El Vallenato protesta

vallenato-protesta

EL CAMBIO SOCIAL. Autor Freddy Molina

 Luis Carlos Ramírez Lascarro

Cuando escuchamos hablar de Canción protesta, inmediatamente se nos viene a la cabeza la Nueva canción latinoamericana, movimiento aparecido a mediados de los años sesenta del siglo pasado, diferenciándose de la canción popular precedente por su fuerte compromiso social y con ella vienen a nuestras mentes cantautores como Facundo Cabral, Pablo Milanés, Piero, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez y, quizá a algunos Gilberto Gil, Caetano Veloso, Alí Primera y Rubén Blades. Serrat, siendo catalán, ha tenido un vínculo muy estrecho con este movimiento y también suele asociarse en nuestras mentes con él, de la misma forma que sus precursores: Víctor Jara, Violeta Parra y Atahualpa Yupanqui. A algunas personas pueden venírsele a la mente los colombianos: Ana y Jaime, que aún se mantienen vigentes en lugares “del recuerdo” y, quizá – aunque creo que a muchos menos – Pablus Gallinazus, también colombiano y con alguna notoriedad en los sesentas y setentas del siglo veinte.

Este movimiento se caracterizó por recurrir al folclore musical, tal como se presentaba en cada región del subcontinente latinoamericano; sin embargo, estos artistas colombianos antes nombrados en sus interpretaciones poco o nada se aproximaron a sus raíces musicales para recrear sus interpretaciones. Se aproximaron a la balada, al rock o a la trova cubana, principalmente, en sus números más conocidos, perdiendo, con esto, la fuerza que este volver a las raíces le imprime a su discurso reivindicativo, como en el resto de los intérpretes y cantautores. Es poco probable que al público en general, incluyendo al público de la costa caribe colombiana, se le vengan a la mente compositores como Daniel Celedón, Hernando Marín y Santander Durán al hablar de la canción protesta y pocos menos llegarán a aceptar con facilidad que en la época de mayor auge de este movimiento y al margen del mismo, en Colombia se presentaban muchas composiciones de lo que podríamos denominar: Vallenato protesta que, como el resto del movimiento reflejaba las necesidades y reivindicaba los derechos de los más pobres, reclamando el respeto por la vida de quienes usualmente son relegados por la sociedad desigual en la que les tocó vivir o sobre vivir. Uno de los antecedentes más famosos de este tipo de vallenato lo podemos encontrar en el paseo: El hambre del liceo, en el cual el maestro Rafael Escalona, mostró su inconformidad por la comida que recibían los internos del Liceo Celedón, de Santa Marta.

Salgo a Santa Marta,
cojo tren en la estación,
paso por la Zona
tierra de los platanales,
y al llegar a Fundación

sigo en carro para el valle:

Con esta noticia le fueron a mi mama,
que yo de los platos ya me parecía a un fideo.

Y es el hambre del Liceo,
que no me deja engordá.

 ¿Qué tiene Escalona,
qué tiene ese muchacho?
Dicen las personas
cuando lo ven tan flaco,

pero es que no saben
el hambre que se pasa
cuando un vallenato

se sale de su casa.

.El hambre del Liceo.Autor: Rafael Escalona.

A partir de este célebre antecedente se sienta un claro precedente diferenciador en las temáticas de la protesta del vallenato, que se distancia del discurso principalmente anti-imperialista de las canciones del movimiento de la Nueva canción latinoamericana, para consolidarse como una alternativa de reclamación frente a cualquier figura representativa de poder por la cual el cantor o el grupo o sector social del cual se hace y siente vocero se sienta oprimido, discriminado o explotado. El Festival de la Leyenda vallenata, desde sus orígenes, ha sido un evento de la élite terrateniente del departamento del Cesar y, por tanto, una figura de poder que se ha dado a la tarea de definir e imponer una serie de reglas para definir los aires musicales como auténticamente vallenatos y declarar como espurios una gran variedad de ritmos, a pesar de su extendida aceptación popular, principalmente pertenecientes a la tradición de las sabanas del Bolívar Grande y que han sido llamados desde Valledupar, en una generalización bastante mezquina, Vallenatos sabaneros, calificación que muy poco agrada a los innumerables y valiosísimos compositores e intérpretes de estas regiones que, de diversas formas han dado a conocer su disconformidad con estas directrices excluyentes del Festival, pero pocas, aunque por diferentes motivos, como la reconocida reclamación hecha a esta institución y uno de sus fallos por parte del compositor “Geño” Mendoza, autor del tema Festival Vallenato, grabado con gran éxito por Nelson Henríquez, en el cual denuncia, tomando la vocería del público asistente a la final del certamen del año 1971, lo que consideró como una injusta elección y coronación como rey del barranquillero Alberto Pacheco, siendo el favorito de todos el maestro Luis Enrique Martínez, El Pollo vallenato.

…pero inconforme el pueblo ha de seguir
si le estropean sus aires vallenatos
y exige que sean honrados:
si desde el ruedo al Pollo lo vieron salir
en las garras del jurado.
Luis Enrique Martínez,
el Pollo vallenato
que siempre lo ha sido
volverá a ese ruedo:
la tierra e Pedro Castro
orgullo vallenato
y justo ha lastimado
al pueblo fonsequero.

 -Festival Vallenato. Autor Luis Francisco “Geño” Mendoza.

La queja vallenata a veces ha sido enfilada al mismo Dios, como la formulada por el compositor Gildardo Montoya y popularizada por el gran Alejo Duran, en el paseo Plegaria Vallenata, en el cual increpa a Dios por la pronunciada desigualdad social de su región.

 Óyeme diosito santo
tú de aritmética nada sabias,
dime por qué la platica
tú la repartiste tan mal repartida.
 
Óyeme diosito santo
en cual colegio era que tu estudiabas,
por qué a unos les diste tanto
en cambio a otros no nos diste nada.

Otras veces la protesta del vallenato ha sido dirigida a personalidades públicas, como el Nobel de Literatura García Márquez, a quien le reclamó el maestro Armando Zabaleta, su supuesta indolencia frente a la situación de abandono de su pueblo natal, responsabilidad del estado y sus pésimos dirigentes, en el tema Aracataca espera grabado por los Hermanos López en 1974.

El escritor García Márquez
hay que hacerle saber bien,
que uno la tierra donde nace
es la que debe querer
y no hacer como hizo él,
que su pueblo abandonó,
y está dejando caer
la casa donde nació.

Este mismo compositor, dejó ver en uno de sus cantos su preocupación por la situación de la pertenencia de las tierras en el país, en su canción La reforma agraria, que bien podría ser el himno de quienes buscan la restitución de sus tierras perdidas a manos de los grupos paramilitares y que, seguramente, como en su momento fue vetada por el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, hoy volvería tener igual suerte. Yo no me explico qué es lo que está haciendo la reforma agraria allá en el Magdalena: Desde que están expropiando terrenos y todavía no se ve una parcela Con ese paso que llevan, ¿Quién sabe cuándo las veremos? Nos moriremos de viejos con la esperanza de verlas. A ese gobierno que usualmente sólo existe para cobrar impuestos y pedir votos, el compositor Andrés Beleño, en la persona de Alfonso López Michelsen, le dirigió su queja en la composición Usted señor presidente, teniendo, además, la osadía de enrostrársela en la primera aparición del acordeonero Máximo Jiménez en el Festival vallenato de 1977.

¿Usted señor presidente si está de acuerdo
que acaben los campesinos de su nación?
Si sabe que es un esfuerzo que están haciendo
para no morir de hambre con su opresión,
y manda su gente armada sin corazón
pa que vean correr la sangre de un hombre bueno.
Allá viene el campesino,
con su burrito pal pueblo,
viene a cambiar por dinero,
los frutos de su cultivo.
¿Usted sí se ha dado cuenta cómo es que viven?
Y lo que manda es miseria para esa gente,
eso es lo que hace usted señor Presidente
y así les quita lo poco que ellos consiguen.
Usted apoya un corbatudo terrateniente
el enemigo inmediato que los persigue.
Las tierras están en montaña
 y nada están produciendo,
cuando ya están cultivadas,
entonces aparece un dueño.

Quejas vigentes aun en nuestros días, plasmadas en canciones vallenatas hay muchas, como es el caso de las planteadas por el Sanjuanero Hernando Marín Lacouture en sus canciones Los maestros, La ley del embudo, La dama Guajira y Canta conmigo, la primera grabada por los Hermanos Zuleta en el álbum homónimo de 1976, la segunda por Beto Zabaleta y Emilio Oviedo en 1976, la tercera de múltiples grabaciones, la más reciente por el Binomio de oro en la voz de Orlando Acosta en el álbum Impredecible del 2006 y la última del álbum homónimo de 1990 del Cacique de la Junta, Diomedes Díaz, y Juancho Rois. En la primera de estas canciones el maestro Marín sienta su voz de protesta frente al mal pago recibido por un amigo personal, perteneciente al magisterio y, con él, todos los miembros de este colectivo que, progresivamente, han visto disminuir sus garantías laborales desde entonces, de gobierno en gobierno.

También sé que este gobierno
les paga de vez en cuando
y otras veces por milagro,
les paga de mes en mes.
Eses es otro que no sabe agradecer,
tienen sus hijos también
que los están enseñando.
No se acuerdan que fueron niños también,
y, sea hombre o sea mujer,
debe ser considerado,
pero como ellos tienen el poder
y las gallinas de arriba
le echan flores a las de abajo.

La segunda canción referida tuvo una acogida y una difusión tales que, incluso, llegó a ser propuesta por el comandante Jaime Batemán Cayón como el himno del M-19 y, puede, de manera inequívoca ser empleada para referenciar el abandono en que el estado centralizado mantiene aún a las provincias, a pesar de los intentos de algunos sectores de la periferia de lograr su real autonomía administrativa y que aún espera la reglamentación de la ley de ordenamiento territorial.

Yo soy el cantante del pueblo,
yo soy quien defiende a la población
allá donde no llega el gobierno,
allá es donde nace mi triste canción.
Yo soy quien les escucho su llanto
y con ellos comparto su necesidad,
y mejor le pedimos a los santos
porque el que está gobernando
creo que es por no dejar
La ley del embudo:
lo ancho pa’ ellos y lo angosto pa’ uno,
ley de la ballena:
lo angosto pa’ uno y lo ancho pa’ ella
la ley del más fuerte:
como están armados se hacen los valientes
es la ley del cantante:
porque este sistema se volvió estandarte

En esta tercera canción Hernando Marín llega a ser premonitorio o profético frente al sorpresivo interés de los dirigentes del interior del país y de muchos extranjeros en su departamento, al saberse que este era un emporio carbonífero, adelantándose al desfalco que harían y aún hacen de los bienes del subsuelo de la nación y que, en la práctica, no significan ningún bienestar para los moradores de esos territorios.

La guajira es una dama reclinada
bañada por las aguas del caribe inmenso
y lleva con orgullo en sus entrañas
su riqueza guardada orgullo pa mi pueblo
Majestuosa encabezando el mapa
cual pedestal representando a un reino,
esa es mi guajira engalanada
que por años fue olvidada
y hoy se yergue grande.
Viene un heredero a reclamarla
porque tiene plata,
porque ahora si vale:
mi guajira grande, mi Guajira bella.
Ahora que la dama tiene plata
viene el galán a la casa
y promete quererla,
luciendo con soltura y elegancia
una gigantesca manta
y joyas de misterio.
Claro tiene el gas que es una ganga,
la sal de Manaure y su carbón piedra,
pa los gringos…
su carbón de piedra.
Y pa nosotros:
¡Que comamos Piedras!

La última canción que referencio del maestro Nando Marín, constituye una plegaria donde el autor expresa sus anhelos de paz para el Cesar y Colombia. Anhelo que, 24 años después aún espera ser cumplido. Ahora, con más ansias e incluso desesperación que en ese entonces.

Yo quiero
que el mundo sea más pequeño
y estar cerquita del cielo
para jugar con el sol.
Quisiera
juntar el cielo y la tierra,
llanuras y cordilleras
y unir las aguas de Dios.
Ay ver junto una mujer blanca con una negra,
y que no existan rencillas por el color.
Y oír en la voz del pueblo un canto de mi tierra,
yo quiero cambiar la guerra por paz y amor.

En la línea de denuncia de la explotación de los recursos por parte de las compañías extranjeras está cifrado el paseo Las bananeras, del maestro Lorenzo Morales, grabada por Jorge Oñate con Los Hermanos López, en el álbum Rosa jardinera de 1974.

Se fueron, se fueron las bananeras,
explotaron, explotaron la nación.
Sólo quedan los recuerdos de otras eras,
añoranzas y quimeras,
deudas, penas y dolor.
Porque allá en la zona bananera,
allá sufre sin queja un pueblo soñador
que nada ganó al pelear dos guerras
¡Ay! Sólo que hoy olviden su dolor.

Siguiendo por la línea de La dama Guajira, ya no en cuanto a la explotación transnacional, sino en cuanto a reclamación por el relegamiento al que se han condenado los pueblos indígenas, están las composiciones: Yo soy el indio, de Romualdo Brito, grabada en el trabajo Los profesionales de 1979, por Diomedes Díaz y Colacho Mendoza y, del dos veces Rey de reyes de la canción inédita en el Festival Vallenato: 1987 y 2007, Santander Durán: Lamento Arhuaco, ganadora del cuarto Festival en 1971 y La canción del valor, ganadora del vigésimo Festival en 1987. Romualdo Brito al ponerse a sí mismo como objeto de la denuncia y del sufrimiento que denuncia incursiona en un punto que es también interesante y actual, al señalar la censura, abierta o velada, que los gobiernos y demás figuras de poder han hecho a quienes se atreven a levantar la voz, señalando la manipulación llevada a cabo por los medios masivos de comunicación, al servicios de los poderosos.

Yo soy el indio guajiro de mi ingrata patria colombiana,
que tienen todo del indio más sin embargo no le dan nada.
No hay colegio pa el estudio, ni hospital pa los enfermos.
Todavía andamos en burro y en cayuquitos de remos.
¿Y entonces cual es la vaina,
que es lo que pasa con nuestro pueblo?
El gobierno no da nada y nos censura por lo que hacemos,
lo que nos da es mala fama por sus periódicos embusteros.

El maestro Santander, por su parte, realiza una revisión nostálgica de los restos de las civilizaciones primitivas que poblaron los territorios del Valle de Upar y la Sierra Nevada de Santa Marta en la primera canción referenciada.

Allá en los picos de la Nevada
en donde queda San Sebastián
viven los indios de piel tostada
de canto triste, sin sol ni pan.
Fueron guerreros de raza valiente
que derrotada ante el invasor
huyó del valle donde la muerte
iba a caballo conquistador.
Hoy solo quedan de aquellas glorias
leyendas, ritos, resignación,
muchas tristezas, bellas historias
y el gran olvido de la nación.

En la segunda da un paso más en su denuncia, construyendo una voz épica en la cual el autor mismo toma la voz del héroe que protagoniza la epopeya largamente anhelada en busca del restablecimiento de la dignidad pisoteada de su pueblo.

Me sobra el valor para lanzar
de esta historia sagrada al blanco invasor,
de voz guerrera y desafiante espada,
sigiloso como el tigre en la llanura,
he llegado al frente de mi nación. *
Entre hechizos anoche el brujo
contaba que ha tenido, que ha tenido, una visión:
triunfaremos pero seré ejecutado
cuando dé su contra ataque el invasor.
No me importa si la muerte es mi destino,
quiero darle como herencia a mi nación,
el orgullo incomparable de ser libre,
aunque tenga que pagar, con su extinción.

Finalizando este levantamiento en pro de los derechos de los indígenas, el maestro contador de historias David Sánchez Juliao, pone un punto alto con el paseo El indio Sinuano, de múltiples grabaciones y gran recordación. En esta obra él no sólo denuncia los atropellos y usurpaciones de los blancos, sino que profetiza un levantamiento de su raza en reclamo de sus territorios ancestrales.

Yo soy indio de los puros del Sinú,
yo soy indio cholo, chato y chiquitín.
Esta tierra, es mi tierra,
y este suelo, es mi suelo.
A mi casa llegó un día un español,
y del oro de mi padre se apropió
y la tumba de mi abuelo,
como guaca exploró.
Y mi tierra me quitaron de las manos,
despojado quedé yo con mis hermanos,
Al abrigo de los vientos,
relegado a los pantanos. ***
Oigan, blancos, les advierto, sí señor,
que mi raza volverá a estar como el sol,
a pintarse los cachete de color,
y a infundirles a ustedes miedo y temblor.
Porque… Esta tierra es mi tierra,
y este cielo es mi cielo.

Otra cara de la protesta vallenata que alimenta no sólo la poética sino la novelística y toda literatura nacional desde los años cincuenta es la cara de la violencia, principalmente la de la vida pública, tema recurrente en Colombia desde los inicios de su vida republicana. Este acercarse de manera reiterativa a la violencia no siempre ha sido efectivo para combatir la desmemoria colectiva, la falta de coraje o el temor impuesto que no permiten asumir la verdad de las distintas formas de violencia que han cercado la realidad histórica nacional. Sin embargo, uno pocos toman conciencia de ello y tienen el valor de aventurarse en un ejercicio creativo que sirva de denuncia o lamento y tratan de hacer sentir su voz a pesar de los señalamientos que esto les pueda causar e incluso, las censuras en los medios de comunicación, las disqueras y hasta en los festivales. La samaria Hortensia Lanao, primera mujer en ganar en la modalidad de canción inédita vallenata en el XXVIII Festival, en 1995, viendo la forma en la que Valledupar estaba siendo azotado por la violencia que, incluso, llegó a poner en riesgo la realización del certamen, convencida de que cantar era una de las fórmulas para alejar la maldad, hilvana en su canción, ¿Qué hago Señor? el dolor y la desesperación de todos sus paisanos, llegando a constituir más que una protesta a un agente indeterminado del mal, una oración de súplica descarnada y dolorida.

Quiero que vuelvan
los tiempos aquellos
momentos de felicidad
quiero abrirle el pecho
sembrar sentimiento,
borrar la maldad.
Miro al cielo buscando la salida
de este camino incierto
para vivir en mi Valle,
Valle de mis ensueños
ese que tanto quiero
y hoy veo sufrir.

En esta misma línea de la violencia, causada por agentes difíciles de definir por sus intrincadas redes que, recurrentemente se entrelazan y encubren mutuamente, el maestro Emilianito Zuleta Díaz, Rey de Reyes de la canción inédita vallenata en 1997, precisamente en la canción que logró esta distinción, llega incluso a ofrecer sus manos, lo único que tiene en la vida, como ofrenda para poder ver de nuevo a su Valle querido transformado en un lugar de paz y progreso.

Ya no es el Valle que conocí aquel día,
cuando en el Loperena
¡ay! lo comencé a querer.
Yo era un muchacho que a veces amanecía
tocando serenata subido en un andén.
Ya no se puede tocar por las calles
así como anteriormente se hacía,
de cualquier parte un disparo nos sale,
ya uno no vale lo que antes valía.
Aquí ninguno responde por nadie
ese es el plato de todos los días.

En el álbum Vallenato con estilo, de 2010, de Oscar Camelo, apareció la canción: Callaron las risas, de autoría de José Amín Díaz, canción que no solo es un claro testimonio de la violencia que ha desangrado al país desde siempre, sino que es una canción que da una muestra clara de que el vallenato narrativo no está muerto de parte de los creadores, sino de parte de los comerciantes musicales, quienes dictan que suena y que no en las estaciones de radio. Esta es una canción que, al describir los hechos que denuncia, reivindica también el lugar que se le ha negado a las canciones juglarescas que caracterizaron al vallenato desde sus orígenes hasta su banalización comercial.

Hablo por los niños que están sin padre,
que también llevan la misma bandera.
Los mismos que dejaron sus parcelas
para pedir limosnas en la calle.
Son inocentes blancos de la guerra,
les callaron las risas a sus vidas.
No pueden caminar, si están sin piernas,
por culpa de esas minas explosivas. *
Cuanto yo diera para que la risa
vuelva a los niños que un día se callaron.
Ese fue el día que a un padre se llevaron
y mas no se volvió a tener noticia.
Cuantos desplazados por la violencia,
se van pa la ciudad a buscar ayuda,
pero allá todos les cierran las puertas:
entonces la ciudad más los tortura.

En la canción El cambio social, de Freddy Molina, se continúa la denuncia de las consecuencias que ha dejado esa guerra absurda en la que el país permanece inmerso, sólo cambiando los nombres de los actores, en algunas ocasiones, mostrando el punto de vista de un desplazado que llega a la ciudad con el anhelo de recuperar algo de lo que perdió en su pueblo, sin imaginar que la selva de cemento es aún más inclemente que el campo del cual proviene.

Soy el hombre marginado
que hasta la ciudad llegué,
campesino colombiano,
sincero y de buena fe.
Buscando amor, justicia y paz
lo que he encontrado es calamidad,
el pueblo exige cambio social:
¿Colombia quién te lo dará?
Para que viva tu gente
como en verdad se lo merece
Soy campesino que vengo
de orilla del rio Cesar,
soy el propio sufrimiento
que nadie quiere calmar.

Wiston Müegues en su canción la estratificación, de 2001, llega a ser más gráfico en su descripción de las penurias afrontadas por los desplazados que llegan a engrosar los cinturones de miseria de los grandes y medianos centros urbanos del país. Sus imágenes no tienen antecedente en la denuncia vallenata por su clara inmersión en el mundo urbano que a sus predecesores es ajeno. Otros relatos, también situados en la ciudad, se desarrollan desde la nostalgia de lo perdido en el campo: este se desarrolla desde la vida asumida y nuevamente desbaratada en la ciudad.

Mi compadre Cerbelión vino al Valle desplazado,
hizo con cartón y palos un rancho en una invasión,
y por la estratificación va a tener que abandonarlo.
Él no era ni estrato cero y lo pasaron para el cinco,
es un pobre jornalero que lucha el pan de sus hijos,
le aumentaron los servicios sin motivo y sin razón.
Él vive en una invasión y que vive en Novalito.
le quedaron los muchachos este años sin estudiar,
él los fue a matricular y le cobraron por estrato.
pobre del compadre mío hoy se alumbra con mechón,
va a coger agua en el río y usa la plancha e’ carbón,
le cocinan el fogón con unos chamizos secos.
Le tocó que abrir un hueco pa’ una taza campesina,
y hasta mató su gallina para hacerse un abanico,
pobre de mí compradrito ya no sale ni a la calle,
Yo si conozco el detalle y es su mala situación
y lo mismo de Cerbelión hay mucha gente en el Valle.

Estos desplazamientos forzados traen otras variantes de violencia que Daniel Celedón, abogado de profesión, ha sabido plasmar muy bien en dos composiciones: La lavandera, grabada con Ismael Rudas en el álbum: Tesoro musical de 1982 y Mujer marchita, grabada por Jorge Oñate y Juancho Rois, en el álbum: El cantante, de 1983. Ambas canciones son retratos de duras realidades que, si bien no son consecuencias directas de la violencia, muchas veces son sólo la única opción que les queda a esas mujeres despojadas de sus pertenencias e incluso sus dignidades. En la primera canción nos da cuenta del sufrimiento de las mujeres que se parten el lomo lavando las ropas ajenas en busca de unos cuantos pesos para su subsistencia y las de sus más queridos.

Yo te vi que venias entristecida,
se dibujó el cansancio de tu dolor.
Que mal te ha pagado la vida,
que manos tan encallecidas,
derramando tanto sudor.
Jornal de burbujas y espinas,
tantas ilusiones perdidas,
laborando de sol a sol.
Lavandera que vas sufriendo
y en tu silencio lloras tu quejas,
vas expuesta cual hoja al viento
con cargamento de ropa ajena.
De pasar el agua corriendo quizás va huyendo de tantas penas,
y en lavasa de mundo negro se va fundiendo tu piel morena. 
Lavandera de poca sombra, nadie te nombra, nadie te llama,
y en tu casa hay llanto de sobra, si lo que cobras ya no te alcanza.
Cada aurora un bojote e ropa y en cada gota se te va el alma..
Forjadora, visión de pompa, jabón que engloba desesperanzas.

En la segunda su relato es más crudo, cargado de imágenes sobre cogedoras que no sólo retratan el drama de las mujeres que deben vender su cuerpo para subsistir, sino que señala a la sociedad que las lleva a esta situación dolorosa y denigrante.

Cuando va a comenzar la noche comienza tu día,
maquillada con mil colores para lucir más.
Contáme donde esta lo alegres de tu triste vida,
vendiendo puñados de amores pa’ ganar el pan
La sociedad que te corrompe luego te margina,
muchacha autómata del vicio ¿para dónde vas?
Cicatrizaron en tu cara todas tus heridas,
pero la que lleva tu alma nunca sanara.
Desde niña te marchaste de tu casa,
convencida de que habrías de regresar,
y hoy la vida te ha mostrado sus espaldas,
tu partida, sigue su recta final.
Mujer marchita, de alma y fecunda,
pobre criatura sin ninguna redención:
Sola entre la multitud, que comercia con tu amor
al irse tu juventud, baja tu valoración.

Estas realidades complejas que el cantor vallenato ha sabido retratar de manera tan eficaz no son imágenes relegadas al pasado en este universo musical como se suele creer. Al margen de las grandes cadenas distribuidoras y comercializadoras e incluso de los conciertos multitudinarios y, por supuesto, al margen de la bendición de la organización del Festival vallenato se encuentra el grupo de Horacio Mora y Lucho Cobo, músicos de estirpe sabanera que desde la aparición de la afamada canción Osama Bin Laden, grabada en 2006, en la cual dan una visión muy costumbrista de los hechos del once de septiembre u hacen eco de la sentencia de muerte promulgada por el presidente Bush al jefe Talibán, no han dejado de presentar canciones de corte narrativo y picaresco con las cuales en ocasiones presentan hechos jocosos de la vida cotidiana de los pueblos del caribe colombiano y en otras realizan, también, un acertadísimo retrato de la situación actual del país, sobre todo de sus periferias. Sólo presentaré cuatro de sus canciones que se ajustan a la temática de denuncia y que son difíciles de rastrear en cuanto a datos de grabación, pero de fácil acceso en la popular red social YouTube: El moto taxista, Familias en acción, El alcalde embustero y El TLC. En la primera canción, una puya de esas que ya casi no se graban, nos muestran las penurias de un hombre que en medio de su desesperación decide dedicarse al transporte informal en su motocicleta, con la mala suerte de que termina perdiéndola en un puesto de control policial.

Por la mala situación que hay en mi patria chica,
buscando una solución, me metí a moto taxista.
Yo me gané en una rifa una FZ cincuenta.
Me puse a saca la cuenta: puedo hace mis carreritas
ella esta vieja y feíta, pero sé que tiene fuerza.
Salí a trabaja temprano y me paró el loco e la Lucha,
que me dijo con angustia llévame hasta Canta claro.
Cuando se montó el Mampano una llanta se espichó,
el motor se le fundió, los frenos se le dañaron,
por la calle quedé yo con la moto de la mano.
Salí a buscar por la cuarta a ver quién me la arreglaría,
Y caí llegando al puente en un retén de policía.
Me pidieron pase y yo que pase iba a tener,
les mostré el seguro pero ya estaba vencido,
dijo el agente: Pa ve su chaleco reflectivo,
su casco de patrullero, las luces intermitentes,
y hasta un permiso vigente para cargar parrillero.
Pensaba en la multa, más o menos de quinientos,
me daba tristeza ver mi moto detenía
¿Con que consigo el sustento de toda la familia mía?
Lleno de resentimiento le grité a la policía:
¡Cójanla pa ustedes, quédense con ella,
que apenas consiga me voy a compra una nueva!
¿Por qué me quitaron mi moto viejita,
acaso es pecado meterse a moto taxista?

La segunda canción es la denuncia de la sinvergüencería en que se han terminado convirtiendo varios de los programas estelares del gobierno, cuando, sin tenerse ningún tipo de control sobre el uso dado a los subsidios dados, muchos de esos beneficiarios desperdician esos dineros, que deberían será para sus hijos, en trago y parranda.

En esta vida compae existen amigos,
miren que vaina como está la corrupción.
Ya no trabajan pendientes a los subsidios
que reciben de Familias en Acción.
El vividor no contento con eso,
vino y metió la carta de desplazado.
El maldecio to le sale derecho,
ya tiene un año de está recibiendo pago.
Ya no quieren trabajá, pa seguí tomando ron,
están pendiente pa cobra las Familias en acción.
Me da tristeza y no puedo hacer nada,
mi pobre patria está llena de injusticia,
con tantos niños que andan por la calle,
muriendo de hambre y usté la desperdicia.

En la tercera canción hacen eco del inconformismo que muchas personas sienten con la clase política dominante, quienes suelen enredar a sus prosélitos con promesas que luego olvidan al llegar al cargo anhelado.

Vengo a contarles la historia del alcalde de mi pueblo,
cuando vio que iba perdiendo ofreció el cielo y la gloria:
Voy a hace un cambio profundo, pa ayudar al pueblo entero,
les prometo que en enero habrá puesto pa todo el mundo.
To los alcaldes son embusteros, voy a nombrarte, pero en Enero.
Vean que problemón tan grande en el que me he metio yo,
esperando que el alcalde cumpla lo que me ofreció.
Mucho hombrecito tramposo, me tiene desesperao,
Ya tengo el pelo canoso, esperando al condenao.

La cuarta canción es, ante todo, una burla ante la desacertada política estatal que pretende poner a competir, sin garantizar protección a los productores colombianos, a los campesinos y demás productores del país, con los de grandes potencias extranjeras.

Ahora con el TLC todito esto va a cambiar:
Mucha gente prepará, otros no hayan que hacé.
Vendrán carros de caché, otros comprarán burbuja,
yo me voy a compra una burra para no andar más a pie.
El alcalde de Turbaco le dio fama a un burro fino,
Con visa pa transportarlo directo a estados unidos,
Y le advirtió de una vez que a la mujé no la dejara
Y que además le enseñaran a rebuznar en inglés.

Con estas canciones de Horacio Mora y Lucho Cobo que, seguramente serán reprobadas como no vallenatas por los pretensiosos puristas de la música de acordeón, termino mi rápido e incompleto recorrido por la variopinta protesta vallenata, una arista de la literatura musical de nuestro caribe poco conocida y aún menos reconocida en su plena dimensión. Periplo realizado con la intención no sólo de mostrar esta forma de canción protesta que, a pesar del mercado se ha mantenido en el vallenato, sino de sentar mi propia protesta frente a las instituciones que se han encargado de proscribir las letras con contenido de los espacios de difusión masiva e incluso de los concursos que aparentemente son para preservar lo más puro y loable del folclor. Deberían recordar que el arte es, prácticamente, el único medio que nos queda para conjurar nuestras penas y negar y negarse a esa oportunidad es vulgar cobardía.

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