno me pregunta que opino de Diomedes, le respondo a lo A. Einstein, cuando un periodista lo abordó para preguntarle  que pensaba del genial músico J.S.Bach:

  • Escuchadlo, interpretadlo, veneradlo y callaos la boca!.

ALFONSO OSORIO SIMAHÁN

‘EL CACIQUE DE LA JUNTA’, DIOMEDES DÍAZ, ES DE LA PEÑA

En La Junta no hay familia de Diomedes Díaz, dicen sus parientes
Por Noralma Peralta

«La gallina de Ramona,
la gallina de Ramona
que gallina tan traviesa…
No puede ver mi paloma,
no puede ver mi paloma,
porque no la deja quieta…
«
. (Shio shio de Víctor Moreno).

“En La Peña mataron un chivato, en La Peña mataron un chivato y Cele no pudo comé, ¡vaya! ¡vaya!” cantaba un verso inconcluso en medio de una melodía complicada, el ‘Cacique de La Junta’, Diomedes Díaz, en una de las pocas presentaciones que hizo en Riohacha, desde que aquí vivo. Sin saber cómo continuar el verso soltó la risa.
“Jajajajaja, Celedonia dame razón de José”. Saludó refiriéndose a papá Juancho, a quien Diomedes nunca le dijo Juan, sino su segundo nombre y sin tilde.
El lugar estaba atiborrado de gente, aún no sabemos cómo alcanzó a ver a ‘Mamá Cele’, que había venido de Albania por insistencia de sus hijas, las que vivíamos en Riohacha, era una sorpresa de cumpleaños, llevarla a ver a su ídolo de todos los tiempos.
‘Mamá Cele’ levantó la mano como las reinas y desplegó su sonrisa enorme y bonita, ‘El Cacique’ hizo lo mismo. Al final de la tanda, teníamos a Diomedes y a Juancho, sentados en nuestra mesa, en la que terminaron sentados Humberto Rois, tío de Juancho, gran amigo de la familia y otros sanjuaneros. Felices departíamos entre paisanos y amigos.
Para el resto de los asistentes se trataba de las dos más grandes lumbreras de la música vallenata del momento y creo no mentir, si digo que lo son hasta el día de hoy, aunque en paz descansan.

No obstante, para ‘Mamá Cele’ eran Juancho ‘El nieto de Rosa María’, al que en ocasiones veía llegar o salir, o le escuchaba tocar el acordeón, mientras le despachaban en el depósito de su bien querida amiga cuando iba a hacer las compras para surtir la tienda ‘Dios Verá’ en La Peña.

Elvira y Rafael

Rafael María Díaz Cataño nació y fue criado en La Peña y Elvira Maestre Hinojosa, en Carrizal, según afirma Rafael Patricio.

Entonces, ‘Juancho’, era un pelao’ que aún no grababa. Y ‘Diome’, el de Rafa y Vila (Mamá Vila desde la novela de Diomedes), el pelao’ que vio crecer en La Peña en los brazos de Elvira, luego jugando en calzoncillos, al lado de Rubén, Benedicto, Rafael Patricio y Santo, o echando el ganao’ y los burros al potrero cuando estaba más grandecito.
Siempre le escuchaba a ‘Mamá Cele’, a ‘Papá Juan- cho’ y a mis tíos referir anécdotas de Diomedes recién nacido o pequeño, cuando vivía en La Peña. Sin embargo, no se le llamó ‘El Cacique de La Peña’, sino de La Junta y según los registros memoriales de mis mayores, “Diomedes no vivió ni un solo día de su niñez o adolescencia en La Junta, hasta que se casó con Patricia Acosta y se hizo famoso, que llegaba a pasarse días en la casa de sus suegros, como visita. En La Junta no hay familia de Diomedes Díaz, pues su padre Rafael María Díaz Cataño fue nacido y criado en La Peña y Elvira Maestre Hinojosa, en Carrizal”, afirma Rafael Patricio, mi tío.

¿Cómo se dio esa relación La Peña – Carrizal? “No, el viejo ‘Rafa’ no tuvo que ir a Carrizal, Elvira vino a La Peña. Resulta que Graciela ‘Gache’ Maestre Hinojosa, hermana de Elvira, se casó con Víctor Urrutia Cataño, de La Peña. Elvira venía a visitar a ‘Gache’ y ahí se enamoró Rafael María de ella, se casaron y vivieron en La Peña, pero frecuentemente iban a visitar a la familia de Elvira en Carrizal. Es más, cuando Elvira estaba embarazada de su primer hijo (Diomedes), ya saliendo de cuentas, fueron a visitar a los viejos y como primeriza a recibir los consejos de su madre, sin saber que ya no podría regresar a La Peña, pues los dolores de parto llegaron estando en carrizal y allí no solamente dio a luz a su “muchacho” sino que pasó la cuarentena posparto bajo los cuidados de sus mayores”. Me relata ‘La Seño’ Fénix de Jesús Arocha Cataño, historiadora de La Peña.
Pasados los 40 días y un poco más Rafael María regresó con su esposa Elvira a La Peña donde vivieron unos 9 o 10 años más, allí nacieron tres de sus hijos: ‘Rafita’, ‘La Chama’ y Gloria. Rafael María era un gran señor, prudente, de trato suave, buen amigo. Después de la muerte de Rafael Antonio Cataño Lacouture, su papá, creció con sus hermanos mayores: Rosario ‘Tito’, Juan Félix, Rafael Antonio, Otilia, Sara Helena, y Marcela ‘Chela’ Mejía, eran Mejía por la misma razón que el viejo ‘Rafa’ era Díaz, no eran hijos de la esposa, el señor Rafael Cataño al fin se casó con doña Delfina Fuentes, pero no tuvieron hijos. Afirma ‘La Seño’ Fénix.

Casa en La Peña, donde vivían Rafael, Elvira y sus 4 primeros hijos antes de irse a vivir al municipio de Villanueva.

“Rafael Antonio Cataño Lacouture era nieto del Francés Hugues Lacouture Cevene, que viene a ser el tatarabuelo de Diomedes, o sea que de no ser por esa costumbre antigua que los hijos naturales (fuera del matrimonio) se registraban con el apellido de la madre, Diomedes habría sido Diomedes Lacouture Maestre”. Aclaraba ‘La Seño’ Fénix.
“Diomedes creció en el barrio El Machín, en la casita de bahareque, de puerta azul, que estaba al lado de la casa de la señora Sara Helena Mejía y el señor Luis Cataño, ¿te acuerdas? La señora Sara era herma- na de Rafael María, o sea, tía de Diomedes”, aseveró la historiadora.
Rafael María tenía una cantidad considerable de ganado de todo tipo vacuno, ovino, caprino, caballar y buenas tierras, era dueño de Los Moritos y Las Tablitas, vivían tranquilos. El señor Luis ‘Manquito Luis’ Murgas, el fotógrafo que nos tomaba las fotos los 19 de julio, ¿te acuerdas? Bueno, él entusiasmó a Rafael María para irse a vivir a Villanueva, y como su familia materna es de allá, su mamá era familia de Carmen Díaz, la mamá de los hermanos Zuleta.
Se fue. Rafael María ven- dió todos sus animales y se fue a probar suerte a Villa- nueva. Allá nacieron los demás hermanos de Diome- des, que dicho sea de paso, los vinieron a bautizar a La Peña, de modo que los hijos de Rafael María Díaz Ca- taño fueron bautizados con padrinos peñeros.

La Peña,corregimiento de San Juan del Cesar, La Guajira.

La madrina de Diomedes Dionisio fue su tía Rosario ‘Tito’ Mejía, hermana de Rafael María. Allá en Villanueva le fue mal, así que vendió las tierras que tenía en La Peña. Por esa razón, digo yo, que cuando decidieron venirse de Villanueva, no se volvieron para La Peña, sino que pasaron derecho para Carrizal, donde estaba la familia de Elvira; también porque tú sabes que las mujeres jalamos para nuestro lado. En Carrizal compró unas 10 hectáreas de tierra, construyeron su casa, que es donde está ahora el museo de Diomedes”, relató ‘La Seño’ Fénix.

Noralma Peralta

Cuando Diomedes Díaz le rindió un homenaje musical al viejo Rafael María

Crónica

-Hace siete años, ‘El Cacique de La Junta’ se despidió de la vida dejando un alto registro de canciones grabadas con los más grandes acordeoneros, diversas exaltaciones y reconocimientos, una inmensa fanaticada y la bella canción dedicada a su papá, Rafael María Díaz-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Diomedes Díaz Maestre, 26 de mayo de 1957, La Junta La Guajira (Colombia) 22 de diciembre de 2013 (56 años) Valledupar (Colombia)

A Elvira Antonia Maestre Hinojosa, ‘Mamá Vila’, como la llaman sus nietos, por estos días la visita la tristeza con mayor fuerza porque recuerda la muerte de Diomedes Díaz, su hijo mayor, ese que prometió regalarle el mar con todos los elementos en su interior. En esas añoranzas, también ingresa su amor eterno por Rafael María Díaz, el hombre con quien tuvo 10 hijos.
A pesar de mostrar un rostro sereno, y siendo dueña de pocas palabras al nombrar a Rafael y a Diomedes, siempre ha destacado que esos dos hombres fueron la columna vertebral de ese hogar que se sostuvo en medio de múltiples necesidades, pero añorando mejores días en aquel Carrizal del ayer.
Ella, poniendo su pensamiento en fila anotó. “Diomedes quiso bastante a Rafa, y lo definió como un hombre sano y su gran ejemplo”.
Rafael María, ese viejo querido que nunca se cansó de trabajar para sacar adelante a su numerosa familia murió el 14 de septiembre de 2007, cuando contaba con 77 años, y siempre le brindó a su primer retoño la mayor enseñanza, su amor al trabajo y su gran cuota de humildad.
“Ellos, se llevaban sumamente bien y durante los últimos años siempre que se encontraban, se abrazaban y hablaban, principalmente de aquellos primeros años de largas faenas, de necesidades y de la numerosa familia”, expresó Elvira.
Seguidamente declaró: “Los dos eran del alma buena”… Y si una esposa y una madre lo dice, es verdad, porque el corazón no miente, y los ojos son testigos de esas proezas del destino.

Canción pa’ Rafael María

Todo ese amor entre padre e hijo se notó en el merengue ‘A mi papá’, donde Diomedes con la memoria fresca hizo un repaso por la vida del hombre que cosechó en tierra fértil para que él viniera al mundo.

Voy a componé un merengue
pa’ cantáselo a papá,
un hombre que vive allá
cerca de la población.
Ese que con su sudor
me dio el tamaño que tengo
y el hijo le salió bueno
y ha sido un ejemplo de él,
y ojalá que puedas ver
tu recompensa mi viejo.

En la extensa canción que él grabó en el año 1981 con el acordeón de Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza, reflejó la esencia del campesino trabajador, del hombre humilde, prudente, silencioso y, a quien el tiempo siempre le daba la razón.

La Junta es un bello pueblo
adonde nació Diomedes,
donde to’ el mundo lo quiere
y me aclaman cuando llego,
pero todo esto se debe
al ejemplo de mi viejo.

‘Mamá Vila’ se la pasa añorando aquella época donde la vida era sana, donde todos se querían como hermanos, y la maldad no tenía espacio. “Éramos una familia unida y contábamos con el cariño de todos. Después Diome, ayudado por mi hermano Martín, quien era acordeonero y compositor, comenzó a cantar, pero sin pensar que iba a ser el mejor. Sí, el mejor”. En ese momento sonrió levemente.

La presentación…

El viejo Rafa, quien era un hombre calmado, sencillo, común y corriente, cierto día fue invitado por su hijo a una de sus presentaciones, como nunca lo había hecho.
Esa fue la ocasión para testimoniarle en público su amor, su admiración, su respeto y su sincero agradecimiento. En las imágenes quedaron esos momentos cuando lo abrazaba y le cantaba, teniendo la compañía del acordeonero Juancho Rois.
Rafael María apenas sonreía, porque no estaba en sus terrenos, que eran el campo o el patio de la casa, donde debajo de un palo de limón solía sentarse en un taburete por largas horas a cuidar sus gallos y a ‘Pachito’, un mico travieso. Así le daba oficio a las horas que no se quedaban quietas.
Diomedes, además de repetirle en vivo y en directo la canción ‘A mi papá’, lo hizo con ‘Mi muchacho’, dedicada a su hijo Rafael Santos.

Ese muchacho que yo quiero tanto
ese que yo regaño a cada rato,
me hizo acordar ayer
que así era yo también cuando muchacho
Que sólo me aquietaban dos pencazos
del viejo Rafael.
Y se parece tanto a papá, hombre del alma buena.

En ese encanto del canto Diomedes volvía a recordar al viejo que tenía a su lado, y quien fue su gran fortaleza para avanzar en la vida.

Yo aprendí a trabajar desde pela’o
por eso es que yo estoy acostumbra’o
siempre a vivir con plata,
y con toda la plata que he gana’o
cuantos problemas no he soluciona’o,
pero nunca me alcanza
pa’ pagarle a mi viejo la crianza
que me dio con esmero.

En esa ocasión quedó en el pentagrama del corazón el testimonio que un padre recibió de pie la mayor descarga de emociones por parte de su hijo, quien encontró los más bellos versos para subirlo al inmenso pedestal del amor.

Pidió perdón a su papá

Cuando los sinsabores de la vida tocaban fondo, y las adversidades se le atravesaban en el camino, Diomedes Díaz hizo un alto y le volvió a poner oficio a su memoria. Con la sinceridad a flor de piel, plasmó un canto pidiéndole perdón a su amado padre.

A mi papá, que fue el que me crió le pido perdón
porque él debe de estar extrañado y la vieja mía,
con tanto esfuerzo que ellos me dieron la educación
y hoy me da pena que estén sufriendo por culpa mía.

En aquel instante, ‘El Cacique de La Junta’ buscó las mejores palabras donde el arrepentimiento estaba en primera fila. De esta manera, le dedicó la canción titulada ‘El Perdón’.

Papá, tú debes saber que entre el bien y el mal
circula el hombre y Dios a su modo de ver prueba
al hombre también con tentaciones,
porque es posible que un hombre sano se vea enredado
en un problema, me les explica a mis hermanos
y nunca dejes que no me quieran.

En Barranquilla, dos años después de fallecer su padre Rafael María Díaz Cataño, quien era hijo de Rafael Cataño y Avelina Díaz, pero se quedó con el apellido materno, lo volvió a recordar con un verso:

Canto y rezo una oración
ay, por medio de mi canto,
y como es un verso santo
lo digo de corazón, quien lo tenga vivo,
un abrazo, quien lo tenga muerto, una flor.

Elvira Antonia Maestre Hinojosa, ‘Mamá Vila’, madre de Diomedes

En ese lapso de la añoranza apareció la canción ‘Hijo agradecido’ con la que Diomedes Díaz participó en el año 1976 en el Festival de la Leyenda Vallenata, ocupando el tercer puesto.
En ella el joven compositor reconoció todo el sacrificio que hicieron sus padres para sacarlo adelante al lado de sus hermanos. Esa vez, tenía 19 años, y cantó.

En el mundo no hallaron un obsequio material
para poder pagar a mi padre y a mi madre,
al instante recuerdo y siento ganas de llorar
al pensar que aquellos tiempo que lucharon para criarme.

Con la inspiración a toda vela iba contando en el canto esa experiencia vivida donde diversas necesidades planteaban alternativas para salir adelante y sus viejos eran el más preciado tesoro.

Todo esto es imposible porque no hay con que pagar
esta sencilla crianza que le dan a uno sus padres,
que cuando estas pequeño te enseñan a trabajar
para que cuando ellos mueran se defienda uno más tarde.

Rafael María Díaz y Diomedes Díaz Maestre

El viejo Rafa, así lo ratificó Elvira Maestre, fue ese padre donde jamás hubo distancias, cosas inalcanzables y no existió la palabra imposible.
Al dar ese concepto llegaron a su rostro muchas lágrimas y ninguna de ellas trajo el consuelo que necesitaba para no continuar naufragando en el dolor por la partida de Rafael y Diomedes, esos seres pegados a su alma.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

Diomedes Díaz puso a Colombia a prender velitas

Crónica

-Desde hace 27 años ‘El Cacique de La Junta’, al lado de Juancho Rois, le pusieron un nuevo vestido musical a la canción ‘Las cuatro fiestas’ del compositor Adolfo Echeverría-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Corría el final del año 1993 cuando Diomedes Díaz al lado del acordeonero Juancho Rois, aparecieron en la producción musical ‘Fiesta Vallenata’ con la canción ‘Las cuatro fiestas’ de la autoría del compositor barranquillero Adolfo Ernesto Echeverría Comas, causando la mejor sensación.
Estos artistas guajiros le pusieron un nuevo ropaje musical logrando que 27 años después siga sonando, y sea la más cordial invitación al acto popular de prender las velitas e irse de largo a celebrar el año nuevo y los carnavales.

Que linda la fiesta es
en un ocho de diciembre
al sonar del traqui traqui,
que sabroso amanecer.
Con ese ambiente prendido
me dan ganas de beber.
La pascua que se avecina
anuncia la Navidad,
un año nuevo se espera
que dan ganas de tomar.

Esta canción fue grabada el domingo tres de septiembre del año 1961 en la voz de la cantante Nury Borras, acompañada del cuarteto que integraban el guitarrista Ángel Monsalvo, el baterista Rafael Guardo, el bajista Eugenio García y el clarinetista Alex ‘Muñecón’ Acosta.

Adolfo Echeverría, autor de la canción ‘Las cuatro fiestas’

Precisamente el compositor Adolfo Echeverría, quien nació el tres de septiembre de 1932 y murió el 20 de diciembre de 2018, contó en su momento la manera como grabó ese obra insigne del folclor colombiano.
Él vendía ropa, pero tenía una cantidad de composiciones y decidió con sus propios recursos grabar una de ellas, ‘Las cuatro fiestas’, con la finalidad de tratar de mejorar su situación económica.
Es así como invirtió sesenta pesos y comenzó su inédita aventura al tener la cinta en sus manos que era su cédula musical.
Con todo el optimismo viajó a Medellín con su maleta llena de esperanzas y su gran tesoro, pero no fue acogido por las disqueras entregándole diversos argumentos que no era lo mejor.
Se regresó para Barranquilla, trayendo en su mente otro proyecto que consistía en plantearle al empresario Mario Ochoa, propietario de una discotienda para que le pagara el prensaje de 50 discos de 78 revoluciones.
Esta vez, le sonó el clarinete y comenzó el proceso que arrojó el más grande resultado porque en aquella ocasión llegaron a vender más de cinco mil copias.
Adolfo, entusiasmado porque Dios le sonrió con ‘Las cuatro fiestas’ se alegró más porque las emisoras comenzaron a programarla.
Desde ese momento mejoró su situación económica y sus canciones comenzaron a ser grabadas por diversos artistas y agrupaciones del orden nacional e internacional.
De esa manera la canción se convirtió en éxito y con varias versiones hasta una en inglés, sobresaliendo la grabada por Diomedes Díaz.
El maestro Adolfo Echeverría en sus últimos años de vida sufrió serios quebrantos de salud, pero de la misma manera se le rindieron diversos homenajes por su invaluable aporte como cantante, compositor y precursor de la música tropical en Colombia.

Diomedes Díaz, ‘El Cacique de La Junta’, acertó al cantar las hoy famosas cuatro fiestas

Así la grabó Diomedes

Diomedes Díaz Maestre, no solamente le dio un nuevo aire a la mencionada canción de Adolfo Echeverría en la producción musical de ‘Fiesta vallenata’, que se entregaba cada año por la Sony Music, sino también lo hizo con ‘Matilde Lina’ (Leandro Díaz), ‘Vení, vení’ (Isaac Villanueva), ‘Lucero espiritual’ (Juancho Polo Valencia), ‘El muerto borrachón’ (Miguel Beltrán), ‘Color moreno’ y ‘Diana’ (Calixto Ochoa), entre otras.
La historia es como sigue. Cuando se acercaba el remate del año Diomedes Díaz en sus presentaciones solía cantar canciones de la temporada como ‘Cantares de Navidad’.
El cajero José del Carmen ‘Tito’ Castilla, cuñado de Diomedes Díaz, en una ocasión le sugirió que cantara ‘Las cuatro fiestas’ y estuvo de acuerdo.
“Cuando la escuchó dijo que esa iba para el disco de ‘Fiesta vallenata’ y habló con Juancho Rois, para que hiciera lo suyo. De ahí arrancó todo y vea que se convirtió en soberano éxito que a pesar del paso del tiempo no ha dejado de sonar”, comentó Tito.
Después citó el hecho que no estaba en el cronograma de la grabación y era incluirle un clarinete. “Llegó un músico bastante lleno de años, y nosotros decíamos, será qué ese veterano dará la talla en la grabación. El hombre nos tapó la boca porque lo grabó de una sin equivocarse. Después, supimos que era ‘Muñecón’ el mismo que había grabado la primera versión”.

En inglés

La mencionada canción se fue bien lejos porque hasta fue interpretada en inglés llevando ese mensaje musical a distintos lugares del mundo.
Lo jocoso de ese tema fue que nunca se pudo traducir la palabra “Traqui, Traqui”, que es un fuego artificial que se lanza comúnmente en el mes de diciembre durante la Navidad.
‘Las cuatro fiestas’ no dejan de escucharse, principalmente en la voz de Diomedes Díaz, porque es el hilo conductor para saber que las alegrías suenan en todos los corazones provocando esa natural nostalgia, principalmente en este bendito diciembre.

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas

Diomedes Díaz, ‘El Cacique’ inmortal

Crónica

“El triunfo de la muerte es el olvido, y con Diomedes Díaz eso no ha sucedido»: Jaime Pérez Parodi.

Por Juan Rincón Vanegas |@juanrinconv|*

«Ya regresa nuevamente el 26
día bonito que me llena de entusiasmo.
Ese fue el día, ese fue el día, ese fue el día
que a mí a este mundo me mandaron».

Aquel domingo 26 de mayo de 1957, día de San Felipe de Nerí y Santa Mariana de Jesús, nació Diomedes Díaz Maestre, en la finca ‘Carrizal’, jurisdicción de La Junta, municipio de San Juan del Cesar, La Guajira.
El mismo niño a quien el notario Nelson Urbina Daza, al llenar los requerimientos del documento en el Libro 8, Folio 525, en un lapsus escribió de su puño y letra que era de sexo femenino. Nadie se percató, y así quedó firmado por el propio notario y por Rafael María Díaz Cataño y Elvira Antonia Maestre Hinojosa, los padres del que tiempo después se convertiría en ‘El Cacique de La Junta’, como lo bautizó el cantante Rafael Orozco.

Diomedes, cuyos padrinos fueron Joaquín Elías Acosta y Amira Mejía, desde la hora de nacer llamó poderosamente la atención. Nació con los ojos abiertos entre cantos de aves y misterios de lechuzas, como lo reseña en un amplio relato el escritor Hernán Gutiérrez Hernández.
“Apúrese que la cuestión es pa’ ya» – dijo Perna Hinojosa el emisario que llevó la razón del parto de Elvira hasta el pueblo de La Peña, lugar donde esa noche parrandeaba Rafael, quien de inmediato dispuso el regreso, llevándose de paso a la mejor partera de la región, quien era bisabuela de la criatura a nacer.

En el trayecto no hubo contratiempos graves, salvo el susto colectivo ocasionado por una lechuza que se estrelló con el cuerpo de la partera la cual viajaba en una yegua mansa. Eso hizo que ella en medio de la oscuridad se involucrara en sus creencias religiosas acompañadas de hechicerías y mal agüeros. Como pudo sostuvo la rienda de la bestia con una mano y con la otra agarró el crucifijo que llevaba en una mochila junto con los elementos medicinales para el oficio. Enseguida, ordenó suspender el recorrido mientras rezaban los 15 misterios de la Virgen, después de cada Padre Nuestro y 10 Aves María.

Enseguida, continuaron el camino llegando a Carrizal donde fueron testigos del nacimiento del niño con los ojos abiertos antes de la fecha prevista.
Cuando Rafael descansó de festejar el nacimiento de su primer hijo cayó en cuenta que no había señalado la fecha correspondiente. Entonces fue al aposento y descolgó del barraganete la mochila donde guardaba un librillo en cuya portada de color ladrillo estaba estampada una foto que decía ser de un pintoresco británico llamado Bristol.

Como no sabía leer pidió a Elvira, su mujer, que marcara con anilina color rojo caoba el número y la lectura correspondiente, así como también la fase de la luna para no olvidar la fecha y festejar todos los años. “Domingo 26 de mayo, día de San Felipe de Nerí y Santa Mariana de Jesús, luna nueva, año 1957″, deletreó ella.

Decidieron entonces adelantar el bautizo y el nombre lo llevaron escrito en un cartón: Diomedes. La historia conoció al primero como uno de los héroes más importantes de la Ilíada y del ciclo troyano. Claro, eso no lo sabía Rafael, su padre, sino su padrino después de leerlo en una vieja enciclopedia”.

Así nació el hombre que marcó su propia historia cantada y que años después lleno de la más grande inspiración expresó.

Que soy un árbol de esos que nacen en la sierra
que con sus hojas se visten llenas de grandeza,
grandeza que me ha dado mi talento
caramba, para alegría de mi pueblo.

Elvira Maestre, ‘Mamá Vila’, siempre recordando a su hijo mayor

Mamá Vila

Cientos de añoranzas giran alrededor de Diomedes Díaz, pero su mamá Elvira Maestre, ‘Mamá Vila’, como la llaman sus nietos por cariño, contó detalles de los comienzos del consagrado artista.
“En esa época fue todo difícil por las necesidades que pasamos, y porque a Diome, así lo llamé siempre, le tocó trabajar desde muy niño. Después, gracias a mi hermano Martín, quien era acordeonero y compositor, fue despertando su amor por la música, y con el paso del tiempo se convirtió en inigualable. Gracias a Dios todo lo que cantaba le sonaba por todas partes. Él, de su vida no guardó secretos porque los convirtió en canciones”.

Hizo una pequeña pausa y después manifestó: “Lo de Diome fue de mucha lucha, de mucha entrega. Él, vendía limones, empanadas, tejía mochilas y su primer trabajo en Valledupar fue ser mensajero de la emisora Radio Guatapurí. Todo esto se recompensó tiempo después cuando alcanzó la gloria musical, ahora vendiendo una cantidad considerable de discos que grabó al lado de buenos acordeoneros, llenando casetas hasta llegar a ser inmortal”.

No había derecho a más preguntas. Ya lo había dicho todo al resumir en pocas palabras la vida de su Diome, un referente de la música vallenata.
A esa madre a la que el amor por su hijo mayor le sigue corriendo por las venas hay que agradecerle porque trajo al mundo a ese cantautor que alimentó por muchos años con cientos de alegrías cantadas a su fanaticada.
Ella, en su casa del barrio San Joaquín de Valledupar, no se cansa de platicar de su hijo, aquel que le expresó con toda la carga de su sentimiento: “Ay mamá, ojalá el mar fuera mío, pa’ dátelo con to’y pescao».

A la entrada a La Junta, La Guajira, tierra de Diomedes Díaz, está ubicada la estatua de la Virgen del Carmen

El milagro de la Virgen del Carmen

Diomedes Díaz, ‘El Cacique de La Junta’, logró en su fructífera vida artística grabar 455 canciones con 18 acordeoneros, entre ellas 92 de su autoría, y que nadie bailara en sus presentaciones sino que lo escucharan cantar, versear y decir sus célebres frases. Él, fue un devoto de la Virgen del Carmen, a quien nunca dejó de mencionar, venerar y hasta le hizo una petición especial.

Rosa Elvira Díaz y su hija María Fernanda

Este relato lo cuenta Rosa Elvira, hija mayor de Diomedes Díaz, quien el domingo 13 de junio de 2010 dio a luz a su primogénita.
“Cuando mi papá supo que había nacido su primera nieta se alegró y celebró. Mi niña, María Sofía, nació prematura y era tan pequeña que hasta cabía en una almohadita. Yo, vivía preocupada por su salud y mi papá ante esto me pidió que se la llevara a su casa del barrio Los Ángeles en Valledupar”.

En ese lugar estaba el abuelo tierno y noble que la tomó en sus brazos y la llevó directo al altar de la Virgen del Carmen donde se arrodilló. A la distancia, Rosa Elvira lloraba y solamente lo veía mover sus labios para pedirle a la virgen por su nieta. Pasado este hecho conmovedor se la entregó a su hija, diciéndole: “Mucha confianza, mucha confianza, se hará el milagro”.

Precisamente, el cinco de diciembre del año 2013, pocos días antes de partir de la vida, Diomedes se encontró por última vez con su nieta. Llorando la abrazó y le expresó: “María Sofía, mi linda María Sofía, a ti te salvó la Virgen del Carmen”…

Aquellos cantos

Diomedes Díaz es de los pocos artistas que narró su vida en cantos, y esa radiografía musical hizo que todos lo conocieran sin muchas veces verlo en vivo y en directo.
No hubo historia de su vida a la que no le cantara, hasta cuando su hijo Rafael Santos se dio cuenta que tenía su primera cana. La ocasión en que hacía tareas de mentira para que su papá Rafael María no le pegara. En otras ocasiones apareció como el cóndor herido que alzaba el vuelo sin rumbo fijo. En fin, fueron sus experiencias vividas, esas donde sufrió en las subidas y lloró en las bajadas.

También, una vez de allá arriba se vino en picada, pero tuvo el honor de caer en las manos de su fanaticada. Y como no recordar su tema ‘Cariñito de mi vida’, donde aquel tiempo de invierno en las montañas las cubrían las nubes en la cima, haciendo el milagro de reverdecer la sabana y colmar la fauna de alegría.

‘El Cacique de La Junta’ infinidad de veces quedó atrapado en las telarañas del amor, mostrando su corazón en versos y hasta le tocó acudir al cardiólogo para que le tomara un electrocardiograma porque lo tenía maltratado e incluso quiso trasplantárselo para que saliera más resistente al dolor.
Claro, que las serenatas nunca faltaron como en aquella famosa ventana marroncita o la dedicatoria que hizo a los que festejan sus cumpleaños para que compartieran esa gran bendición. “Y yo te vine a cantar esta canción y te deseo mucha felicidad”.

Impacto musical

Los cantos interpretados por Diomedes Díaz, comenzando desde el año 1976 hasta el 2013, no han dejado de sonar por todas partes, y hasta se presentó una exitosa telenovela donde se recreó la vida del artista.
Este fenómeno musical al analizarlo desde la lupa de la psicología tiene la connotación del gusto por lo popular que lograba unir a su fiel fanaticada, esa que nunca lo abandonó.
En este sentido el investigador, catedrático y cantautor Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, señaló. “Diomedes fue grandioso, extraordinario, fuera de serie e hizo un último trabajo discográfico en donde le dio cátedra a todos. Además, la figura que más ha logrado calar en el espíritu de la gente y el querer mismo, es Diomedes Díaz”.

Todo el fenómeno de su permanencia en el gusto popular se encierra en la frase dicha por Eneida Isabel Cuadros Solís, una veterana del folclor y fiel seguidora quien todavía y sin falta le celebra su cumpleaños en San Juan del Cesar, La Guajira. “El amor de su fanaticada por Diomedes Díaz y sus canciones sigue intacto. No baja una línea”. En aquel instante se quedó pensativa y por cada recuerdo iba arrojando una lágrima. Era claro, su rostro se pintó de nostalgia.
De igual manera, los distintos medios de comunicación al hacer reseñas del artista lo resaltan como aquel jovencito que se colaba en las parrandas y solicitaba cantar hasta llegar a estar entre las máximas figuras de la música vallenata.

Yo sabía…

Corría el año 1993 cuando Rosa Elvira Díaz viajó de Valledupar a Bogotá con la finalidad de presentar examen de admisión en la Universidad Manuela Beltrán, bajando en el apartamento de su papá. Al corresponderle ir a la cita universitaria, rezó con su papá ante la imagen de la Virgen del Carmen. Ella, se fue confiada y días después al reclamar el resultado observó que había ocupado el primer lugar.
Emocionada, regresó cuando Diomedes iba saliendo de viaje. Al verlo le dio la buena noticia. Él, muy sereno la felicitó, la abrazó, le dio un beso en la frente y le dijo: “Hija, yo sabía”…

Si, él además sabía que en la vida hay cosas del alma que valen mucho más que el dinero, que el hombre no vale por el terreno que pisa, sino por el horizonte que descubren sus ojos, que la envidia es una enfermedad como el cáncer, incurable; que llevaba en su alma prendida a toda su fanaticada y que el día que se acabara su vida dejaba su canto y su fama.
Hoy, desde el silencio de los corazones y el recordatorio de su cumpleaños, es necesario poner en primera fila aquella frase del cantor campesino que nadó contra la corriente triunfando a pesar de tantas caídas de las que supo levantarse: “Yo no sé cómo se paga este gesto tan bonito, quiero repartir mi alma y darles a todos un poquito”.

Cuando las canciones de ‘El Cacique’ inmortal se escuchan día a día con más fuerza, es preciso repetir dos frases elocuentes que calcan en toda su grandeza al hijo de Rafael María y Elvira Antonia: “El triunfo de la muerte es el olvido, y con Diomedes Díaz eso no ha sucedido», (Jaime Pérez Parodi). “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, (José Martí).
El olvido nunca estará presente en la historia de Diomedes Díaz porque se convirtió en el más grandes gestor de alegrías. Esas alegrías que supo trasmitir de la mejor manera, en dosis de cantos y versos del alma que llegaban para recordar…

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas