Por Alcibiades Núñez.*

Hay hombres cuya existencia parece demasiado breve para la grandeza de su destino. Seres privilegiados que llegan al mundo con el don extraordinario de transformar sus sentimientos en poesía y cuyas obras consiguen vencer el olvido. Uno de ellos fue Freddy Molina Daza, el inolvidable compositor patillalero que, a pesar de haber vivido solamente 27 años, dejó una huella imborrable en la historia de la música vallenata colombiana.

Nació el 4 de agosto de 1945 en Patillal, Cesar, y falleció trágicamente el 14 de octubre de 1972. Han transcurrido 54 años desde aquella dolorosa partida y, sin embargo, sus canciones continúan recorriendo los caminos de la provincia, alegrando las parrandas y despertando emociones en quienes encuentran en sus versos la expresión más auténtica del amor, la nostalgia y las tradiciones de nuestra tierra.Patillal, ese hermoso rincón del Cesar, situado en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta y acariciado por las aguas del río Badillo, ha sido cuna de grandes compositores. Allí, entre paisajes naturales, costumbres provincianas y encuentros musicales, creció Freddy Molina, quien habría de convertirse en uno de los más sensibles exponentes de la poesía vallenata.

Desde temprana edad demostró una extraordinaria facilidad para crear versos, melodías y composiciones impregnadas de sentimiento. Su inspiración nació de las experiencias más entrañables de su existencia: los recuerdos de la infancia, las travesuras escolares, las amistades juveniles, las ilusiones del primer amor, los desengaños sentimentales y los paisajes de su entrañable Patillal.

Freddy poseía una virtud que distingue a los grandes compositores: sabía convertir las vivencias más sencillas en auténticas obras de arte. No necesitaba recurrir a historias extraordinarias, porque encontraba en la vida cotidiana suficientes motivos para construir canciones que hoy forman parte del patrimonio cultural del Caribe colombiano.

Su reconocimiento artístico comenzó a consolidarse a finales de los años sesenta, cuando el extraordinario acordeonista Alfredo Gutiérrez, triple Rey Vallenato, interpretó y grabó varias de sus composiciones. Canciones como los novios, Indiferente, a nadie le cuentes y la verdad, conquistaron rápidamente el gusto popular y contribuyeron a proyectar su nombre entre los compositores más destacados de aquella época.

En 1970 alcanzó uno de los momentos más gloriosos de su trayectoria artística al coronarse ganador del Concurso de la Canción Inédita del Festival de la Leyenda Vallenata, con “El indio desventurado”, una magistral composición en la que plasmó, con extraordinaria sensibilidad poética, una conmovedora historia de amor, dolor y tragedia. Este triunfo representó la consagración de un talento que ya despertaba admiración entre músicos, intérpretes y seguidores del folclor. Confieso que yo crecí escuchando, cantando y tarareando las canciones de Freddy Molina Daza. Sus melodías formaron parte de aquellos años maravillosos en los que el vallenato tradicional acompañaba nuestras reuniones familiares, las parrandas de amigos y las celebraciones de los pueblos del Cesar, la Guajira y el Magdalena.

Fredy Molina Daza, en una parranda con sus amigos en Patillal Cesar

Entre sus creaciones más memorables guardo especial admiración por “Amor sensible” y “Tiempos de la cometa”, dos auténticas joyas musicales que reflejan diferentes dimensiones de su extraordinario talento. Amor sensible, grabada por los Hermanos López y Jorge Oñate, constituye una de las expresiones más hermosas del romanticismo vallenato. En ella, Freddy Molina convierte el amor en poesía y utiliza los paisajes de su tierra como símbolos de sus emociones. La Sierra Nevada de Santa Marta representa la pureza de sus sentimientos, mientras que la fuerza de las aguas del río Guatapurí sirve para expresar la intensidad de su pasión. Mediante metáforas, comparaciones y personificaciones, el compositor consigue que la naturaleza participe de sus alegrías, incertidumbres y sufrimientos amorosos.

Es una obra en la que la sensibilidad literaria y la melodía vallenata se complementan armoniosamente, demostrando que las canciones de acordeón también pueden alcanzar una extraordinaria dimensión poética. Por su parte, Tiempos de la cometa representa una de las más conmovedoras evocaciones de la infancia y la juventud dentro del vallenato costumbrista. En esta composición, Freddy Molina regresa imaginariamente a los años de su niñez, cuando las cometas surcaban los cielos de Patillal, las primeras ilusiones amorosas comenzaban a despertar y las travesuras escolares formaban parte de una existencia despreocupada. La cometa se convierte en símbolo de la inocencia y la libertad infantil; la luna patillalera, en confidente de sus inquietudes; y las hojas secas, en una imagen del paso inexorable del tiempo. La noticia de su fallecimiento produjo una profunda conmoción en Patillal, Valledupar y numerosas poblaciones de la región Caribe.

Sus honras fúnebres congregaron a miles de personas que acudieron a despedir al joven compositor, mientras las emisoras difundían sus canciones como homenaje a su memoria. Parecía imposible aceptar que aquel muchacho de apenas 27 años, capaz de escribir versos tan profundos sobre el amor, la infancia y el paso del tiempo, hubiera partido para siempre. Después de su desaparición física, intérpretes de la talla de Alfredo Gutiérrez, Jorge Oñate y Diomedes Díaz continuaron grabando sus composiciones, permitiendo que su obra trascendiera generaciones y siguiera conquistando nuevos admiradores.

A 54 años de su fallecimiento, considero que la memoria de Freddy Molina Daza merece mucho más que un homenaje ocasional. Su obra debe continuar siendo difundida, estudiada y valorada por las nuevas generaciones, especialmente por quienes encuentran en el vallenato tradicional una de las expresiones más auténticas de nuestra identidad cultural. Resulta fundamental que las instituciones educativas, los festivales folclóricos, los investigadores y los medios de comunicación contribuyan a preservar su legado, porque en sus canciones también se encuentra escrita una parte de la historia sentimental de nuestros pueblos.

Freddy Molina no necesitó una larga existencia para alcanzar la inmortalidad artística. Le bastaron 27 años para demostrar que la verdadera grandeza de un compositor no se mide por el tiempo que permanece sobre la tierra, sino por la profundidad de las emociones que consigue despertar con sus creaciones. Porque mientras exista un acordeón que interprete sus melodías, una parranda que recuerde sus versos o una persona que se emocione escuchando Amor sensible y Tiempos de la cometa, Freddy Molina Daza continuará viviendo en el alma del folclor vallenato.

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*Alcibíades Núñez Manjarrés es un destacado cronista, escritor, docente e investigador cultural nacido en San Juan del Cesar, La Guajira. En el ámbito profesional y académico, es Contador Público de profesión, Magíster en Gerencia Financiera y cuenta con una amplia trayectoria en la educación superior y en instituciones públicas de su región natal. Es colaborador habitual en portales culturales y de opinión de la región como Panorama Cultural, Portal Vallenato y Estampas Vallenatas.

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