Alfonso Osorio Simahán *


Hay destinos que se trazan a través del fuelle y la memoria. Aunque vio la luz primera el 11 de agosto de 1953 en la maternidad del antiguo Hospital Quirúrgico —hoy Universitario— de Maracaibo, el destino de Jorge Santander estaba marcado por el mapa sonoro del Caribe colombiano. Hijo de los colombianos María Osorio Valle y José Santander Sánchez, apenas contaba con cuatro meses de nacido cuando sus padres lo llevaron de vuelta a la tierra de sus ancestros.


Se crió al amparo de la humildad en Becerril del Campo, entre el aroma del monte y el pulso de la provincia. Allí, al igual que en La Loma de Calenturas, transcurrieron sus primeros años de escuela primaria. Más tarde, la búsqueda de horizontes lo llevaría a Barranquilla y finalmente a Bogotá, ciudad donde culminó su bachillerato. Pero la música no era una casualidad en su vida: corría libre por sus venas como una herencia directa de su abuelo paterno, Luis Guillermo Osorio, acordeonero legendario y tronco familiar del cual florecería también el talento de su primo, el inolvidable Dagoberto «El Negrito» Osorio.


Antes de entregarse por entero al canto, Santander respiró el ambiente artístico desde adentro, sirviendo como empresario de grandes figuras de la época como Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Calixto Ochoa, El Binomio de Oro y Los Diablitos. Sin embargo, el llamado de la tarima terminó por imponerse.


A los veintitrés años, buscando labrarse su propio camino, retornó a Venezuela. El reloj de esta historia patria y folclórica detiene sus manecillas hacia 1978. Caracas, una metrópoli convulsa y distante del lenguaje del acordeón, vio despuntar a un muchacho de voz potente, microfónica y de matices atronadores. Era un diamante en bruto: algo desmedido en sus comienzos, pero que la disciplina, el escenario y el oficio se encargarían de pulir hasta volverlo puro cristal.


Fue en esa Caracas donde coincidí por primera vez con él. Por aquellos días, el impulso inicial vino de la mano de Libardo Pérez y sus «Sabaneros de Venezuela», una agrupación de música raspacanilla radicada en la capital. Gracias a la mediación de un acordeonero de Campo de la Cruz perteneciente a esa agrupación, Santander logró cruzar la Puerta de Oro del estudio de grabación del sello Fonodisco. El reto de entrada no era menor: grabar «Después de viejo», tema que en Colombia ya consagraban Jorge Oñate y el gran Nicolás «Colacho» Mendoza.


La respuesta del público en suelo venezolano, aunque tímida, no pasó desapercibida. Evelio Álvarez, presidente y propietario del sello disquero , Fonodisco, vislumbró de inmediato el diamante que tenía enfrente y le otorgó la oportunidad dorada de plasmar un álbum de Larga Duración (LP). Para esta faena lo unió al acordeón de Mario Carreño, «Carreñito», un muchacho oriundo de Caracolicito, Cesar. En aquel vinilo histórico, Santander inmortalizó una trilogía de obras de mi autoría, entre las que brilló con luz propia «La demala». Aquel no fue un disco cualquiera; significó el primer experimento formal de vallenato clásico y costumbrista grabado íntegramente en territorio venezolano.


La travesía continuó con un segundo trabajo discográfico para la misma casa disquera. En esta oportunidad, Santander unió su garganta al talento de Lancaster De León, respetado acordeonero de El Banco, Magdalena, interpretando dos nuevas composiciones mías.Esta producción alcanzó buena crítica y extendió sus efectos musicales por varios estados de Venezuela.
De aquella época de juventud, bohemia y carretera conservo viva una postal inolvidable. Tras una intensa jornada dominical y parrandera, íbamos amanecidos rumbo a los Valles del Tuy a bordo del campero Willys que tenía Jorge. Al pasar por los lados de Mariches, el cansancio y el sueño traicionaron al conductor; en una curva traicionera de la carretera, Jorge pisó el freno bruscamente y el vehículo volcó. Rodamos de costado unos veinte metros entre el polvo y el susto. Por pura gracia divina, la media docena de personas que íbamos apretujadas allí apenas salimos con unos cuantos rasguños.


Una vez que logramos enderezar el campero, lo primero que hizo Lancaster, aún temblando, fue abrir los estuches para revisar con devoción el estado de sus dos acordeones. Al verlo afanado examinando los pitos y el fuelle, Jorge, con una voz casi imperceptible y ahogada por la impresión, le soltó una frase memorable:
—Tú revisas los acordeones… ¿pero quién va a cantar, si las bolas todavía las tengo en la garganta del susto?


Superadas aquellas anécdotas de juventud, seguíamos abriendo camino. Eran los días difíciles de 1979. El mercado para el folclor en Venezuela era apenas un reducto estrecho y de escasa penetración. Sin embargo, estas osadías juveniles —a las que me sumaría poco después en 1980 junto al propio Lancaster con el trabajo titulado «Justo a Tiempo» — fueron las que abrieron la trocha. Fuimos nosotros, modestamente , los que sembramos la semilla para que, bien entrada la década de los 90, el vallenato alcanzara finalmente sus códigos de aceptación masiva en el país.
Fiel a su identidad musical, profundamente arraigada en la tradición del vallenato clásico e interiorano, Santander jamás dio el brazo a torcer. Tiempo después unió sus notas a la voz del acordeón de Ramón «Moncho» Vargas, logrando plasmar un trabajo que contó incluso con el respaldo en la percusión de los músicos del Binomio de Oro. Tras el lamentable fallecimiento de «Moncho», continuó la senda junto al hijo de este, Ramón Vargas Jr., cosechando un sincero reconocimiento entre los conocedores.


Los años pasaron y la geografía del país fue moldeando nuevos destinos. Santander dejó el bullicio de Caracas para afincarse en Ocumare del Tuy, dividiendo sus días entre la gestión comercial y presentaciones esporádicas. No importaba si a veces el respaldo venía de músicos errantes o instrumentos improvisados: la pasión permanecía intacta.


Con los años, su catálogo se fue enriqueciendo con trabajos y producciones que hoy reposan en las plataformas digitales como muestra de su perseverancia: álbumes como Cálidas Promesas (2004) y El Juicio Final (2009), junto a canciones icónicas de su repertorio como «El enojo», «Confusiones», «Siempre amigo» y «Mi guajirita».


El último retazo de esta crónica se escribió en Valencia. En un encuentro fortuito y cargado de nostalgia, volvimos a coincidir. El motivo de su viaje a la ciudad industrial era afinar un acordeón en el taller de Marcial Corrales, el recordado técnico del Binomio de Oro. Allí, entre notas sueltas, pitos desgastados y fuelles abiertos, se volvieron a cruzar las miradas de dos viejos cómplices que, sin pedirle permiso al tiempo, le enseñaron un día a Caracas a escuchar y a sentir el vallenato de verdad.


Hoy sabemos que la inquietud artística de Jorge Santander sigue tan viva como en aquellos años mozos. Recientemente nos había llegado noticias de su paso por Valledupar, donde había estado proyectando una nueva producción discográfica junto al gran acordeonero Franco Roy. Porque para quien lleva el folclor impregnado en los tuétanos, la música nunca es un camino que termina, sino una trocha que se sigue caminando.


Hace casi una década, atendiendo el llamado profundo de las raíces, Jorge decidió emprender el regreso definitivo a Colombia. Escogió el municipio de La Jagua de Ibirico, en el departamento del Cesar, como su nuevo hogar y centro de operaciones musicales, el lugar desde donde continuó soñando proyectos y maquetando canciones, como aquella reciente incursión por Valledupar planeando un trabajo al lado del acordeonero Franco Roy.


Sin embargo, el destino tenía señalado su propio acorde final. Tras permanecer varios días internado en el Hospital Agustín Codazzi batallando contra afecciones cardíacas, el pasado 19 de junio su voz de trueno se apagó para siempre en este plano terrenal. Nos queda el consuelo de saber que no fue una despedida improvisada, sino la partida de un juglar que cumplió con creces la misión asignada. Jorge Santander dejó sembrada una huella imborrable en la historia de nuestro folclor; una trocha que abrió a fuerza de pulmón, valentía y fe en el vallenato auténtico.


Alfonso «Poncho» Osorio Simahán 

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