«El verdadero valor de un hombre no se mide solamente por la altura que alcanza en la vida, sino por la capacidad de conservar la sencillez de sus primeros pasos y reconocer siempre el camino que lo llevó hasta donde está»: Ramiro Álvarez Mercado.

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*

El calendario señala el 31 de octubre, una fecha que el mundo identifica con disfraces, personajes fantásticos y celebraciones de Halloween. Pero para quienes tenemos la fortuna de compartir la amistad de Darío Escallón Calle Álvarez, este día tiene una razón mucho más hermosa para celebrar: el nacimiento de un hombre que convirtió sus sueños de infancia en una vocación de servicio, que hizo de la medicina su proyecto de vida y que, a pesar de los títulos, las especializaciones y los reconocimientos profesionales, jamás olvidó el lugar donde comenzó a escribir su propia historia.

A lo largo de nuestra existencia encontramos personas que, mientras avanzan por los caminos de la vida, van dejando atrás sus orígenes. Otras, en cambio, llevan consigo la tierra que las vio crecer, como una brújula invisible que les recuerda de dónde vienen y cuáles son los valores que les dieron identidad. Darío pertenece a esta última estirpe.

Su historia comenzó en Palmira, corregimiento de la zona rural de Pueblo Nuevo, en el departamento de Córdoba, en medio de un ambiente campesino donde la sencillez no era una pose, sino una manera natural de entender la existencia. Allí, en el hogar conformado por Andrés Calle y Gladys Margoth Álvarez, creció rodeado de afectos, enseñanzas y principios que terminarían convirtiéndose en los pilares de su personalidad.

Sus padres, personas nobles, sinceras y trabajadoras, le entregaron una herencia que no necesitaba escrituras ni documentos: la honradez, el respeto por los demás, la humildad y esa condición humana que permite mirar a todos con la misma consideración, independientemente de sus circunstancias.

En Palmira transcurrieron sus primeros años. En la Escuela Rural Mixta San José recibió las primeras lecciones de una educación que comenzó entre los paisajes de su terruño. Después vendrían otros escenarios académicos: la Institución Educativa José Celestino Mutis, de Pueblo Nuevo; el Colegio Simón Bolívar, de Planeta Rica, y finalmente el Colegio Cooperativo San Isidro, también de Planeta Rica, donde obtuvo su título de bachiller el 6 de diciembre de 1991.

Y fue en esos años de Palmira donde se fue formando el Darío que todos llevamos en el recuerdo. Desde niño fue un seguidor furibundo de la agrupación vallenata El Binomio de Oro, conformada por el cantante Rafael Orozco y el acordeonista Israel Romero. No era una afición pasajera. Era una forma de entender la vida. Porque El Binomio no era solo música, era filosofía cantada: la voz que decía lo que el pueblo sentía pero no sabía cómo decirlo, y el acordeón que lloraba y reía al mismo tiempo. Darío cantaba esas canciones a todo pulmón, como quien reza, como quien jura que el amor existe y que la nostalgia también es una manera de estar en casa. Aquellas melodías fueron su primera lección de sentimiento, la banda sonora de una infancia sin prisa.

Había también dos árboles de volao en Palmira que eran como una insignia del corregimiento. Enormes, generosos, eternos. Bajo su sombra se sentaba. No eran dos árboles, eran dos catedrales verdes, dos abuelos de madera que enseñaban sin hablar. Allí aprendió que el tiempo no se mide en relojes sino en sombras que se alargan, y que la felicidad puede ser tan simple como sentarse en una raíz gruesa a ver pasar la tarde. Y fue hincha de la Selección Argentina desde niño, a la que sigue y sigue actualmente. No por moda, sino por convicción. Porque en ese fútbol vio una estética, una manera de sufrir y de ganar que se parecía a su propia historia: talento con sacrificio, magia con disciplina, un Diego, un Messi, que recordaban que un muchacho de barrio también puede tocar el cielo con los pies en la tierra.

Pero antes de convertirse en el médico que hoy conocemos, Darío fue un adolescente con ilusiones, inquietudes y sueños por conquistar. Y en esa etapa de nuestras vidas tuve el privilegio de conocerlo y compartir con él una amistad que nació en las aulas del colegio y que, con el paso de los años, ha adquirido un significado todavía más profundo.

Recuerdo que, cuando hablábamos de lo que queríamos ser en la vida, él tenía una respuesta que repetía con la seguridad de quien conoce el destino que desea alcanzar: «Ser galeno».

Lo decía con esa convicción juvenil que a veces los años ponen a prueba, pero que en su caso terminó convirtiéndose en realidad.

La vida, sin embargo, no entrega sus conquistas sin exigir esfuerzo. Después del bachillerato vino el servicio militar y, posteriormente, el comienzo de un recorrido académico y profesional que demandaría disciplina, sacrificios, perseverancia y una voluntad capaz de sobreponerse a las dificultades.

Ingresó a la Universidad Libre de Barranquilla, donde alcanzó su primera gran meta al graduarse como médico. Durante muchos años ejerció la medicina general, atendiendo las responsabilidades propias de una profesión que exige conocimiento, sensibilidad y compromiso con la vida humana.

Pero sus aspiraciones no terminaron allí. Con esfuerzo, dedicación y una determinación que merece reconocimiento, emprendió nuevos estudios hasta graduarse como anestesiólogo en la Universidad Metropolitana de Barranquilla. Más adelante, llevó su formación a otro nivel al especializarse en Anestesia Cardiovascular en la Universidad Autónoma de México.

De aquella expresión adolescente, pronunciada tantas veces en nuestros días de colegio, quedaba ahora una realidad construida con años de trabajo: Darío había conseguido convertirse en el médico que soñaba ser.

Actualmente, es un referente en su campo profesional y ejerce su especialidad en distintas clínicas de la capital del Atlántico.

Su recorrido merece admiración porque detrás de cada título hay jornadas de estudio, renuncias, responsabilidades y sacrificios que pocas veces aparecen en las fotografías de graduación. Los diplomas muestran el resultado, pero no cuentan todas las batallas que fue necesario librar para conseguirlos.

Y en esa trayectoria hay algo que me parece particularmente hermoso: mientras su conocimiento profesional crecía, su esencia permanecía intacta.

Porque a Darío pueden llamarlo doctor, y lo hacen con todo el respeto que merece su preparación académica, pero quienes lo conocemos desde aquellos años sabemos que detrás de ese tratamiento sigue viviendo el mismo muchacho campesino de sonrisa amplia, mirada cercana y espíritu generoso.

Su don de gente no necesita presentación. Su manera de relacionarse con los demás, su sencillez y el afecto que transmite hablan de una formación que comenzó mucho antes de ingresar a una universidad. Hay conocimientos que se adquieren en los libros, pero existen enseñanzas que solamente pueden recibirse en el hogar, en la convivencia cotidiana y en el ejemplo de unos padres que enseñan con sus actuaciones.

Quizá por eso Darío nunca ha necesitado desprenderse de Palmira para sentirse ciudadano del mundo. Su vida profesional lo ha llevado por escenarios de mayores exigencias, pero sus raíces continúan allí, en ese pequeño territorio cordobés donde todavía viven Andrés y Gladys, sus padres, los primeros maestros de su existencia.

Allí adquirió también una finca llamada San Antonio, un lugar que parece tener un significado especial en su vida. No es simplemente una propiedad rural ni un espacio para escapar de las obligaciones profesionales. Es, de alguna manera, el reencuentro con aquello que ninguna especialización puede sustituir: la tranquilidad de los orígenes.

En San Antonio vuelve a encontrarse con la naturaleza, con los sonidos del campo, con la sencillez de los días sin afanes y con esos paisajes que acompañaron sus primeros años. Allí están también los arroyos El Marcio y El Santiago, corrientes de agua que conocen una parte de su historia mucho antes de que la medicina lo convirtiera en un profesional reconocido. Por aquellas aguas jugó, se bañó y disfrutó las aventuras propias de la infancia.

Y junto a esos arroyos está también la memoria del agua de Palmira: la represa del Turco, donde las tardes se hacían eternas frente a una grabadora marca Sankey que convertía cualquier rato en una fiesta sencilla al lado de sus amigos de infancia, con El Binomio de Oro a todo volumen, cantando el amor y el desamor como si el mundo se acabara allí mismo. Y el pozo El Copé, a donde iba en burro a buscar agua para el consumo diario, agua fresca y cristalina que no venía de una llave sino del esfuerzo, de la paciencia, del lomo del animal y del respeto por lo que la tierra nos da. El Marcio, El Santiago, la represa del Turco y El Copé no son cuatro aguas distintas: son la misma filosofía líquida que le enseñó que la vida fluye, que hay que saber recogerla, cuidarla y compartirla.

Sus corrientes siguen llevando el mismo lenguaje natural de aquellos tiempos, aunque el niño que corría por sus orillas haya crecido y ahora regrese convertido en médico.

¡Qué hermosa lección encierra esa imagen!

El hombre que hoy trabaja en clínicas de alta complejidad, que conoce los procedimientos de una especialidad tan exigente como la anestesia cardiovascular y que ha dedicado buena parte de su existencia a la medicina, encuentra en aquellos arroyos una tranquilidad que no se obtiene en ningún consultorio. Allí no necesita presentarse con títulos ni explicar su trayectoria. Allí simplemente es Darío: el hijo de Andrés y Gladys, el muchacho de Palmira, el amigo de aquellos años juveniles.

Tal vez esa sea una de las mayores conquistas de la vida: llegar lejos sin sentir vergüenza de los lugares pequeños donde comenzaron nuestros sueños.

A veces confundimos el éxito con la distancia que conseguimos establecer respecto de nuestros orígenes. Creemos que progresar significa dejar atrás las costumbres, los paisajes y las personas que hicieron parte de nuestra formación. Sin embargo, la verdadera grandeza también consiste en regresar, abrazar nuestras raíces y comprender que ninguna conquista tiene sentido cuando nos obliga a renunciar a lo que somos.

Darío parece haber entendido esa enseñanza desde muy temprano.

Y aquí me permito hablar desde la amistad, no desde la admiración profesional. Porque los años han pasado, nuestras vidas han tomado diferentes caminos y cada uno ha construido sus propias experiencias, pero aquella amistad adolescente no se quedó archivada en los recuerdos del colegio. Por el contrario, ha resistido el tiempo, las distancias y las transformaciones que inevitablemente trae la existencia.

Hoy nos queremos más.

Y esa frase, aparentemente sencilla, encierra una verdad que merece celebrarse. No todas las amistades consiguen atravesar tantas etapas de la vida. Algunas pertenecen a una época y desaparecen cuando cambian las circunstancias. Otras tienen la fortuna de crecer con nosotros, de comprender nuestros silencios, de celebrar nuestras alegrías y de permanecer incluso cuando la cotidianidad nos lleva por caminos diferentes.

La nuestra pertenece a esas amistades que el tiempo no desgasta, sino que fortalece.

Por eso, en esta fecha especial, no quiero limitarme a felicitar al médico, al especialista ni al profesional que ha alcanzado importantes reconocimientos en su campo. Quiero celebrar al ser humano que hay detrás de todos esos logros. Al hijo que sigue disfrutando de la compañía de sus padres. Al hombre que encuentra felicidad en su finca, entre árboles, caminos rurales y corrientes de agua. Al amigo que conserva aquella sonrisa de los años juveniles y que todavía lleva consigo la nobleza de la tierra donde nació.

Quiero celebrar al muchacho que alguna vez nos dijo que quería ser galeno y que, con paciencia y sacrificio, terminó convirtiendo aquella ilusión en una hermosa realidad.

Darío, la vida te ha permitido llegar a lugares que seguramente aquel niño de Palmira apenas alcanzaba a imaginar. Has recorrido un camino de preparación, esfuerzo y superación. Has conocido el valor de la responsabilidad que implica trabajar con la vida de otros seres humanos y has construido una trayectoria que merece todo nuestro respeto. Pero, por encima de tus títulos y de tus conquistas profesionales, hay algo que considero todavía más valioso: nunca has dejado de ser tú mismo.

Que este nuevo cumpleaños te encuentre rodeado del cariño de tus padres, de tu familia, de tus amigos y de todas esas personas que reconocen en ti a un hombre bueno.

Que la vida te siga concediendo salud, sabiduría y fortaleza para continuar ejerciendo esa profesión que elegiste desde la adolescencia. Que nunca te falten razones para sonreír, proyectos por realizar ni oportunidades para disfrutar de los pequeños placeres que hacen extraordinaria la existencia.

Y que cada regreso a San Antonio sea una oportunidad para recordar que, antes de los quirófanos, las clínicas y las especializaciones, existió un niño que aprendió a soñar en los caminos de Palmira, que encontró en sus padres el primer ejemplo de vida y que descubrió, entre los arroyos El Marcio y El Santiago, la represa del Turco y el pozo El Copé, la felicidad de las cosas sencillas.

Porque los años pueden cambiar nuestras ocupaciones, nuestros escenarios y hasta la manera de mirar el mundo, pero nunca deberían arrebatarnos la capacidad de reconocer el lugar donde aprendimos a ser felices.

¡Feliz cumpleaños, palmirano de oro o príncipe de Palmira!

Que sigas siendo ese médico de grandes conocimientos y ese ser humano de inmensa sencillez. Que la vida te permita continuar salvando vidas, cosechando afectos y disfrutando de la tierra que te vio nacer.

Y que cuando el tiempo nos reúna para recordar aquellos días de colegio, podamos seguir sonriendo como entonces, con la satisfacción de saber que los sueños de aquel muchacho que quería ser galeno se cumplieron, pero que su mayor triunfo fue no olvidar al niño campesino que siempre llevó dentro.

¡Un abrazo grande, amigo! ¡Feliz cumpleaños!
❤️Ramiro Elías Álvarez Mercado

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*Ramiro Elías Álvarez Mercado. Nació en Planeta Rica, Córdoba, aunque lleva radicado en Bogotá casi tres décadas, mantiene un vínculo constante con las costumbres, vivencias y expresiones culturales del Caribe colombiano. Es un ensayista y escritor empírico centrado en rescatar la historia oral, el folclor, las tradiciones y la gastronomía del Caribe colombiano. Ha dedicado gran parte de su obra a escribir semblanzas, perfiles y crónicas detalladas sobre compositores, juglares, acordeonistas y cultores de la música vallenata y del folclor de la Costa Atlántica. alvaresramiro872@gmail.com

AUTOR: Ramiro Elías Álvarez Mercado
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