El juglar eterno del Valle del Sinú

«Pablo Flórez no escribió para vencer al tiempo; escribió para que el tiempo no pudiera vencer la memoria de su pueblo».
Ramiro Álvarez Mercado

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*

El Sinú no solo lleva agua. Lleva nombres, lleva historias, lleva hombres que entendieron que cantar también es una forma de defender la tierra. Pablo José Flórez Camargo fue uno de esos. No fue únicamente un compositor, un cantor o un guitarrista. Fue un hombre que comprendió que la música tiene la misión de impedir que los pueblos olviden quiénes son.

Nació en Ciénaga de Oro, Córdoba, al Norte de Colombia, el 27 de junio de 1926. Allí donde el Caño Aguas Prietas parece conversar con los árboles y con la memoria del pueblo. Caño que es uno de los símbolos más representativos de este municipio. Sus puentes, que en época decembrina son iluminados con luces de colores y le dan un aire mágico, resaltando su importancia histórica y cultural. Su nombre proviene del color oscuro de sus aguas, descritas como prietas, que han sido testigos de la vida cotidiana, las tradiciones y el desarrollo de este pueblo cordobés.

Y es que en Ciénaga de Oro el porro no se aprende en las escuelas, sino en el rumor del viento, en el golpe de los tambores y en las historias que la gente cuenta al caer la tarde. Desde muy joven Pablo Flórez entendió que la inspiración no vivía encerrada entre cuatro paredes, sino caminando por las calles polvorientas, sentada en los corredores, navegando en las canoas o escondida en esas aguas prietas.

Pablito, como lo llamaron cariñosamente, empezó como vocalista y baterista al lado de su coterráneo Antolín Lenes: en la Sonora Cienaguera, en el Combo Los Galleros y en Antolín y su Combo Orense. Tanto cantó y tanto tocó, que don Antonio Fuentes, dueño de Discos Fuentes, lo vio y le dijo: «este es cantante». Y lo puso al lado de Lucy González, la Cieguita de Oro.

Pero Pablo no solo componía para que otros cantaran. Era cantautor en el sentido más completo. Son muchos los trabajos discográficos donde se escucha su voz sentida, su guitarra compañera de siempre y el respaldo de una banda que entendía su cadencia. No buscaba el virtuosismo vacío, prefería conversar con el pueblo antes que deslumbrarlo. Cada acorde parecía caminar al mismo ritmo del Sinú y del Caño Aguas Prietas.

Su universo creativo fue inmenso y versátil. Compuso muchos temas entre porros, cumbias, vallenatos, boleros, fandangos, tangos, valses y pasillos. Un maestro que impresiona por la cantidad y la calidad de sus obras, pero sobre todo por su manera de ser. Era a la vez costumbrista cuando describía con picardía a su gente, narrativo cuando convertía una anécdota de pueblo en una crónica cantada, y profundamente poeta cuando hablaba del amor, del río y de la nostalgia. Ahí radica su vigencia.

Obras como «La Aventurera», «Los Sabores del Porro», «Fiesta Vieja», «Cabeza’e Gato», «Goza Plinio Sierra», «La Muerte de María Varilla», «Tres Clarinetes», «María Marzola», «Luna Primaveral» y «Edita», terminaron formando parte del patrimonio afectivo del Caribe colombiano.

«La Aventurera» dejó de pertenecerle desde el instante en que el pueblo la hizo suya. Inspirada en Ninfa del Valle Corcho Ruiz, esa mujer que se fue de Ciénaga de Oro, trascendió el tiempo hasta convertirse en símbolo popular, con muchas versiones. Hoy tiene una estatua en Montería. Es la prueba de que cuando una canción nace de una emoción verdadera, deja de ser propiedad del compositor para volverse memoria colectiva.

Pero lo que hace única a «La Aventurera» dentro de la música popular colombiana es que Pablo Flórez no la dejó morir en una sola canción. Como si se tratara de una novela por entregas o de una saga cinematográfica algo poco usual en nuestro folclor, le dio continuidad a esa historia de amor tormentoso en dos composiciones más: «El reencuentro con la aventurera» y «Me encontré con la aventurera». Tres canciones para un mismo amor, tres tiempos de una misma mujer.

En la primera entrega, «La Aventurera» (la original), Pablo nos presenta el mito fundacional:

Ay hace tiempo que ha salido de mi tierra una mujer aventurera y no se sabe dónde está, se ha perdido de todas las carreteras, pueblos y provincias y no se sabe dónde está, la mujer tiene cara de ser buena porque así lo ha demostrado y presenciado, una vez que se fue pa’ Cartagena supo que me moría y enseguida regresó, si supiera que la quiero volvería por estas tierras, al pueblo Ciénaga de Oro donde tiene quién la quiera. Ay la última vez que la pude ver de cerca, fue en el puerto e’ Montería y enseguida se embarcó ay rumbo directico pa’ Tierralta muchas veces le escribía y jamás me contestó, voy a ir a la fiesta el Caramelo, donde dicen que es preciso que sale a aventurar, para de nuevo decirle que la quiero conquistármela de necio y poderme regresar.

Pablo José Flórez Camargo

Aquí la mujer es todavía joven, deseada, inalcanzable. Es la Ninfa que se va para Cartagena, que aparece en el puerto de Montería rumbo a Tierralta, que no contesta cartas. El narrador está enamorado y obsesionado, la busca en la fiesta del Caramelo, quiere «conquistármela de necio». Es el canto del amor idealizado, de la ausencia que duele pero que aún guarda esperanza. La letra es sencilla y crónica, casi como un aviso de pueblo: se fue la mujer buena, la que todos quieren y nadie encuentra.

Años después, en «El reencuentro con la aventurera», el tono cambia radicalmente. Ya no hay idealización, hay desgarro:

Me encontré de nuevo con Ninfa Isabel y me contó una historia desgarradora, pero ya no es la hembra del tiempo aquel, cuando nos tropezamos donde Petrona, ya tiene perdido el brillo de su piel y el de su mirada encantadora, el tiempo no perdona, el tiempo es muy cruel, nos va consumiendo de aurora en aurora, se fueron sus años, junto a su hermosura, su pelo castaño ahora es como espuma. Me dijo que venía de allá de muy lejos, porque quería morir en su tierra amada, se miró su cuerpo frente de un espejo y volteó la cara decepcionada, yo le dije entonces pa’ consolarla, no ves que yo también estoy acabado, ya no somos flores de aquel ayer, que con este encuentro vamos a lograrlo, con un beso sin aroma me entregó aturdida, tu boca sabe ahora a rancias mentiras.

Aquí Pablo se vuelve cronista del tiempo. La describe sin piedad pero con ternura: «ya tiene perdido el brillo de su piel y el de su mirada encantadora», «su pelo castaño ahora es como espuma». Es el reencuentro del juglar con su musa ya acabada por la vida. Y él también se reconoce acabado: «no ves que yo también estoy acabado, ya no somos flores de aquel ayer». El verso final es demoledor y profundamente humano: «con un beso sin aroma me entregó aturdida, tu boca sabe ahora a rancias mentiras». Ya no es la aventura, es el desencanto.

Y el cierre definitivo llega con «Me encontré con la aventurera», el tercer capítulo, donde la saga se vuelve redención y melancolía:

Ay así termina toda la famosa historia, de la hermosa aventurera que un día me enloqueció, anduve loco por montes y veredas, yo perseguí su huella, pero todo ya acabó, ahora vive en el barrio de la Granja, cerca de la capilla y se la pasa en rezar, una mujer que tanto gozó la vida, se ha puesto arrepentida pero todo es tarde ya, solo han quedado recuerdos añoranzas del ayer, ya tiene blanco su pelo trasnochado en el burdel. Ay me vio pasar y ni siquiera saludarme, se paró de donde estaba en un viejo mecedor, ay pero vi que dos lágrimas saltaban tocando la vieja cara que un día me enloqueció, ay yo también alejé dudando pasos, lleno de incertidumbre de aquel triste lugar y en mi pecho sentí los tramojazos de un corazón con cacho con ganas de saltar.

Aquí la mujer que «tanto gozó la vida, se ha puesto arrepentida pero todo es tarde ya». La imagen es poderosa: la antigua reina de los burdeles, ahora de pelo blanco, en un viejo mecedor, en el barrio La Granja , rezando cerca de la capilla. Dos lágrimas le saltan cuando lo ve pasar. Y él siente «los tramojazos de un corazón con cacho con ganas de saltar». Es el círculo que se cierra: del amor loco y juvenil al perdón silencioso de la vejez.

Pocas veces en la música colombiana una historia de amor ha tenido una trilogía así. Pablo Flórez hizo lo que hacen los grandes novelistas: no dejó a su personaje congelado en una sola foto. Lo hizo envejecer, lo hizo volver, lo hizo arrepentirse. Convirtió a Ninfa del Valle en un personaje literario completo, con principio, nudo y desenlace. Por eso La Aventurera no es solo una canción, es una saga del Caribe.

Pero si existe una obra donde Pablo Flórez parece resumir toda una filosofía de vida, es «Los Sabores del Porro». Allí no habla únicamente de un ritmo musical; habla del sabor de una cultura entera. Comprendió que el porro no solamente se escucha: también se huele, se baila, se cocina, se conversa y se vive. En esa canción el Caribe aparece servido como un banquete: el bollo poloco, el queso amasado, la panela de Colomboy, la yuca asá, la leche esperá en corrá.

Y es en ese punto donde Pablo se vuelve embajador gastronómico de la sabana sin que él mismo se lo propusiera. Él no hizo una lista de alimentos; hizo un mapa del paladar orense. Cuando canta al bollo, al mote de queso, a la yuca asada, a la chicha de maíz, al casabe y al suero atollabuey, no está adornando la canción: está documentando la cocina de su tierra. Convirtió el fogón de leña, la batea de amasar y el caldero de la abuela en partitura. Gracias a sus porros, quien nunca ha pisado Ciénaga de Oro sabe qué se come allí, cómo huele una cocina a las cinco de la mañana y por qué la comida sabanera no es solo alimento, sino identidad, familia y fiesta.

Pablito fue de los primeros en darle letra al porro, un género que durante mucho tiempo había sido predominantemente instrumental. Con ello abrió nuevas posibilidades expresivas y permitió que ese ritmo contara historias y perpetuara la tradición oral de las sabanas sinuanas.

Fue también en esa lucidez donde el juglar nos dejó sus dos espejos más humanos: el de la nostalgia y el de la risa.

En «Cosas de Ayer» el maestro se vuelve ecologista y profeta. No es solo una canción, es una elegía. Con una botánica y una fauna ya casi extinta, el quiñao, el paco paco, el bebehumo, el manzano curí, el maíz negrito, el venado, la liebre, la paloma, el grillo verde y la avispa amarilla construye el inventario de un paraíso perdido. Y en su estribillo más dolido resume la tragedia de nuestro tiempo: «comparemos tiempos y verán maluco, los asesinatos, bombas y bazuco».

Ese sentido ecológico de Pablo Flórez es quizá lo más vigente de su obra. Mucho antes de que la palabra ecología se pusiera de moda en discursos y foros, él ya estaba haciendo denuncia cantada. En «Cosas de Ayer» y en «La cumbia está herida» no habla como un biólogo, habla como un campesino que ve morir su patio. Cada pájaro que menciona, cada árbol que nombra, cada semilla criolla que evoca, es un acta de defunción de lo que el progreso arrasó. Nos enseñó que el porro también puede ser una forma de defender el monte, de llorar el caño que se seca, de reclamar por la tierra que ya no da fruto porque la envenenaron. Su canto es una botánica sentimental, un herbario musical donde guarda lo que la deforestación y la violencia nos quitaron.

Y como si quisiera equilibrar esa tristeza, en la otra orilla nos entrega «El Hombre Aquel». Con sátira, ironía y un humor sabanero sin pudores, se atreve a burlarse de la vejez y, con picardía infinita, bautiza a su propio aparato reproductor como «El Hombre Aquel». Al convertir un tabú en chiste y la decadencia en poesía, nos enseña que al tiempo no se le gana con solemnidad, se le gana con la capacidad de reírse de uno mismo.

También cantó a la herida social. En «La cumbia está herida» alzó la voz por su tierra: «Mis campos eran sanos, no estaban manchados… llegaron foráneos con el graje en la mano». El juglar no calla cuando el pueblo llora.

No resulta extraño que sus composiciones hayan encontrado tantas voces para multiplicarse. Las cantaron: Totó la Momposina, Alfredo Gutiérrez, Iván Villazón, Adriana Lucía, María Mulata, La Sonora Ponceña, Moisés Ángulo, Oswaldo «El Aparato» Rojano, Miguel Durán, Carlos Vives, Gabriel «Rumba» Romero y Aglaé Caraballo, entre muchos otros. Las grandes canciones siempre encuentran nuevas voces porque pertenecen al tiempo y no a una sola generación.

Él se definía como «un pescador de momentos». Y así fue. Pescaba melodías y letras donde otros eran incapaces de ver. Por eso siempre sostuvo: «Yo descanso de la vida y de sus pesares es haciendo música, cantando y tocando mi guitarra. Además, no sé hacer otra cosa».

En 2008 recibió el Premio Nacional Vida y Obra. Poco antes de partir fue distinguido con la Gran Orden Maestros del Patrimonio Cultural de Colombia. Se nos fue el 14 de diciembre del año 2011, en Montería, como se van los juglares: dejando el cuerpo en la tierra que tanto cantó, pero dejando el alma repartida en cada porro que su pueblo no olvida.

Los juglares nunca desaparecen. Simplemente dejan de caminar entre nosotros para comenzar a recorrer los caminos invisibles de la memoria.

Pablo Flórez Camargo comprendió que un pueblo no se sostiene únicamente sobre la historia escrita en los libros, sino también sobre las canciones que sus hijos aprenden sin darse cuenta.

Con respeto y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

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*Ramiro Elías Álvarez Mercado. Nació en Planeta Rica, Córdoba, aunque lleva radicado en Bogotá casi tres décadas, mantiene un vínculo constante con las costumbres, vivencias y expresiones culturales del Caribe colombiano. Es un ensayista y escritor empírico centrado en rescatar la historia oral, el folclor, las tradiciones y la gastronomía del Caribe colombiano. Ha dedicado gran parte de su obra a escribir semblanzas, perfiles y crónicas detalladas sobre compositores, juglares, acordeonistas y cultores de la música vallenata y del folclor de la Costa Atlántica. alvaresramiro872@gmail.com

AUTOR: Ramiro Elías Álvarez Mercado
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