Alfonso Osorio Simahán*

La reciente final entre España y Argentina se presentó ante los ojos de millones como una promesa de espectáculo brillante, cimentada en el choque generacional de dos figuras excluyentes: Lamine Yamal y Lionel Messi. Sin embargo, el desarrollo del partido dictó una sentencia muy distinta, demostrando una vez más que el fútbol es, por encima de todo, un deporte de conjunto donde la táctica colectiva puede eclipsar a cualquier individualidad.

Las expectativas puestas en Yamal y Messi eran inmensas, pero la realidad es que ambos defraudaron, al menos , en ese choque . No se vieron; esa fue la innegable verdad del encuentro. La narrativa previa al partido giraba en torno a la magia que ambos podrían aportar, pero el rigor de una final internacional terminó por ahogar sus destellos. En lugar de un duelo de genios, el mundo presenció un tablero de ajedrez donde las piezas maestras fueron neutralizadas.

Ante el apagón de las estrellas, fue España quien, como colectivo, dio un paso al frente y propuso el partido. La selección española planteó una estrategia impecable:

Presión alta y salida rápida: Asfixiaron la salida del rival, forzando el error y recuperando el balón en zonas peligrosas.

Un mediocampo acucioso: Utilizaron su arma más poderosa, una zona medular efectiva y dominante que dictó el ritmo del encuentro.

 España tuvo las mejores llegadas y las oportunidades más claras, dominando el desarrollo del juego, aunque su gran pecado fue la falta de definición.

Del otro lado, Argentina lució maniatada. El contraste estadístico es lapidario: la Albiceleste no pateó ni una sola vez al arco durante los primeros 90 minutos reglamentarios.

A nivel de espectáculo, el partido no tuvo el brillo que se le exige a una gran final. Esta carencia de emociones se hizo aún más evidente y pesada en la retina del espectador, que venía de presenciar un trepidante 6-4 en el partido por el tercer lugar entre Francia e Inglaterra.

Sin embargo, el guion del partido obliga a matizar el análisis de la postura argentina. Durante los 30 minutos del alargue, el equipo sudamericano se quedó con un jugador menos. Ante esta inferioridad numérica en la instancia más crítica del torneo, era completamente comprensible, e incluso lógico, que Argentina apelara a resistir, defendiéndose metida en su propio arco para forzar un desenlace distinto o sobrevivir al asedio. Los aplausos para Argentina no provienen de su desempeño futbolístico en esta final, sino del mérito innegable de haber llegado a ella de manera épica, demostrando el carácter competitivo que los caracteriza.

Conclusión:El fútbol rara vez sabe de merecimientos; su única moneda de cambio es el gol. No obstante, frente a la mirada de millones de espectadores que fueron testigos del desarrollo de esta final, la conclusión moral es unánime.

Si el fútbol se midiera por la balanza de la justicia, por la propuesta, el dominio y el juego colectivo, y por supuesto,el ganador de este encuentro no podía ser otro que España.

Fue el equipo europeo el que honró el juego, propuso el espectáculo y superó táctica y físicamente a su rival. Al final, el encuentro quedó como un testamento de que, aunque los nombres propios venden entradas y acaparan portadas, es el funcionamiento colectivo el que verdaderamente merece la gloria.

Berrequeque*

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