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Una intercesión especial de Gabo ante Fidel Castro

gabo-valleduparAunque en la parranda ofrecida en casa de los Navarro Peña, se brindó Whisky, Gabo prefirió tomar Ron Caña.

El Nobel pisó la humilde vivienda del barrio Santodomingo al suroccidente de esta ciudad, para recibir el pago que Clara, madre de Betsy, debía hacerle por un favor que él le había concedido dos años atrás. Y qué favor.

Haber intercedido ante su amigo el presidente de Cuba, Fidel Castro, para que dejara en libertad a su hermano Adaberto Peña, un vallenato que por cosas del destino terminó preso en Cuba cuando el barco donde viajaba de Santa Marta a Miami, cayó con un negocio de narcotráfico, y fue interceptado por las autoridades cubanas al pasar muy cerca de la isla.

En 1980, cuando Clara se enteró de que su hermano estaba prisionero hizo una carta a García Márquez, quien vivía en Barcelona, España. La respuesta llegó cuatro meses después cuando Gabo llamó por teléfono a Clara y le prometió que ayudaría a su hermano y a un grupo de colombianos que estaban presos en Cuba por motivos similares y habían sido condenados a 20 años de cárcel.

Gabo, con una respuesta propia de su macondiano estilo le dijo: “no te preocupes, cuando yo me baje del avión tú me esperas con un ramo de rosas amarillas y mariposas”.

“Recibí la llamada a casa de una cuñada que me dijo: “te llamó un señor Gabriel García Márquez y que te comuniques con él. De inmediato fui a Telecom a hacer fila y llamé a España. Me dijo que iba para Cuba a hacer unas diligencias y entre esas la de mi hermano Adalberto. Que estuviera atenta que él la llamaba”.

Comenta Clara que pasaron varios meses cuando el Nobel cumplió lo pactado y la llamó. Adalberto ya estaba libre.

“Ya tengo a tu hermano, ¿qué quieres que haga? dijo el Nobel, a lo que Clara respondió: Bueno doctor, después que lo ponga en Punta Gallinas nosotros nos encargamos del resto”.

Fue a comienzos de 1981 cuando Adalberto regresó al valle del Cacique Upar para contar una historia que es capítulo aparte. Cuando Clara llamó a Gabo para agradecerle y le preguntó que cómo le iba a pagar semejante favor, el Nobel respondió: “cuando tu presidente me deje entrar a Colombia y me inviten al Festival Vallenato quiero un sancocho de trifásico debajo de un palo de mango”.

Se acercaba el Festival de 1983 y García Márquez había sido invitado como jurado. Clara sabía que él venía y era la ocasión precisa para cumplir con lo pactado. Para entrevistarse con el Nobel siguió el conducto regular y fue donde la Cacica, Consuelo Araújo Noguera, presidenta del Festival, pero ésta le dijo que las invitaciones ya estaban repartidas por lo que no iba a ser tan fácil hacer el contacto.

Clara no se dio por vencida y llamó al propio Gabo quien con una respuesta propia de su macondiano estilo le dijo: “no te preocupes por eso, cuando yo me baje del avión tú me esperas con un ramo de rosas amarillas y mariposas”.

Llegó el día esperado. En una floristería elaboraron el ramo tal como fue solicitado. Al llegar al aeropuerto Clara estaba a la expectativa con el señuelo en sus manos y cuando el avión aterrizó ella pudo llegar hasta la pista. Su emoción crecía cuando vio que de la aeronave se bajaron García Márquez, López Michelsen y Juan Gossaín, quienes actuarían como jurados en el Festival.

“Apenas lo vi me le presenté y él al verme con el ramo me saludó y me dijo que lo buscara en casa de Álvaro Araújo y María Lourdes Castro. Me fui para allá y cuando llegué, había Policía por todos lados. Entonces le dije a uno de ellos: dígale al doctor García Márquez que Clara Peña necesita hablar con él. Así lo hizo y me dejaron entrar.

A los pocos minutos, Gabo y su esposa Mercedes se embarcaron en el ‘Pichirilo’, como le dice Clara al Renault 12 que todavía conserva en el garaje de su casa.

“Cuando llegamos no cabía la gente y la calle estaba repleta, había prensa, Policía y de todo. Los patios de las dos casas vecinas los unimos abriendo puertas en las paredillas para poder atender bien a los invitados.”

Betsy y Alexis, son las hijas de Clara Peña que para la época cursaban bachillerato. Para ellas era todo un orgullo tener semejante personaje en casa y por eso invitaron a sus profesores especialmente a los de Español. Betsy era de la mejor alumna de su curso y próxima a graduarse en el legendario colegio Loperena.

Aunque desde pequeña Betsy tuvo limitaciones físicas por una enfermedad que le afectó la movilidad en sus piernas y creció con muletas y aparatos ortopédicos, su inteligencia, reflejada en la excelencia académica, impresionaba a cualquiera.
En un instante de diálogo, Clara le confesó a su invitado de honor su mayor preocupación en ese entonces. “Doctor el problema mío es esta niña que ahora quiere irse a estudiar en la universidad” y Gabo le respondió: “es una mariposa déjala volar”.

Mientras todos tomaban y gozaban al compás de la música de la agrupación los Kankuis, Betsy aguardaba el momento preciso para que Gabo estampara su firma en su más preciado tesoro literario: Cien años de soledad, la obra que meses atrás le había dado la gloria al escritor.

“Para la mejor del mejor”. Fue la leyenda que quedó escrita y firmada en la primera hoja del libro que por más que Betsy guardó celosamente, no escapó a las manos de los amigos de lo ajeno y se desapareció de la casa.

Después de tres horas de una parranda cuando la gente compartía, bailaba y gozaba, Gabito se retiró con ganas de quedarse. Se fue porque Consuelo Araújo, lo fue a buscar.

Clara dijo que “cuando ella llegó, me dijo “te saliste con la tuya” y yo le dije ¿cómo así?, esto lo hice porque él me lo pidió y era un compromiso que tenía mi familia con él”.

Pasado el Festival, el lazo entre los Peña y García Márquez se hizo más estrecho. Cuenta Clara que cuando Betsy se iba a presentar a la universidad lo llamó. “Le dije que Betsy se iba a presentar en Cartagena, él me preguntó qué puntaje tenía y me aseguró que con eso pasaba sobrada”.

En efecto la niña se hizo Ingeniera Química en la universidad de Cartagena y luego se fue a Venezuela donde hizo postgrado y maestría en biofísica graduándose como siempre, con honores. “Cuando Betsy se fue yo lo llamé y le dije: “Doctor, la mariposa voló, ya está en Venezuela”.

A la ceremonia de graduación de la maestría asistió el cuerpo consular de Colombia en Venezuela por gestión de Gabo, quien se convirtió en una especie de padrino para Betsy. “Me dijo que llamara a José Jorge Dangond que era el cónsul en Maracaibo. Me dio el número de teléfono y lo llamé. Hasta Manuel Elkin Patarroyo, fue a la ceremonia”.

Como siempre, Clara llamó al Nobel para agradecerle y le comentó la nutrida asistencia de la diplomacia colombiana. “Te das cuenta Clarita que la plata no lo es todo, hay que hablar para conseguir las cosas”. Recuerda Clara que le respondió Gabo.

Hoy en ese hogar que acogió al nobel una calurosa tarde de abril, aguarda el viejo palo de mango en la mitad del patio por donde hoy, después de más de 31 años, retozan los nietos de Clara, quien vive en compañía de su esposo Carlos “Carrique” Navarro y su hija Alexis.

En el garaje de los Navarro Peña también está el viejo pichirilo, ese Gabo cambió por el carro de los anfitriones de la plaza para pasearse por las calles del valle y llegar al sancocho por el que esperó más de dos años.

En esa casa llena de recuerdos, reposa un viejo álbum de fotos gastadas por el tiempo, un poco borrosas, en las que apenas se aprecian los personajes de aquella parranda. En las imágenes está Mercedes Barcha bailando con Efraín Peña conocido como “Meagacho” el papá de Clara.

También figuran la profesora Librada Nieto, del Loperena y Edina López, del colegio La Sagrada Familia donde estudiaba Alexis.

“Si García Márquez no hubiera sido amigo de la familia, por lo que hizo por mí, estoy seguro que Betsy habría llegado lejos porque ella siempre ha luchado por lo que quiere. Claro, con el apoyo de sus padres”. Afirmó su tío Adalberto Peña.

La última vez que Clara llamó a Gabriel García Márquez fue el pasado 6 de marzo. “Quería felicitarlo pero estaba bastante delicado de salud y no pasó al teléfono, entonces pasó Mercedes y con ella le mande el mensaje”.

Por: Alba Quintero Almenárez

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