Manuel Zapata Olivella: un defensor de la libertad

Por Ruth Ariza Cotes

Los seres humanos como Manuel Zapata Olivella despiertan reconocimiento y admiración porque son paradigmas que invitan al cambio de una sociedad enferma, donde prima el egoísmo, la competencia, la inequidad, el dinero, las armas y la falta de ese amor universal del que nos habla Erich Fromm en su obra ‘El Arte de Amar’ (aquél que nos hace vibrar ante las necesidades de los demás, aun cuando los acabemos de conocer).

El verbo y la pluma de este genial escritor fueron siempre un llamado a la justicia social, a la equidad y a la libertad del ser humano, ya que sin ellas, sea cual fuere el color de la piel, no puede haber equilibrio ni paz en la humanidad.

A pesar de que la libertad de los esclavos de manera definitiva se firmó en 1851, siguieron otros tipos de cadenas para la población negra: los negros no podían ingresar al sacerdocio, ni al fuero militar, no recibían como novicias en los conventos a las jóvenes negras, no eran recibidas en colegios católicos y cuando con la iconografía queríamos representar a un negro, lo hacíamos pintando un boxeador o a una cocinera con una pañoleta de pepitas amarrada en la cabeza; y hasta la religión católica no representó a San Martin de Porres (santo negro) tocando una tambora, unas maracas o un xilófono, sino que le colocaron una escoba en sus manos, como quien dice: para que hasta en el cielo le siga barriendo a los blancos.

Como si no fuera poco, en el lenguaje cotidiano seguimos empleando expresiones que denotan la carga histórica que llevamos por dentro con estereotipos que subvaloran el ser negro: Las aguas impuras son aguas negras, el alma en pecado es un alma negra, el diablo es negro, aquí hay un significado de maldad; la oveja negra y descarriada es la oveja negra de la casa; “me dio una mirada negra”(llena de odio); “negro tenía que ser”; el negro tiene las facciones ordinarias y tiene el pelo malo o cucú o ñongo; todas estas expresiones denotan que “las cadenas siguen invisibles”.

En la fotografía, Manuel Zapata Olivella luciendo la condecoración de Palabrero Mayor que le otorgó la Fundación Cultural Palabrería dirigida por Gustavo Adolfo Ramírez. Al lado la antropóloga Ruth Ariza quien llevó la palabra en el evento.

Cuando adelantaba mi carrera de antropología en la Universidad Nacional tuve la oportunidad de escuchar como profesor a Zapata Olivella y hablándonos de su cultura afro nos expresaba que esta se caracterizaba por un principio llamado “El muntu”, cuya filosofía era la de considerar que todo concepto se daba en un contexto, que nada se daba aislado, y que por lo tanto toda teorización debía contener un aspecto integral, es decir holístico; porque un concepto aislado no consultaba todas las miradas que podían enriquecerlo y nos contaba que cuando el sacerdote y médico africano iba a curar a un enfermo, se cercioraba con quiénes vivía, quiénes eran sus vecinos, cómo eran sus relaciones con ellos y con los del barrio, así mismo con los de su pueblo, después de oír sus síntomas, daba un dictamen clínico y recetaba medicinas vegetales, de rocas y de algunos animales.

Lo anterior me causó una gran curiosidad porque descubrí que este es un sistema muy científico y que es usado también por los indígenas.

Veo con grata sorpresa que en la modernidad cuando se va a desarrollar un proyecto de investigación, se deben intervenir en él, para su formulación, el mayor número de distintos profesionales para que las diferentes ciencias dialoguen entre sí y emitan conceptos integrales donde todo tenga que ver con todo. En esta metodología se encuentra escondido el principio de integración propio de los afros y de los amerindios.

Otras de las enseñanzas que nos dejó Zapata de su cultura es la costumbre que tienen los mayores de enterrar a sus antepasados y al pie sembrarles un árbol, el cual cuidan minuciosamente hasta verlo crecer, de tal manera que las raíces del árbol al profundizarse se alimentan de las sustancias que dejó el cadáver del abuelo; y así las cosas, la savia de ese árbol viene a ser como la sangre del abuelo que sigue viviendo a través de sus ramas; cuando muere otro abuelo o bisabuelo repiten el mismo acto y así sucesivamente se va formando un bosque; donde cada árbol es un antepasado; de esta manera humanizan la naturaleza, se forma así una gran familia entre los árboles; por eso no los destruyen, porque estos se convierten en la prolongación de su familia; cortarle la rama a un árbol es como cortarle el brazo a uno de sus abuelos; esta filosofía de vida eterniza la naturaleza.

Manuel Zapata Olivella fue un conciliador por excelencia, que nos invita a amarnos como hermanos sin distinción de color, ya que todas las culturas esconden valores que son ejemplos para la humanidad, como esta cultura afro símbolo de sabiduría y de amor a la naturaleza.

El personaje que nos ocupa fue el palabrero mayor, que introdujo en su quehacer literario una invitación fraternal a los ‘blancos civilizados’ para que dejen de una vez por todas el estigma contra los afroamericanos, si es que son civilizados; expresando que la única raza que existe es la raza humana, con una unidad psíquica universal donde todos tenemos los mismos derechos.

Con base en el contexto anterior, es lamentable la muerte de George Floyd en estado de total indefensión, por un agente del Estado norteamericano.

Por Ruth Ariza Cotes

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