CODAZZI, 50 AÑOS DESPUÉS

Por Donaldo Mendoza

“Codazzi está hoy peor que hace 50 años”, eso me dijo el pasado 14 de agosto el histórico dirigente del Moir, Carlos “el Negro” Peñaloza. A la frase del Negro sólo le faltaron los grises para ser cierta, dado que no es confiable la valoración de cualquier segmento de realidad cuando solo se ve en blanco y en negro. Veamos entonces los menos y los más, 50 años después.

Hace 50 años, Codazzi vivía de la bonanza algodonera, que generó un volumen de capital inmenso pero que no se reflejaba en obras: todas las calles eran destapadas, tampoco había alcantarillado, y la luz fue posible gracias a la interconexión eléctrica que el presidente López Michelsen dejó como su principal obra de gobierno, en todo el Caribe. Sin energía, Codazzi era dos zonas urbanas: una oscura, donde vivían sus habitantes raizales, y otra iluminada con varias cuadras de casas de lenocinio; en esta última se quedaba buena parte de la fortuna algodonera.

La bonanza del algodón poco a poco se fue esfumando, dado que el costo de los insumos, especialmente los venenos, se pusieron por las nubes; al grado que pequeños y medianos agricultores se suicidaban porque no podían con los préstamos e intereses bancarios (https://verdadabierta.com). Pero este fin del algodón fue con alguna complicidad de la Providencia. Me explico, hace diez años una estudiante de Biología de la Universidad del Cauca adelantó una investigación sobre la frecuencia de cáncer de pulmón en obreros que pintan con soplete en talleres automotrices. En su investigación, se halló con una información colateral: una fuente consultada del Ministerio de la Salud le reveló que el municipio de Colombia con el índice más alto de cáncer, en varios órganos, era Codazzi, y no por pintura sino por los venenos del algodón. Por eso fue tan oportuna la Providencia.

Pero a Codazzi también llegó la peste arrasadora de Macondo, pues con el fin del algodón le desviaron, también, la carretera panamericana, que movía una parte de la economía. Sin el monocultivo agroindustrial y sin la panamericana, Codazzi quedó en la inopia. Y como la peste no perdona clase social, se dejó sentir después con la barbarie del fuego cruzado entre guerrilla y paramilitares, con la población civil de por medio. “Cada hora hay cuatro familias colombianas obligadas a abandonar sus hogares a causa de la violencia” (ONU – El Espectador, 14 de marzo de 1997). Pues Codazzi fue uno de los focos de mayor desplazamiento. Para hacerse una idea de esa dura realidad, observen la población que tenían dos municipios del Cesar, según el Censo de 1993: Aguachica 57.456 habitantes, y Codazzi 50.768 (El Espectador 3 de agosto de 1994). En el Censo de 2018 Aguachica tiene 96.000 habitantes y Codazzi 59.000.

Toda crisis deja algún símbolo, y Codazzi tuvo el suyo. Al “periódico oral” (porque daba razón de todo), Luisa Morales, un día le llegó un panfleto: “tiene 24 horas para que abandone la población”. Antes de irse, se fue el domingo a la iglesia y, desde el atrio, mostró la arrugada amenaza, y en voz alta dijo: “Me han dado 24 horas para que me vaya de Codazzi, ¡pues yo les regalo las 20!” Se fue a la casa, echó en un costal de algodón los trapos y se fue.

En Valledupar apenas soportó dos meses, la nostalgia de Codazzi la estaba dejando en los huesos. Un día le dijo a la familia caritativa que le había dado alojamiento, que prefería morir en Codazzi a seguir viviendo infeliz en Valledupar. Y regresó con un costal de coraje. Los actores armados le respetaron la vida.

Hoy, Codazzi parece que empieza a recuperarse. El año anterior se inauguró uno de los megacolegios mejores dotados de toda la Costa; casi todas las calles están pavimentadas; importantes supermercados han abierto allí sus puertas; la agroindustria de la palma de aceite es de las más pujantes del país; el municipio hace parte del eje de explotación de carbón mineral; hay un despertar cultural importante por cuenta de Aprocoda y el Festival de música vallenata en guitarra; más muchachos humildes tienen acceso a la universidad y a carreras intermedias. Estos y otros son los grises que el Negro Peñaloza debe incluir en su balance de la otrora ciudad blanca de Colombia.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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