JUBILADO Y EN RETIRO

Por Donaldo Mendoza

En algún domingo de 1990 leí en el Magazín Dominical de El Espectador una de las últimas entrevistas que concedió Eduardo Caballero Calderón, cumplidos los 80 años y sentado en el sillón de su estudio, que era también su universo. Dijo Caballero una frase que para mí fue una especie de epifanía, a mis 37 años: “No me imagino a un hombre que llegue a viejo sin el hábito de la lectura”. Para entonces yo era ya un lector habitual, pero la frase de Caballero me reveló que la lectura podría ser también mi salvación una vez me jubilara y pasara al retiro.

Hoy, en mis 65 y retirado, la lectura ha sido mi primera terapia, en saludable “conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”. Ya escucho la réplica de quien lee estas líneas, y dice: ‘Sí, pero no se puede leer todo el día y parte de la noche’. Cierto. Y de ser posible, sería caer en un estado de alienación parecido a la locura. La lectura es un ejercicio que se hace en momentos distintos y propicios, sin esperar que la vista se canse.

¿Y qué leer?, porque también hay que sugerir. Si se tiene el hábito y se siente que un día que no se ha leído es un tiempo tristemente perdido, la sugerencia y la prioridad son las novelas. Y en la edad del “jubileo” comenzar –o continuar– con aquellas que después de cincuenta años siguen siendo vigentes. La novela, al contrario de los libros de autoayuda o superación, no da fórmulas ni consejos para vivir mejor o, incluso, para aprender a vivir. Los buenos autores no buscan enseñar nada, invitan a conversar, a ver la vida desde el blanco, el negro y los grises de las circunstancias existenciales.

En el momento leo una novela, que no tiene la fama de otras obras, pero sí el tema con el que uno quisiera comenzar: el yo en la circunstancia de jubilado en retiro. Además, es un libro fácil de conseguir en las estanterías de “usados”: «La hoja roja», del escritor español Miguel Delibes (1920 – 2010), colección Biblioteca Básica Salvat, Nº 4. Esta novela invita a conversar sobre los claroscuros de esta particular circunstancia. Tiene interpelaciones que el lector debe intentar responder, o al menos pensar: “¿La jubilación es la antesala de la muerte?”; o el optimista enunciado: “Hoy un hombre a los setenta no es un viejo, métase eso en la cabeza, … El retiro es un premio”.

En efecto, debería ser un premio, siempre que el valor económico de la pensión permita seguir viviendo dignamente; hacer nuevos aprendizajes, como la austeridad, que exhorta a ser más razonables en los gastos, que no es prescindir de las cosas esenciales sino de otras que valoradas con rigor son superfluas. De ese modo se imprime un dinamismo a la vida a través del desaprender y el aprender; de romper paradigmas que parecen acuerdos sociales, como esa ley inventada “para que los hombres no hagamos nunca lo que nos da la gana”.

En fin, con una rápida revisión de la memoria nos damos cuenta que los momentos más felices de nuestra existencia fueron los vividos en la niñez y la adolescencia (el colegio), cuando no trabajábamos y éramos vigorosos. Únicamente una ley inventada puede preceptuar que la vida sólo tiene sentido en el trabajar y trabajar hasta muy avanzada edad y cuando el vigor casi ha desaparecido. Y se hace oído sordo a una frase que se apoya en testimonios: “¡La jubilación le ha quitado a usted cinco años de encima!”. Hace unos días, el amigo Rodrigo Valencia Quijano me decía: “Donaldo, el terror de muchos jubilados es salir a encontrase consigo mismos”.

Y no digo el final de la novela, porque es una respuesta contundente a la ingratitud y a la incomunicación, dos fantasmas que hay que enfrentar con coraje. Y siempre habrá tiempo para desarrollar el hábito sugerido por Eduardo Caballero Calderón.

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