Semblanzas de Consuelo Araújo Noguera

“…intrépida, se presenta ante el presidente de Estados Unidos, con un conjunto de música vallenata, compuesta por niñitos de clase humilde”

Se podría decir, que no necesita presentación, ya que todos sabemos que cuando este territorio vallenato era una perla escondida entre las conchas de sus dos sierras, con una cultura multifacética, donde se resumía la humanidad entera, pero desconocida y aislada para el resto de la humanidad, surgió en este Valle de Upar, una cacica que se dispuso, sin consultárselo a nadie, a mostrar al mundo esa cara desconocida de nuestra cultura.

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A propósito del Festival Vallenato virtual recordemos a La Cacica: efecto Mozart

Por Ruth Ariza Cotes.

Aprendí en la Universidad Nacional, en clases de Lógica 2, con el filósofo Guillermo Páramo, que el efecto Mozart consistía en un ejercicio de abstracción que hacemos de la persona cuando muere; es decir, sacamos a  relucir  sus defectos o sus cualidades más sobresalientes. Este es el ejercicio que me he propuesto hacer, una vez que La Cacica viajó a la eternidad.

Consuelo la resumo evocándola como “heroína cultural del siglo XX”, como nuestra “Loperena contemporánea”, genial periodista, la mujer visionaria, madre ejemplar, mujer libertaria, la lingüista, la musicóloga, símbolo de nuestra identidad y difusora de la misma, congeladora de nuestra memoria cultural a través del tiempo; como la perseverancia, la constancia, el emprendimiento, la innovación,  y la creatividad personificada, y siempre con la sabiduría como brújula antes que la academia;  por último, ella resume el mito del Patito Feo.

El día que la estaban preparando para meterla en el ataúd pude observar que en sus pies no le cabía una herida más, porque descalza le tocó caminar kilómetros y kilómetros y las piedras ígneas y puntiagudas de la Sierra se incrustaban en ellos. Este fue el último calvario de su vida, ¡paz en su tumba!

Como arqueóloga de la música vallenata, es la primera que construye un marco conceptual y teórico de la misma; clasificándola en vallenato bajero (del Magdalena y Bolívar); en vallenato sabanero (de Sucre y Córdoba)   y en vallenato-vallenato (del Cesar y La Guajira); extendiendo así el valle musical del Cacique Upar a cinco departamentos de Colombia, perpetuando esta música a través  de escuelas infantiles que como semilleros  congelarían el vallenato  vernáculo en el tiempo.

La Cacica fue la intelectual que en un momento de iluminación forjó con el maestro Rafael Escalona y con sus dos parientes, el  nobel Gabriel García Márquez y el ex presidente Alfonso López Michelsen, la roca para edificar el concurso que mantiene viva la música tradicional del pueblo vallenato, una de las fiestas folclóricas más importantes de Colombia: el Festival de la Leyenda Vallenata. Este evento la ayudó a proyectar la música y la cultura del Valle de Upar hasta Europa y Norteamérica.

En los siglos XVIII y XIX, y a comienzos del siglo XX, la mujer que enviudaba renunciaba al mundo, cerraba su casa, no volvía a salir, y las pantallas y cortinas de la casa eran vestidas con un ropaje negro en señal de duelo, la mujer guardaba luto al esposo hasta su muerte, así las cosas, no tenía más derecho a la felicidad, vivíamos en un mundo medieval.

‘La Cacica Libertaria’ vence, como Francisco el Hombre, sobre esas tradiciones y prejuicios, creando un nuevo esquema: no se quedó como la ‘matrona’, sumisa, reprimida y doméstica, sino que se convirtió en la ‘matriarca’ que sembró nuevos paradigmas para que se rompiera la tradición de la mujer oprimida, sin esperanzas de nuevas oportunidades, sin voz ni voto; ella nos abrió el camino que nos da la libertad.

¡Dios quiere para nosotros la felicidad!

‘Periodista de oficio’ como Gabo, incursionó en la lingüística, rescatando con el Lexicón Vallenato las voces de nuestros ancestros. Fue biógrafa de cabecera del maestro Rafael Escalona y alcanzó con un simple diploma de bachiller a ser ministra nacional de Cultura, triunfando el mito sobre el logos y la sabiduría sobre la academia, al igual que los filósofos griegos que jamás asistieron a una academia, porque su sabiduría fue antes que ellas.

Como visionaria predijo que el vallenato, como bandera sonora, sería un día el ícono identitario de Colombia entera ante el mundo. Como madre ejemplar le mostró a sus hijos la importancia de conocer la identidad del pueblo donde nacieron, ya que así podían extrapolar estos conocimientos universales a toda la humanidad.

De manera sabia fue quien por medio del trueque consiguió en préstamo el Parque de la Leyenda Vallenata, que antes era un simple potrero, o sea “un no lugar” como diría el filósofo francés Michel Foucault, y fue la Fundación del Festival, creada por ella, la que logró durante varios años posicionar el sitio dándole un significado cultural, convirtiéndolo en un templo de la cultura vallenata. De una simple finca pasó a ser símbolo de nuestra música primigenia y conocido a nivel internacional.

Con la creación del festival, los cantautores y músicos que antes actuaban en los traspatios sin remuneración alguna, subestimados y cuyo único pago era un plato de sancocho al final de la jornada, ahora se han posicionado mejorando significativamente su situación económica y estatus. La Fundación del Festival ha difundido a nivel internacional este tesoro musical, antes escondido en el Valle de Upar.

Contó siempre con el apoyo, el afecto y la aprobación de la junta directiva  de la Fundación del Festival, formada inicialmente por la mansedumbre y el espíritu maternal de la ‘Polla’ Monsalvo; la sabiduría del ‘Mono’ Quintero; la honradez  y transparencia de Darío Pavajeau; el romanticismo y la inocencia de Gustavo Gutiérrez; la humildad de María Lourdes Baute; la inteligencia de Orlando Velásquez;  el pensamiento profundo de Simón Martínez, y la inolvidable genialidad de Lolita Acosta que sirvió de columna vertebral del festival, como me lo expresó Rodolfo Molina.

 La Unesco ha declarado la música y el canto vallenato como patrimonio cultural de la humanidad. La Cacica expresó que: “El vallenato es universal porque en sus cantos se esconden principios, valores morales y mitos comunes a toda la humanidad”. Marchitaron una flor pero Consuelo nos dejó la primavera.

Manuel Zapata Olivella: un defensor de la libertad

Por Ruth Ariza Cotes

Los seres humanos como Manuel Zapata Olivella despiertan reconocimiento y admiración porque son paradigmas que invitan al cambio de una sociedad enferma, donde prima el egoísmo, la competencia, la inequidad, el dinero, las armas y la falta de ese amor universal del que nos habla Erich Fromm en su obra ‘El Arte de Amar’ (aquél que nos hace vibrar ante las necesidades de los demás, aun cuando los acabemos de conocer).

El verbo y la pluma de este genial escritor fueron siempre un llamado a la justicia social, a la equidad y a la libertad del ser humano, ya que sin ellas, sea cual fuere el color de la piel, no puede haber equilibrio ni paz en la humanidad.

A pesar de que la libertad de los esclavos de manera definitiva se firmó en 1851, siguieron otros tipos de cadenas para la población negra: los negros no podían ingresar al sacerdocio, ni al fuero militar, no recibían como novicias en los conventos a las jóvenes negras, no eran recibidas en colegios católicos y cuando con la iconografía queríamos representar a un negro, lo hacíamos pintando un boxeador o a una cocinera con una pañoleta de pepitas amarrada en la cabeza; y hasta la religión católica no representó a San Martin de Porres (santo negro) tocando una tambora, unas maracas o un xilófono, sino que le colocaron una escoba en sus manos, como quien dice: para que hasta en el cielo le siga barriendo a los blancos.

Como si no fuera poco, en el lenguaje cotidiano seguimos empleando expresiones que denotan la carga histórica que llevamos por dentro con estereotipos que subvaloran el ser negro: Las aguas impuras son aguas negras, el alma en pecado es un alma negra, el diablo es negro, aquí hay un significado de maldad; la oveja negra y descarriada es la oveja negra de la casa; “me dio una mirada negra”(llena de odio); “negro tenía que ser”; el negro tiene las facciones ordinarias y tiene el pelo malo o cucú o ñongo; todas estas expresiones denotan que “las cadenas siguen invisibles”.

En la fotografía, Manuel Zapata Olivella luciendo la condecoración de Palabrero Mayor que le otorgó la Fundación Cultural Palabrería dirigida por Gustavo Adolfo Ramírez. Al lado la antropóloga Ruth Ariza quien llevó la palabra en el evento.

Cuando adelantaba mi carrera de antropología en la Universidad Nacional tuve la oportunidad de escuchar como profesor a Zapata Olivella y hablándonos de su cultura afro nos expresaba que esta se caracterizaba por un principio llamado “El muntu”, cuya filosofía era la de considerar que todo concepto se daba en un contexto, que nada se daba aislado, y que por lo tanto toda teorización debía contener un aspecto integral, es decir holístico; porque un concepto aislado no consultaba todas las miradas que podían enriquecerlo y nos contaba que cuando el sacerdote y médico africano iba a curar a un enfermo, se cercioraba con quiénes vivía, quiénes eran sus vecinos, cómo eran sus relaciones con ellos y con los del barrio, así mismo con los de su pueblo, después de oír sus síntomas, daba un dictamen clínico y recetaba medicinas vegetales, de rocas y de algunos animales.

Lo anterior me causó una gran curiosidad porque descubrí que este es un sistema muy científico y que es usado también por los indígenas.

Veo con grata sorpresa que en la modernidad cuando se va a desarrollar un proyecto de investigación, se deben intervenir en él, para su formulación, el mayor número de distintos profesionales para que las diferentes ciencias dialoguen entre sí y emitan conceptos integrales donde todo tenga que ver con todo. En esta metodología se encuentra escondido el principio de integración propio de los afros y de los amerindios.

Otras de las enseñanzas que nos dejó Zapata de su cultura es la costumbre que tienen los mayores de enterrar a sus antepasados y al pie sembrarles un árbol, el cual cuidan minuciosamente hasta verlo crecer, de tal manera que las raíces del árbol al profundizarse se alimentan de las sustancias que dejó el cadáver del abuelo; y así las cosas, la savia de ese árbol viene a ser como la sangre del abuelo que sigue viviendo a través de sus ramas; cuando muere otro abuelo o bisabuelo repiten el mismo acto y así sucesivamente se va formando un bosque; donde cada árbol es un antepasado; de esta manera humanizan la naturaleza, se forma así una gran familia entre los árboles; por eso no los destruyen, porque estos se convierten en la prolongación de su familia; cortarle la rama a un árbol es como cortarle el brazo a uno de sus abuelos; esta filosofía de vida eterniza la naturaleza.

Manuel Zapata Olivella fue un conciliador por excelencia, que nos invita a amarnos como hermanos sin distinción de color, ya que todas las culturas esconden valores que son ejemplos para la humanidad, como esta cultura afro símbolo de sabiduría y de amor a la naturaleza.

El personaje que nos ocupa fue el palabrero mayor, que introdujo en su quehacer literario una invitación fraternal a los ‘blancos civilizados’ para que dejen de una vez por todas el estigma contra los afroamericanos, si es que son civilizados; expresando que la única raza que existe es la raza humana, con una unidad psíquica universal donde todos tenemos los mismos derechos.

Con base en el contexto anterior, es lamentable la muerte de George Floyd en estado de total indefensión, por un agente del Estado norteamericano.

Por Ruth Ariza Cotes