Alfonso Osorio Simahán*


Prólogo.-

Entre anécdotas descaradas, canciones que se volvieron himnos de la música colombiana y una chispa que ni las malas horas lograron apagar, estas páginas son el testimonio de una amistad entrañable y el tributo necesario a un compositor inmortal que le enseñó al país que hasta de un arroyo en la calle puede brotar la poesía.

Crónica.-

Aquel primero de enero no tengo bien clara la fecha, pero la memoria no me falla cuando digo que debió ser abriendo la década de los ochenta. Veníamos de las abrazadas familiares de Año Nuevo y fuimos a parar, de pura casualidad, a la esquina de Don Sergio de la Ossa, ahí mismo,   donde vivía también Don Ezequiel Romero y mi padrino Alfredito De la Ossa.

Adelmo de la Rosa andaba apenas garrapateando el fuelle del acordeón, pero le sobraba entusiasmo y predisposición como para apoyarnos y  armar una parranda. Yo andaba con el pecho inflado porque venía de hacer una grabación experimental en Caracas con Lancaster de León para el sello Discomoda.
Hasta ese momento los cantantes estelares eran el cantautor Demetrio Muñoz y este servidor, rodeados de  un círculo que cubría toda la calle por  vecinos y amigos  de la cuadra. En esas andábamos, y ya despuntaba el sol cuando frenó un Renault chirriando llanta. Del carro bajaron Gabriel Severiche y nada menos que Julio Fontalvo, a quien le habían dado el chisme de que yo andaba por el pueblo. ¡Ahí fue que entonces se armó la gorda! Julio se sumó al grupo sin pensarlo dos veces, se apropió del escenario y nos regaló su repertorio de versos y canciones . Vivimos ,  sin discusiones,  una de las amanecidas más memorable que yo recuerde en  toda mi juventud.

A eso de  las ocho de la mañana, ante la  insistencia de Julio, y al ver que parte del público se durmió y otros se dispersaron , decidimos caer a la casa del «Centinela del Folclor», Adriano Salas en la calle El Ganado. Cuando Aurora, su mujer, nos abrió la puerta, Julio no respetó el sueño del dueño de casa: lo levantó de la hamaca como si fuera un muñeco de trapo y lo sentó en un taburete. Hoy lamento no haber tomado una fotografía para la posteridad de aquel acrobático y atrevido acto. Se juntó el hambre con la gana de comer, dije yo, porque con un par de tragos encima a ambos compositores  se les salía el indio: Julio se ponía repelente y a Adriano, ya ciego y amputado por la diabetes, se le volvían las manos una amenaza pública. Si te le arrimabas mucho, te ganabas un rasguño o te rompía el bolsillo de la camisa, tal como le pasó a Julio ese día.

Con todo y eso, Adriano agarró su guitarra vieja y nos regaló un concierto de temas inéditos sensacionales, alimentado por el aguardiente que era su verdadero combustible. La fiesta se acabó cuando Julio, con su soltura habitual, se puso a reclamar un sancocho. Adriano, enojado, pegó el grito:
—¡Aurora! Tráeme el soco- machete – , pa’ mocharme la bola izquierda y hacerle a este carajo un sancocho de chácara.
Julio no le aguantó el chiste pesado, se armó la discusión entre borrachos;  para evitar más ultrajes verbales nos tocó emprender la retirada. El sancocho que no nos dio Adriano terminó cayendo por casualidad en el patio de Guido García, quien  departía,  amanecido también, en el patio de su casa con su padre y sus hermanos .

A Julio yo lo había divisado años atrás, muy de pasada, en un Festival Vallenato en casa de un político cesarense, rodeado de puros «mampanos»  como Alberto Pacheco, Israel Romero, Daniel Celedón y el presentador y folclorista, Jaime Pérez Parodi. En esa ocasión apenas cruzamos palabra. El verdadero apretón de manos que selló nuestra amistad ocurrió tiempo después en el área metropolitana  de Caracas.
Un domingo de 1980 yo andaba por la zona de  Chacaíto, corazón neurálgico de Caracas y sitio predilecto para las citas y reuniones, cuando vi a un tipo con bigotes y apariencia a lo mexicano, sombrero texano, camisa floreada y zapatos blancos. No había pierde: era el mismísimo Julio Fontalvo. Lo abordé, nos metimos a una fuente de soda y entre frías, pasapalos y cuentos folclóricos, nació una hermandad para siempre. Ahí mismo le conté que iba a grabar con Discomoda y le pedí un tema; de varios que me tarareó a capela, le eché el ojo a «Cuando falla el corazón» . Al día siguiente fui a la  pensión donde se alojaba y se la grabé en un casete para montarla con el grupo de Lancaster. Fue de los pocos temas que salvaron en aceptación de aquel discreto L.P.

Cada vez que Julio caía a Caracas —que no fueron menos de seis veces que yo recuerde para aquella época— yo le hacía de anfitrión y guía. Unas veces se quedaba en mi apartamento; otras, llegaba a dónde ciertos amigos o pensiones , cargado con cintas matrices de artistas anónimos  para negociar con las disqueras. En una de esas giras se hospedó en un hotelucho del centro. Cuando fui a buscarlo en mi carro para acompañarlo a unas diligencias suyas, el recepcionista me salió con la perla de que la policía de la oficina  migración se lo había llevado en un operativo rutinario. Salí disparado para la sede central y a mediodía, tras revisar que su visa y pasaporte  estaban  al día, lo soltaron. Apenas cruzó la puerta de la delegación policial , tiró su apunte:
—¡No joda! Ya estaba cuacando las nalgas. Pensé que me iban a aplicar la misma que a  Alfredo Gutiérrez.
En otra visita , de esas anuales, lo fui a recoger a una dirección que me dejó y lo vi elegante, trajeado y con un maletín de ejecutivo, a lo visitador médico. Le pregunté si había cambiado de profesión y, moviendo el bigote con una sonrisa de oreja a oreja, me abrió el maletín rebosante de puros  casetes piratas de los artistas pegados del momento:
—Pues sí, me dieron la exclusividad para el oriente de Venezuela —me dijo soltando la carcajada. Vaya si sabía rebuscarse sus buenos bolívares.

Incluso, una vez  me tocó acompañarlo y presenciar todas las etapas de una producción discográfica sensacional que hizo para el sello venezolano Promus. En ese álbum, el cantante venezolano Joe Rodríguez fue el encargado de imprimirle su voz a diez temas de la autoría de Julio; y para mi gran orgullo, en ese mismo trabajo discográfico Julio me hizo el honor de grabar una composición de mi propia autoría . Aquel  larga duración de corte tropical bailable tuvo buena aceptación en Venezuela.

Cuando a mí me tocaba viajar al pueblo , la parada en Sincelejo era obligatoria. Lo sorprendía en el  Barrio Las Margaritas donde vivía. Carmen Dilia, su esposa, me atendía como a un rey en su casa. Recuerdo mucho el año en que reventó el éxito del porro El Toro Balay. Yo andaba por Sincé cuando mi hermana Teresa me avisó que me solicitaba alguien afuera en un carro : era Julio con Gilberto Torres y su conjunto. Nos pegamos un jalón parrandero de tal altura, que vino a morir al día siguiente en una cantina vía a Galeras.

La inspiración de Julio era una cosa de locos. Río Crecido, ese clásico inmortal que le grabaron los Hermanos Zuleta, no nació en los arroyos de su natal Las Palmas, sino arriba de un bus urbano en Bogotá. En un día lluvioso, viendo correr el agua por el pavimento frío, le vino la metáfora para cantarle al amor rebelde: «Cuando el río está crecido es porque está lloviendo…». En una parranda capitalina se la cantó a Poncho y Emilianito Zuleta a pura guitarra; los hermanos quedaron perplejos, rebautizaron la canción (que él llamaba «No me mates corazón» ) y la convirtieron en el hito discográfico de 1974.
Y el porro El Toro Balay lo sacó en otro trayecto en bus, viajando de Sincelejo a Bogotá. A la hora y media de camino, pasando por Planeta Rica, ya lo tenía tarareado con letra y música, directo para entrar a grabar a los estudios de la CBS.

El mismo Julio contaba que llegó a la hacienda de Don Arturo Cumplido a buscar un patrocinio para sus andanzas musicales; entre otras cosas , para financiar una grabación, pero Don Arturo, que era un hombre de plata pero amarrado para aflojar el bolsillo, solo sabía hablar de las proezas de su otrora  toro Balay. Julio, viendo que el hombre no le soltaba un solo centavo, le interrumpió el discurso de crianza con cara de profunda inspiración y le dijo:
—Don Arturo, imagínese este toro suyo inmortalizado en un porro que ponga a bailar hasta a los presidentes, pero para que la inspiración  vuele le falta un combustible de $50.000 pesos.

Don Arturo, conmovido por la vanidad,  sacó varios  billetes de entre el bolsillo. Julio agarró a  los tres días un  bus para Bogotá y, antes de llegar a Planeta Rica, ya tenía el tema compuesto. Cada vez que le preguntaban por el éxito del porro , decía muerto de la risa:
—Ese fue el único toro en la historia de la Sabana que dio plata antes de entrar al toril.

En sus comienzos con la agrupación «Los Diablos de Valledupar» , se presentaron en una fiesta de alcurnia en una localidad de Bogotá donde el patrocinador, un tipo temático y estricto, no quería saber nada de instrumentos «ruidosos» y amenazó con no pagar si la guacharaca o la caja sonaban muy fuertes. En pleno toque, cuando el conjunto agarró vuelo, Julio empezó a raspar la guacharaca con un ímpetu tremendo, pero haciendo mímica perfecta en el aire a medio centímetro de la caña sin sacarle un solo sonido. Bailaba, sudaba y hacía gestos de estar dándolo todo con el trinche. Al terminar la reunión, el organizador felicitó a Julio por «su delicadeza ejecutiva» y le pagó el doble. Apenas se subieron al bus, Julio le dijo a los compañeros contando los billetes:
—Para que vean que el talento no es solo saber tocar, sino saber engañar al ojo con la elegancia sabanera.
A Julio lo vi por última vez en 2008. El mal de Parkinson le hacía estragos en el cuerpo, pero su talante de juglar permanecía intacto. Partió de este mundo un 23 de abril de 2014 a los 83 años, dejando un legado inmenso grabado por los más grandes: Los Zuleta, Alfredo Gutiérrez, Enrique Díaz, Los Cañaguateros Gustavo Quintero , Julio Jaramillo, Aníbal Velásquez, la Billo’s Caracas Boys, Rodolfo Aicardi y Calixto Ochoa.

Julio Fontalvo Caro

Epílogo.-

Las parrandas terminan, las madrugadas se apagan y los amigos van partiendo uno a uno hacia la serenata eterna, pero las canciones de Julio Fontalvo Caro se quedaron para siempre sembradas en la memoria del Caribe. Sus amigos y colegas aún siguen promocionando,  con la verdad por delante ,  a manera de  sentencia,  de que Julio, «era el primero que llegaba a una parranda y el último que se iba».

En cada acordeón que resuena  en la Sabana, en cada porro que retumba en una caseta y en cada gota de lluvia que rueda por la calle recordando un «río crecido» , la presencia de este juglar irrepetible vuelve a cobrar vida. Este relato no es más que el abrazo agradecido que la distancia y los años no pudieron borrar, la prueba reina de que mientras un amigo mantenga viva su memoria y tararee sus versos, Julio seguirá ahí: con el sombrero bien puesto, la guacharaca en su mano y la sonrisa socarrona lista para la próxima parranda.

Se nos fue un grande que fue cantautor, guacharaquero y parrandero de tiempo completo. Aún le debemos el gran homenaje que se merece en su tierra, pero mientras llega ese día, me queda el orgullo de haber compartido parrandas, escenarios y risas, acompañando con mi instinto de melómano y contertulio la chispa irremplazable de mi gran amigo Julio Fontalvo Caro.

Alfonso Osorio Simahán
Alfolele*

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