Por Alcibiades Nuñez*
Cada 12 de octubre, América Latina vuelve la mirada hacia uno de los acontecimientos más trascendentales y controvertidos de su historia: la llegada de Cristóbal Colón al continente americano, en 1492. Durante generaciones, ennuestras instituciones educativas nos enseñaron a recordar esta fecha como el Día de la Raza, el Día de la Hispanidad o el descubrimiento de América. Sin embargo, pocas veces nos invitaron a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿cómo se puede descubrir una tierra que ya estaba habitada por millones de seres humanos, poseedores de culturas, conocimientos, lenguas, tradiciones y civilizaciones extraordinarias?. La respuesta exige revisar críticamente una historia que durante siglos fue narrada principalmente desde la perspectiva de los conquistadores europeos, mientras las voces de los pueblos originarios permanecían marginadas.
América no era un territorio vacío, ni una tierra sin historia, ni mucho menos un continente esperando que alguien llegara a civilizarlo. Era un inmenso mosaico de pueblos que habían desarrollado complejos sistemas de organización social, conocimientos astronómicos, técnicas agrícolas, manifestaciones artísticas, creencias espirituales y extraordinarias obras arquitectónicas. Por eso, considero que el 12 de octubre no debería ser una fecha destinada a glorificar la conquista, sino una oportunidad para recordar a quienes sufrieron sus consecuencias y reconocer la grandeza de las culturas que resistieron. Cuando Cristóbal Colón llegó al Caribe el 12 de octubre de 1492, comenzó una nueva etapa de relaciones entre Europa y América. Aquel acontecimiento transformó profundamente la historia universal, pero también abrió las puertas a procesos de dominación, explotación, despojo
territorial y sometimiento de numerosos pueblos indígenas.
La búsqueda de riquezas, la expansión territorial y los intereses religiosos de las monarquías europeas impulsaron buena parte de las posteriores empresas de conquista. El oro, la plata y otros recursos naturales despertaron una ambición que, en muchos territorios, terminó imponiéndose sobre la dignidad y la vida de las comunidades originarias. A la violencia de las guerras de conquista se sumaron los trabajos forzados, los desplazamientos, la imposición de estructuras coloniales y las epidemias que diezmaron poblaciones enteras. La viruela, el sarampión y otras enfermedades introducidas desde el Viejo Mundo provocaron una catástrofe demográfica de enormes proporciones. El Museo Nacional del Indígena Americano, de la Institución Smithsonian, reconoce que la colonización estuvo acompañada de esclavización, apropiación de recursos, guerras y profundas pérdidas humanas y culturales. Sería injusto desconocer que aquel proceso también produjo intercambios culturales, lingüísticos, religiosos y económicos que contribuyeron a configurar las sociedades actuales. Pero reconocer esos intercambios no significa justificar los atropellos cometidos.
Ningún progreso histórico puede utilizarse como excusa para silenciar el sufrimiento de los pueblos
sometidos. Mucho antes de la llegada de los europeos, las civilizaciones maya, mexicas e inca habían alcanzado niveles extraordinarios de desarrollo. Los mayas construyeron majestuosas ciudades, desarrollaron sofisticados conocimientos matemáticos y astronómicos y elaboraron complejos sistemas calendáricos. Los mexicas levantaron Tenochtitlán, una de las grandes ciudades de su tiempo, con sistemas de abastecimiento, organización urbana y técnicas agrícolas adaptadas a su entorno. Los incas, por su parte, desarrollaron extensas redes de caminos, terrazas agrícolas, sistemas de irrigación y admirables construcciones de piedra.
Machu Picchu, el Qorikancha y otras obras arquitectónicas continúan despertando la admiración del mundo. El Museo Nacional del Indígena Americano documenta la extraordinaria ingeniería vial del Imperio inca y la destrucción de parte de sus estructuras políticas y culturales durante la invasión española. Estas civilizaciones no necesitaban que alguien les enseñara a pensar, cultivar la tierra, observar las estrellas o construir ciudades. Entonces, ¿por qué durante tantos años se presentó la llegada europea como el punto de partida de nuestra historia?
La respuesta está relacionada con el poder de quienes escribieron y difundieron buena parte de los relatos históricos. En Colombia, la conquista y la colonización afectaron profundamente a numerosos pueblos indígenas, entre ellos los nasa, misak, embera, zenú, pijao, inga, uitoto, ticuna, sikuani, awá, u’wa y muchas otras comunidades que han defendido sus territorios y su identidad cultural. Sus conocimientos ancestrales forman parte de una riqueza histórica que no puede medirse únicamente en monumentos o bienes materiales.
El Parque Arqueológico de San Agustín, en el Huila, constituye un testimonio excepcional de la creatividad, espiritualidad y capacidad artística de las sociedades prehispánicas. Los pueblos indígenas continúan presentes, mantienen vivas sus lenguas, defienden sus territorios y reclaman el reconocimiento efectivo de sus derechos. La Guajira y la Sierra Nevada: territorios de sabiduría ancestral.
Desde nuestra región Caribe, particularmente desde La Guajira, el Cesar y el Magdalena, esta reflexión adquiere un significado especial. Los pueblos wayuu, wiwa, kogui, arhuaco, kankuamo y yukpa representan una parte invaluable del patrimonio cultural y espiritual de Colombia. Mucho antes de que los conquistadores europeos llegaran a estas tierras, estas comunidades poseían sistemas propios de organización social, conocimientos sobre la naturaleza, prácticas medicinales, tradiciones orales y profundas concepciones espirituales.
Los wayuu, habitantes ancestrales de la península de La Guajira, han preservado una identidad cultural admirable. En su cosmovisión, Maleiwa ocupa un lugar fundamental como figura creadora, mientras Jepira representa un espacio espiritual profundamente relacionado con el destino de los muertos. Su
concepción de la existencia demuestra que la espiritualidad no comenzó con la llegada del cristianismo a América. Por su parte, los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta conservan conocimientos ancestrales sobre la relación entre el ser humano, la naturaleza y el equilibrio de la vida. Para estas comunidades, las montañas, los ríos, los bosques y los lugares sagrados no son simples recursos económicos: forman parte de un territorio vivo que merece respeto y protección. Qué importante sería que nuestras instituciones educativas dedicaran mayor espacio a enseñar estas culturas, sus historias, sus lenguas y sus contribuciones a la sociedad. Porque conocer la historia de los pueblos indígenas también significa conocer nuestras propias raíces.
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*Alcibíades Núñez Manjarrés es un destacado cronista, escritor, docente e investigador cultural nacido en San Juan del Cesar, La Guajira. En el ámbito profesional y académico, es Contador Público de profesión, Magíster en Gerencia Financiera y cuenta con una amplia trayectoria en la educación superior y en instituciones públicas de su región natal. Es colaborador habitual en portales culturales y de opinión de la región como Panorama Cultural, Portal Vallenato y Estampas Vallenatas.
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