La más antigua epopeya
Por Donaldo Mendoza*
«Quien ha visto el fondo de las cosas y de la tierra,/
y todo lo ha vivido para enseñarlo a otros,/
propagará su experiencia para el bien de cada uno./»
En el siglo IV a.C., Aristóteles dio a conocer su «Poética», una reflexión estética que caracteriza y describe los tres géneros ‘serios’ hasta entonces cultivados: la épica, la lírica y el teatro. El referente de lo épico era Homero, con la Ilíada y la Odisea (hacia el siglo VIII a.C.). Posteriormente, en la antigua región de Mesopotamia (Sumeria, Babilonia…), se hará un trascendental descubrimiento: el hallazgo de doce tablillas en arcilla, “pertenecientes a la biblioteca de Asurbanipal” (hacia el siglo VI a.C.). Allí se narran fragmentos de la epopeya «Gilgamesh» (2500-2000 a.C.).
El poema de Gilgamesh (anónimo) presenta virtudes de la epopeya, dentro del canon aristotélico: grandeza del tema y valores que se proponen como universales. Todo ello en un lenguaje y estilo que enaltecen lo cantado. Y como encarnación de todo está el protagonista, personaje de lámina única que tipifica la idiosincrasia de su pueblo y se ofrece a sí mismo como un modelo a imitar, además de mitificar su propia imagen. Gilgamesh, nuestro héroe, es «…todo alegría! …todo él resplandece de vigor y de vida; el deseo amoroso llena todo su cuerpo; …nunca descansa, ni de día ni de noche». Él mismo ha poseído sabiduría y ciencia universales.
De lo que sí adolecen estos semidioses es del dominio sobre la muerte. Esa es su tragedia. Y en el intento por desafiar a los dioses y a su propio destino, Gilgamesh recorre todos los países, atraviesa los montes más hostiles, cruza, por supuesto, todos los mares… «y desciende hasta el fondo del mar, donde encuentra una planta que posee la virtud de devolverle la juventud a quien la come…» Pero tan pronto vuelve a la luz, al primer descuido una serpiente aparece y se lleva la planta. Comprende Gilgamesh que no puede escapar de su destino: la enfermedad, la vejez y la muerte.
El destino, en su naturaleza infalible, se configura en intentos ilusorios de disputarles a los dioses así sea un poquito de felicidad. En efecto, en el camino de la vida, «…no he encontrado nada que fuese feliz. Me he condenado a la miseria y mi cuerpo ha sido un saco de dolores». Queda abierto el enigma de lo que permanece oculto.
A medio camino entre Israel/Palestina y China/India, está esta epopeya con su sabiduría y su ciencia. Aquí unas reflexiones:
- “¿Quién saldrá vencedor de la muerte?/ Solo los dioses viven eternamente…/ los hombres
tienen contados sus días;/ todo cuanto hacen no es más que viento”. (*)
- “¡…abandona las riquezas y busca la vida,/ desprecia toda propiedad y mantén viva el alma!” (*)
- “La mujer que yo amaba/ se ha despedido de mí./ Y mi fuerza se ha convertido en debilidad”.
***
(*) Su analogía con el eje temático (vanidad) de Eclesiastés (A. T.), es notable.
♦♦♦
*Donaldo Mendoza Meneses es un destacado docente, columnista y gestor cultural colombiano, reconocido principalmente por su labor intelectual en los departamentos del Cesar y el Cauca. Es natural de Agustín Codazzi, Cesar. Debido a su larga permanencia y aportes en la ciudad de Popayán, es considerado un «prócer cesarense en el Cauca». Se graduó como bachiller en el Colegio Nacional Agustín Codazzi (1974) y posteriormente obtuvo el título de Magíster en Educación y Filosofía Latinoamericana, U. Sto. Tomás de Aquino. Es un prolífico columnista. Ha colaborado con medios como El Espectador, El Liberal (Popayán), Proclama del Cauca, El Pilón y El Portal Vallenato.Se le reconoce por su agudeza crítica y su capacidad para analizar la realidad social y literaria de Colombia.

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