MEMORIAS De Francisco Ramón Rivero Herrera


Por Donaldo Mendoza

El personaje que da título a este escrito fue testigo excepcional de la historia del municipio de Agustín Codazzi y de lo que él llamaba con hondo afecto la “provincia de Valledupar”. No cursó completo el bachillerato, pero de su afición por la lectura desarrolló una memoria y un saber que se conjugaron en narrativa escrita. En efecto, nuestro personaje publicó en Valledupar, en 2002, “Memorias de la vieja provincia de Valledupar”. En razón de que la obra aporta información de interés sobre la historia de nuestra provincia, he querido compartir con los lectores de “El Portal Vallenato” el fresco cultural que nos heredó don Francisco.

La primera virtud que quiero destacar de la citada obra es la fecha en que se comenzó a escribir: diciembre de 1999, cuando su autor tenía la edad bíblica de 87 años. Don Francisco Ramón nació en Codazzi el 8 de junio de 1912. La obra tiene entonces un emblemático significado: es el legado espiritual y cultural –para la familia y los que amamos Codazzi– de un hombre que vivió casi un siglo. Su lamentable muerte se produjo el 10 de abril de 2002.

En razón de lo anterior, quise dar a esta reseña el título de “Memorias”. Don Francisco Ramón fue testigo de un siglo, el XX, que llenó volúmenes de historia con dos guerras mundiales y el prodigio de haber registrado en cien años todos los inventos que la humanidad apenas había avizorado en los sueños visionarios de Julio Verne.

En su autobiografía, don Francisco Ramón dice que solo pudo cursar hasta 3ro. de bachillerato, el resto fue “universidad de la vida”; en esta academia del trabajo se desempeñó en las disciplinas más disímiles, desde profesor de primaria, enfermero y farmaceuta, hasta primer notario único del Municipio y “fracasado agricultor de algodón”. Todas esas labores le fueron sumando experiencia, hasta graduarlo de ilustrado autodidacta.

Don Francisco Ramón divide la obra en catorce capítulos. Cada capítulo, delimitado con número romano, resume a la manera cervantina su contenido; un ejemplo, Cap. XIII: “Otros acontecimientos dignos de admiración y atribuible de reconocimiento y gratitud a las obras realizadas por misioneros y misioneras católicos”. Y comienza su relación con esa gesta épica que los codacenses conocemos como “el milagro”. Un acontecimiento que involucró a sacerdotes capuchinos de Riohacha y civiles de la población liderados por el general Antonio Galo Lafaurie. El 7 de septiembre de 1914, con la Divina Pastora como testigo, se firmó un pacto de convivencia pacífica con los hostiles indios motilones.

Ese suceso fungió como un punto de partida clave en la historia de Codazzi. En efecto, los pobladores de la bucólica aldea se animaron a cultivar sus parcelas y a criar ganado; y el ambiente de tranquilidad trajo migrantes en busca de mejor fortuna, especialmente de La Guajira. No es exagerado decir que Codazzi llegó a tener más junteros que La Junta misma. En Codazzi, dice el autor, “la vida es tranquila y feliz, la gente vive en armonía, ambiente familiar y sanas costumbres”. Vale decir, en honor a la verdad, que en adelante el ambiente para los indígenas no fue tan bueno. Con la expansión de colonos por valle y llanura los indios acabaron desplazados hacia tierras altas y de difícil cultivo. Muchos de estos nativos fueron reclutados como servidumbre. Con la Constitución de 1991, que incluyó las minorías como sujetos de derechos, los indios motilones (que hoy llaman yukpas) fueron visibilizados y se les reconoció territorios.

En 1930, Francisco Ramón es un joven de 18 años, jugado ya en las faenas laborales propias de los adultos. Como para esa época no había carreteras, los negocios de compra y venta se hacían a lomo de burro, mulo o caballo. El autor cuenta cómo se hacía un viaje hasta la próspera Aracataca y zona bananera. Hasta allá se viajaba para la venta de ganado, en una travesía de cuatro o más días. Francisco fue víctima y testigo del trato displicente que los cataqueros les daban a los “vallenatos provincianos”, hasta que una matrona de Valledupar, de nombre Justa Escalona, que allí vivía, un día no aguantó más, y con furia visionaria le espetó a un atrevido cataquero: “Tengo firme esperanza en Dios, que algún día seremos muy superiores a ustedes, porque a Valledupar y a toda su provincia vallenata le llegará su progreso”. El tiempo le dio la razón a doña Justa. “Ese pueblo (Aracataca) contempla hoy la desolación de su ruina”, nos dice el cronista. Y con palabras que parecen tomadas de Cien años de soledad, concluye: “Sus plantas fueron sacudidas y levantadas al aire por un fuerte huracán”.

Pero el viaje que Francisco Ramón recuerda con especial emoción es el de 1919. A sus siete años, despuntando en el uso de razón, ese viaje sería su rito de iniciación al trabajo. Acompaña a su padre, Cesáreo Rivero López, a Valledupar. Padre amoroso, que para no someter a largas fatigas al infante, dado que la travesía se hace a lomo de burro capón, divide el viaje en etapas: Codazzi, La Granada, San Diego, Valledupar. En total, unas doce horas. Recuerda también Francisco el viaje que hizo al Valle en 1923; y lo evoca por una razón sustancial, el primer hotel que se funda en Valledupar: “Hotel Urbina”, cuya propietaria, doña Lola Urbina, amiga de la familia, les daba hospedaje en su hogar. “Hasta esa fecha, si no se tenía una familia amiga, no se podía viajar para pernoctar en el Valle”.

Ese primer hotel es el punto de quiebre en la vida todavía aldeana de Valledupar. El cronista hace un salto temporal para referirse a un escenario que da fe del progreso y desarrollo imparable del Valle, ad portas de convertirse en capital de departamento. El santo y seña del futuro prometedor es también un hotel, el cronista cuenta lo “orgullosa que estaba la gente del Valle con su hotel de cinco estrellas”: el emblemático edificio de seis pisos, Hotel Sicarare. De Codazzi íbamos a conocer el primer rascacielos de Valledupar. Dice Francisco Ramón que el crecimiento de Valledupar era básicamente urbanístico y comercial, pero que la industria era muy incipiente, menciona a Cicolac; y para no dejar la numeración en uno, se refiere al ingenio azucarero Sicarare y a la fábrica de aceite Oleoflor, en Codazzi; industrias que nos revelan el nombre de dos empresarios de talla nacional: Arturo Sarmiento Angulo y Carlos Murgas Guerrero.

Esto que acaba de contarnos el cronista está sucediendo en la década del 60. El Valledupar de progreso y desarrollo anunciado por doña Justa Escalona, se prepara para ser capital de un nuevo departamento. Esa gesta histórica la acometieron personajes visibles en el escenario político de la provincia: Crispín Villazón de Armas, Aníbal Martínez Zuleta, Alfonso Araujo Cotes y José Antonio Murgas. Dice el cronista, y los registros históricos le dan la razón, que un hijo del Valle, el senador Pedro Castro Monsalvo se opuso en el Congreso a la creación del departamento. Pero como era más fuerte la visión de doña Justa Escalona, se creó el Departamento, segregado del Magdalena. Departamento que llevará el nombre del río que atraviesa su territorio: Cesar. La fecha histórica: 21 de diciembre de 1967. Muchos años después, ese emblemático río será envenenado a la altura del viejo puente Salguero. Allí se le arrojan las inmundicias de una ciudad que hoy cuenta 500 mil habitantes.

Y como el tiempo en la memoria no es lineal, don Francisco Ramón cuenta ahora el emprendimiento de personajes notables de Codazzi que se empeñaron en convertir en Municipio a la pujante población: Alfonso Ávila Quintero, Jorge Trujillo Vargas, el mismo cronista de estas memorias y el recordado sacerdote misionero Rvdo. Fray Leandro de Algezares. El memorial petitorio de la creación del Municipio fue redactado por el juntero don Enrique Hinojosa Gutiérrez. A pesar de la actitud desganada de quien luego fuera gobernador del Magdalena, Miguel Ávila Quintero, se creó el municipio de Agustín Codazzi, el 12 de noviembre de 1958. Diez años después, el Dr. Miguel Ávila Quintero fue determinante para que al Col. Nal. Agustín Codazzi se le completara el ciclo del bachillerato; y donó entre otros libros la colección El Tesoro de la Juventud, que despertó la vocación literaria del suscrito.

Don Francisco Ramón se refiere con tristeza y en pocas líneas a esos años aciagos del terrorismo irracional que sacrificó muchas vidas inocentes, y estancó sensiblemente el progreso de Codazzi. Y prefiere escribir unos renglones, para invitarnos a que “reflexionemos cada vez más, y lleguemos a la infalible conclusión de que, en esta vida terrena y mundana llena de vanidades, el único placer y felicidad posible es la tranquilidad de conciencia; todo lo demás es vanidad y pompas ficticias y efímeras que al instante desaparecen”.

En uno de los textos finales de la obra, el cronista Francisco Ramón, en rapto profético, se refiere –año 1919– a una enfermedad infecto contagiosa, la viruela, que mató a muchos adultos y obligó a las autoridades a declarar en cuarentena a los aterrorizados habitantes de Codazzi. Y como confeso católico, dice que la divina Providencia le dio luces “para escribir esta obra”.

BOLG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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