EL AGUA DE LA VIDA

Por Donaldo Mendoza

Ya parece una cacofonía leer en El Pilón sobre el indefinido propósito de entes gubernamentales de Valledupar y el Departamento de salvar el río Cesar, de devolverlo de la agonía en que se encuentra hoy a la vida. ¡Qué trágica ironía!: devolverle la vida a quien en toda su naturaleza es vida. Pero a ese grado de contradicción profunda llega la estupidez humana. El hombre es capaz de matar lo que más ama y mostrar como trofeo su obra. Contra todo pesimismo, trataré de llevar de la muerte a la vida, este artículo. Hay que dar de beber a la utopía.

El último portador de la redundante cacofonía le ha correspondido al buen periodista Robert Cadavid (El Pilón, 4/8/20). Falta una planta de tratamiento para las aguas residuales que produce una ciudad que frisa ya los 500 mil habitantes. Una planta que reemplace la hoy obsoleta laguna de oxidación, que vierte su letal contaminación en el río Cesar, ese pobre río que fue primero deforestado en sus riberas para el sembradío de pasto que necesita el ganado.

Esta vez la promesa de la planta viene empaquetada en el sutil sarcasmo de un anuncio: todo depende de lo que arroje el diagnóstico de los estudios y diseños que determinarán el estado de afectación de la cuenca del río. ¿No les parece un chiste? Ocho mil millones de pesos para verificar que las riberas del río están peladas, y que desde el punto mítico del puente Salguero hacia abajo el cauce del pobre río es una nata blanca que va envenenando toda forma de vida. Y pensar que Estados Unidos envía costosas naves a Marte a buscar evidencias de vida microbiana, y aquí nos damos el lujo de matar la vida. Y se dice que la planta de tratamiento costaría 250 mil millones. Nada. ¿Cuánto cuesta la vida?

El agua es de las sustancias químicas, la más estudiada; pero por las innumerables heridas infligidas a los ríos y quebradas, es la menos comprendida. El estudio se va al cerebro y nada queda en el corazón. Ojalá los educadores dejaran de repetir lo que es fácil de leer en Google y se animaran a interiorizar en los niños y adolescentes las cosas más esenciales del agua, para que a su vez los chicos hagan pedagogía con los papás y los políticos.

Empezar por internalizar que nuestro cuerpo es casi todo agua. Podemos vivir toda la vida sin vacas, pero sin agua apenas algunas horas. “Ojalá alcance siempre para todos el tesoro de un vaso de frescura y de vida a la hora de la sed y a la hora de la agonía”, ha rezado un poeta. Entender que abogar por la defensa del agua en su integridad es hacerlo por nuestra propia integridad, por la salud de las comunidades, y para que hablar de civilización tenga sentido.

Para certificar que el agua es la vida, basta con una mirada al pasado. No hay infancia sin río o sin mar, nuestros recuerdos emergen del agua. El generoso lector de estas líneas sabe que en su memoria hay un fresco manantial; sabe que no hay dicha comparable a aquella eterna música del agua, que arrullaba nuestra proximidad a su frescor. A quienes compartimos lenguaje y memoria nos llega como una epifanía aquella sensación de nuestros pies cuando dejaban el fuego en la orilla del río.

¡Ah!, que la planta de tratamiento de las aguas residuales vale 250 mil millones. ¡Y eso qué importa! ¿Acaso la vida tiene precio?

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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