¡POR FIN SE ACABÓ LA CUARENTENA!

Por JORGE CARRASCAL PÉREZ

El sábado hice lo habitual: levantarme a las seis de la mañana, con un vaso de jugo de naranja tomarme las pastas para controlar la tensión arterial y el ácido úrico, hacer ejercicio montando media hora en la bicicleta estática, bañarme, peinarme, ponerme el bluyín y la camiseta, calzarme los zapatos deportivos, desayunar con arepa ocañera en compañía de Gloria, cepillarme los dientes, meter en el bolsillo la útil navaja multiusos, recoger los utensilios para llevar a la finca, bajar al garaje y ya subidos en la camioneta santiguarnos, arrancar, y después en el habitual almacén agropecuario comprar los infaltables y numerosos encargos del administrador: que las limas, que el machete, que las grapas, que las herraduras, que la comida de los conejos, las gallinas, los gansos, las gallinetas, los perros y el loro, que las vacunas y vitaminas para las terneras, que la gasolina para la guadaña, que las cuchillas para la pica pasto, que el canasto para la cogida del café. Sólo falta que un día de estos se le ocurra pedir una inimaginable cantidad de bozales para los zancudos. ¡Qué viva Macondo!

Cogimos la carretera que va contorneándose coquetamente por las riberas del río Combeima que abraza una verde y tupida vegetación, unos florecidos cafetales y una oculta pero latente fauna silvestre. Y media hora después llegamos a “La Virginia”, Gloria se bajó y abrió el candado del portón que a un lado enseña un vistoso aviso prohibiendo la entrada de extraños por la peligrosa presencia de un par de malgeniados perros criollos. La última vez que le ladraron porfiadamente a un inesperado y asustado visitante, tuve que llevarlos después adonde el veterinario porque sufrieron de una extraña afonía. El rápido diagnóstico fue: Irritación aguda de las cuerdas vocales por uso excesivo. Les formuló sendas inyecciones de Tranquifenol, reposo absoluto, y pasadas dos semanas, una serie de ejercicios de moderados e intermitentes gruñidos. A fe que todo les sirvió.

Cuando los perros y las aves vieron la camioneta se apartaron del camino y dóciles esperaron a que la metiera en el garaje. Enseguida se agolparon alrededor, unos batiendo la cola, otros haciendo un interminable alboroto, primero porque hacía tiempo que no nos veían por la cuarentena, y segundo porque los tenemos acostumbrados a los sobrantes de las comidas. Interés cuánto vales.

Observamos el lúcido florecimiento de las orquídeas, la transparencia del lago, el esmerado cuidado de los potreros y animales. La vaca había parido un incontrolable y dañino becerro al que le pusimos el apropiado nombre de “Covid-19”, la coneja caminaba presuntuosa con ocho hermosos gazapos, la gallineta lucía una docena de polluelos, y de los naranjos y guayabos pendían maduros frutos. Entre tanto corté unas hojas de plátano y se las di picadas al macho, la mula, el muleto y la yegua. Gloria se metió con Harley, el administrador, en la oficina a hacer cuentas de los insumos usados, los jornales pagados, el café que hay, el que se vendió y el buen precio que tiene la carga en el mercado. Los desastres se vuelven oportunidades para unos pocos y descalabros para muchos otros.

Me acerqué a “La Casa de Tarzán” que le construí a los nietos encima de un fornido guayabo para cerciorarme del estado en que se encontraba, y sorprendido quedé al darme cuenta que eran pocos los arreglos que debía hacerle a pesar de las fuertes lluvias que han caído. Luego pegué con silicona caliente la rueda de una de las doce artesanales chivas de Ráquira que heredé de la suegra de mi hijo Marcelo fallecida hace un año, y ahora las exhibo en una repisa de dos entrepaños.

Recordé que no había visto el loro. Lo busqué en su árbol preferido y sí señor ¡ahí estaba!. Le grité ¡hola Martín!, y sin dejar la guayaba que estaba comiendo, muy clarito le oí contestar ¡Hola marica! Eso me pasa por estar enseñándole vulgaridades a tan destacado alumno y poliglota pajarraco.

Me puse las botas de caucho y bajé al establo a chequear si el flotador que le puse a la canoa del agua seguía funcionando. Y efectivamente estaba cumpliendo su función. Cómprelo dotor, es tan bueno que hasta pesar me da que se la lleve, dijo mi amigo, el mañoso paisa de marinilla. Oí Yón Estiven, en marinilla nació Ramón Hoyos Vallejo el pentacampeón de la Vuelta a Colombia. Sí dotor, precisamente yo monté bicicleta con él. Pues sería con un nieto porque cuando él ganó la primera vuelta vos ni habías nacido. ¡Con razón mi mujer dice que la memoria me está mamando gallo, dotor!

Eran pasadas las seis de la tarde cuando le pregunté a Gloria ¿ya te desocupates? Sí ¿por qué? Pues para ver si nos vamos, vos sabés que no me gusta manejar de noche porque la luz de los carros me encandila y quedo viendo más por el ojo del “tiple”. Verificamos que Harley hubiera colocado el talego con las naranjas en el puesto de atrás, y así lo había hecho.

Nos despedimos de Harley, su esposa Esperanza y Felipe el hijo. No se les olvide cerrar el portón y ponerle el candado, terminó Gloria recomendándoles.

En la carretera los conductores de los carros saludaban haciendo sonar el pito, sacando y agitando la mano o mostrando el pulgar arriba en señal de triunfo. Todos estábamos felices  desde que el grupo de científicos de la Universidad de Tokio encabezado por el Premio Nobel de Medicina Tasuku Honjo había descubierto la vacuna contra el Coronavirus.

Soñar no cuesta nada pero sirve para librarnos por un instante de la monotonía de este encierro.

Ibagué abril 28 de 2020

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